El blog de José Luis Talancón

enero 23, 2008

Historia de la ciencia en México

Filed under: General — josetalancon @ 6:28 pm

Elías Trabulse

Introducción

México tiene también, como muchos otros países, una historia secreta. Esta historia ha sido pocas veces contada y yace en su mayor parte oculta y subterránea, aunque haya corrido paralela en el tiempo a los sucesos políticos, sociales, económicos y culturales que integran y constituyen el pasado de un pueblo. Esa historia secreta es la historia de la ciencia. Su desenvolvimiento en nuestro país ha tenido lugar en forma harto misteriosa, casi siempre en la oscuridad, al margen de los hechos y acontecimientos relevantes y espectaculares de nuestro pasado; pero su integración a este pasado no secreto resulta obvia apenas lanzamos un rayo de luz al rico acervo de sus logros científicos que les dan una nueva dimensión a ese otro mundo de acontecimientos sociales y políticos de todos conocido.

Los hombres de ciencia del pasado y sus logros científicos pertenecen a la historia cultural de la humanidad. Ellos han sido en multitud de casos un poderoso fermento motriz de la evolución histórica ya que han marcado rutas y fijado pautas a seguir en la prosecución del conocimiento del mundo físico conducente a un mejor dominio y control de las fuerzas naturales, todo ello tendiente a hacer de la tierra una morada más habitable para los seres humanos. Ciertamente en muchos casos ese conocimiento ha llevado a desastrosos resultados de exterminio y destrucción, pero es obvio que esas fuerzas que así han desvirtuado los propósitos y el quehacer de la ciencia no sólo le son ajenas, sino que en la mayoría de los casos resultan opuestas a sus fines. [1]

Esta historia de la ciencia narra casi siempre las hazañas de unos pocos individuos o, a lo más, de reducidas comunidades de hombres de ciencia. Contrasta fuertemente con las historias que atienden a fuerzas sociales más complejas y plurales y que por ello resultan más difíciles de analizar críticamente. Aquel desarrollo resulta menos evidente no sólo a los ojos del hombre común sino también a los del historiador especializado; en cambio este segundo tipo de acaecer no sólo es más patente sino que compone la mayor porción de la amplia producción historiográfica de los últimos trescientos años. A la historia de la ciencia la caracteriza un ritmo sostenido y pausado ajeno a las convulsiones violentas y sonoras que constituyen buena parte del desarrollo político y social de un pueblo. Aquella historia secreta es cosmopolita, universal y carece de fronteras. Los científicos son ciudadanos del mundo y su labor por mínima que sea es patrimonio universal y pertenece a todos los humanos sin distinción de credo, nacionalidad o raza. En cambio la historia política está casi siempre, salvo en las conflagraciones mundiales, circunscrita geográficamente a una nación y a algunos de sus vecino s con los que tiene nexos o fronteras comunes. Mientras al hombre de ciencia lo caracteriza el secreto de un actividad creadora, fértil y generosa, al político lo define al afán de dominio y de supremacía. Los nombres de muchos científicos ni siquiera han pasado a nuestros registros históricos; de ellos no conocemos más que sus obras, su vida es un misterio. En constaste, la historia política es frecuentemente abundante en datos sobre sus protagonistas señeros o de segunda fila, aunque su labor no haya sido digna de encomio. Aquella historia revela una lucha constante por el conocimiento, a menudo logrado en condiciones de trabajo lamentables sobre todo en épocas en que la labor del hombre de ciencia era menospreciada cuando no prohibida y estigmatizada. El secreto y sigilo con el que realizaron su obra los enaltece ante los ojos de las generaciones posteriores. Sus descubrimientos muy pocas veces provocaron alguna conmoción inmediata, aunque a largo plazo muchos de ellos han transformado de raíz y como pocos fenómenos lo han hecho, la vida del ser humano. Frente a la inalterable trayectoria científica de la humanidad, hecha de innumerables acumulaciones de datos, de múltiples interpretaciones válidas en su momento y de las más diversas teorías, operante o fallidas, las otras historias no s parecen estar constituidas por altibajos y choques, por convulsiones, rupturas y accidentes. A aquella la determina su continuidad, a éstas su discontinuidad. En suma, bien pudiera se esa “historia secreta” sea, a los ojos de los historiadores de las épocas que han de venir, la historia esencial, aunque en gran medida invisible, de un pueblo, de una nación o de la humanidad toda; y la historia visible ahora no sea sino el escenario local, el fondo cambiante y caprichoso de esa historia oculta y ecuménica; uno de los legados espirituales más trascendentales que nos han dado las generaciones pasadas y que en su momento nos tocará transmitir a las generaciones futuras. En esta perspectiva, resulta obvio que, junto a las historias del arte, de la justicia y de los ideales religiosos, la historia “secreta” de la ciencia en México merezca ser estudiada y valorada como un todo sin rupturas ni soluciones de continuidad, un todo permanente que ha actuado siempre sobre el agitado fondo de nuestra historia social y política.

Muchos son los ángulos de perspectiva propicios para acercarnos a tan atrayente y rica historia. Las interacciones entre las diversas ciencias enriquecen mucho los caminos de acceso al análisis histórico del desenvolvimiento de un disciplina científica que dé una visión integral del fenómeno. Las interrelaciones entre la evolución científica de un pueblo y los restantes fenómenos intelectuales, sociales, económicos o políticos también permiten añadir eslabones a la historia que aquí tratamos de esbozar. Nuestro intento es el de dar un cuadro de ese desenvolvimiento científico de nuestro país a efecto de incardinarlo al amplio movimiento del progreso científico universal. Desde el arribo de la ciencia europea en México del siglo XVI, su desarrollo ha sido incesante y ha estado dotado de una vitalidad peculiar que le da suficientes créditos como para poderse incorporar a ese vasto movimiento ya que, si bien nunca tuvimos astros de magnitud mayor, eso no es óbice para descontar las aportaciones originales de nuestros científicos en campos como la botánica, la zoología o la farmacoterapia. Por otro lado, no debemos olvidar que las grandes figuras de las ciencias son verdaderas excepciones. La gran mayoría de los hombres de ciencia del pasado y del presente son figuras que aportaron su pequeño grano de arena al gran edificio de la ciencia universal. Entre estas figuras bien pueden tener cabida los científicos mexicanos de épocas pasadas, Si sus logros ahora nos parecen superados recordemos que el cambio continuo es privativo de la ciencia; pocas de sus verdades duran lo suficiente como para considerarse perennes. Los paradigmas científicos son, tarde o temprano, sustituidos por explicaciones más aceptables de la realidad física.

A lo largo del proceso de la ciencia mexicana es posible detectar el crecimiento, desenvolvimiento y mutaciones que ha sufrido en las centurias que aquí nos ocupan, así como las condiciones en que dichos fenómenos de cambio y avance se dieron. La visión global de todas las ciencias indudablemente ayuda a captar la amplitud y la riqueza de esa historia. A esto viene a sumarse que en muchos casos las interrelaciones entre las diversas disciplinas sean tan profundas que se hace imposible intentar un deslinde razonable ya que hubieron de crecer juntas y se alimentaron recíprocamente. Ciencias como la botánica y la farmacoterapia, están inextricablemente unidas en los siglos XVI al XVIII. La geografía, la náutica, la cronometría, la astronomía y las matemáticas unieron inútilmente y durante varios siglos, sus esfuerzos para determinar la longitud en alta mar. Sólo considerando en conjunto la historia de la ciencia en México puede evaluarse el nivel científico alcanzado. Asó, la parcelación disciplinaria aplicada a la ciencia de los tres siglos coloniales minimiza y falsea en forma notoria el verdadero cuadro del avance científico integral de la Nueva España, lo que puede evitarse mostrando el espectro completo, no mutilado, de todas las ciencias entonces cultivadas. Lo mismo es perfectamente aplicable a la ciencia del periodo nacional. En resumen, a la historia “secreta” en México, a su historia de la ciencia, hay que estudiarla como un desenvolvimiento continuo e integral, cuya trama interna posee una coherencia lógica sorprendente que la distingue ciertamente de las demás historias, lo que no se opone a que esté indisolublemente unida a ellas. No incorporar a nuestra historia general la tenaz lucha de los hombres de ciencia mexicanos de épocas pasadas podrá ser en el futuro una omisión distorsionante.

Aproximaciones historiográficas

En los tiempos recientes las historiografía de la ciencia clásica se ha visto enriquecidas en forma notable sus perspectivas de investigación. Esta rama de la historia ha resultado beneficiada con las nuevas técnicas de análisis que han sido incorporadas a las otras especialidades historiográficas. Los nuevos aportes no sólo metodológicos sino también hermenéuticos han ampliado los horizontes de los historiadores de las ciencias hasta un grado tal que resultaba inimaginable hace apenas tres décadas.

La historiografía positivista de la ciencia, que no tiene más de cien años de existencia, propugnaba básicamente por aplicar los bien conocidos métodos de la historia científica a los bien conocidos hechos de la ciencia [3] El género dio en su momento, y aún nos da, obras maestras de la historia de la ciencia [4], todas ellas elaboradas con un gran rigor descriptivo e interpretativo. Heredera de la tradición historiográfica ilustrada, ha querido siempre buscar la línea progresiva en el desenvolvimiento científico de la humanidad. Ha puesto de relieve las hazañas de los grandes de la ciencia del pasado, e inclusive ha señalado la importancia de figuras secundarias en esa marcha acumulativa y ascendente del saber humano. El criterio selectivo estaba determinado por el éxito más o menos duradero de una interpretación valedera del grupo de fenómenos conocidos de una porción o de la totalidad del mundo físico. Para ella, los primero descubrimientos científicos continuaban siendo una parte esencial de la ciencia contemporánea ya que esos tempranos logros, al ser fruto de la verificación, no podían ser descartados sino absorbidos por las nuevas teorías o paradigmas; y en su significación no entraba en contradicción con los nuevos datos sino que se ampliaba por la sucesión de revoluciones científicas, que resultaban ser una seria de adelantos, de avances progresivos, en la interpretación de los hechos acumulativos. Todas estas revoluciones tenían entonces, como sustrato el denso cúmulo de observaciones de las épocas pasadas. La inoperatividad de un paradigma explicativo que no podía ampliar su esquema de interpretación de los datos conocidos provocaba una revolución científica. [6] La sucesión de teorías descartadas mostraba el carácter esencialmente progresivo del saber científico formado de hechos. [7] Para esta corriente historiográfica el acto fundamental de la creatividad científica radica en la interpretación de los datos y en la elaboración de leyes y de hipótesis y es función del historiador inquirir acerca del gestación nacimiento y desarrollo de ese proceso hermenéutico que se lleva a cabo en la mente del sabio. Para los físicos en particular o par todos los científicos del siglo XIX las teorías verdaderas explicaban satisfactoriamente los fenómenos, las falsas no lo podían hacer. Las relaciones causales descubiertas por ellos en base al proceso dual inducción-deducción, podían dar explicaciones veraces y satisfactorias de un gran número de fenómenos y era la labor del historiador no sólo dar la noticia del proceso creador sino también de las experiencias posteriores que ratificaban la teoría. Las hipótesis fallidas rara vez tenían cabida en los textos de la historia de la ciencia salvo como meras curiosidades intrascendentes. Inclusive se llegó la caso en que cuando existían dos teorías interpretativas contrarias que intentaban justificar sus postulados como los verdaderos, la historiografía científica daba precedencia a la que hubiese prevalecido y rara vez registraba con cierta amplitud las tesis de la contraria aunque con el pasar del tiempo ésta última hubiese sido aceptada como más adecuada para explicar los fenómenos. Muchas teorías han tenido que ser resucitados historiográficamente después de haberlo sido en los laboratorios. Todo esto ha dado lugar a sensibles omisiones en los registros historiográficos de tema científico. La búsqueda de las teorías “ciertas” hubo de dejar de lado a las que en su momento fueron, justificadamente o no, consideradas como erróneas. Además, el notorio desprecio de muchos historiadores por los científicos poco exitosos y aun fallidos acentuó esa visión maniquea y dual, poco propicia para una evaluación justa y equilibrada. Al dividir el pasado en dos categorías, a saber, progresistas y retrógrados o reaccionarios. La historia de la ciencia clásica imponía una visión historiográfica ya superada que inevitablemente conducía a sostener que la finalidad del pasado era la de preparar los caminos del presente. La línea continua de ayer a hoy sigue una marcha racional y victoriosa, donde los períodos “obscuros” son a los más interregnos de conservación del legado de las antecesores. La línea ascendente que llega hasta nosotros está apuntalada por las figuras clave de los grandes inventores o descubridores.

Es evidente que toda esta concepción histórica del pasado científico del mundo resulta actualmente un poco simplista. Su esquema formal es sencillo y fácil de captar en sus líneas generales. Su adopción, adaptación y manejo tampoco resultan complicados. Su estructura lógica es cautivadora para cualquier mente filosófica, lógica, o científica, ya que nos es familiar en sus postulados y en sus conclusiones. Sin embargo, difícilmente resiste a la crítica cuando se ha analizado un período determinado de la historia de la ciencia o cuando se ha abordado el estudio de un tema cualquiera. La realidad del pasado científico de la humanidad parece ser más compleja por estar más sujeta a cierto tipo de de variables hasta hace poco descartadas de los esquemas de la historiografía positivista. Aunque contemplemos en conjunto toda esa trayectoria científica del ser humano es obvio que los patrones positivistas se muestran inconsistentes al intentar definiciones generales a todos los períodos y a todos los lugares. [8]

En esto últimos años dentro de las diversas corrientes de la historiografía de las ciencias han comenzado a percibirse otras tendencias que no consideran a la ciencia como un saber puramente acumulativo y a su historia como el relato de ese proceso de acumulación. Han comprendido que nada de lo que se ha realizado en este vasto campo de la labor intelectual humana resulta inútil o accesorio. Al lado de los hechos sobresalientes y principales, los sucesos menores pueden ocupar un lugar que en multitud de casos, por no decir siempre, dan significado a las grandes hazañas. Esto ha impulsado a los estudiosos a plantear la historia de la ciencia dentro de un contexto filosófico más amplio que no excluye de su visión ni siquiera las influencias de la ciencia de la poesía. [9]

Alimentadas de un sano escepticismo historicista bien lejano del positivismo triunfalista, las nuevas corrientes han puntualizado la validez, en su momento, de teorías antiguas posteriormente consideradas equivocadas, han cuestionado el carácter objetivo de la observación científica, han revalorado las llamadas falsas observaciones y en la medida en la que han puesto en duda la validez del razonamiento deductivo “verdadero”, han señalado los certeros atisbos del mal llamado “falso” razonamiento científico. En suma, han instalado por medio de una aguda crítica filosófica, el relativismo histórico en el seno mismo de la historiografía positivista. Agraciadamente su labor no ha sido sólo de demolición y duda. Su tentativa ha resultado fructífera pues ha permitido incorporar al acervo histórico algunas conjeturas que, falaces en otro tiempo, ahora resultan, bajo un nuevo ángulo poético, valiosas aportaciones dignas de ser estudiadas. Las fugaces y efímeras figura de hombres de ciencia de un pasado perdido han sido recobradas. El criterio de aceptabilidad de una teoría científica se ha visto modificado al cuestionar la rígida línea de demarcación entre una interpretación científica aceptable y otra también científica pero no aceptable. [10] De hecho muchos historiadores de la ciencia están en la actualidad dedicados a buscar las influencias de esos factores, considerados hace apenas algunos años como no científicos o como no racionales, contenidos en las teorías de distinguidos hombres de ciencia. [11]

Todo ese activo movimiento se ha dirigido, por razones lógicas a sectores poco explorados del desarrollo científico con el fin de revalorarlos. Los estudios sobre las influencias herméticas en figuras claves de la ciencia universal han abierto perspectivas interesantes y amplias que, a pesar de su novedad, no deben, sin embargo, ser sobreestimadas. [12] Asimismo han sido incorporadas y con excelentes resultados, interpretaciones socioeconómicas de las revoluciones científicas. Esta última vertiente ha producido una historiografía del tipo “externo” que ha revelado los cambios en los métodos educativos, los factores determinantes de la institucionalización de la ciencia y su difusión. Es indudable que sus esfuerzos deben mucho a las teorías marxistas clásicas acerca de la historia de la ciencia, aunque cabe decir que su perspectiva parece más amplia y profunda y menos doctrinaria que la de sus predecesores.

Dentro de este contexto renovador, es evidente que los estudios de la historia de la ciencia han abierto el campo a figuras y a países antes excluidos; nos referimos, en concreto a la ciencia española [13] y a la ciencia de las regiones que, en otro tiempo, fueron colonia de España como es el caso de México. Actualmente ya encuentran cabida obras, escuelas, personajes, comunidades o instituciones poco o nunca antes mencionados. La nueva historiografía ha incorporado las corrientes que acabamos de aludir al rico acervo de la tradición positivista. La simplificación esquemática de esta escuela se ha visto enriquecida con novedosos matices. La ineluctable línea progresiva de rígida secuencia cronológica [14] ha requerido otro tipo de explicaciones, es decir, de líneas adyacentes o concurrentes que la enriquezcan. Los ejemplos son numerosos. Asó, hemos presenciado una revaloración de los sistemas antiguos, particularmente de Aristóteles, Ptolomeo y Galeno. La ciencia de los países en otro tiempo lejanos y que la historiografía ilustrada envolvió en brumas mitológicas, tales como China, ha sido objeto de densos y profundos estudios sobre su desenvolvimiento técnico y científico. [15] Figuras consideradas secundarias dentro del ámbito científico, han ocupado el lugar que en una sana crítica debió haberles asignado desde hace tiempo; los estudios biográficos y bibliográficos de estas últimas son innumerables. Las correspondencias epistolares de figuras representativas y aglutinantes como Oldenburg o Mersenne han sido publicadas, En fin, la labor de las sociedades científicas y de las comunidades que las originaron han sido objeto de penetrantes estudios. [16] Toca ahora el turno a esos hombres de ciencia inscritos dentro de de la corriente científica europea pero cuyas obras parecían estar en la periferia no sólo geográfica sino también ideológica del desenvolvimiento científico, como es el caso específico de España y México. Desde hace mucho tiempo, sus producciones científicas han engrosado los estanteros de “libros muertos” de las bibliotecas, sea por las teorías que decían sustentar, y que resultaban erróneas a los ojos de los investigadores, sea por le fuerte contenido doctrinal y religiosos que las caracteriza. La ciencia de los países católicos ha sido particularmente vulnerable a este proceso selectivo y discriminatorio de la historiografía clásica de la ciencia, que en su afán depurador, no se percató de que, aun concediendo que dichas obras fueran receptáculos irredentos de error, eran después de todo fiel reflejo de la cultura y de la mentalidad de un grupo humano determinado. Ciertamente, hasta ahora la historia positivista de la ciencia de los países católicos que permanecieron supuestamente al margen de las grandes corrientes científicas durante los últimos cinco siglos resultó un tour de force ya que, en un curioso afán de incorporar a esos países a la gran corriente del avance científico, los historiadores hurgaban, exprimían y torturaban los textos con el fin de encontrar algunos pasajes que rebelasen que el autor que estudiaban era partícipe de la “ciencia positiva” imperante en su época. Huelga decir que menudearon las polémicas acerca del valor, por ejemplo, de la “ciencia española” [17], o las bibliografías y los estudios críticos generales de un autor o de un tema determinados, como el de la matemática española que ilustraran acerca de los avances logrados [18]. En suma, era vital intentar una reivindicación total de un pasado científico que, a los ojos de l extranjero, parecía raquítico y pobre. [19]

Pero Clío es una musa serena y actualmente ese criterio comparativo-valorativo ha sido superado. Las nuevas corrientes históricas han buscado ante todo la comprensión integral de un pasado y de un mundo que no pueden ser condenados de antemano por no haber gozado del éxito. Las obras de los hombres de ciencia del pasado han dejado de ser el embrollo de pueriles desatinos como los consideró la historia positivista. El marco se ha ampliado y la comprensión es su mejor arma exegética.

Las varias veces mencionadas corrientes historiográficas actuales han clasificado, desde el punto de vista ideológico, las diversas tendencias científicas existentes en los orígenes de la ciencia moderna en varios grupos indiscutiblemente interrelacionados entre sí. Con un premeditado criterio simplificador diremos que son básicamente tres las “tradiciones científicas” que de una u otra forma coexistieron yuxtaponiéndose en los siglos iniciales del tema que aquí nos ocupa, es decir, el de la ciencia en México desde el siglo XVI, a los albores del XX. El triunfo definitivo de una de ellas, la mecanicista, marcó la pauta del desenvolvimiento científico que corre de la Ilustración hasta nuestros días. [20] El ritmo histórico de dichas tradiciones científicas no fue, lógicamente, privativo de nuestro país, son que de una u otra manera afectó a todos los lugares, centrales o periféricos, que presenciaron el nacimiento de la ciencia moderna. [21] Lo único que distingue a unas regiones de otras es el desfasamiento cronológico en lo referente al grado de rechazo o aceptación de una determinada teoría moderna e innovadora adscrita a alguna de las tradiciones científicas prevalecientes. Antes de internarnos en el vasto campo de la ciencia mexicana de ese periodo, conviene que hagamos un somero repaso de las características constitutivas de dichas tendencias del pensamiento científico.

Los tres tipos de mentalidad científica denominados organicista, hermético y mecanicista representan evidentemente esquemas simplificados ya que desde le siglo XVI hasta mediados del XVIII, la simple confrontación de unos con otros produjo múltiples variantes e interrelaciones, asó como diversos subgrupos y distintas escuelas de pensamiento. En realidad, la división convencional en tres tradiciones exclusivamente sólo intenta señalar que la revolución científica se dio en el contexto no de una sino de varias estructuras de pensamiento. Cada una de éstas tuvo su peculiar método de experimentación así como su propio lenguaje. Estas dos características nos ponen de manifiesto los principios generales de que partían. Así, el método empírico, privativo de la ciencia moderna, fue desarrollado básicamente en el seno de dos tradiciones, la hermética y la mecanicista, a las cuales les debemos el rico cúmulo de inventos y aparatos que dieron el marcado tono cuantitativo a las ciencias modernas. En ellas el ritmo de los descubrimientos logró un gran impulso gracias al desarrollo de los nuevos instrumentos de medición. Por otra parte, el lenguaje específico de cada tradición nos permite determinar la o las inclinaciones de cada autor y las actitudes mentales asumidas. Las interrelaciones entre las diversas tradiciones se ponen de manifiesto claramente en el intercambio de términos privativos de cada una de ellas. Los lenguajes, así como los sistemas o tradiciones, entraron en mutua competencia. La tradición organicista abunda en conceptos metafísicos derivados de las concepciones aristotélicas acerca de la naturaleza del Universo. Términos tales como sustancia accidente, materia, forma, esencia, y existencia aparecen en las descripciones del mundo físico. Se consideraba que la argumentación formal (disputatio) era el instrumento adecuado para el estudio de la física apoyada en Aristóteles y en sus comentaristas escolásticos cuya influencia por lo demás no puede ser subestimada. En la tradición hermética, priva el lenguaje esotérico propio de la alquimia, la astrología y la ciencia de los números. En ella percibimos una tentativa de ordenamiento de la pluralidad de la naturaleza haciendo caso omiso del lenguaje metafísico propio de la tradición organicista. La línea mecanicista de pensamiento utilizó un lenguaje claro y directo que es lo que caracteriza a las ciencias de los siglos XVIII, XIX y XX. El recurrir a los conceptos matemáticos le ayudó no poco a esta su expresión diáfana, de ahí buena parte de su triunfo sobre las otras dos tradiciones. [22] Cabe añadir que para el estudio y la comprensión de las experiencias y logros de cada tradición, es necesario captar el sentido de su lenguaje propio y los alcances y connotaciones de su terminología. Muchas veces, sobre todo, dentro de la corriente hermética, los términos utilizados parecen estar cargados de magia, superstición y fantasía, pero un análisis más detallado y circunspecto puede rebelar toda una interpretación de la naturaleza no carente de precisión y objetividad.

Es así como, en el alba de la ciencia moderna, hubo, por lo menos, tres modos de acercarse a la naturaleza que pueden caracterizarse como científicos, ya que todos ellos obtuvieron conquistas valiosas en el conocimiento del mundo físico. [23] La primera de dichas tradiciones, la organicista, gozó de un inmenso prestigio durante la Baja Edad Media y los siglos XV y XVI, época esta en que empieza a declinar. Era sustentada por la sólida autoridad de Aristóteles, Galeno y Ptolomeo, y sus principales hipótesis sobre el cosmos físico estaban incorporadas a la teología cristiana, en una vasta y monumental síntesis [24], ordenada y jerárquica. Como escribe un autor: “Dios, el hombre, los ángeles, igual que los animales, los plantes y los elementos, todos tenía su lugar en un mundo cuyo centro eran el hombre y la tierra, y que tenían los cielos más allá de su circunferencia. Esta visión del universo era emocionalmente satisfactoria, religiosamente ortodoxa y poéticamente inspiradora”. [25] Las analogías biológicas de crecimiento y decadencia privan en la tradición organicista preocupada del constante cambio, y no del curso “regular y uniforme” de la Naturaleza. [26] La masa de datos empíricos que obtuvo, por la acuciosa y perseverante observación de los fenómenos, fue muy grande, lo que, por un lado, era la garantía de la veracidad de las teorías biológicas astronómicas o médicas que sustentaba pero que, por otra parte, fue la causa de que, sus seguidores escolásticos, cayesen en teorizaciones excesivas. La corriente científica organicista estuvo unida al amplio sistema filosófico de la escolástica medieval, sólida y coherente construcción lógica que explicaba racionalmente el cosmos físico y el mundo moral. Por su mismo carácter dogmático y cerrado, no permitió las disidencias doctrinales en el terreno científico, que le representaban las tradiciones hermética y mecanicista, aunque, con la primera de éstas logro, en repetidas ocasiones, concertar sus conceptos en una cómoda síntesis que un autor del siglo XVII denominó ciencia “hermetoperipatética”. La explicación organicista del mundo físico se mostró inoperante en el campo de la astronomía con el resurgimiento del heliocentrismo (Copérnico) y en el campo de la mecánica con los experimentos sobre el vacío, (Torricelli, Pascal, Guericke), sobre la trayectoria de un proyectil (Tartaglia), y sobre la aceleración y la gravedad (Galileo). A partir de entonces todos los paradigmas organicistas fueron sujetos a numerosas revisiones y sustituidos por explicaciones más satisfactorias.

La revalorización relativamente reciente de la segunda de las tradiciones que aquí nos ocupan, la denominada hermética o mágica, es una de las conquistas de la historia de la ciencia. [27] Para el científico o filósofo hermético el cosmos era una obra de Arte preñada de misterios que sólo al iniciado le correspondía descubrir. En esta labor había que buscar los enlaces ocultos, las tramas invisibles de los fenómenos, las relaciones numéricas y matemáticas que explicaban la armonía del cosmos, ya que los secretos del universo habían sido escritos por Dios en lenguaje matemático y místico. [28] Toda esta concepción del mundo físico tuvo imponderables consecuencias en el campo de las ciencias. Figuras como Copérnico, Tycho Brahe y Kepler, en astronomía; Paracelso, Glauber y Ban Helmont, en química y medicina; y Gilbert en física, no son sino unos cuentos nombres de relieve dentro de la gran cantidad de científicos que se sintieron atraídos por esta corriente, la cual, a simple vista, parecía ser la menos racional y lógica de las tres, pero que a la luz de sus contribuciones a la revolución científica del siglo XVII, bien pudiera ser que comparta, junto con las doctrinas mecanicistas, un lugar preeminente. [29]Todavía quedan por evaluar las aportaciones de lo que podíamos denominar corriente hermético-mecanicista a la eclosión científica de ese siglo.

Lugar relevante en la historiografía positivista de la ciencia ha ocupado siempre la tradición mecanicista. La búsqueda de leyes que explicasen la regularidad y recurrencia de los fenómenos del mundo físico fue siempre la nota prevaleciente en las obras e investigaciones de los científicos mecanicistas, sobre todo a partir del siglo XVII. La posibilidad de captar matemáticamente el carácter inmutable y regular de la naturaleza, permitía prever los fenómenos ya que éstos quedaban sujetos a leyes invariables. El modelo mecánico del cosmos se impuso en todas las ramas de la ciencia, desde la astronomía hasta la biología. Sus explicaciones que se oponían a los conceptos organicistas y en buena medida también a los herméticos, se abrieron camino lentamente en las mentes de los científicos. Sus demostraciones eran claras y matemáticamente impecables e inteligibles. A ella se adscribieron figuras como Galileo, Mersenne, Descartes y Newton, aunque cabe señalar que a veces en la obra de estos sabios apuntan destellos herméticos que resultan interesantes. El rigor y claridad de sus trabajos hizo que las paradigmas mecanicistas triunfaran definitivamente hacia mediados del siglo XVIII. Desde entonces las ciencias se rigen en base a sus hipótesis y teorías.

Dentro de estos lineamientos se desenvolvió la ciencia mexicana desde la llegada de los europeos al Nuevo Mundo. Su desarrollo científico estuvo influido, a menudo más de lo que se cree, por las nuevas teorías surgidas de las tradiciones científicas que acabamos de describir en forma sumaria. Nuestro país se incorpora a la cultura occidental en un momento crucial de su desenvolvimiento científico y fue partícipe y beneficiario de él, justo en el momento en el que la eclosión se empezaba a hacer sentir alimentada por el monumental cúmulo de logros y datos de muchos siglos de observación y experimentación que América heredaría a través de sus conquistadores europeos.

EN BUSCA DE LA CIENCIA MEXICANA

UN PASADO LIQUIDADO

Acercarse a las obras científicas sean mexicanas o de cualquier otro lugar, es aproximarse a lo, por definición, fugaz y perecedero, a lo que no puede considerarse como perenne, es decir a las producciones humanas que, como ningunas otras están marcadas por el signo de la caducidad. Las obras de ciencia, sin importar el valor que en algún momento hayan tenido, son transitorias ya que siempre son superadas por otras que las corrigen, añaden o complementan. Las concepciones científicas, aun las de mayor alcance e influencia y que aparentan poseer un valor más permanente, son históricas ya que poseen siempre un “aquí” y un “ahora”. [30]El carácter acumulativo del saber científico es la razón de ser de la transitoriedad de las teorías, que al caducar, sirven de escaño a las siguientes.

La historicidad de la ciencia la da la sucesión de verdades relativas que ha postulado en un momento del pasado; de ahí que el criterio de selección que deba segur el historiador de la ciencia tenga que estar condicionada a ese carácter relativo de los textos. Sobra decir que en muchos casos, sobre todo cuando se estudia el desarrollo científico de países colonizados, el trabajo es, más que de selección, de rescate. Rescate de un pasado liquidado que tiene características de prehistoria y que parece que podría ser revivido sólo a título de mera curiosidad erudita, de puro ejercicio intelectual pero que, en realidad, lo es sólo como afán legítimo de comprender las dimensiones de un pasado olvidado. Acercarse a la historia secreta de México tiene entonces un doble significado ya que el rescate se emprende no sólo porque las obras sean textos científicos que por serlo yacen olvidados, sino también porque dichos textos son mexicanos y pocas veces han provocado los desvelos de los historiadores. Se trata entonces de un doble olvido que explica en parte la actitud de la historiografía mexicana tradicional respecto del desenvolvimiento científico de nuestro país.

Pero otros factores también han ayudado a esta condición marginal de la historia de la ciencia en México. Durante los tres siglos coloniales, el desarrollo del saber científico se vio entorpecido por la superstición, la persecución, la censura y por el dominio eclesiástico de la educación. Ciertamente, a partir del siglo XVIII estos obstáculos se debilitan y nuevas corrientes de apertura relajan el hierro de la censura y permiten que una mayor libertad de expresión, dentro siempre de la ortodoxia religiosa, lo que no quiere decir que la disidencia oculta, a veces lindante con la herejía, no se diera. Las corrientes científicas modernas que a menudo conducían a conclusiones lesivas al dogma penetraron en la Nueva España desde el primer tercio del siglo XVII. Esto nos ha llevado, lógicamente, a indagar acerca de la mayor o menor originalidad o modernidad científica de los hombres de ciencia que florecieron bajo la dominación española al mismo tempo que nos ha permitido incorporar a México a la tradición científica europea. La búsqueda de los momentos en que nuestro país tomó posesión, abierta o solapadamente, de un descubrimiento determinado o de una teoría dada, de la forma en que los asimiló, utilizó o enriqueció, a veces con aportaciones originales desprendida de su propia experiencia, es un atarea ardua pero apasionante. Una mejor compresión de los matices de este proceso nos ha ampliado la perspectiva enormemente, al mismo tiempo que nos ha dado una mayor conciencia de la historicidad de nuestra ciencia. El presente ilumina siempre al pasado por medio de una hermenéutica adecuada. [31]

La ciencia mexicana de los últimos cuatro siglos y medio ha estado sujeta a los esquemas explicativos, es decir a los paradigmas, de la ciencia occidental y se ha desarrollado dentro de sus presupuestos teóricos. Esto no quiere decir que la herencia prehispánica no haya tenido cabida dentro del desenvolvimiento de la ciencia posterior a la llegada de los españoles; pero para el estudio de la ciencia mexicana dentro del contexto universal es indudable que prevaleció la visión europea. Aun ramas de saber tales como la botánica y la farmacoterapia, llevadas por las culturas primitivas a un alto grado de desarrollo, no tardaron en caer dentro de los esquemas europeos de clasificación y sistematización. NO dudamos que muchas de estas civilizaciones lograran espectaculares avances en terrenos tales como la astronomía o las matemáticas, pero es indiscutible que dicho saber influyó orco en la ciencia europea y en el complejo sistema de paradigmas científicos que prevalecían en el siglo XVI.

Nuestros científicos de los primeros decenios coloniales se alimentaron básicamente del saber clásico y de los comentaristas y glosadores de la época medieval. La difusión de la ciencia antigua durante el siglo XVI se dio a través de la impresión de los textos clásicos anotados y comentados. Ejemplo notable fueron las obras científicas de Aristóteles comentadas por Tomás de Aquino. En esta obra, que ilustra como pocas el saber científico novohispano del siglo XVI por el grado de difusión que alcanzó, se conjugaba gran parte de la sabiduría científica de la antigüedad con los comentarios de uno de los más grandes sistematizadotes del dogma cristiano. También las ediciones de Arquímedes, Ptolomeo, Plinio y Galeno hallaron eco en el Nuevo Mundo. La imprenta probó ser en esta época, como las armas desarrolladas entonces, un invento de largo alcance.

También se conocieron en fecha temprana las obras modernas de autores europeos. A pesar de las restricciones se difundió la matemática a través de las obra de Maurolico, Tartaglia y de los algebristas italianos del XVI; la astronomía, si bien no a través de Copérnico directamente, [32] sí a través de sus impugnadores o comentadores tales como Mauro o Magini; la anatomía moderna llegó con el texto clásico de Vesalio; incluso los textos revolucionarios de Paracelso y su escuela encontraron eco en estas tierras. De hecho ninguna de las tres tradiciones científicas careció de difusión en los círculos científicos novohispanos. Ciertamente mucho de esta saber resultaba novedoso y revolucionario y por ello peligroso a la ortodoxia religiosa, pero a pesar de todo, logró seguidores. Ramas de saber científico tales como la matemática pura o aplicada contaron desde el siglo XVI con grupos de estudiosos. Cabría añadir que este desarrollo matemático, que va de Diego de Porres Osorio, de mediados del siglo XVI a Agustín de la Rotea a fines del XVIII o José Antonio Rojas a principios del XIX, es uno de los elementos que iluminan el grado de avance científico alcanzado durante los siglos coloniales, Si bien ninguno de sus cultivadores fue un genio insigne, algunos alcanzan, a nuestros ojos, estatura no desdeñable.

Como ya hemos dicho anteriormente, la ciencia mexicana no carece de continuidad y ha estado sujeta, desde la llegada de los españoles, a una constante aceleración que si bien en ciertas etapas no es muy notorio, n o por ello dejó de darse. Continuidad y aceleración quieren decir transmisión, de una comunidad científica a otra posteriores, de los datos acumulados, de las experiencias logradas y de las teorías que las explican y que la comunidad receptora está en posibilidades de aceptar, reformar o rechazar. No encontramos en momento alguno una decadencia del interés por la investigación científica, lo único que percibimos es un cambio de objetivos, representados por el tipo de campos que se exploran. No hay silencios originados por la inactividad científica, no existe regresión, a lo sumo hay breves períodos de mínima aceleración, casi de estancamiento, provocado por condiciones políticas y sociales poco propicias al inquirir científico. En esos instantes, agraciadamente no muy largos, la ciencia espera; los logros anteriores sufren poco impulso hacia nuevas metas y, en comparación con otros países donde las condiciones sociales sí son favorables, la ciencia de nuestro país e retrasa. Así lo que parece detención sólo es espera. Incluso aspectos capitales, que influyen grandemente en el desarrollo del saber científico de México, tales como la enseñanza superior a veces entraron en serias crisis provocadas por las convulsiones sociales, sino que ello quiera decir que el avance científico alcanzado haya sufrido merma, todo lo más que ha acontecido es un cierto compás de espera que ha provocado, sí, un retraso respecto del alcance general de la ciencia.

CONTINUIDAD Y DESCONTINUIDAD DE LA CIENCIA MEXICANA

Varios son los períodos que, como cortes convencionales de una línea continua, podemos establecer para el estudio de la ciencia en México. Es indudable que se dificulta determinar los puntos de enlace cuando consideramos que ninguna época es homogénea, [33] ya que sin detenernos a ponderar cuál sea la nota dominante con la que podemos calificar a un determinado periodo, siempre es posible que aparezcan hombres que, en mayor o menor medida y a pesar de pertenecer a una época dada, produzcan obras que parecen ser discordantes y aun antagónicas del tono de su época. El siglo XVIII mexicano es un ejemplo que abunda en dichos contrastes. Por otra parte, es evidente que no se deben hacer periodizaciones arbitrarias de la historia de la ciencia de un país empleando únicamente cierto tipo de cortes cronológicos o utilizando como puntos de inflexión hechos o sucesos políticos o sociales, es decir factores extracientíficos. Todo intento de dividir en etapas el desenvolvimiento científico de un país debe estar determinado ante todo por el tipo de creencias científicas, de paradigmas, adoptados y aceptados por una comunidad científica cualquiera. Solo así resulta congruente un intento valedero de periodización en el campo de la historia de la ciencia. Sin el análisis y comprensión de este tipo de creencias y de la tradición científica a la que pertenecen, se corre el riesgo de adoptar acotaciones artificiales que resultan de poca significación para nuestro tema.

Podemos considerar el periódo1521-1580 como el lapso de aclimatación de la ciencia europea en México. Se caracteriza por los estudios botánicos, zoológicos, geográficos, médicos, etnográficos y metalúrgicos. Las sistematizaciones que se intentan en estos campos caen plenamente dentro de los esquemas taxonómicos de la tradición organicista y aristotélicas. Desde 1580 hasta aproximadamente 1630 cambia levemente la tónica con la aparición de textos que apuntan teorías astrológicas y alquimistas de marcado corte hermético así como de obras elaboradas de acuerdo con las teorías mecanicistas del siglo XVI. Ninguna de estas corrientes logró, sin embargo, sobrepasar en número e importancia a los textos de influencia aristotélico-galénica. Desde 1630 a1680 observamos un cambio sustancias en los intereses que coincide con la mayor difusión de las teorías herméticas y en menor grado de las mecanicistas, ambas estimuladas por un interés en los estudios matemáticos y astronómicos. Surgen notables figuras que dan un impulso definitivo a la ciencia mexicana. Desde 1680 a 1750 percibimos un aumento sensible en el ritmo científico de la Nueva España. El mecanicismo toma carta de naturalización en competencia con la teoría herméticas y frente a una marcada decadencia de la tradición organicista y escolásticas. Se gesta el profundo impulso que llevará al triunfo de las tesis mecanicistas en el lapso subsiguiente, el que corre de 1750 a 1810, época de gran auge científico, en la cual se perfilan figuras de relieve y donde paradójicamente, sobreviven restos fosilizados de paradigmas tiempo ya destacados. Los estudios cientificazo amplían enormemente sus perspectivas. Una nueva taxonomía se adopta en los terrenos de la botánica y de la zoología. Se adoptan las concepciones newtonianas al aceptarse como indubitable la extensión cósmica de la gravitación. En los terrenos de la química, la metalurgia, la geología, la medicina, la estadística y la geografía, la Nueva España logró avances notables. La violenta crisis de 1810-1821 frenó transitoriamente el ritmo de la labor científica aunque no logro extinguirla. De 1821 a 1850 la ciencia mexicana vivió en buena medida del vigoroso empuje ilustrado y siempre sujeta a los avatares de la inestabilidad política y social. Sin embargo, desde 1850 en adelante el impulso positivista abrirá a la ciencia mexicana una nueva época de gran riqueza y productividad que ha llegado, con los altibajos provocados por las violentas crisis sociales de principios de siglo, hasta nuestros días.

Como derivación lógica de la adopción de ciertos paradigmas, a cada una de las épocas que aquí hemos delimitado la caracteriza un lenguaje peculiar indisolublemente unido a las creencias científicas de una comunidad determinada de hombres de ciencia. El lenguaje resulta en estos casos el termómetro del tradicionalismo y de los prejuicios, así como también del avance del a modernidad de nuestros científicos. Sin embargo, los mismos términos de dos épocas diferentes a menudo tienen un significado distinto. Los símbolos cambian de contenido aunque sena los miso en uno y otro momento. [34] Los diferentes tipo de mentalidad científica prevalecientes en los períodos que acabamos de acotar se detectan por el lenguaje utilizado y, sin temor a exagerar, aun en el tipo de escritura.

Poco podemos comprender el carácter intrínseco de esos períodos que hemos delimitado para estudiar el desenvolvimiento científico de México, si omitimos el análisis de los grupos de hombres de ciencia que forman la secuela de comunidades científicas que se suceden, de una época a otra, dentro de una sociedad determinada. Esta es la otra variable que debe tenerse en consideración en todo intenso de periodización de la ciencia mexicana.

Si hemos de atenernos a la definición de que una comunidad científica es aquella que está compuesta por personas que comparten un paradigma científico [35], es obvio que en México se dio este fenómeno desde fecha temprana entre los diversos grupos de hombres de ciencia que practicaban una o varias ramas del saber científico. Estas comunidades son el elemento cohesivo que le da continuidad a los diversos periodos acotado arriba y aunque los intereses particulares de cada una hayan sido diferentes es evidente que sus miembros poseían, y compartían, un conjunto de creencias comunes. No existe obra de ciencia, que surgida de cualquier comunidad científica pueda desconectarse del conjunto de ideas que prevalecían en eses momento en el ámbito intelectual local, aunque sí se da el caso de que un científico destacado lograra llegar más adelante en sus investigaciones que los miembros de su círculo. Tal es el caso por ejemplo de fray Diego Rodríguez, distinguido matemático y astrónomo que vivió a mediados del siglo XVII.

Este fenómeno de las comunidades científicas no se dio exclusivamente en la ciudad de México, en su calidad de cabecera del país y de foco centralizador de la labor intelectual. En las ciudades de Puebla, Oaxaca, Morelia (Valladolid), Querétaro, San Luis, Campeche, Guadalajara, Zacatecas, Guanajuato, Mérida se originaron en estos cuatro siglos que estudiamos comunidades científicas más o menos numerosas. Algunas de ellas, como por ejemplo la poblana, tuvieron destacados hombres de ciencia desde fecha temprana. Muchas veces al iluminar una de estas personalidades relevantes nos percatamos que pertenecía a un núcleo científico y social más amplio donde aparecen otras figuras señeras hasta entonces ignoradas.

La labor de las comunidades científicas del período virreinal se evidencia en las obras impresas o manuscritas que nos legaron, en su labor pedagógica o proselitista, en las polémicas que de vez en cuando se levantaron entre sus miembros, en las reuniones esporádicas que celebraban en forma de tertulias científicas, o en sus contribuciones a la difusión y vulgarización del saber científico. En la época nacional las comunidades lograron fundar instituciones de gran valía y revistas que en algunos casos podemos alinear con las mejores que en su momento se publicaban en Europa, tales como La Naturaleza los Anales de Fomento, o el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.

Desde mediados del siglo XVI y en coincidencia patente con la fundación de la Real y Pontificia Universidad de México, vemos aparecer los primeros núcleos científicos de importancia. Ahí aparecen figuras como la de fray Alonso de la Veracruz, Agustín Farfán, Alonso López de Hinojosos, Francisco Bravo, José de Acosta, Diego García de Palacio, Juan de Cárdenas, fray Alejo de García, Juan Díez, Francisco Hernández, Tomás López Medel, por no mencionar sino a algunos. Todos ellos florecieron en la segunda mitad del siglo y nos han legado obras médicas, botánicas, zoológicas o matemáticas que reflejan los intereses de la época. A esta comunidad le sucedió en el primer tercio del siglo XVII otra que contaba entre sus miembros a Juan de Barrios, fray Francisco Jiménez, Pedro de Paz, Juan Gallo de Miranda, Enrico Martínez y los técnicos del desagüe del Valle de México. Al mediar el siglo XVII surge uno de los núcleos científicos más relevantes del virreinato, con marcadas inclinaciones a la astronomía y a las matemáticas. Fray Diego Rodríguez, fray Felipe de Castro, Gabriel López de Bonilla, Juan Ruiz, Nicolás de Matta, Melchor Pérez de Soto y Luis Becerra Tanco son algunos de sus miembros. Al mismo tiempo se daba en Puebla un fenómeno similar y tan rico como el de la capital con las personalidades reunidas en torno al matemático Alejandro Fabián. Ambas comunidades tuvieron secuela. La capitalina en el nutrido grupo de Carlos de Sigüenza y Góngora, Juan de Saucedo, Feliciano Ruiz, Joseph de Escobar Salmerón, Eusebio Francisco Kino (que, aunque austriaco, podemos integrarlo a esta comunidad en virtud de su sonada polémica con Sigüenza), Antonio Sebastián de Aguilar Cantú, Gaspar Juan Avelino, Juan de Avilés Ramírez, José Campos, Mario Antonio de Gamboa y Riaño y Diego de Osorio y Peralta. Esta comunidad prolonga su existencia hasta clausurar el siglo. La continuidad de la poblana nos lleva a los albores del siglo XVIII con las figuras de Juan de Oñate, Cristóbal de Guadalajara y Juan Antonio de Mendoza y González. En este lapso floreció en Campeche el olvidado astrónomo Martín de la Torre.

La primera mitad del siglo ilustrado nos pone de manifiesto, por lo numeroso de las comunidades y sus varias producciones, la continuidad que puede establecerse entre el núcleo de los eminentes científicos de las postrimerías del siglo XVII y los grupos ilustrados de la segunda mitad del XVIII. Registremos los nombres de Miguel Mussientes y Aragón, Marcos José Salgado, Buenaventura Francisco de Ossorio, José Sáenz de Escobar, José Antonio de Villada, Martel Núñez de Villavicencio, Pedro de Alarcón, Pedro de Ribera, José Antonio de Villaseñor y Sánchez, Domingo Laso de la Vega, Miguel Espinosa de los Monteros, Cristóbal Antonio Salvatierra, Félix Prósperi, Francisco Javier Alejo de Orrio, José Antonio García de la Vega, fray Manuel Domínguez de Lavandera y José Francisco de Cuevas Aguirre y Espinosa. La mayoría de ellos inclinados a las matemáticas puras o aplicadas y a la astronomía, tal como sus predecesores, aunque también hubo médicos destacados tales como: Francisco Capello, José Antonio de Pérez Cabeza de Fierro y José Francisco de Malpica Diosdado, o botánicos como Juan de Esteyneffer, Mientras en Zacatecas florecía Joseph de Rivera Bernáldez, en Puebla surgía un brillante grupo de científicos tales como Juan Antonio de Revilla y Barrientos, José Mariano de Medina, Teodomiro Díaz de la Vega, Francisco Reyes del Carmen, Antonio Gamboa, Narciso Macop, Miguel Francisco Ilarregui y Antonio de Alcalá. En su seno se dieron algunas polémicas científicas de tono modernista-tradicional, como la de Medina con Macop o como la de Reyes del Carmen con Díaz de la Vega. De una u otra manera todos estos grupos de esta primera mitad del siglo XVIII se inclinan hacia alguna de las ricas vertientes del saber científico. La geografía, la astronomía, la medicina, la metalurgia, la botánica son las disciplinas más socorridas.

La segunda mitad del siglo vio la aparición de una de las comunidades científicas más brillantes de toda nuestra historia cuya labor se puso de manifiesto en la gran cantidad y variedad temática de las obras de ciencia que produjo, en el alto nivel de muchas de ellas, y en la amplia difusión que sus miembros dieron a los avances científicos alcanzados en Europa a través principalmente, de las instituciones que fundaron y que resultan ser una de las más evidentes pruebas del vigor de la polifacética “familia intelectual” de estos decenios. Así, en 1768 se crea la Real Escuela de Cirugía gracias a las gestiones de Antonio Velásquez y de Domingo Rusi; en 1781 se fundó la Real Academia de las Nobles Artes de San Carlos, en 1787 el Jardín Botánico y en 1792 el Real Seminario de Minería. Además se multiplican las expediciones científicas de todo tipo que aportaron valiosos datos a la geografía y a la historia natural de México.

La nómina de esta amplia comunidad ilustrada es rica en figuras de primera fila. Algunas personalidades científicas de los años anteriores y que pertenecen a las comunidades antes mencionadas, tales como Ilarregui o García de la Vega, se sitúan como enlace de ambos núcleos de científicos de las dos mitades del siglo. Así, de este período 1750-1810 mencionaremos a Felipe de Zúñiga y Ontiveros, Ignacio Coromina, Juan Benito Díaz de Gamarra, José Rafael Campoy, Agustín de la Rotea, Francisco Javier Alegre, Francisco Javier Clavijero, Mariano de Zúñiga y Ontiveros, Francisco Javier Gamboa, Diego de Guadalajara, Antonio de León y Gama, José Antonio Alzate, Francisco Javier de Sarria, Joaquín Velásquez de León, José Ignacio Bartolache, fray José de Soria y José Echevarría. A ellos vienen a sumarse las figuras de la última etapa ilustrada de la Colonia, aquella que recibe, a partir de los años ochenta, el impulso de la Corona española y que cuenta en su haber a científicos como Andrés del Río, Fausto de Elhuyar, Federico Sonneschmidt, José Garcés y Eguía, Francisco Bataller, Luis Lidner, Alejandro de Humboldt, José Mariano Mociño, Martín Sessé, José Longinos Martínez, Vicente Cervantes, Diego del Castillo, Daniel O´Sullivan, José Luis Montaña, fray Juan Navarro, Anacleto Rodríguez Argüelles, José Antonio Rojas, Wenceslao Barquera y Francisco Javier Balmis, por no mencionar sino a unos cuantos. La supervivencia de la ilustración científica mexicana se pone de manifiesto en las comunidades que surgen en algunas regiones del país en el alba de la era nacional y que, como ya dijimos, recogen buena parte del legado dieciochesco. Entre las figuras que pasan a la nueva época y que laboran en los primeros dos o tres decenios después de la Independencia están el químico Andrés del Río, Juan José Martínez de Lejarza y Pablo de la Llave, y los médicos Ignacio José de Acevedo y José Joaquín de Altamirano y Vega. A ellos debemos añadir figuras tales como el geógrafo y botánico Miguel Bustamante y Septién, los matemáticos José Lanz y Manuel Antonio Castro, el botánico Juan Dondé, y los químicos José María Terán, José Miguel Muñoz, Pedro Escobedo y Francisco Rodríguez Puebla, los cartógrafos Juan de Orbegoso o José María Narváez, el físico fray Manuel de Nájera, el ingeniero Tomás del Moral y el polígrafo José Gómez de la Cortina; todos ellos son figuras de valer sobre todo, si consideramos el estado social y político del país, tan poco propicio al silencio y a la meditación que requiere la investigación científica. Algunos inclusive hubieron de dedicar sus esfuerzos a la reorganización de la naciente nación desempeñando cargos administrativos o bien dentro de la política militante. La fundación, en las décadas de los años treinta y cuarenta de este siglo XIX, de la emérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, de la Academia de Medicina y de la Sociedad Filoiátrica marca el momento de la gestación de las nuevas comunidades científicas que cubrirán el panorama científico mexicano del resto del siglo y de los primeros dos decenios del XX y que se diferencian de las anteriores por la gran variedad de nuevas metas, objetivos, paradigmas que seguir. Como en el período ilustrado la relación de sus integrantes, de las instituciones científicas que erigieron y de las obras que realizaron es notable [36]. Aparecen los nombres de Leopoldo Río de la Loza, José Ramírez, Antonio del Castillo, Manuel Carpio, Mariano Bárcena, Santiago Ramírez, Manuel Orozco y Berra, Manuel María Contreras, Agustín Díaz, Carlos Patoni, José María Vértiz, Ramón Manterola, Agustín Andrade, Gabriel Mancera, Ángel Anguiano, Francisco Díaz Cobarrubias, Alfredo Dugés, Alfonso L. Herrera, Eduardo Liceaga y Antonio García Cubas.

Todas estas prolijas, aunque necesariamente incompletas relaciones de los miembros de las diversas comunidades científicas que se han sucedido a lo largo de los períodos de la ciencia mexicana que tratamos de señalar páginas atrás enumeran a los sabios que han seguido las pautas científicas que marcamos como las más relevantes de cada uno de dichos períodos. Las comunidades han compartido los intereses de la o de las épocas científicas en las cuales han florecido. No necesariamente han coincidido cronológicamente con ellas, ni tampoco pueden quedar sujetas a un intento de periodización semejante al que empleamos al acotar el desenvolvimiento científico de México. Los enlaces entre los diversos períodos no corren paralelos a los enlaces de una comunidad a la siguiente; por ello resulta tan difícil tipificar las creencias científicas de una comunidad ya que puede compartir el ideario científico de uno, dos o más períodos. Además es evidente que muchas veces los miembros de una comunidad científica sobreviven hasta quedar colocados cronológicamente en la siguiente sin que ello quiera decir que compartan las creencias científicas, o sea los paradigmas de la nueva comunidad, sino más bien todo lo contrario. Así, algunas figuras tales como Gaspar Juan Avelino o Fermín de Reygadas no son sino resabios fósiles de una comunidad en camino de desaparecer o ya desaparecida. Del aristotelismo del siglo XVI al mecanicismo de los siglos XVIII y XIX se da invariablemente este fenómeno que se percibe más acentuado en los dos primeros siglos coloniales debido a la persistencia de las doctrinas organicistas. El paso de éstas a las teorías hermético-peripatéticas y a las mecanicistas fue labor desarrollada en el seno de dichas comunidades que arrastraron casi siempre parte de las creencias periclitadas que componían los paradigmas de la tradición científica anterior. Ejemplo claro de estas transformaciones sucesivas lo da el pequeño grupo de astrónomos realmente innovadores que se suceden a todo lo largo del periodo colonial, revolucionando en la practica cotidiana las creencias científicas de muchos de sus contemporáneos y adelantándose a ellos en la adopción de nuevas teorías. Asimismo un elemento que no debemos dejar de lado en el análisis de las sucesivas transformaciones de las creencias científicas tal como han quedado caracterizadas en la periodización convencional que hemos esbozado, es el de la labor de los “ingenieros y maquinistas” que invariablemente insuflan un aliento mecanicista a todos sus escritos. Los ingenieros resultan invariablemente y a todo lo largo del período colonial un poderoso fermento de cambio de una tradición científica a la siguiente. Fueron en muchos casos los portadores, aunque a veces solamente en la práctica y no en la teoría, de la modernidad científica representada por las tesis mecanicistas. Su obra contrasta con la de los médicos que aunque sin duda forman el más persistente y consistente gremio científico de la historia de la ciencia mexicana durante el virreinato, porcas veces fueron ellos los portadores de las nuevas teorías y en muchas ocasiones actuaron en el seno de las diversas comunidades científicas como fuerzas eminentemente regresivas. Si nos atenemos únicamente a esta época de nuestra historia es obvio que la empecinada supervivencia del organicismo hasta mediados del siglo XVIII y aún después, fue en buena medida debida a la adopción indiscriminada y carente de crítica de los principios aristotélico-galénicos, y aunque las excepciones existen es evidente que el grueso de los médicos pertenecientes a las diversas comunidades que vimos aparecer en la época colonial se alienaban con dichas teorías y eran refractarios a novedades demasiado riesgosas.

Difícil resulta, por lo demás, el esbozo de una clasificación, aunque sólo sea superficial, del grupo social al que pertenecían los científicos de las épocas colonial e independiente. Para los tres siglos de la dominación española percibimos que ciertas constantes inciden con mayor frecuencia. Descubrimos un alto porcentaje de criollos, muchos de los cuales han buscado en los claustros de alguna orden religiosa o bien en el clero secular, la seguridad y el refugio necesarios. Para su labor. El científico laico aparecerá en forma regular, hasta mediados del siglo XVIII. En el siglo XIX los científicos se reclutarán entre las clases medias o acomodadas o bien entre los profesionales de la ingeniería y de la medicina. En prácticamente todos los casos, desde el siglo XVI hasta el XVIII, las diversas comunidades científicas han formado una élite a menudo alejada de los acontecimientos políticos y sociales más relevantes, hecho que no ocurre con las del siglo XIX. La militancia política nunca ha sido uno de los lados fuertes del hombre de ciencia verdadero y en los cuatro siglos que nos ocupan las excepciones en este sentido son pocas. Para la época virreinal es probable que este alejamiento de los científicos criollos haya sido un modo de compensar la frustración que les provocaba su situación de marginados de la administración y del gobierno de la Colonia Pudiera ser que inclusive algunas vocaciones científicas se hubieran visto estimuladas por dicha situación. Por otra parte, es evidente que las diversas comunidades abrigaron en su seno a personajes de otras nacionalidades. Cuenta aparte de los españoles peninsulares que desarrollaron su labor científica en México durante todo el tramo de la época colonial, algunos de los cuales resultan figuras de relieve. Hemos de considerar la presencia desde el siglo XVI de hombres de ciencia alemanes, austriacos, franceses y holandeses que desarrollaron su labor en nuestro país y que por ello merecen quedar incluidos en la comunidad científica mexicana correspondiente. Este fenómeno se acentúa en el siglo XIX, sobre todo con los trabajos de científicos de nacionalidad francesa y algunos de la alemana que llegaron a tierras mexicanas.

En base a todo lo anterior es posible afirmar que en México existió en los últimos cuatro siglos y medio un desarrollo científico propio y original apoyado en los avances europeos y enmarcado por ellos. La continuidad de este fenómeno se pone de manifiesto en la secuencia de comunidades científicas adictas, según su época, a una o varias tradiciones científicas. El pernicioso “provincialismo” que ha prevalecido en la historiografía de la ciencia mexicana es una más de nuestras incongruentes insularidades que nos ha conducido en no pocas ocasiones a deformaciones agudas de las perspectiva histórica de nuestro país.

Las fuentes

Para acercarnos a ese desenvolvimiento científico, debemos recurrir ante todo a las fuentes originales, es decir, a los textos científicos mismos. Sólo así podremos interpretar su contendido, lo que requiere, por otro lado, de un conocimiento profundo y serio de las ideas científicas ahí presentes y de sus implicaciones. Esto nos permitirá situar dichas obras dentro del proceso general del avance científico de su época, así como determinar sus fuentes, las influencias que sufrieron, sus antecedentes y su lugar en la historia cultural. Sin embargo, debemos tener en consideración que el pasado científico de México es, como cualquier otro, un pasado limitado que está representado por un también limitado número de documentos, algunos de los cuales se han perdido irremisiblemente y otros están todavía por descubrirse. [37]

La labor crítica sobre el contenido de los textos científicos puede hacerse con el auxilio de historias generales de la ciencia, de manuales y de tratados especializados. Todos ellos permiten analizar el contenido de una obra e interpretarla y resultan particularmente valiosos cuando nos aclaran ideas o conceptos que por estar tiempo ha definitivamente periclitados, no nos resultan familiares ni fácilmente inteligibles. Esta dificultad en el análisis del contenido de una obra científica cualquiera elaborada en México ha hecho que los enfoques se hayan detenido en la mera compilación bibliográfica, lo que sin duda resulta útil pero a la vez es una restricción si no se da un paso adelante.

En el campo de la bibliografía la labor ha sido valiosa y contamos con excelentes complicaciones generales de impresos de la época colonial. [38] Asimismo poseemos relaciones bibliográficas particulares y muy completas sobre medicina [39], botánica [40], matemáticas [41], astronomía y meteorología [42], geología minería [43], y ciencias naturales [44]. A esto hay que añadir las relaciones bibliográficas especializadas de diversas revistas científicas del siglo pasado y del presente, así como las compilaciones españolas de estos temas que casi siempre, para el lapso colonial, incluyen impresos mexicanos [45]. Poseemos además, importantes compilaciones de manuscritos [46] y de periódicos científicos mexicanos [47], así como algunas bibliografías particulares de escritores científicos sobre todo de la época colonial entre quienes cabe apuntar a Sigüenza y Góngora [48], Alzate [49], León y Gama [50], Velázquez de León [51], fray Diego Rodríguez [52], Andrés del Río [53], y fray Andrés de San Miguel [54], entre otros. La labor de compilación bibliográfica no se ha circunscrito a la ciudad de México, sino que también poseemos algunas, aunque muy pocas, relaciones pertenecientes a otras regiones del país [55]. Incluso temas tan concretos como el del maguey y el pulque, han merecido los desvelos de algunos eruditos bibliógrafos [56].

A pesar de todas estas obras que resultan auxiliares indispensables de toda buena investigación e insustituibles puntos de partida para compilaciones bibliográficas más amplias y actualizadas, no poseemos todavía una buena y completa obra de conjunto que abarque, si no toda la ciencia mexicana, lo que sería una labor ímproba, al menos un amplio período de la misma [57]. Tampoco poseemos bibliografías suficientes de las obras publicadas en las diversas localidades del país donde se ha dado investigación científica de cierta importancia.

Esta deficiencia ha repercutido sensiblemente en la labor historiográfica, ya que es patente que son pocas las obras de conjunto sobre la ciencia mexicana. Ya desde el siglo XVIII la labor de bibliógrafos como Eguiara y Eguren o Bermúdez de Castro invitaban a una recapitulación de los logros científicos de los siglos anteriores; pero esta labor lamentablemente sólo se llevó a cabo en forma parcial. Eguiara mismo en su célebre Biblioteca Mexicana (1755) ha dejado de lado buena parte de la ciencia del siglo XVII y ha pasado por alto a varios de sus más distinguidos representantes. Contradicción desconcertante cuando se da en un autor empeñado en revalorar las obras de sus compatriotas. Dos decenios más tarde el erudito y olvidado historiador José Joaquín Granados y Gálvez en su enjundiosa otra Tardes Americanas (1778) intentó una sucinta semblanza histórica de la ciencia mexicana donde incluyó a muchos de nuestros hombres de ciencia de los siglos XVI, XVII y XVIII. También en el último tercio del Siglo de las Luces la tentativa de rescatar historiográficamente el pasado científico fue realizado por el sabio Velázquez de León en sus trabajos sobre el Valle de México y por Humboldt en su célebre Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España. En las célebres Gacetas de Literatura (1778-1795) de Alzate, asó como en los otros periódicos científicos de este autor y en la rica Biblioteca Hispanoamericana Septentrional (1816-1821) del erudito Beristáin se encuentran múltiples referencias y preciosos datos del acontecer científico de la Nueva España. A fines del siglo XIX, Manuel Orozco y Berra, en sus Apuntes para la historia de la geografía de México (1881), en su Memoria para la carta hidrográfica del Valle de México (1864) o en sus Materiales para una cartografía mexicana (1871), realizó una valiosa labor de historiador de la ciencia mexicana. Sin embargo, la inclusión de la ciencia mexicana dentro de la historiografía europea tuvo lugar con la aparición en 1808 del Ensayo de Humboldt.[58] Fue él quien por primera vez dio a México un lugar dentro de la amplia perspectiva de la ciencia universal. Al incluir en esa obra a buena parte de nuestros científicos de los siglos anteriores, al recapitular y criticar sus aportaciones, rompió con el provincialismo a que más había reducido la historiografía europea por ser territorio colonial de España y estar aparentemente al margen de los avances de la ciencia occidental [59].

Cuenta aparte de estos autores, hemos de decir que durante el siglo XIX existieron algunos valiosos intentos de historiar determinados sectores de la ciencia mexicana o bien de dar semblanzas biográficas de algunos de sus representantes de mayor relieve. En tres grandes diccionarios enciclopédicos, el Diccionario Universal de Historia y de Geografía (1853), obra de varios autores, el Diccionario geográfico, estadístico, histórico, biográfico de industria y comercio de la República Mexicana (1874) de José María Pérez Hernández y el Diccionario Geográfico, Histórico y Biográfico de los Estados Unidos Mexicanos (1888) de Antonio García Cubas, encontramos multitud de datos biográficos de nuestros científicos así como fragmentos de sus obras. En las obras históricas de Tadeo Ortiz [60] y de Emilio del Castillo Negrete [61] existen interesantes capítulos dedicados al avance científico de México y lo mismo acontece con la obra clásica del español Antonio Ferrer del Río, Historia del Reinado de Carlos III (1856), quien hizo una tentativa de valorar históricamente la ciencia ilustrada novohispana. En las magnas obras a México a través de los siglos [62] y México: su evolución social [63], así como en otras historias generales de menor envergadura percibimos un animoso empeño de incluir a algunos de nuestros hombres de ciencia dentro del desenvolvimiento cultural de México, aunque casi siempre de manera sucinta y superficial.

Los intentos de historiar en forma genera una de las ramas de la historia de la ciencia mexicana, logró cabal expresión entre 1886 y 1888 con la aparición de la Historia de la medicina en México, desde la época de los indios hasta la presente de Francisco Flores, obra que, a pesar de las críticas que se le han hecho, posee un valioso cúmulo de información.

Con menos pretensiones aparecieron por esos mismos años algunos breves estudios sobre algunos breves estudios sobre algunos momentos relevantes de la medicina colonial [64], o bien breves biografías de galenos ilustres [65]. Diversos artículos y notas de carácter histórico aparecieron en la Gaceta Médica de México (1864 hasta nuestros días), y en otras revistas y anales publicadas por las sociedades médicas de la segunda mitad del siglo XIX. Ninguna otra de las múltiples vertientes del saber científico logró ser historiada tan amplia y sistemáticamente como lo fue la medicina durante dicho siglo, excepción hecha quizás de la geografía y del a cartografía. En 1873 Vicente Manero publicó sus Apuntes históricos sobre astronomía y astrónomos y durante su breve existencia la revista La Naturaleza tuvo empeño en publicar documentos y testimonios acerca de la historia natural de México. Algunas informaciones histórica sobre geología, metalurgia, química y tecnología yacen dispersas en los Anales del Fomento, en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística o en las Memorias de la Sociedad Científica Antonio Alzate, así como en las revistas El Ateneo o en algunas Memorias del Ministerio de Fomento. La historia de una de las instituciones científicas más importantes del virreinato fue reseñada por Santiago Ramírez en su obra Datos para la historia del Colegio de Minería (1890). A este autor debemos, además, valiosas contribuciones a la historia minera de México.

En revistas de divulgación tales como El Museo Mexicano o El Mosaico Mexicano aparecieron breves, y por lo general poco precisas, semblanzas biográficas de algunos científicos importantes. La segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX vieron aparecer varias obras que reseñaban, entre muchas otras, las biografías de algunos de nuestros hombres de ciencia; así en 1857 apareció la de Marcos Arróniz [66], en 1874 la de Eduardo L. Gallo [67], en 1884 la de Francisco Sosa [68], en 1889 la de Aurelio Oviedo y Romero [69], en 1903 la de Francisco Pimentel [70] y en 1910 la de Agustín Agüeros de la Portilla [71]. Aunque su valor como testimonios no puede ser subestimado, es obvio que dichas biografías sólo intentaban perfilar la personalidad de nuestros científicos sin internarse dentro de su obra para criticarla o valuarla. Todo lo contrario sucede en cambio con la obra del presbítero Agustín de Rivera titulada La filosofía en la Nueva España (1886), llena de juicios de valor, de críticas frecuentemente infundadas y de comentarios de tipo científico carentes de objetividad que en mucho han perjudicado al estudio serio de la ciencia novo hispana.

La labor historiográfica del siglo XX está caracterizada por una conciencia creciente, por parte de científicos e historiadores, de la necesidad de rescatar el pasado científico de México a efecto de articularlo dentro de otras dimensiones del pasado y obtener así una perspectiva histórica más vasta [72]. Esta actitud se ha puesto de manifiesto con mayor fuerza a partir de los años cuarenta con la reimpresión completa o la reproducción facsimilar de algunos textos de la ciencia mexicana que a menudo van precedidos de erutitos estudios.[73] También han sido localizados y publicados documentos inéditos de carácter científico. La búsqueda en los archivos y bibliotecas tanto nacionales como extranjeros ha rendido buenos frutos que tienen el carácter de primicias dentro de una labor de investigación que sabemos muy amplia y capaz de deparar sorpresas al interesado en tan atractivo como desconocido campo. Bien pudiera ser que buena parte del pasado científico y tecnológico de México esté en espera de ser recuperado de los fondos documentales de México y de otros países.

La literatura histórica consagrada a las ciencias en lo que va de este siglo, está marcada por el signo de las especialización, en ello ha corrido paralela a la labor científica misma. Sin embargo, no han faltado algunas tentativas de englobar la ciencia del pasado de México como un todo. Obras como la de Eli de Gortari [74] han llenado en parte esa laguna y siendo como en un intento precursor, su labor es meritoria. Obras menores como la de José Bravo Ugarte, [75] poco o nada han aportado a lo que ya se conocía de la ciencia mexicana. De mayor envergadura resultan las valiosas Memorias del Primer Coloquio Mexicano de Historia de la Ciencia (1964) o bien las Memorias del Congreso Científico Mexicano (1953) y que ambas comprenden numerosos estudios monográficos acerca del desarrollo científico de México, elaborados por prominentes hombres de ciencia e historiadores lo que las hace fuente imprescindible en la tarea de historiar nuestro pasado científico.

Como en el siglo pasado, ha sido la medicina la rama de las ciencias que ha recibido una mayor atención por parte de los historiadores mexicanos contemporáneos. Siguiendo la tradición de Francisco del Paso y Troncoso y de ese fecundo historiador de las ciencias y erudito bibliógrafo que fue Nicolás León, (cuya obra es el tema que nos ocupa requiere de una revalorización), la serie de escritores que se han consagrado a referir el desenvolvimiento histórico de ese frondoso árbol que es la medicina mexicana, es numerosa; aunque cabe mencionar que otras vertientes del saber científico han empezado aya a ser investigadas. De esa abundante producción histórica consagrada a la medicina y disciplinas afines, tales como la farmacoterapia o la fotoquímica, mencionaremos en forma sumaria los trabajos e Alfonso L. Herrera [76], Ignacio Chávez [77], Enrique Beltrán [78]., Germán Somolinos,[79] Francisco Fernández del Castillo [80], Gonzalo Aguirre y Beltrán [81], Francisco Guerra [82], Fernando Ocaranza [83], Alfredo López Austin [84], José Joaquín Izquierdo [85], Rómulo Velasco Ceballo [86], a. del Pozo [87], Juan Comas [88], Samuel Fastlicht [89], Eusebio Dávalos Hurtado [90], y Miguel E. Bustamante [91],

Las matemáticas y la astronomía, así como los problemas que surgieron en las determinaciones de la posición geográfica de los diversos puntos del país tanto en la época colonial como en la nacional, han sido estudiados por algunos autores. [92] La cartografía, la geografía y la geodesia han sido objeto de eruditos y valiosos trabajos. [93] Dos importantes contribuciones a la historia de la técnica del desagüe del Valle de México fueron las publicadas en 1902 y en 1975, ambas contienen inestimable información y amplio material gráfico. [94] Pero es sin duda el campo de la metalurgia, la minería y sus ramificaciones a la química de los metales preciosos, la vertiente de las ciencias que mayor atención ha recibido por parte de los investigadores, después de las disciplinas médico-biológicas. En este terreno contamos con excelentes obres entre las que ocupan lugar señalado las de Modesto Bargalló [95] quien ha rastreado los orígenes del proceso de amalgamación y ha señalado a Bartolomé de Medina como su inventor. En este sentido son también importantes las contribuciones de Silvio Zavala y de Luis Muro.[96] Tribunal de Minería y el Real Seminario de Minería han sido estudiados por varios autores.[97] Asimismo ha sido estudiada la figura de Andrés del Río [98] y se le ha restituido el honor de haber sido el descubridor del eritronio o vanadio.[99] Por otra parte, en 1944, apareció una reseña del desarrollo de la química en nuestro país.[100]

A todo este cúmulo documental, del cual aquí solo damos algunas indicaciones habrá que añadir uno de los más expeditos vehículos de difusión de las investigaciones con que contamos actualmente, es decir, las revistas y, en general las publicaciones periódicas [101], que han cubierto con estudios monográficos algunos puntos importantes del pasado científico en México. Por ejemplo, son dignas de mención las numerosas aportaciones al estudio del mundo científico de los antiguos mexicanos en los cambos de la matemática, la astronomía, la cronología, la botánica, la medicina o la farmacoterapia [102]. Para el período que va del siglo XVI a la actualidad poseemos también algunos importantes estudios históricos de temas particulares como la astronomía, la medicina o la metalurgia. Cabe decir que la mayoría de estos artículos y ensayos yacen dispersos en memorias, anales o revistas, muchas de ellas no dedicadas específicamente a la historia de la ciencia y que, en ciertos casos resultan inclusive de difícil localización.[103] Entre las publicaciones de este tipo destaca, como abocada totalmente, la historiografía científica, la titulada Anales de la Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y la Tecnología, cuy primer número apareció en 1969. Asimismo mencionaremos, por sus aportaciones regulares a estos temas las revistas Historia Mexicana, Ciencia, Estudios de Cultura Náhuatl, Estudios de la Cultura Maya, Humanidades, Ciencia y Desarrollo, Anuario del Observatorio Astronómico Nacional y el Boletín Bibliográfico de la Secretaría de Hacienda. Entre las revistas que publican artículos consagrados a la historia del a medicina y de las ciencia biológicas destaca en lugar relevante la Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, aunque también son dignas de mención: Cuadernos Médicos, La Prensa Médica Mexicana, Sinopsis, Medicina y El Médico. Aunque todas estas publicaciones poseen un valor desigual por el tipo de artículos que presentan y por el nivel de las investigaciones realizadas.

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[1] George Sarton, La vida de la ciencia, Espasa Calpe, Buenos Aires-México, 1952, pp.67-80. (volver al texto)

[2] Thomas S. Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions 2ª. Ed. , University of Chicago Press, Chicago, 1970, pp. 12, 75, 83-84. (Ed. en español; La estructura de las revoluciones científicas FCE, México). (volver al texto)

[3] George Sarton, The Study of the History of Mathematics and the Study of the History of Science Dover, Nueva York, 1957, p.3. (volver al texto)

[4] Aunque la bibliografía es amplia, podemos citar algunos títulos como los más representativos: George Sarton, Introduction to the History of Science, Williams and Wilkins, Baltimore, 1931; Rene Taton, Historie de la Sciencie, PUF, París, 1969; Maurice Daumas, Historie de la Sciencie Gallimard, París, 1957; Aldo Mieli, José Babini y Desiderio Papp, Panorama general de la historia de la ciencia, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1950-1961; William C. Dampier, Historia de la ciencia y de sus relaciones con la filosofía y la religión, Aguilar, México, 1950.(volver al texto)

[5] William Whewell, History of the Inductive Sciences, Londres, 1837, p. 10. (volver al texto)

[6] Kuhn, Strucutre… pp.12-15. Véase de este mismo autor: ond Thoughts on Paradigms” en The Essential Tension Selected Studies in Scientifica Tradition and Cange, The University of Chicago Press, Chicago, 1977, pp.293-319. (volver al texto)

[7] Shozo Motoyama, “Algumas Reflexoes sobre la historiografía Contemporánea da Ciencia” Revista de Historia, Vol, III, núm. 103, año XXVI, julio-setembro, 1975, Sao Paulo, Brasil: Shozo Motoyama, “Historia da Ciencia como elemento do estudo de Criatividade”, Revista de Historia, vol. XLVIII, núm. 97, año XXV, Janeiro-marzo 1974, Sao Paulo, Brasil. (volver al texto)

[8] Alfred Still, Borderlands of Science, Philosophical Library, Nueva York, 1950, pp. 8-9. (volver al texto)

[9] En este campo la literatura reciente es amplia. Son básicos los estudios siguientes: Alexandre Koyré, Du Monde Clos a l’l Univers Infini PUF, París, 1962; Geroge Gusdorf, La Revolution Galiléene, Payot, París, 1969; Ree Taton, Reason and Chance in Scientific Discovery, Science Editions, Nueva York, 1962; Herbert J. Muller, Science and Criticism, Yale University Press, New Heaven y Londres, 1964. (volver al texto)

[10] John Losee, A historical introduction to the Philosophy of Science, Oxford University Press, Londres 1972, pp. 52-53.. (volver al texto)

[11] Hugo Kearney, Orígenes de la ciencia moderna, Guadarrama, Madrid, 1970 p.22. (volver al texto)

[12] Recientemente los estudios sobre estos temas han engrosado y enriquecido notablemente la historiografía científica. Los estudios clásicos siguen siendo los de Lynn Thorndike, A History of Magic and Experimental Science Columbia University Press, Nueva York, 1923; Walter Pagel, Parecelsus and the Neoplatonic and Gnostic Tradition, Ambiz, vol. 8 (1960), pp. 125-166; Frances Yates, Giordano Bruno and the Hermetic Tradition, Londres y Chicago, 1964; D.P. Wlaker, The Ancient Theology, Cornell University Press, Ithaca, 1972. (volver al texto)

[13] Juan Vernet Ginés, Historia de la Ciencia Española, Instituto de España, Madrid, 1975. (volver al texto)

[14] Sarton, The Study of History of Mathematics, p.20. (volver al texto)

[15] Joseph Needham, Science and Civilization in China, Cambridge, 1954-1965. (volver al texto)

[16] Frances Yates, The Rosacrucian Enlightenment, Londres and Boston, 1972, pp. 70-90, y passim. (Ed. En español: El iluminismo rosacruz, FCE, México, 1981.) (volver al texto)

[17] La polémica de la ciencia española, Selección de Ernesto y Enrique García Camarero, Alianza Editorial, Madrid, 1970. (volver al texto)

[18] Fernando Vera, Los historiadores de la matemática española, Madrid, 1935. (volver al texto)

[19] En el caso concreto de España recuérdese el severo juicio de Masson de Morvilliers, quien en el siglo XVIII cuestionó los aportes culturares de España a la civilización europea y universal. Como reflejo ilustrativo recuérdese también la paralela y desoladora opinión, también del mismo siglo, del deán Manuel Martí sobre México, que provocó la respuesta del criollo Juan José de Eguiara y Eguren. (volver al texto)

[20] Kearney, op. Cit., pp.22-47. (volver al texto)

[21] George Basalla, The Rise of Modern Science: Internal or External Factors, D.C. Herat and Co., Lexington Mass, 1968. (volver al texto)

[22] Keamy, op. Cit., p.49. (volver al texto)

[23] Conviene señalar que estas tres tradiciones científicas tuvieron cada una distinguidos representantes desde varios siglos antes de que hicieran eclosión en el siglo XVII. A grandes rasgos diremos que la tradición organicista se remonta a Aristóteles y a su escuela, la hermética al místico Hermes Trismegisto, a Platón y a Pitágoras y la mecanicista a Arquímedes y a la escuela de físicos helenísticos de los siglos III y II a.c. Como en tantos otros campos de la cultura, al recurrir a ellas los sabios del Renacimiento no hicieron sino volver la mirada hacia atrás, a estas tres escuelas de pensamiento científico. (volver al texto)

[24] Losse, op.cit., pp.5-15. (volver al texto)

[25] Kearney, op. Cit., p.8. (volver al texto)

[26] Idid., p.23. (volver al texto)

[27] Los estudios sobre este tema se han multiplicado desde que Frances Yates publicó en 1964 su Giordano Bruno and the Hermetic Tradicion. La revaloración ha alcanzado a autores como Robert Fludd, Giambattista Della Porta, Athanasious Kicher, e incluso se han replanteado algunas hipótesis acerca de la labor científica de Kepler, Gilbert, Newton y Van Helmont. (volver al texto)

[28] Loose, op.cit., pp. 16-22. (volver al texto)

[29] Recientemente algunos autores han señalado los peligros de atribuir a la tradición hermética mayores logros directos o indirectos de los que en realidad pueden razonablemente concedérsele, Cf.: Robert S. Westman, J.E. McGuirre. Hermeticism and the Scientific Revolution, University of California, Los Ángeles, 1977. (volver al texto)

[30] José Babini, Ciencia historia e historia de la ciencia. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1967, p. 47. Recuérdese la célebre frase de Jacobo Berzelius de que sólo el demonio podía escribir libros de química pues en pocos año los conceptos sufren profundas modificaciones que toman caducos los textos anteriores. Esto se decía a mediados del siglo pasado. (volver al texto)

[31] Gaston Bachelard, El compromise racionalista, Siglo XXI, 1973, pp. 149 y 153. (volver al texto)

[32] No creemos que el De Revolutionibus se conociera en Nueva España antes de mediados del siglo XVII, y en su segunda edición. (volver al texto)

[33] Alfred N. Whitehead, Science and the Modern World, Mentor Nueva York, 1962, p. 67. (volver al texto)

[34] Kuhn, Structure…, p. 149. (volver al texto)

[35] Idib., p. 176. (volver al texto)

[36] Los Apéndices e Índices pueden ser consultados en el tomo V de la edición íntegra de esta obra, publicada por el Fondo de Cultura Económica. (volver al texto)

[37] De acuerdo con las bibliografías existentes que cubren el período colonial (lamentablemente para el siglo XIX aún no poseemos compilaciones bibliográficas completas), es decir las de Icazbalceta, Andrade, León, Medina y Beristáin (CF: infra, nota 38) de unos 13 mil impresos de ese período sólo 2% aproximadamente representan las obras científicas o técnicas propiamente dichas. El resto quedaría un poco arbitrariamente repartido como sigue: filosofía moral, 5.3%; lenguas indígenas, 6%; calendarios y cartillas, .8%; geografía y viajes, 5.3%; hagiografía, 4.9%; biografía, 2.6%; historia, 13.2%; decretos civiles, 1:5%; jurisprudencia, 5.2%; literatura, 9.2%; oraciones fúnebres, 5.7%; panegíricos, 8.8%; derecho canónico, 3%; ordenanzas y edictos religiosos, .4%; pastorales, 1.2%; concilios, estatutos, reglas, etc., 4.8%; devociones y oraciones 2.2%; teología, 16%. (volver al texto)

[38] Joaquín García Icazbalceta, Bibliografía mexicana del silgo XVI, FCE, México, 1954; Vicente de Paula Andrade, Ensayo bibliográfico mexicano del silgo XVII, Imprenta del Museo Nacional, México, 1899; Nicolás León, Bibliografía del siglo XVIII, Boletín del Instituto Bibliográfico Mexicano, México, 1906; José Toribio Medina, La imprenta en México(1539-1821), Santiago de Chile, 1908; José Mariano Beristáin de Souza, Biblioteca hispanoamericana septentrional, Tipografía del Colegio Católico, Amecameca,1833; Emeterio Valverde y Téllez, Bibliografía filosófica mexicana, 2ª. Edición, Imprenta de Jesús Rodríguez León, México, 1913. Véase también el excelente articulo de Enrique Beltrán, “Fuentes mexicanas en la historia de la ciencia”, Anales de la Sociedad de Historia de la ciencia y tecnología, México, II (1970), pp. 57-115. (volver al texto)

[39] Nicolás de León, La obstetricia en México, Notas bibliográficas, México, 1909; Francisco Guerra, Bibliografía de la materia médica mexicana, La Prensa Médica Mexicana, México, 1950; Nicolás de León, Bibliografía obstétrica mexicana, Crónica Médica Mexicana, México, 1909; Nicolás de León, La obstetricia Notas bibliográficas, étnicas, históricas, documentarias y críticas de los orígenes históricos, hasta el año 1910, Tipografía de la Viuda de F. Díaz de León, México, 1910; Melchor Ocampo, Bibliografía fisiológica mexicana, en el Museo Mexicano, México, 1844; Octavio Rojas Avendaño, “Bibliografía Médico Mexicana del siglo XVI, Impresos Médicos del siglo XVI”, en el Primer Congreso Bibliográfico Mexicano DAPP, México, 1937, pp. 149-159; Rafael Heliodoro Valle, La cirugía mexicana del siglo XIX, México, 1942; Nathan van Patten “The Medical Literatura of Mexico and Central America”, en Papers of the Bibliographical Society of America, Chicago, XXIV (1930), pp. 50-199. (volver al texto)

[40] Nicolás León, Biblioteca botánico-mexicana, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, México, 1895.

[41] Nicolás León, Bibliografía mexicana de las ciencias matemáticas generales y aplicadas de los siglos XVI, XVII y XVIII (MS. Inédito, año de 1919); Louis C. Karpinski, “Colonial American Arithmetics”, en Bibliographical Essays, Harvard University Press, Cambridge, 1924.

[43] Rafael Aguilar y Santillán, Bibliografía geológica y minera de la República Mexicana, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, México, 1898. (Otras bibliografías de este autor que complementan a ésta, fueron publicadas en 1908, 1918 y 1936).

[44] Manuel de Olaguibel, Memoria para una bibliografía científica de México en el siglo XIX, Oficina Tipográfica de la Oficina de Fomento, México, 1889.

[45] Felipe Picatoste, Apuntes para una biblioteca científica española del siglo XVI, Imprenta y fundición de Manuel Tello, Madrid, 1891; Marcelino Menéndez y Pelayo, La ciencia española, Emecé Buenos Aires, 1947; Eugenio Maffei y Ramón Rua Figueroa, Apuntes para una biblioteca española de libros, folletos y artículos, impresos y manuscritos, relativos al conocimiento y explotación de las riquezas minerales y a las ciencias auxiliares, J.M. Lafuente, Madrid, 1871; Martín Fernández de Navarrete, Disertación sobre la historia de la náutica y de las ciencias matemáticas, Real Academia de la Historia, Madrid, 1846; Biblioteca Marítima Española, Madrid, 1851; J. M. López Piñero, et al, Bibliografía histórica sobre la ciencia y la técnica en España, Valencia, Granada, 1973; M. Colmeiro, La botánica y los botánicos de la península Hispano Lusitana, Madrid, 1858; A. Hernández-Morejón, Historia bibliográfica de la medicina española, Madrid, 1842-1852.

[46] Anita Melville Kerr, A Survey of Mexican Scientific Periodicals, México, 1931; Luis González Obregón, “Los primeros periódicos científicos en México”, en el Mundo Ilustrado (México), II, núm. 23 (6 de diciembre de 1896).

[47] Roberto Moreno, “Catálogo de los manuscritos científicos de la Biblioteca Nacional”, en Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, UNAM, México, 1, núm. 1, ene-jun. 1969, pp. 61-103.

[48] Alfredo Chavero, “Sigüenza y Góngora” en Anales del Museo Nacional, Primera Época, III ( 1886), pp. 258-271;Valentín F. Frías, “Noticia bibliográfica de los escritos de don Carlos de Sigüenza y Góngora y José María Zelaa e Hidalgo” en Memorias de la sociedad científica “Antonio Alzate”, XXIV (1906-1907), pp. 131; Nicolás León, Tres obras de Sigüenza y Góngora, Morelia, 1886; Irving A. Leonard., Ensayo bibliográfico de Don Carlos de Sigüenza y Góngora, Imprenta de la Secretaría de Relaciones Exteriores, México, 1929; Jaime Delagado, “Estudio preliminar”, a Piedad beroyca de don Hernando Cortés, José Porrúa, Madrid, 1960.

[49] Jesús Galindo y Villa, El presbítero don José Antonio Alzate Ramírez, México, 1889; W. F. Cody, “An index to the periodicals Publisher by José Antonio Alzate y Ramírez”, The Hispanic American Historical Review, XXXIII (1963), núm. 3, pp. 442-475.

[50] Roberto Moreno, “Ensayo bio-bibliográfico de Antonio de León y Gama”, en Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 3, enero-junio, 1970, pp. 43-135.

[51] Roberto Moreno, Joaquín Velázquez de León y sus trabajos científicos sobre el Valle de México, 1773-1775, UNAM, México, 1977.

[52] Elías Trabulse, “Un científico mexicano del siglo XVII: fray Diego Rodríguez y su obra” en Historia Mexicana, XXIV (1974), I, pp. 36-69.

[53] Arnaiz y Freg., “Don Andrés del Río, descubridor del eritronio (vanadio)” Revista de la Historia de América, XXV, junio 1948, pp. 27-68. (Véase notas 98 y 99).

[54] José María Agreda y Sánchez, “Biografía y bibliografía de fray Andrés de San Miguel” en Anales del Museo Nacional de México, Primera Época, IV (1887), pp. 167-172.

[55] Manuel de Olaguíbel y Enrique Iglesias, Bibliografía científica del Estado de México, Toluca, 1899; Primo Feliciano Velázquez, “Bibliografía científica potosina” en Obras, Imprenta de V. Agüeros, México, 1901, pp. 271-449.

[56] Cristóforo Vega, “Anotaciones bibliográficas sobre el pulque” en Anales del Instituto de Biología, VII (1936), pp. 254-258.

[57] Beltrán, op cit., p. 90.

[58] Charles Minguet, Alexandre de Humboldt, historien et geographe de l´Amerique Espagnole (1799-1804), Francois Maspero, París, 1969. Véase sobre todo: Jaime Labastida, Humboldt, ese desconocido, SEP, México, 1975 (Sep-Setentas, 197). Los ensayos reunidos en esta obra revaloran con acierto los aportes científicos de Humboldt y fijan sus alcances y límites. Labastida señala el valor de los otros volúmenes del Voyage aux regions equinoxiales du Nouveau Continent y del Cosmos como fuentes necesarias y por lo general poco consultadas para el estudio de la flora, fauna, geografía, geología, historia y arqueología de México (pp. 9-10). Véase infra nota 744.

[59] Es interesante en este sentido el juicio encomiástico de George Sarton quien considera a Humboldt como uno de los mejores exponentes del siglo pasado de la historia de la ciencia. (CF: su obra La vida de la ciencia, pp. 31-32).

[60] Tadeo Ortiz, México considerado como nación independiente y libre, Burdeos, 1832.

[61] Emilio del Castillo Negrete, México en el siglo XIX, Imprenta en las Escalerillas, México, 1875.
[62] Barcelona, 1888-1889.

[63] México, 1900-1904 (La sección de historia de la ciencia de esta obra estuvo a cargo de Porfirio Parra).

[64] Joaquín García Icazbalceta, “Los médicos de México en el siglo XVI” en Obras, México, 1896, I, pp. 65-124.

[65] Joaquín García Icazbalceta, “Biografías” en Obras, 4 Volúmenes, Victoriano Agüeros, México, 1896-1899.

[66] Marcos Arróniz, Manual de biografía mexicana o Galería de hombres célebres de México, Librería de Rosa, Bouret y Cía, París, 1857.

[67] Eduardo L. Gallo, Hombres ilustres mexicanos, Biografías de los personajes notables desde antes de la Conquista hasta nuestros días, Imprenta de Ignacio Cumplido, México, 1873-1874.

[68] Francisco Sosa, Biografías de mexicanos distinguidos, Oficina de la Secretaría de Fomento, México, 1884.

[69] Aurelio Oviedo y Romero, Biografías de mexicanos célebres, Librería de Ch. Bouret, París-México, 1889.

[70] Francisco Pimentel, Historia crítica de la poesía de México, México, 1903-1904, en Obras Completas t. IV y V.

[71] Agustín Agüeros de la Portilla, El periodismo en México durante la dominación española, Notas históricas, biografías y bibliográficas, Imprenta del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, México, 1910.

[72] Germán Somolinos D’Ardois, Historia de la ciencia en Veinticinco años de investigación histórica en México, Historia Mexicana, octubre 1965-marzo 1966, vol. XV, núms. 2-3, (58-59) pp. 269-290. Sobre este punto puede verse: Marfil Roche, Early History of Science in Spanish America en Science, vol. 194 (19 nov. 1976), pp. 806-810; Historical Background of Mexico´s Scientific and Technological System, México, El Colegio de México, STPI-México, DOC. MCT/1, mayo, 1971, 33 pp. (volver al texto)

[73] De las obras científicas mexicanas que han sido llevadas recientemente a las prensas impresoras ocupa lugar prominente la edición de las Obras completa de Francisco Hernández debida al empeño de los doctores Germán Somolinos y Efrén C. del Pozo. También es de importancia la bella edición del Herbario Cruz-Badiano. Primeras impresiones, reediciones o facsimilares tenemos de Oviedo, Acosta, JXiménez, Cárdenas, Farfán, García de Palacio, Hinojosos, Enrico Martínesz, Andrés de San Miguel, Cisneros, Cepeda y Carrillo, Sigüenza, Steyneffer, Barba, Rivera, Bernáldez, León y Gama, Alzate, Bartolache, Velázquez de León, Gamboa, Villaseñor y Sánchez, Humboldt, Barco y Díaz Covarrubias. Asimismo poseemos en ediciones modernas valiosas relaciones de viajes tales como la de Pedro de Ribera, Labora, Morfi, Kino, Malaspina o de las goletas Sutil y Mexicana entre otras muchas.
[74] Eli de Gortari, La ciencia en la historia de Mëxico, FCE, México, 1963.

[75] José Bravo Ugarte, La ciencia en México, Jus, México, 1967.

[76] Alfonso L. Herrera, La biología en México durante un siglo, México, 1921.

[77] Ignacio Chávez, México en la cultura médica, El Colegio Nacional, México, 1947.

[78] Enrique Beltrán, “Panorama de la biología mexicana”, Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, t-XII (1951), pp.69-99.

[79] Germán Somolinos D’Ardois, Historia y medicina. Figuras y hechos de la historiografía médica mexicana, UNAM, México, 1957; Historia de la psiquiatría en México, SEP, México, 1976.

[80] Francisco Fernández del Castillo, La Facultad de Medicina según el Archivo de la Real y Pontificia Universidad de México, UNAM, México, 1953.

[81] Gonzalo Aguirre Beltrán, Medicina y magia. El proceso de aculturación en la estructura colonial, Instituto Nacional Indigenista, México, 1963.

[82] Francisco Guerra, Historiografía de la medicina colonial hipanoamericana, Abastecedora de Impresos, México, 1953.

[83] Fernando Ocaranza, Historia de la medicina en México, Laboratorios Midy, México, 1934.

[84] Alfredo López Austin, “De las enfermedades del cuerpo humano y de las medicinas contra ellas” en Estudios de Cultura Náhuatl, 8 (1969), pp. 51-121; “De las plantas medicinales y de otras cosas medicinales”, Estudios de Cultura Náhuatl, 9 (1971), pp. 125-230.
[85] José Joaquín Izquierdo, Balance cuatricenterario de la fisiología en México, Ediciones Ciencia, México, 1934; El hipocratismo en México, UNAM, México, 1955; El brownismo en México, UNAM, Mëxico, 1934.

[86] Rómulo Velasco Ceballos, La cirugía mexicana del siglo XVIII, Imprenta Nuevo Mundo, México, 1946.
[87] Efrén C, del Pozo, “Estudios farmacológicos de lagunas plantas usadas en la medicina azteca”, Boletín Indigenista, 6 (1946), pp.350-365.

[88] Juan Comas, “Influencia indígena en la medicina hipocrática en la Nueva España del siglo XVI”, América Indígena, XIV (1954), pp. 327-361; “Un caso de aculturación farmacológica en la Nueva España del siglo XVIÑ el Tesoro de Medicinas de Gregorio López, Anales del Instituto Nacional de Antropología e Historia, I (1964), pp.145-173.

[89] Samuel Fastlicht, El arte de las mutilaciones dentarias, Ediciones Mexicanas, México, 1951; Tooth mutilations in pre-columbian México, The Journal of the American Dental Association, 39 (1948), pp. 315-324.

[90] Eusebio Dávalos Hurtado, “Investigaciones osteopatológicas prehispánicas en México”, Memorias del Congreso Científico Mexicano, UNAM, México, 1953, t-XII pp.78-81.

[91] Miguel E. Bustamante, La fiebre amarilla en México y su origen en América, México, 1958.

[92] Florian Cajori, “The mathematical sciences in the latin colonies of America”, Scientific Monthly, XVI, 2 febrero 1923; Florian Cajori, The early mathematical sciences in North and South America, Boston, 1928; Luis G. León, Los progresos de la astronomía en México desde 1810 hasta 1910, Tipografía de la Secretaría de Fomento, México, 1911; Manuel Maldonado-Koerdell, “Observaciones astronómicas en México a fines del siglo XVIII”, Anuario del observatorio astronómico nacional, México, año XC, (1970); Elías Trabulse, “El problema de las longitudes geográficas en el México colonial”, Interciencia, II, 4, jul-ago. 1977, pp. 202-207; Elías Trabulse, “Antonio de León y Gama, astrónomo novohispano”, Humanidades, III, (1975), pp. 199.

[93] Ola Apenes, Mapas antiguos del Valle de México, UNAM, México, 1947; José Luis Bribiesca Castrejón, Hidrología histórica del Valle de México, 1960; Manuel Carrera Stampa, “Planos de la cuidad de México”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, T-LXVII, núm. 2-3, marzo-junio de 1949; Ernest J. Burrus, La obra cartográfica de la provincia mexicana de la Compañía de Jesús (1567-1967), José Porrúa Turanzas, Madrid, 1967; jorge L. Tamayo, Geografía general de México, Talleres gráficos de la Nación, México, 1949; José A. Vivó, “La Geografía en México: aspectos generales de su evolución”, Memorias del primer coloquio mexicano de historia de la ciencia, Sociedad mexicana de Historia de la Ciencia y la Tecnología, México, 1964, pp. 201-207; meter Gerhard, A guide to the historical geography of New Spain, The University Press, Cambridge, 1972; P.C. Sánchez, “La geodesia a través de la historia, la geodesia en México”, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, México, 1945; Agustín Aragón, “La geodesia en México”, Memorias del Congreso Científico Mexicano, UNAM, México, 1953, t-III, pp. 23-61.
[94] Memoria histórica, técnica y administrativa de las obras del desagüe del Valle de México, 1449-1900, Tipografía de las Oficina Impresora de Estampillas, México, 1902; Memoria de las obras del sistema del drenaje profundo del Distrito Federal, DDF, México, 1975. Un estudio completo acerca del desarrollo de la ingeniería civil en México es: Francisco González de Cosío, Historia de las obras públicas en México, Edición de las Secretaría de Obras públicas, México, 1971; también puede verse: Enrique G. León López, La ingeniería en México, México, SEP, 1974.

[95] Modesto Bargalló, La minería y la metalurgia en la América española durante la época colonial. FCE, México, 1955. La amalgamación de los minerales de plata en Hispanoamérica Colonial, Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, México, 1969. Este autor y químico distinguido ha publicado un buen número de artículos y ensayos sobre este tema los cuales ha recogido y publicado con el título de “Trabajos, artículos y apuntes (1940-1972), México, 1973.

[96] Silvio Zavala, “La amalgamación en la minería de la Nueva España”, Historia Mexicana, XI, 3, (1962) pp. 416-421; Luis Muro, “Bartolomé de Medina, introductor del beneficio de patio en la Nueva España”, Historia Mexicana, XIII, 4 (1964), pp. 517-531.

[97] Walter Howe, The Mining Guiad of New Spain and its Tribunal General, Harvard University Press, Cambridge, 1949; J. J. Izquierdo, La primera casa de las ciencias en México, El Real Seminario de Minería, (1792-1811), Ediciones Ciencia, México, 1958; Clement G. Motten, Mexican Silver and Enlightenment, Universtiy of Pennsylvania Press, Filadelfia, 1950.

[98] Arturo Amaiz y Freg. Andrés Manuel del Río, México, 1936; Carlos Prieto, Manuel Sandoval Vallarta, Modesto Bargalló, Arturo Amaiz y Freg, Andrés Manuel del Río y su obra científica, México, 1966.

[99] Manuel Sandoval Vallarta y Arturo Amaiz y Freg., “El nombre del elemento 23”, Memoria del Colegio Nacional, III, 3, (1948), pp. 21-23; Manuel Sandoval Vallarta, “El descubrimiento del vanadio”, Memoria del Colegio Nacional, V, 3, (1964), pp. 83-85: Arturo Amaiz y Freg., “Don Andrés del Río, descubridor eritronio (vanadio), Revista de Historia de América, XXV, junio, 1948, pp. 27-68. (Véase supra, nota 53).

[100] Juan Manuel Noriega, Historia de la Química en México, México, 1944.

[101] Beltrán, “Fuentes…”, op. cit., pp. 94-96.

[102] Somolinos, “Historia de la ciencia”, op, cit., pp. 276-277.

[103] Una muy completa compilación bibliográfica de los artículos de este género, publicados entre 1967 y 1978, aparece en los diez volúmenes de la Bibliografía histórica mexicana, publicada por el Centro de Estudios Histórico

enero 22, 2008

Pensar la Ciencia

Filed under: General — josetalancon @ 6:12 pm
Alexandre Koyré

Alexandre Koyré
I. La influencia de las concepciones filosóficas en las teorías científicas. [1]

En la comunicación que acabamos de escuchar, el señor Philip Frank [2] nos ha explicado de las razones a favor o en contra de la aceptación de algunas teorías científicas no se reducen siempre a la consideración del valor técnico d ela teoría en cuestión, es decir a su capacidad para darnos una explicación coherente de los fenómenos que trata, sino que muy a menudo depende de otros numerosos factores.

Así por ejemplo, en el caso de la astronomía copernicana, no sólo había que elegir entre una teoría de los movimientos celestes más simple y otra más complicada, sino también entre una física que parecía más simple (la de Aristóteles) y otra que parecía más complicada, entre la confianza en la percepción sensible – como muy bien lo observó Bacon [3] y su rechazo en aras de una especulación teórica, etc.

Estoy absolutamente de acuerdo con el señor Frank. Sólo lamento que no haya ido suficientemente lejos y que no haya hablado en su análisis de la influencia ejercida por la subestructura u “horizonte” filosófico de las teorías concurrentes.

En efecto, estoy profundamente convencido de que el papel de esta “subestructura filosófica” ha sido de gran importancia y de que la influencia de las concepciones filosóficas sobre el desarrollo de la ciencia ha sido tan grande como el de las concepciones científicas en el desarrollo de la filosofía. Se podrían aducir numerosos ejemplos de esta influencia. Uno de los mejores, que es el que quiero presentarles brevemente, nos lo proporciona el periodo post-copernicano de la ciencia, periodo que comúnmente se está de acuerdo en considerar como el de los orígenes de la ciencia moderna; me refiero a la ciencia que dominó el pensamiento europeo durante casi tres siglos, grosso modo, desde Galileo hasta Einstein y Planck o Niels Bohr.

Por tanto, apenas necesito decirles que considero la omisión cometida por Philip Frank como muy grave y muy lamentable. Pero, a decir verdad, es casi normal. Pues si se habla mucho de la influencia del pensamiento científico en la evolución de las concepciones filosóficas, y con razón porque es evidente y cierta – basta evocar los nombres de Descartes, de Leibniz, de Kant –, en compensación se habla mucho menos, o no se habla en absoluto, de la influencia de la filosofía en la evolución del pensamiento científico. A menos que, como hacen a veces los historiadores de obediencia positivista, únicamente se mencione esta influencia para enseñarnos que, en tiempos pasados, la filosofía efectivamente había influido e incluso dominado la ciencia y que la ciencia antigua y medieval deben su esterilidad precisamente a eso. Pero que, desde la revolución científica del siglo XVII, la ciencia se rebeló contra la tiranía de esta pretendida Regina scientiarum, y que su progreso coincidió justamente con su liberación progresiva y su establecimiento sobre la base firme de la experiencia. Liberación que no se hizo de una vez – desafortunadamente, en Descartes e incluso en Newton, se encuentran aún huellas de especulación metafísica, y fue preciso esperar al siglo XIX o incluso al XX para que desaparecieran completamente –, pero que tuvo lugar a pesar de todo, gracias a Bacon, Auguste Compte, Ernst Mach y la escuela de Viena.

Algunos historiadores van incluso más lejos y nos dicen que, en el fondo, la ciencia como tal – al menos la ciencia moderna – jamás estuvo realmente ligada a la filosofía. Así el señor E. Strong, en su bien conocida obra, Procedure and Metaphysics (Berkeley 1936) nos explica que los prefacios y las introducciones filosóficas de los grandes creadores de la ciencia moderna a sus obras, en la mayoría de los casos no son más que gestos corteses o prescritos, expresión de un acuerdo conformista con el espíritu del tiempo y que incluso cuando revelan convicciones sinceras y profundas, éstas tampoco tienen más importancia, ni más relación con los precedures, es decir con el trabajo real de estos grandes personajes, que sus convicciones religiosas…

Casi nadie, a excepción del señor E. A. Burtt, autor del célebre Metaphysical Foundations of Modern Physical Science (Londres 1925), admite la influencia positiva y el papel importante de las concepciones filosóficas en la evolución de la ciencia. Pero incluso el señor Burtt no ve en ellas más que soportes, andamios que ayudan al científico a formar y a formular sus concepciones científicas y que, una vez acabada la construcción teórica, pueden ser eliminados, y efectivamente lo son, por las generaciones posteriores.

De ahí que, cualesquiera que sean las ideas para-científicas o ultra-científicas que hayan guiado a un Kepler, un Descartes, un Newton o incluso un Maxwell hacia sus descubrimientos, a fin de cuentas tienen escasa o nula importancia. Lo que cuenta es el descubrimiento efectivo, la ley establecida, la ley de los movimientos planetarios y no la Armonía del mundo, la conservación del movimiento y no la inmutabilidad divina…Como dijo Heinrich Hertz: “la teoría de Maxwell no es más que las ecuaciones de Maxwell”.

Podría decirse que, según el señor Burtt, las subestructuras o los fundamentos metafísicos hallarían en la evolución del pensamiento científico un papel análogo al que desempeñan las imágenes según la epistemología de Henri Poincaré.
Eso ya sería bastante interesante. Por mi parte, creo que no hay que denigrar demasiado las imagines. De hecho, lo que a mí me sorprende no es que éstas no coincidan definitivamente con la realidad teórica… es, por el contrario, el hecho de que coincidan tan bien con ella, y que la imaginación – o la intuición – científica llegue a fabricarlas tan bellas, a penetrar tan profundamente (lo vemos cada día de nuevo) en regiones – el átomo, e incluso su núcleo – que, a primera vista, parece que tienen que estarle completamente cerradas. Por eso vemos volver a las imágenes a los mismos que – como Heisenberg – primero las habían dejado de lado radicalmente.

Admitamos pues, con el señor Burtt, que las consideraciones filosóficas no son más que andamios… Ahora bien, dado que raramente se ve que las casas se construyan sin éstos, la comparación de Burtt podría llevarnos a la conclusión diametralmente opuesta a la suya, a saber que la necesidad absoluta de estos andamios que sostienen la construcción y la hacen posible.

El pensamiento científico puede, sin duda, rechazar los post factum. Pero quizá sólo para reemplazarlos por otros. O también para dejarlos caer en el olvido, en la inconsciencia de las cosas en las que ya no se piensa – como las reglas de la gramática que se olvidad a fuerza y a medida que se aprende una lengua, y que desaparecen de la conciencia en el momento mismo en que la dominan del todo.

Y, para volver al señor Strong, evidentemente es bastante claro que la obra de Faraday no se explica por su adhesión a la secta oscura de los sandemanianos más que la de Gibas por su presbiterianismo, que la de Einstein por su judaísmo o la de Louis de Broglie por su catolicismo (aunque sería temerario negar toda la influencia; ¡los caminos del espíritu son tan extraños e ilógicos!); y es muy posible que muy a menudo las afirmaciones filosófico-teológicas de los grandes científicos de los siglos XVII y XVIII no tengan más valor que las afirmaciones análogas de nuestros contemporáneos al afirmar que han encontrado la luz en el materialismo dialéctico o en la geniales obras del gran Stalin. Pero, ciertamente, éste no es siempre el caso. Por ejemplo sería fácil, o al menos posible, mostra que la gran batalla que domina la primera mitad del siglo XVIII, la batalla entre Leibniz y Newton, resulta en última instancia una oposición teológico-metafísica, y que no es una oposición de dos vanidades o incluso de dos técnicas sino, auque parezca imposible, de dos filosofías. [4]

La historia del pensamiento científico nos enseña pues (al menos trataré de defenderlo) que:

1. El pensamiento científico nunca ha estado enteramente separado del pensamiento filosófico.
2. Las grandes revoluciones científicas siempre han sido determinadas por conmociones o cambios de concepciones filosóficas.
3. El pensamiento científico – me refiero a las ciencias físicas – no se desarrolla in vacuo, sino que siempre se encuentra en el interior de un cuadro de ideas, de principios fundamentales, de evidencias axiomáticas que habitualmente han sido consideradas como pertenecientes a la filosofía.

Lo que no quiere decir, quede claro, que yo pretenda negar la importancia del descubrimiento de hechos nuevos, ni la de la técnica, ni tampoco la autonomía e incluso autología del desarrollo del pensamiento científico. Pero ésta es otra historia de la que no tengo intención de hablar aquí hoy.

En cuanto a saber si la influencia de la filosofía sobre la evolución del pensamiento científico ha sido buena o mala, es una cuestión que, a decir verdad, o bien no tiene mucho sentido, puesto que precisamente acabo de afirmar que la presencia de un ambiente y de un marco filosófico es una condición indispensable de la existencia misma de la ciencia, o bien tiene un sentido muy profundo porque nos llevaría al problema de progreso – o la decadencia – del pensamiento filosófico mismo.

En efecto, si se respondiera que las buenas filosofías tienen una buena influencia y las malas una menos buena, se iría de Scila a Caribdis, pues sería preciso saber cuáles son las buenas… Y si se las juzgara según sus frutos, lo que es bastante natural, quizá se caería, como nos ha enseñado Descartes en un caso análogo, en una especie de círculo vicioso.

Además hay que desconfiar de las apreciaciones demasiado asadas – lo que era admirable ayer, puede que hoy ya no lo sea y viceversa, lo que ayer era ridículo, hoy puede no serlo en absoluto. La historia nos muestra ejemplos de éstos corsi e ricorsi realmente asombrosos y, si en ningún caso nos enseña la epojé, sin duda nos enseña a ser prudentes.

Pero se me podría objetar – me excuso por detenerme tanto tiempo en estas consideraciones preliminares: me parecen, en efecto, de una gran importancia – que incluso si yo tuviera razón, es decir que incluso si yo hubiera probado, y hasta aquí no he hecho más que afirmarlo, que la evolución del pensamiento científico no ha sido influida, y no entorpecida, por la del pensamiento filosófico, eso no valdría más que para el pasado y no nos enseñaría nada respecto al presente o al porvenir.

En resumen, la única lección de la historia sería que no se puede sacar ninguna lección. Además, ¿qué es la historia, sobre todo la historia del pensamiento científico o técnico? Un cementerio de errores o incluso una colección de monstra justamente relegados al gabinete trastero y buenos solamente para una obra de demolición. A graveyard of forgotten theories o incluso un capítulo de la Geschichte der menschlichen Dummheit.

Esta actitud hacia el pasado que, por otra parte, es más la del técnico que la del gran pensador creador es, confesémoslo, bastante normal, aunque no sea en absoluto inevitable. Y aún menos justificable. Es bastante normal que a aquel que el porvenir hacia el cual tiende en su trabajo, echa un vistazo sobre el pasado, un pasado desde hace tiempo sobrepasado, las teorías antiguas le parezcan monstruos incomprensibles, ridículos y deformes.

En efecto, puesto que remonta el curso del tiempo, las encuentra, en el momento de su muerte, envejecidas, ajadas, esclerosa. Ve, para decirlo de una vez, la Belle Heaumiére tal como nos la ha dejado Rodin. Sólo el historiador la encuentra en su primera y gloriosa juventud, en todo el esplendor de su belleza; sólo el historiador que rehaciendo y repasando la evolución de la ciencia, capta las teorías del pasado en su nacimiento y vive con ellas el impulso creador del pensamiento.
Volvamos pues a la historia.

La revolución científica del siglo XVII, época del nacimiento de la ciencia moderna, tiene en sí misma una historia bastante complicada. Pero dado que la he tratado en una serie de trabajos, me permitiré aquí ser breve. Así pues, la caracterizaría mediante los rasgos siguientes: a) Destrucción del cosmos, es decir sustitución del mundo finito y jerárquicamente ordenado de Aristóteles y de la Edad Media por un universo infinito, ligado por la identidad de sus elementos componentes y la uniformidad de sus leyes.
b) Geometrización del espacio, es decir, sustitución del espacio concreto (conjunto de “lugares”) de Aristóteles, por el espacio abstracto de la geometría euclidiana en adelante considerada como real.

Se podría añadir – aunque, en el fondo, no es más que la consecuencia de lo que acabo de decir –: sustitución de la concepción del movimiento-proceso por la del movimiento-estado.

Las concepciones cosmológicas y físicas de Aristóteles, generalmente hablando, tienen muy mala prensa. Lo que, a mi parecer, se explica sobre todo: a) Por el hecho de que la ciencia moderna nación en oposición a, y en lucha contra, la de Aristóteles y b) Por la persistencia en nuestra conciencia de la tradición histórica, y de los juicios de valor, de los historiadores de los siglos XVIII y XIX. Para éstos, efectivamente, para los cuales las concepciones newtonianas no sólo eran verdaderas, sino además evidentes e incluso naturales, la idea misma de un cosmos finito parecía ridícula y absurda ¡Cómo se burlaron de Aristóteles por haber asignado al mundo unas determinadas dimensiones, por haber pensado que los cuerpos podían moverse sin ser atraídos o impulsados pour fuerzas exteriores, por su creencia de que el movimiento circular era un movimiento de una especie particularmente importante y haberlo llamado un movimiento natural!

Hoy sabemos – pero aún no lo hemos aceptado y admitido – que todo esto quizá no era tan ridículo, y que Aristóteles tenía mucha más razón de la que él mismo sabía. Después de todo, el movimiento circular parece efectivamente estar particularmente extendido en el mundo y ser particularmente importante; por lo que parece, todo gira y da vueltas, las galaxias y las nebulosas, los astros, los soles y los planetas, los átomos y los electrones… no parece que los propios fotones constituyan una excepción a la regla.

En cuanto al movimiento espontáneo del cuerpo, sabemos desde Einstein que una curvatura local del espacio puede producir movimientos de esta clase; sabemos también, o creemos saber, que nuestro Universo no es de ningún modo infinito, aunque no tenga límites, contrariamente a lo que creía Aristóteles, y que fuera de este Universo no hay rigurosamente nada, precisamente porque no hay “fuera” y todo el espacio está “dentro”.

Es precisamente lo que nos decía Aristóteles que, no teniendo a su disposición los recursos de la geometría riemaniana, se limitaba a afirmar que fuera del mundo no había nada, ni lleno, ni vacío, y que todos los lugares es decir todo el espacio, estaban en el interior o dentro. [5]

La concepción aristotélica no es una concepción matemática –ésta es su debilidad; ésta es también su fuerza – : es una concepción metafísica. El mundo de Aristóteles no es un mundo que posea una curvatura geomética; está, si puedo decirlo así, metafísicamente curvado.

La cosmología de hoy, cuando tratan de explicarnos la estructura del mundo einsteniano o post-einsteniano con su espacio curvo y finito por más que no tenga límites, habitualmente nos dicen que ahí hay concepciones matemáticas bastante difíciles y que aquellos de entre nosotros que carecen de la formación matemática necesaria no serán capaces de comprenderlas como es preciso. Lo cual es acertado, sin duda. Sin embargo, es bastante divertido notar que los filósofos medievales, cuando tenían que explicar a los profanos – o a sus estudiantes – la cosmología de Aristóteles, decían algo análogo, es decir que tenía que ver con concepciones metafísicas muy difíciles, y que aquellos que no tuvieran una formación filosófica suficiente y que no pudiesen elevarse por encima de la imaginación geométrica, no podían comprenderlas y continuarían planteando cuestiones (estúpidas) como por ejemplo: ¿qué sucedería si se empujara un bastón a través de la superficie última de la bóveda celeste?

La dificultad real de la concepción aristotélica consiste en la necesidad de alojar una geometría euclidiana en un Universo no euclidiano, en un espacio metafísicamente curvado y físicamente diferenciado. Confesemos que esto no preocupaba demasiado a Aristóteles. Pues la geometría no era par él una ciencia fundamental de lo real que expresara su esencia y su estructura profunda; no era más que una ciencia abstracta que para la física, ciencia de ciencia de lo que es, no era más que un auxiliar.

La percepción y no la especulación matemática, la experiencia y no el razonamiento geométrico a priori, es lo que formaba para él un fundamento de la ciencia verdadera de lo real.

La situación era, en compensación, mucho más difícil para Platón que había tratado de entrelazar la idea del cosmos con una tentativa de construir el mundo del espacio puro (????) plena y enteramente geometrizado. La elección entre las dos concepciones – la del orden cósmico y el espacio geométrico – era inevitable, aunque sólo se produjera muy tarde, precisamente en el siglo XVIII, en el que, habiendo tomado la geometrización del espacio en serio, los creadores de la ciencia moderna tuvieron que rechazar la concepción del Cosmos.

Me parece perfectamente evidente que esta revolución, que sustituyó el mundo cualitativo del sentido común y de la vida cotidiana por el mundo arquimediano de la geometría deificada, no puede explicarse por la influencia de una experiencia más rica o más amplia que la de los antiguos – Aristóteles – tenían a su disposición.

En efecto, como P. Tannery mostró hace ya bastante tiempo, la ciencia aristotélica, precisamente porque estaba fundada en la percepción sensible y era realmente empírica, estaba mucho más de acuerdo con la experiencia común que la de Galileo y de Descartes. Después de todo, los cuerpos pesados caen naturalmente hacia abajo, el fuego apuesta naturalmente hacia arriba, el Sol y la luna se levantan y se ponen, y los cuerpos lanzados no continúan indefinidamente su movimiento en línea recta… El movimiento inercial no es ciertamente un hecho de experiencia, la cual, de hecho, lo contradice todos los días.

En cuanto a la infinitud del espacio, es del todo evidente que no puede ser un objeto de experiencia. El infinito, como ya lo destacara Aristóteles, no puede ser traspasado, ni dado. Comparados con la eternidad, mil millones de años son como nada. Comparados con el infinito espacial, los mundos que nos han revelado los telescopios – incluido el del Palomar – no son mayores que los de los griegos. Ahora bien, la infinitud del espacio es un elemento esencial de la subestructura axiomática de la ciencia moderna; está implicada en sus leyes del movimiento, muy especialmente en la ley de inercia.

Finalmente, en cuanto a las “experiencias” alegadas por los promotores de la ciencia moderna, y sobre todo por los historiadores, no prueban nada en absoluto porque;

a) tal como fueron hechas – lo he mostrado en mi estudio sobre la medida de la aceleración en el siglo XVII [6] son todo menos precisas. b) Para ser válidas, exigen una extrapolación al infinito y c) Tienen que mostrarnos la existencia de lago – como el movimiento inercial – que no sólo pudo ni podrá ser observado por nadie, sino que además es estricta y rigurosamente imposible.

El nacimiento de la ciencia moderna es concomitante de una transformación – mutación – de la actitud filosófica, de una inversión del valor atribuido al conocimiento intelectual comparado con la experiencia sensible, del descubrimiento del carácter positivo de la noción de infinito. De ahí que sea totalmente pertinente que la infinitización del Universo – “la ruptura del círculo” como lo ha llamado Miss NIcholson [7], o “la explosión de la esfera” como preferí llamarle yo mismo – fuera obra de un filósofo, Giordano Bruno, y que, por razones científicas – empíricas – fuera violentamente combatido por Kepler.

Giordano Bruno no es, sin duda, un muy gran filósofo. Y es aún peor científico. Y las razones que nos da a favor de la infinitud del espacio y de la primacía intelectual del infinito no son muy convincentes (Bruno no es Descartes). Sin embargo, no es el único caso – son numerosos no sólo en filosofía, sino en ciencia la pura; pensemos en Kepler, en Dalton, o incluso en Maxwell – en que un razonamiento defectuoso, que parte de premisas inexactas lleva a resultados extremadamente importantes.

La revolución del siglo XVII, que anteriormente he llamado “el desquite de Platón” fue de hecho el efecto de una alianza, la de Platón con Demócrito ¡extraña alianza! A fe mía que acaece en la historia que le Gran Turco se alía con el Rey Muy Cristiano, – los enemigos de nuestros enemigos son nuestros amigos – o, para volver a la historia del pensamiento filosófico-científico, ¿qué hay más extraño que la alianza más reciente entre Einstein y Mach?

Átomos democríteos en el espacio de Platón – o de Euclides –: se entiende que Newton haya tenido necesidad de un Dios para mantener la conexión entre los elementos constitutivos de su Universo. También se comprende el carácter extraño de este Universo – al menos, nosotros lo comprenderemos: el siglo XIX estaba demasiado habituado a él para ver toda su extrañeza – cuyos elementos materiales, objetos de una extrapolación teórica, se bañan, sin verse afectados, en el no ser necesario y eterno, objeto de un conocimiento a priori, del espacio absoluto. Se comprende igualmente la implicación rigurosa de este absoluto, o de estos absolutos – espacio, tiempo, movimiento absolutos – rigurosamente incognoscibles a no ser que por el pensamiento puro, por los datos relativos – espacio, tiempo movimiento relativos – que son los únicos accesibles.

La ciencia moderna, la ciencia newtoniana, está indisolublemente ligada a estas concepciones de espacio absoluto, tiempo absoluto, movimiento absoluto. Newton, que fue tan buen metafísico como físico o matemático, se dio cuenta perfectamente. Por lo demás, igual que sus grandes discípulos MacLaurin y Euler, y el más grande de todos ellos, Laplace. Los Axiomote seu leges motu son válidos e incluso tienen sentido sólo sobre esos fundamentos.

Además, la historia nos da la refutación. Basta citar a Hobbes que no acepta la existencia de un espacio separado de los cuerpos y, por ello, no comprende la nueva concepción galileana, cartesiana, del movimiento. Pero Hobbes es quizás un mal ejemplo. No es bueno en matemáticas. No en vano John Wallis dijo un día que era más fácil enseñar a hablar a un sordomudo que hacer comprender al Dr. Hobbes el sentido de una demostración geométrica. Leibniz, cuyo genio matemático es nulli secundus, es un testigo mucho mejor. Ahora bien, cosa curiosa, en la dinámica, Hobbes es el modelo de Leibniz. Porque, al igual que Hobbes, Leibniz tampoco admitió jamás la existencia de un espacio absoluto y por tanto jamás pudo comprender el verdadero sentido del principio de inercia. Lo que, por lo demás, quizás no era más que una blessing in disguise:• ¿cómo, de otro modo, podria haber concebido del principio de la mínima acción? En fin, podría citarse nada menos que a Einstein: está claro que en la física einsteniana la negación del movimiento y del espacio absoluto entraña inmediatamente la negación del principio de inercia.

Pero volvamos a Newton. Acaso es posible, nos dice, que no haya ni un solo cuerpo en el mundo que esté verdaderamente en reposo y que además nos sea imposible distinguirlo de un cuerpo en movimiento uniforme. También es verdad que no podemos, ni podremos jamás – por más que Newton parece haber tenido esa esperanza – determinar el movimiento absoluto – uniforme – de un cuerpo, su movimiento en relación al espacio, sino solamente su movimiento relativo, es decir, su movimiento en relación a otros cuerpos sobre cuyo movimiento absoluto – en tanto que trata de movimientos uniformes y no de aceleraciones – estamos tan poco informados como respecto al del primero. Pero eso no es una objeción contra las nociones de espacio, de tiempo, de movimiento absoluto; al contrario, es una consecuencia rigurosa de la estructura misma de éstas. Además, está claro que, en el mundo newtoniano es infinitamente improbable que un cuerpo se encuentre alguna vez en reposo absoluto; y totalmente imposible que alguna vez se encuentre en movimiento uniforme. La ciencia newtoniana, sin embargo, no puede no utilizar estas nociones.

En el mundo newtoniano, y en la ciencia newtoniana – contrariamente a lo que pensaba Kant que los había comprendido mal, pero por su mala interpretación había abierto la vía a una epistemología y una metafísica nuevas, fundamentos posibles de una ciencia no newtoniana – no son las condiciones del ser fenoménico de los objetos de esta ciencia – o de los entes – sino, al contrario, la estructura objetiva del ser lo que determina el papel y el valor de nuestras facultades de saber. O, para emplear la vieja fórmula de Platón: en la ciencia newtoniana y en el mundo newtoniana, la medida de todas las cosas no es el hombre, es Dios. Los sucesores de Newton pudieron olvidar, pudieron creer que no tenían la necesidad de la hipótesis Dios. , en adelante andamio inútil de una construcción que se sostenía por sí misma. Se equivocaron. Privado de su soporte divino, el mundo newtoniano se reveló inestable y precario. Tan inestable y tan precario como el mundo de Aristóteles que había reemplazado.

La interpretación de la historia y de la estructura de la ciencia moderna que acabo de esbozar no es la communis opinio doctorum, al menos todavía, aunque creo que va camino de serlo. Pero aún no hemos llegado a este punto. De hecho, la interpretación más común es bastante diferente. Todavía sigue siendo la interpretación positivista, pragmatista.

Por lo que respecta a la obra de los Galileo y los Newton, los historiadores de tendencia positivista tienen el hábito de insistir en su aspecto o lado experimental, empirista, fenomenista; en su renuncia a la búsqueda de las causas en beneficio de la búsqueda de las leyes, en el abandono de la pregunta ¿por qué? y su sustitución por la pregunta ¿cómo?

Ciertamente, esta interpretación no carece de apoyos históricos; el papel de la experiencia, o más exactamente de la experimentación en la historia de la ciencia es del todo evidente; las obras de los Gilbert, de los Galileo, de los Boyle, etc., están llenas de elogios a la fecundidad de los métodos experimentales opuestos a la esterilidad de las especulaciones. Y en cuanto a la búsqueda de las leyes con preferencia a la de las causas, todo el mundo conoce el famoso pasaje de los Discorsi en el que Galileo nos anuncia que seria ocioso e inútil discutir las teorías causales de la gravedad propuestas por sus contemporáneos y predecesores, dado que nadie sabe qué es la gravedad – que no es más que un nombre – y que más vale contentarse con el establecimiento de la ley matemática de la caída.

Y todo el mundo conoce también el pasaje no menos célebre de los Principia, en el que Newton, a propósito también de la gravedad, convertida en el interin en atracción universal, nos dice que hasta entonces no ha sido capaz de descubrir la causa “de las propiedades de la gravedad partiendo de los fenómenos” y que no ha “imaginado” hipótesis explicativas “pues lo que no se deduce de los fenómenos, debe ser llamado hipótesis, y las hipótesis, tanto físicas como metafísicas, mecánicas o que supongan cualidades ocultas, no tienen lugar en la filosofía experimental. En esta filosofía las proposiciones particulares son inferidas de los fenómenos y, a continuación, generalizadas por inducción”. En otros términos, las relaciones establecidas por experiencia son transformadas en leyes por inducción.

Por eso no es sorprendente que para un gran número de historiadores y de filósofos este aspecto legalista, fenomenista, en definitiva positivista, de la ciencia moderna aparezca como su esencia o al menos como su proprium y que la opongan a la ciencia realista y deductiva de la Edad Media y de la antigüedad.

Sin embargo quisiera objetar a esta interpretación:
a) Mientras la tendencia legalista de la ciencia moderna es totalmente indudable y además fue extremadamente fecunda al permitir a los científicos del siglo XVIII consagrarse al estudio matemático de las leyes fundamentales del universo newtoniano – estudio que culmina en la obra admirable de Lagrange y de Laplace – aunque a decir verdad una de estas leyes, a saber la ley de la atracción, fuera transformada por ellos en causa y en fuerza – su carácter fenomenista es mucho menos aparente; de hecho no son los ?????????, sino los ????? los que están ligados por leyes causalmente son explicadas o inexplicables. De hecho no son los cuerpos de nuestra experiencia común, sino los cuerpos abstractos, las partículas y los átomos del mundo newtonianano los que son los relata o los fundamente de las relaciones matemáticas establecidas por la ciencia.
b) La autointerpretación y autorrestricción positivistas de la ciencia no son en absoluto un hecho moderno. Como mostraron ya Schiaparelli, Duhem y otros, son casi tan viejas como la ciencia misma y, como todas las cosas o casi todas, fueron inventadas por los griegos. El fin de la ciencia astronómica, explicaban los astrónomos alejandrinos, no es descubrir el mecanismo real de los movimientos planetarios que por los demás no podemos conocer, sino sólo salvar los fenómenos, ?????? ?? ????????? combinando sobre la base empírica de las observaciones un sistema de círculos y de movimientos imaginarios – un truco matemático – que nos permita calcular y predecir las posiciones de los planetas de acuerdo con las observaciones futuras.

Por otra parte, Osiander (en 1543) recurre a esta epistemología pragmatista y positivista para disimular con ella el carácter revolucionario de la obra copernicana. Y precisamente contra esta mala interpretación positivista protestan los grandes fundadores de la astronomía moderna, Kepler, que pone AITIOLOGETOS en el título mismo de su gran obra sobre Marte [8], igual que Galileo e incluso Newton que, a pesar de su célebre hypotheses non fingo [9], en los Principios matemáticos de la filosofía natural estableció una ciencia no sólo realista, sino incluso causalista.

Pues aunque renunciara, provisionalmente o incluso definitivamente [10], a la búsqueda del mecanismo de producción de la atracción, aunque incluso negara la realidad física de la acción a distancia, la propone como una fuerza real – transfísica – que subtiende la “fuerza matemática” de su construcción. El antecesor de la ciencia – física – positivista no es Newton, es Malebranche.

En efecto, la actitud newtoniana que renuncia a la explicación física de la atracción y la plantea como un hecho de acción transfísica, no tiene sentido desde el punto de vista positivista. Desde este punto de vista, una acción a distancia instantánea, como nos lo explicó ya Ernst Mach y muy recientemente el señor P. W. Bridgman, no tiene nada de reprensible: exigir la continuidad temporal o espacial es estar ligado a un prejuicio.

Al contrario, tanto para Newton como para sus mejores sucesores, la acción a distancia – a través del vacío – siempre fue vista como algo imposible y por tanto inadmisible, y esta convicción, que como acabo de mencionar podía apelar a la autoridad del propio Newton, es la que conscientemente inspiró la obra de Euler, de Faraday, de Maxwell y finalmente de Einstein.

Como se ve, no es la actitud positivista sino, muy al contrario, la del realismo matemático, la que está en el origen de la física en campos, ese nuevo concepto clave de la ciencia cuya importancia capital nos ha mostrado tan bien Einstein.

Por tanto, creo que es posible concluir provisionalmente al menos que la lección de la historia nos muestra que:
a) La renuncia – la resignación – positivista no es más que una posición de retirada temporal y que si el espíritu humano en la persecución del saber asume periódicamente esta actitud, no la acepta jamás – al menos aún no lo ha hecho nunca – como definitiva y última; tarde o temprano deja de hacer de la necesidad virtud y de alegrarse de su derrota. Tarde o temprano, vuelve al trabajo y se pone de nuevo a buscar una solución inútil o imposible de problemas declarados desprovistos de sentido, tratando de hallar una explicación causal y real de las leyes establecidas y aceptadas por él.
b) La actitud filosófica que a la larga demuestra que es buena no es la empirista positivista o pragmatista, sino, al contrario, la del realismo matemática. En resumen, no la de Bacon o la de Comte, sino la de Descartes, Galileo y Platón.

Si tuviera tiempo podría presentar casos de desarrollo completamente paralelos, sacados de los dominios de la ciencia. Podríamos, por ejemplo, seguir el desarrollo de la termodinámica desde Carnot a Fourier – es sabido por lo demás que fueron los cursos de Fourier los que inspiraron a Auguste Comte – y ver en qué se convirtió en manos de Maxwell, de Boltzmann y de Gibbs; sin olvidar la reacción – tan significativa de su perfecto fracaso – de Duhem.

Podríamos estudiar la evolución de la química, que a pesar de la oposición – totalmente “razonable” – de los grandes químicos, sustituyó la ley de las proporciones definidas por una concepción atómica y estructuralista de la ley.

Podríamos analizar la historia del sistema periódico que hace algún tiempo mi colega y amigo G. Bachelard nos presentaba como ejemplo perfecto de “pluralismo coherente” y ver en qué se convirtió en manos de Rutheford. De Moseley y de Niels Bohr.

O también, la de los principios de conservación, principios metafísicos si los hubo, principios para cuyo mantenimiento se está obligado, de vez en cuando, a postular seres – como el neutrino – no observados o incluso no observables en la época de su postulación, cuya existencia no parece tener más que una única meta, a saber, el mantenimiento de la validez de los principios en cuestión.

Creo incluso que se llegaría a conclusiones enteramente análogas si se estudiara la historia – creo que empieza a ser posible – de la revolución científica de nuestro propio tiempo.

Está fuera de duda que fue una meditación filosófica lo que inspiró la obra de Einstein – del que podría decirse que, como Newton, fue filósofo tanto como físico. Está perfectamente claro que su negación resuelta, incluso apasionada, del espacio absoluto, del tiempo absoluto, del movimiento absoluto – negación que, en cierto sentido, prolonga la que Huygens y Leibniz opusieron antiguamente a estos mismos conceptos – está fundada en un principio metafísico.

Así, no todo son los absolutos en sí los que se ven proscritos. En el mundo de Einstein y en la ciencia einsteniana hay absolutos – los llamamos modestamente invariantes o constantes – tales como la velocidad d ela luz o la energía total del universo, que harían estremecer de horror a un newtoniano, pero en realidad se trata de absolutos que no están fundados en la naturaleza de las cosas.

En compensación, el tiempo absoluto como el espacio absoluto, realidades que Newton aceptó sin dudarlo – porque él podía apoyarlas en Dios y fundarlas en Dios –, se convierten para Einstein en fantasmas sin consistencia y sin significación, no ya, como se ha dicho a veces, porque es imposible apoyarlas en el hombre – me parece que la interpretación kantiana es tan falsa como la positivista – sino porque son marcos vacíos sin relación alguna con lo que hay dentro. Para Einstein, como para Aristóteles, el tiempo y el espacio están en el Universo y no el Universo en ellos. Puesto que no hay acción física inmediata a distancia – ni Dios que pueda suplir su ausencia –, el tiempo está ligado al espacio y el movimiento afecta a las cosas que se mueven. Pero si la medida de todas las cosas tal como lo son ya no es Dios, tampoco es el hombre, es la naturaleza.

Por eso, la teoría de la relatividad – de nombre tan desafortunado – afirma precisamente el valor absoluto de leyes de la naturaleza que son tales – y deben ser formuladas de tal manera – que sean cognoscibles y verdaderas para todo sujeto cognoscente. Sujeto, bien entendido, finito e inmanente al mundo, y no sujeto trascendente como el Dios de Newton.

* Lamento no poder desarrollar aquí algunas observaciones que acabo de hacer respecto a Einstein. Pero creo haber dicho lo suficiente para hacer ver que la interpretación corriente – positivista – de su obra no es en absoluto adecuada, y para dejar adivinar el sentido profundo de su oposición resuelta al indeterminismo de la física cuántica. Tampoco en este caso se trata de preferencias subjetivas o hábitos de pensamiento, lo que se opone son filosofías, y eso explica por qué, hoy como en tiempos de Descartes, un libro de física comienza con un tratado de filosofía.

Pues la filosofía – quizá no es la que se enseña hoy en las facultades, pero sucedía lo mismo en tiempos de Galileo y Descartes – ha vuelto a ser la raíz cuyo tronco es la física y el fruto la mecánica.

[1] Conferencia pronunciada en la reunión de la American Association for the Advancement of Science en Boston, 1954; véase The Scientific Monthly, 1955.

[2] Ibíd.

[3] Por eso Bacon rechaza el copernicanismo. (volver al texto)

[4] Véase hoy mi From de Closed World to the Infinite Universe, Baltimore, 1957. [Hay trad. Esp. Del Mundo Cerrado al Universo Infinito. Trad. Carlos Solís Santos, Madrid, siglo XXI, Madrid, 1979.

[5] Véase “Le Vide et l’espace infini au XIV siécle”, Archives d’histoire doctrinale et littérarie du Moyen Age, 1949, en Koyré, Études d’histoire de la pensée philosophique, París Gallimard, 1971, págs. 37-93; 1ª. Ed. Franc. En Armand Colin, 1961.
[6] “An experiment in measurement”, American Philosophical Society Proceedings,1953. [Hay trad. Esp. En Koyré. Estudios de Historia del pensamiento científico, trad. Encarnación Péres Sedeño y Eduardo Bustos, Madrid, Siglo XXI, 1977, págs. 274-307.]

[7] “The Breaking of the Circle”, Evanston, 1950. Véase mi From the Closed World to the Infinite Universe, [Para la referencia completa, véase nota 4.] (volver al texto)

[8] Astronomía Nova sirve physica coelestis, tradita Commentariiis de motibus stellae Martis, 1609. (volver al texto)

[9] Véase hoy mi “Hypothése et experience chez Newton”, Bulletin de la Societé francaise de Philosophie, 1956, y I.B. Cohen, Newton and Franklin, Philadelfia, 1956. (volver al texto)

[10] Definitivamente en tanto que búsqueda de explicación mecánica de la atracción de fuerzas no matemáticas – eléctricas – ora repulsivas ora atractivas. (volver al texto)

enero 21, 2008

Introducción Teoría de la Historia de las Ciencias

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Juan Jóse Saldaña

Estudio sobre las fases principales de la evolución de la historia de las ciencias.A. LA NOCIÓN DE CONTINUIDAD
I. La historia de las ciencias como un continuum

1. La Revolución Científica es considerada en el siglo XVIII como una fundación ex nihilo

El modelo de historia de las ciencias continuista fue adoptado bajo la influencia de una filosofía del progreso. Los historiadores de las ciencias buscaban aprehender la esencia de las revoluciones científicas que habían tenido lugar en el pasado (asociadas a los nombres de Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, Newton), y también destacar las revoluciones entonces en curso para mostrar el carácter progresivo de sus propios trabajos.

En el siglo XVIII ya no se teme hacer frente a las nuevas ideas. Si De Revolutionibus de Copérnico había necesitado del prefacio de Andreas Osiander que lo justificó como una “hipótesis matemática”; y si, en cambio, en el siglo XVIII los sabios están conscientes del carácter revolucionario de sus trabajos científicos, es porque la sociedad en la que se desenvuelven ha cambiado también enteramente. Ahora existe un interés por sus trabajos, lo cual no era el caso en el siglo XV. Los intelectuales y los científicos ocupan ahora un lugar en la sociedad y ellos han aportado en alguna medida los medios para lograrlo. Su punto de partida es la concepción de la ciencia que fue desarrollada a partir del Renacimiento, la cual se caracteriza por una visión mítica. La ciencia es, para algunos de entre ellos, el resultado de una constitución ex nihilo por hecho, de la ruptura con Aristóteles y la, Escolástica: para otros, se trató de, una revolución fundadora llevada a cabo durante el siglo XVII por las ciencias físicas y matemáticas, y donde la obra de Newton es su expresión más acabada. En astronomía, sería a Copérnico a quien habría que remontarse.[1]

No fue, en efecto, sino hasta el siglo XIV que van a reunirse las condiciones de existencia de un nuevo medio intelectual. Es, inicialmente, en las ciudades italianas donde se encuentran tales condiciones: “reunión e igualdad efectiva de la nobleza y de la burguesía: formación de una sociedad que experimentaba la necesidad de cultivar su inteligencia y que poseía el tiempo y los medios”[2].

Esta revolución -como Jacob Burckardt la llama- aportó poco a poco “la atmósfera donde vivirán todos los espíritus cultivados de Europa”[3]. Ella haría salir, en un primer momento, a la ciencia de los conventos donde se había refugiado y, en un segundo momento, esta “atmósfera” se enriquecería con una “gran masa de materiales” recogidos de los autores antiguos. Los humanistas primero, y los sabios después, serán los productos de este movimiento. Los estudios filológicos y el conocimiento empírico serán “los métodos’ iniciales, mientras que las matemáticas y el experimento científico vendrán posteriormente.

Este movimiento de “gentes cultivadas” ya ha transformado en profundidad el pensamiento europeo hacia el siglo XVI. Sin embar­go, no se trata entre los humanistas de una lucha para promover una doctrina particular o una filosofía stricto sensu. Más bien, ellos querían oponer su punto de vista anti-aristotélico y antiescolástico al de sus contemporáneos tradicionalistas. Este punto de vista estaba también marcado por su aptitud para recibir los nuevos conocimientos. Esta République des lettres que se interesa por la bonae litterae y cuyos miembros se unen por la sodalitates litterarum. Esta République des lettres se desarrolló al interior de las universidades, pero también, y sobre todo, en su exterior. Sus innovaciones múltiples, la curiosidad y la pasión de conocer de sus miembros están entre los factores que determinaron el declive del sistema universitario medieval a través de Europa. Los humanistas se abrieron una nueva vía al nivel de la enseñanza. Así, en diciembre de 1520, la Academia de Ciencias fue fundada en Padua y otras instituciones similares comenzaron a surgir gradualmente.

El anti-aristotelismo de los humanistas que era algunas veces dogmático -señala Kuhn-, tuvo, pese a ello, repercusiones en el terreno de la ciencia, ya que facilitó una ruptura”… con los conceptos radicales de la ciencia de Aristóteles”[4]. Esta tradición de apertura del pensamiento humanista dominante fuera de las universidades, tuvo también el efecto de fertilizante del pensamiento científico. Lo anterior es puesto en evidencia por los más grandes científicos del Renacimiento (Copérnico, Gali1eo y Kepler), quienes hicieron suyas dos ideas no aristotélicas: “una nueva creencia en la posibilidad e importancia de descubrir regularidades aritméticas y geométricas en la naturaleza, y una nueva, visión del sol en tanto que fuente de todos los principios vitales y de las fuerzas en el universo [5] Esta liberación frente a la autoridad de la tradición constituía el elemento nuevo en el medio intelectual de ese siglo. Copérnico en astronomía encontrará sobre todo en este espíritu de apertura, es decir, fuera de la astronomía misma, las razones que lo persuadieron de la insuficiencia de la astronomía antigua y de la necesidad del cambio, ya que, como lo ha constatado Kuhn, “Hasta medio siglo después de la muerte de Copérnico no ocurrieron cambios potencialmente revolucionarios en los datos disponibles a los astrónomos” [6]. “Copérnico -nos dice Alexandre Koyré- no es un especialista estrecho, un ‘astrónomo’ técnico, sino un hombre profundamente imbuido de la rica y completa cultura de su época, artista, sabio, erudito, hombre de acción: un humanista en el mejor sentido del término”. Y en astronomía., “fue un discípulo, el más grande de los discípulos de Ptolomeo” [7] .

El año 1543, fecha de la publicación del Revolutionibus Orbium Coelestium [8] de Copérnico, fue visto como el símbolo del fin de un mundo y el principio de otro. En el siglo XVIII el historiador de la astronomía Jean Sylvain Bailly consideró a Copérnico, por su “espíritu sedicioso”, como a aquél que “,… desembarazó a 1a humanidad de un largo prejuicio que había retardado todos los progresos”; y porque propuso olvidar “… el movimiento que nosotros no vemos, para creer en aquél que no sentimos”. “Copérnico había percibido la verdadera apariencia del sistema…” [9] . Se trata del comienzo de una época nueva, de un tournant, “de una gran revolución que cambió todo. El genio de Europa se hizo conocer y se anunció en Copérnico” [10] . Esta revolución que constituyó la verdadera fundación de la ciencia moderna se operó –dice Bai1ly – en dos tiempos: primero, 1a “destrucción del sistema de Ptolomeo era un preliminar indispensable” y, después, la construcción de un sistema nuevo; así “esta revolución debía preceder a todas las otras” [11] .

Sin embargo, será sobre todo el siglo XVII el que aportará la prueba de una revolución fundadora de la ciencia moderna. Al principio de este siglo los espíritus cultivados permanecían en parte “humanistas”. El paso de la République des lettres a la République des -savants se efectuó lentamente. Ellos se sabían poseedores de un rico conocimiento. Estos eruditos necesitaban de los métodos que les permitieran preservar y aumentar sus conocimientos en un mundo en que aún la superstición. la religión y las instituciones escolásticas los enmarcaban en un conjunto incoherente. La búsqueda de los métodos que les permitieran la coordinación y la transmisión de los conocimientos acumulados. así como su aplicación a lo que se observaba actualmente. se había convertido en un imperativo. El siglo XVII es el siglo del método moderno: se cree en la lógica como la única capaz. con sus formas y sus categorías. de descifrar al mundo. En 1604 Francis Bacon publicó The Advancement of Learning y en 1620 el Novum Organum Scientiarum. Bacon rechazó como principio metodológico los argumentos fundados sobre la autoridad de los textos. Invitó a los sabios a proceder por la observación y la experimentación sin ocuparse de los obstáculos teológicos que pudieran encontrar en el curso de la investigación. Bacon fue inmediatamente escuchado y su influencia se ejerció en todos los dominios.

Otros, en la misma época, como Comenius. ponían en relieve la importancia de la transmisión de los conocimientos mediante los sistemas pedagógicos apropiados. En Panshophia Prodomus propuso una clasificación enciclopédica y acumulativa de los conocimientos. O. aún otros. como Marsenne y su grupo de mechanistes intentaban crear una ciencia nueva de los fenómenos naturales basada en las matemáticas y en la experiencia. No lo lograrían pues, manteniéndose en casos particulares, no llegarían a formular una teoría general. René Descartes publicó en 1637 Discouse de la méthode que daba las reglas para fundar la totalidad del conocimiento sobre la evidencia racional y para conducir correctamente la razón. En fin, se podrían citar muchos otros trabajos animados igualmente de un interés metodológico, publicados también durante este siglo: Art de penser (Port Roya1), Logica vetus et nova (Clauberg), De intellectus emendatione (Spinoza), Medicina mentis (Tschirnhaus), etc.

Los filósofos y los historiadores de las ciencias del Siglo de las Luces creyeron encontrar en estas investigaciones por métodos fiables y en el abandono de la tradición, el paso a la ciencia verdadera. D’Alambert en su Discours Preliminaire en la Enciclopediae. (1751) saluda al “Canciller Bacon “ y a Descartes por sus radicales innovaciones. Se detiene especialmente en la “gran revuelta” de Descartes, quien mostró a los espíritus inteligentes cómo derrocar el yugo de la escolástica, de la opinión, de la autoridad, al mismo tiempo que preparaba una revolución mucho más difícil de realizar y mucho más esencial que todas aquellas que sus predecesores habían intentado [12] , la de la física newtoniana. En el artículo “Experimetal”, D’Alambert observa que Bacon y Descartes habían introducido “el espíritu de la física experimetal”. Condillac señalaba que “Bacon proponía un método demasiado perfecto para ser el autor de una revolución; Descartes había de lograrlo mejor… [13] Turgot señala que en la historia del pensamiento científico (philosophie) “…Galileo y Kepler echaron con sus observaciones los verdaderos fundamentos de la filosofía. Pero, fue Descartes, más intrépido, quien meditó e hizo una revolución”. 0, aún, sobre el derrocamiento realizado por Descartes: “Gran Descartes: Si no os ha sido dado el hallar siempre la verdad, al menos habéis destruido la tiranía del error” [14].

Cuando la filosofía cartesiana acababa de derrocar a la tradición con sus planteamientos metodológicos, una doble revolución iba a producirse con la física newtoniana por una parte, y por otra parte con el cálculo infinitesimal de Newton y de Leibniz.

A partir de 1650 y hasta el final del siglo el movimiento científico se desarrolló con gran velocidad. El terreno ya estaba listo como hemos visto, gracias al abandono de las teorías feudales clásicas. En ésta época la actividad científica se consolidó sobre todo en Francia y en Inglaterra y la causa principal de este desenvolvimiento fue la existencia de gobiernos estables en estos países, al interior de los cuales la burguesía, entonces en ascenso, tomaba el papel principal o, al menos, un papel importante. En Inglaterra, la Guerra Civil y el impacto social y político que provocó, crearon las mejores condiciones para el desarrollo de la ciencia. En Francia, el más grande y el más rico país de Europa, un desarrollo económico general había permitido a la burguesía (llamada “noblesse de robe”) integrarse al aparato del Estado [15] . Es en el período que va del 166l a 1683 , en la época de Colbert, bajo Louis XIV, que la instauración de la ciencia tendrá lugar en Francia.

A partir de 1660 los científicos encuentran como consecuencia de lo anterior, las condiciones para establecer las formas de organización que hasta entonces les faltaban: las sociedades científicas son fundadas (The Royal Society – 1662; l’Ácadémie Royale des Sciences – 1666; l’Accademia Cimiento – 1651/1667) Y los periódicos científicos empiezan a aparecer: Las Philosophical Transactions de la Royal Society; el Journal des Savants; las Mémoires de Trévoux; Acta Eruditorum. La información y la comunicación sistemática son en lo sucesivo posibles entre los científicos de esta “République des Savants”.

Los Philosophia naturalis principia mathemathica fueron publicados por Isaac Newton, Fellow de la Royal Society, en 1687. Esta obra estableció las leyes de la dinámica gravitacional en un sentido cuantitativo y físico, e introdujo un instrumento matemático fundamental: el cálculo infinitesimal. La ciencia mecánica que resultó se substituyó a la física cartesiana de los “torbellinos” Leibniz (corresponsal regular de la Royal Society) fue confrontado con Newton sobre su originalidad en la invención del cálculo infinitesimal; sin embargo, él había comprendido en tanto que filósofo y en tanto que matemático, el alcance de los descubrimientos de su rival hacia el establecimiento de una nueva imagen del mundo físico y de la ciencia misma. Newton y Leibniz dominaron la vida científica hasta el principio del siglo XVIII, aportando a la vida intelectual europea una dimensión completamente nueva.

Los avances innegables que las ciencias venían de realizar fueron percibidos por las generaciones que siguieron inmediatamente después como una gran revolución en las ciencias físicas y matemáticas: Alexis Claude Clairaut declaró (1747) “el famoso libro de los Principios matemáticos de la Filosofía natural ha constituido la época de una gran revolución en la física”. [16]

Más tarde Bailly afirmaba: “Newton derrocó y cambió todas las ideas. Aristóteles y Descartes compartían aún el imperio. Ellos eran los preceptores de Europa: el filósofo inglés destruyó casi todas sus enseñanzas y propuso una nueva filosofía; esta filosofía ha operado una revolución” [17] .

En matemáticas Fontenelle en sus Eleménts de la géométrie de l’infini (1727) señaló que “…las rutas que acaban de ser abiertas (por el cálculo de Newton y Leibniz) constituían …la época de una revolución casi total acaecida en la geometría” [18] . Fue entonces, en el período que se inicia con la instauración de la “République des lettres” y que se cierra con el advenimiento de la “République des savants”, que el siglo XVIII ve el “tournant” con relación a la Edad Media y cuya consecuencia fue la fundación de la ciencia moderna. Los historiadores del siglo XVIII concederán una gran importancia a este período pues ellos veían en él la manifestación de un progreso cierto y, al mismo tiempo, la esperanza que rendía cuenta de su propio entusiasmo por los trabajos entonces en curso. Fontenelle en la Histoire de l’Académie (1724) y para mostrar la utilidad de las matemáticas y de la física (dentro de su papel de divulgador que era también suyo) hace la observación siguiente: “…las ciencias acaban de nacer …nos hemos colocado en la vía correcta hace apenas un siglo. Si se examina históricamente el camino que ellas ya han recorrido en tan pequeño espacio de tiempo…” y a pesar de todos los inconvenientes con que se han encontrado, “…se vería inclusive a nuevas ciencias salir de la nada y, quizás, se dejarían ir bastante lejos las esperanzas para el porvenir”. “Entre más nos prometemos que será dichoso, más estamos obligados a observar el estado presente de las ciencias como el de la cuna, al menos el de la física” [19] .

Pero este período ha sido igualmente, y simultáneamente, el de la aparición del capitalismo con su nueva composición de la sociedad (burguesía ascendente al inicio y dominante después, nuevas profesiones, papel creciente de los intelectuales en la vida social y en el funcionamiento del Estado, etc.). Ahora, con la organización sistemática de la ciencia en torno a hipótesis generales como las de Newton, y con sus medios teóricos (modelo matemático, lógica de las ciencias, filosofía que medita sobre la armonía del mundo y sobre el progreso humano, etc.), así como la institucionalización y los medios de comunicación científicos desde entonces existentes, los historiadores y filósofos del XVIII encuentran que este período era el del momento en que la acumulación de conocimientos así obtenidos permitía la afirmación del progreso indefinido, lineal, de las ciencias. Este punto de vista, además, era coherente con el racionalismo y el optimismo entonces en boga. Este optimismo encontraba su razón de ser en los hechos. Tal era el caso de Francia que en la segunda mitad del siglo XVIII conocía un estado de prosperidad pública: “setenta años sin invasiones, sin rapiñas, sin destrucciones, sin guerras civiles, sin quemas en la hoguera, sin trastornos interiores, ¿se podrían imaginar condiciones más favorables para el trabajo fecundo?” [20] . Además de la paz que conocía el reino, se asistía a un empuje demográfico, a un conjunto de perfeccionamientos científicos y técnicos y al desarrollo industrial y comercial.

Este optimismo no era únicamente resultado de las condiciones de la vida política, económica y social, sino también de la filosofía elaborada en ese siglo. Formados en este espíritu, los historiadores de las ciencias hacen su aparición para dar a conocer los descubrimientos recientes y conservar así sus efectos revolucionarios. También su propósito era explicar el significado filosófico de tales descubrimientos (“el progreso histórico de las condiciones de afirmación de la verdad”: Canguilhem) a un público surgido de las capas altas de la sociedad y que ahora se interesa por las cuestiones científicas (lo que prueba, de paso, el prestigio adquirido por la ciencia en esa época). Así, por ejemplo, Fontenelle, uno de los más distinguidos, señalaba para el cálculo diferencial de Newton y de Leibniz que el marqués de l’Hopital, Varignon y “todos los grandes geómetras entraron con ardor en las rutas que acababan de ser abiertas a pasos de gigantes. El infinito elevó todo a una sublimidad, y al mismo tiempo elevó todo a una facilidad, que no se hubiera osado anteriormente concebir su esperanza” [21] . Fontenelle tuvo el mérito de haber impulsado los estudios de historia de las ciencias y, en tanto que filósofo, de haber sabido captar el sentido de la revolución cartesiana, es decir, la fundación de la historia y la toma de conciencia del sentido del devenir humano [22] . Él comprendió por qué una filosofía fundamentalmente antihistórica se prolongó en filosofía de la historia de las ciencias. Para Fontennelle el sentido de la historia está cifrado en el principio de conservación de la cantidad de genio del espíritu y es esto lo que da fundamento a la idea de progreso intelectual y al carácter definitivo de la Edad Científica. Su optimismo histórico fue materializado en el género al que Fontenelle llegó a conferir1e perfección: los Eloges académicos de los sabios, pronunciados en tanto que Secretario Perpetuo de la Aeadémie des Sciences ( 69 Eloges de 1699 a 1740) .

El siglo XVIII fue el siglo de la historia: historia de la tierra, historia natural, historia de sociedades, historia de las bellas artes, historia de la filosofía, historia de las ciencias. Como las otras, la historia de las ciencias se interroga por los orígenes y presupone que la ciencia en todo momento es reducible a sus elementos. El análisis histórico consiste en descomponer la ciencia actual en sus ideas “simples”, que fueron expuestas en el pasado. En el movimiento inverso, se pueden sintetizar las ideas dispersas que se multiplican y se acumulan como consecuencia de sus combinaciones (Condorcet, por ejemplo, llega por el cálculo de probabilidades a estipular un orden para el progreso), lo que permite, entonces, seguir “la marcha ascendente del espíritu humano”. Esta historia de las ciencias proclama la tesis de unidad de la ciencia cuyo origen es cartesiano [23] , esta tesis de la unidad de la ciencia es la que da fundamento a la identidad de la fuerza del espíritu humano cualquiera que sea el objeto al cual se aplica, pero también, creemos, la que permite considerar a la ciencia del pasado como formando parte del mismo continuum que la ciencia de hoy.

El siglo XVIII fue también el siglo de grandes procesos revolucionarios. Se le pide a la historia que aporte una confirmación a la filosofía del progreso que justifica las revoluciones en curso. Los historiadores de las ciencias están conscientes, en efecto, del derrocamiento -o “revolución” como efectivamente la llaman [24] – que se encuentra al origen de la revolución científica que están en proceso de vivir (en matemáticas y en química especialmente); para ellos, entre Copérnico y Newton un cambio radical había tenido lugar y que no era un simple avance, sino un paso revolucionario, pues era nuevo y sin precedentes. Era el nacimiento de la ciencia. Era la ruptura con el saber del mundo medieval y antiguo.

Hacia 1775 esta visión de los orígenes de la ciencia (y esta noción de “revolución científica” como modo de cambio de conceptos y de teorías científicas) había pasado a ser corriente. L. Feuer señala [25] que “…la noción de revolución científica, …ha entrado en el vocabulario durante el período de agitación social (…) que precedió a la Revolución Francesa”. En efecto, los historiadores, los científicos y los filósofos (Diderot, d’Alam­bert, Condorcet, Lavoissier, Kant, Priestley, etc.) la emplean. A partir de 1811, incluso el Diccionario de la Academia da como acepción de la palabra ,”revolución”, la de “révolution dans les sciences…”, para alcanzar así un reconocimiento oficial “…como el nombre de un concepto aceptado para caracterizar al cambio científico”. [26]

2. Descartes y Leibniz los “teóricos” de la historia de las ciencias en el Siglo de las Luces.

Los historiadores de las ciencias habían, pues, construido su disciplina sobre las concepciones de los filósofos del progreso. La fuente reconocida era el cartesianismo. Este había sido adaptado por los historiadores como una filosofía -ha dicho Canguilhem- “…a su medida…” [27] , pues permitía señalar a aquellos que los habían precedido como levantados contra la autoridad y, al mismo tiempo, construir un punto de vista historizante y progresivo del pasado científico.

Es a Descartes a quien los historiadores han retenido, pese a su anti-historicismo declarado, pero habiéndolo vuelto previamente souple, “…muy alejado de un cartesianismo de identificación estricta con los enfoques metafísicos iniciales” [28] . Y. Belaval afirma que los autores de los Esquisses y de los Tableux des progrés de l’esprit humain del siglo XVIII, deben a Descartes la coyuntura teórica que permitió la introducción de la idea del progreso racional de las ciencias. “…se puede afirmar que el filósofo de los Principes y de la Geometría contribuyó más que ninguno a propagar la idea del progreso de las ciencias. La querella de los Antiguos y los Modernos es su obra. Todos los partidarios de los Modernos son cartesianos; todos ellos se apoyan en el progreso de la ciencia. Esta ciencia es concebida, según la lección de Descartes, triunfante de empirismo, que da hechos sin razones, y de conceptua1ismo que da razones sin hechos, gracias al empleo de las matemáticas. Nada convenía mejor que la historia de las matemáticas para imponer la imagen de un progreso racional [29] . En efecto, es a partir de Descartes que la filosofía sigue un desarrollo autónomo, es decir, separado de la teología. La historia de la filosofía se vuelve entonces posible (y los cartesianos del siglo XVIII son quienes la van a desarrollar), y fue Leibniz quien constituyó sobre esta historia los elementos precursores de la filosofía de la historia al oponerse al desprecio de Descartes por la historia y la Tradición.

Para Descartes la idea verdadera es innata (Principes 10,), garantizada por la veracidad divina (Principes 13, Meditations 4ª.), Meditations 4ª.), y es, además, inmanente al espíritu humano. A partir de los primeros principios el conocimiento en su conjunto es reconstruido por el método de la invención el cual se apoya en el genio individual y que tiene como modelo a las matemáticas. La ciencia tiene solamente un porvenir deductivo a partir de los principios fundados clara y distintamente. [30] Para Descartes la razón es “…la luz natural o intuitus mentis” (carta a Marsenne, 16 de octubre de 1639), la cual permite discernir lo verdadero de lo falso (Principes, 30 y 43) para integrar el conjunto de nuestras ideas claras y distintas (Principes, 45). Por ello, ni la Tradición ni la historia (de las “sectas filosóficas”) pueden aportar a la ciencia la certeza y la unidad en sus enseñanzas. La verdad de la ciencia no es lo que ha sido conocido en todas las épocas, ni lo que es aceptado por todos, es lo que resulta evidente a un espíritu atento. La historia, en efecto, no da lugar más que a opiniones probables, pues en las “Ouvrages des Anciens”, “…no sabríamos después de todo a cuál creer, pues no existe prácticamente nada que no haya sido dicho por uno cuyo contrario no haya sido afirmado por otro. Y para nada serviría contar los votos para seguir la opinión que reúna el mayor número de partidarios… Aún si todos estuvieran de acuerdo entre ellos, su doctrina no bastaría… en efecto, daríamos la apariencia de no haber aprendido ciencias, sino historia”. [31]

En consecuencia, la historia no puede ser sino una fuente de errores. En las ciencias que fueron establecidas anteriormente y que aún no han sido el objeto de una concepción intuitiva o de una deducción necesaria, se encuentra “que tal vez exista una cuestión sobre la cual los sabios hubieran estado en desacuerdo las más de las veces” y que “…es imposible adquirir un conocimiento perfecto porque nosotros no podemos, salvo presunción, esperar de nosotros mismos más que lo que los demás han hecho…”, [32] de donde, pues, la conclusión de Descartes de que los datos históricos son inútiles y estériles, y que de todas las ciencias ya conocidas no quedan “…sino la aritmética y la geometría” que puedan enseñarnos sobre la ciencia y sus métodos.

De esta manera Descartes ha realizado una abolición absoluta de la tradición, ya que ni “la lógica de la Escuela” (“ella corrompe el buen sentido más bien que aumentarlo”), [33] ni las ciencias no fundadas en la intuición y en la deducción [34] ni, en fin, la historia [35], no podrían conducir la razón natural hacia la verdad de la ciencia. Esta última deviene únicamente posible, pues, a partir de los principios establecidos por la revolución que Descartes quiere instaurar, y cuyo fundamento es la razón esclarecida y su uso correcto. La ciencia cartesiana se quiere como la única garantía para el futuro de las ciencias a través de la conversión radical que impone al pensamiento. Es solamente a partir de esto que la ciencia tiene un futuro. [36]

Pero si para Descartes la ciencia solo tiene futuro, para Leibniz la ciencia posee también un pasado y éste es un pasado que se acomoda al sentido de la historia. A la revolución pregonada por Descartes, Leibniz opone la evolución y el progreso continuo de la ciencia desde sus orígenes antiguos hasta la forma que conoce actualmente. Con Leibniz la historia toma un lugar muy importante; ella expresa la verdad. La filosofía leibniziana puede ser considerada como aquella que realizó la crítica de la filosofía cartesiana. En efecto, aparte los diferentes puntos del sistema en que Leibniz se opuso a Descartes, está su concepción del papel de la historia, de la unidad, de la continuidad y del progreso científico. En principio, Leibniz no acepta la definición leibniziana de razón (él le reprocha el no haber explicado lo que es la “luz natural” y que esta noción resulta ser “de mediocre utilité”. [37] Para él, la razón es “…el encadenamiento de verdades y de objeciones en buena y debida forma… [38] ; no es, pues, por una experiencia íntima que la razón se define, sino por sus obras: la razón es un encadenamiento de verdades por la fuerza de su necesidad lógica (argumentationis in forma).

Ahora bien, la sucesión de los hombres y la de sus pensamientos no es ni la sucesión de los individuos independientes, ni la yuxtaposición de pensamientos libres uno del otro, no, es la continuidad histórica de las verdades que, eliminando tesis contradictorias, vincula un espíritu a otros espíritus, y todos los espíritus tomados en su conjunto, son la manifestación del Espíritu. Es así que Leibniz se hace una visión histórica del universo, la cual se apoya en la probabilidad (grado de verosimilitud) para instruir y fecundar la invención. La historia [39] le permite, incluso, rechazar una cierta tradición, la de la autoridad romana (“le parti de Rome”), pues en sus estudios ha observado las variaciones de la Iglesia; pero, al mismo tiempo, la historia le convence también para aceptar de las ciencias toda tradición que se pueda concebir después de una crítica [40]. Su idea de la historia está ligada a su creencia en la armonía universal y en la continuidad del pensamiento; así, para leibniz la historia sapientiae se acompaña de la historia stultitiae, ya que en la evolución misma del Espíritu se ve aparecer a la ciencia de entre los errores y las afecciones humanas [41]. Vista en el conjunto de su evolución, la historia no puede sino mostrar la convergencia de las verdades parciales que se encadenan hacia la Verdad: “la verdad está mucho más extendida de lo que se piensa; pero frecuentemente está disfrazada, cuando no envuelta o, incluso, debilitada, mutilada, corrompida por adiciones que la estropean o la vuelven menos útil. Haciendo sobresalir estos restos de verdad en los Antiguos, o, para hablar más generalmente, en los anteriores, se retiraría el oro del lodo, el diamante de su mina, y la luz de las tinieblas; esto sería, en efecto, perennis quaedam Philosophia. Se puede incluso decir que se observaría cierto progreso en los conocimientos” [42].

Leibniz erigió en primer principio el de continuidad (Legem Continuitatis), el cual empleó en su polémica con los cartesianos, y que puede enunciarse de la siguiente manera: cuando los casos (o lo que ha sido dado) se aproximan continuamente y, al final, se pierden uno en el otro, es necesario que los casos siguientes lo hagan también [43]. De este principio Leibniz obtuvo muy importantes consecuencias para su matemática y para su filosofía; es este principio el que le permite explicar el progreso científico [44], el cual a diferencia de Descartes, no busca derrocar, sino perfeccionar.

Estando dado que para Leibniz el sujeto del conocimiento no es más el genio individual cartesiano, sino la humanidad entera, objetivamente, en la inmanencia de la historia, Leibniz no hace sino reconocer la situación real de la ciencia en las sociedades europeas del fin del siglo XVIII: la ciencia no es la obra de un genio individual, o de una escuela, ha pasado a ser una obra colectiva; en ese tiempo, en Florencia, París, Londres, las Academias han aparecido y dice Leibniz “es por tal razón que las ilustres Academias de nuestra época… han protestado, fuertemente, no querer ser ni Aristotélicos, ni Cartesianos, ni Epicureos, ni sectarios de autor alguno” [45].

De esta manera Leibniz se hace de la ciencia y del progreso la siguiente representación: “El orden científico perfecto es aquel donde las proposiciones son colocadas siguiendo sus demostraciones más simples, y de la manera como ellas nacen las unas de las otras, aunque este orden no es conocido con anterioridad, se descubre cada vez más en la medida en que la ciencia se perfecciona. Se puede decir incluso que las ciencias se abrevian aumentándose, lo que constituye una verdadera paradoja, pues entre más se descubren verdades y más se está en estado de observar una serie reglada, y formularse proposiciones siempre más universales, donde las otras no son sino ejemplos o corolarios, de suerte que se logrará hacer que un gran volumen de los que nos han precedido se reducirá con el tiempo a dos o tres tesis generales”. Leibniz se propuso incluso comenzar “el Inventario General de todos los conocimientos que se encuentran ya entre los hombres” para poder captar “de un solo golpe” “la bella armonía de verdades” que la historia ha reunido; de este gran proyecto tanto el arte de demostrar como el arte de inventar, se beneficiarán y una luz será hecha sobre el orden de las verdades [46].

Estas son, pues, las fuentes filosóficas que se encuentran a la base de la concepción que el siglo XVIII se hizo de la historia de las ciencias. Con Descartes la filosofía -la ciencia- había devenido posible; fundada sobre sólidos principios racionales y desembarazados del peso de la Tradición, la marcha progresiva de la ciencia estaba asegurada. Con Leibniz la ciencia pudo retomar su pasado, incorporándolo en su seno al término de una serie histórica de perfeccionamientos sucesivos. Los historiadores de las ciencias van a reconocer tanto en Descartes, tanto en Leibniz, a aquellos que hicieron teóricamente posible su disciplina. Descartes condujo a una noción de tipo más bien acumulativo de la historia de las ciencias, en la cual la combinación de los primeros elementos engendra formas nuevas. Leibniz pudo conducir al preformismo histórico, en virtud del cual la ciencia es la actualización de lo que estaba ya contenido en un “núcleo” original. Ambos jugaron un papel relevante para la historia de las ciencias del siglo XVIII.

3. La historia de las ciencias como un proceso de acumulación.

3.1. La historia del progreso de las ciencias. Un método genético. La historia de las ciencias entendida como un continuum histórico ha conocido versiones diferentes: la historia de las ciencias como un proceso de acumulación, la historia de las ciencias como un proceso evolutivo y la historia de los precursores de la ciencia actual. Las dos primeras aparecen en el siglo XVIII entrecruzadas y aquí las consideraremos separadamente, y en primer lugar, el modelo de acumulación progresiva del conocimiento humano, es decir, la cronología de las realizaciones progresivas, de las contribuciones durables que forman parte de la ciencia actual.

Para los historiadores de las ciencias del siglo XVIII que adoptaron este modelo, la ciencia moderna quedó constituida ex nihilo, por el solo rechazo durante el Renacimiento y durante el siglo XVIII, de la Escolástica y de Aristóteles. Para ellos, se trata del despertar de la ciencia, la cual, durante el período que comprende de la “République des lettres” a la “République des Savants”, había cuestionado todo el saber tradicional. Desde entonces los científicos y los historiadores tenían la impresión de estar viviendo un desarrollo continuo, un verdadero progreso lineal de las ciencias, sobre todo en las ciencias físicas y matemáticas. Este siglo XVIII fue además el siglo de profundas convulsiones revolucionarias tanto en el terreno de lo social, como en las ciencias y, por lo tanto, en sus aplicaciones. Inspirados por una filosofía del progreso, los historiadores de las ciencias creían haber encontrado en su dominio la verificación de esta filosofía, los modelos auténticos de los cambios que están en proceso de vivir y, lo que tal vez era más importante, la justificación de su propia actividad revolucionaria. Por ello, son ellos quienes se meten a divulgar los descubrimientos recientes, a explicar sus consecuencias filosóficas, con el propósito de conservar los efectos subversivos a través del ejemplo de todo lo que acababa de ser realizado. En otras palabras, desarrollar la conciencia del pasado no bajo la forma de la Tradición y su autoridad, sino de su ejemplaridad. Estos caminos entonces emprendidos desembocarán en el siglo XVIII en un proyecto pedagógico -y político por consecuencia: Fenelón, Rousseau, Montesquieu, Kant, etc.- que tiende a dar un sentido a las revoluciones en curso.

En el siglo XVIII, como lo hemos visto, la ciencia ya ha alcanzado su madurez por el impulso de los cambios sociales y políticos que se operaron en Europa durante los doscientos años precedentes, y que condujeron a una generalización del papel dominante de la burguesía al interior de los Estados, a la Revolución Industrial, al capitalismo como modo de producción dominante en Europa y, muy pronto, a las revoluciones políticas que darían término al Antiguo Régimen. Pero de la misma manera, es el momento también en que se han reunido los elementos teóricos indispensables donde puedan abrevar los espíritus invadidos de una fe en la Razón y en el Progreso. Los científicos son en este momento los herederos de las grandes obras de los científicos y de los filósofos de los siglos precedentes, y están conscientes del papel histórico que ellos desempeñan, aplicándose en consecuencia a hacer avanzar las ciencias, apoyándose en la filosofía que les asegura un progreso en su actividad y que concede importancia al conocimiento del pasado en la búsqueda de la verdad: es decir, en el cartesianismo y en el leibnizianismo. Recordemos que después de Descartes la filosofía -la ciencia- había resultado posible, y, después de Leibniz, su historia, una necesidad. Ahora bien, la historia de las ciencias ya era practicada en una cierta medida en los “apartados históricos” de los Tratados científicos aún antes del siglo XVIII. Pero, será hasta este siglo que la historia conocerá un desarrollo y una importancia sin precedentes. Elaborada por los científicos mismos, o por historiadores de profesión, la historia de las ciencias se interesa sea por los métodos, sea por los “elementos”, sea, en fin, por los sistemas de pensamiento, pero siempre con el objetivo pedagógico de establecer una tradición y de encontrar un método genético de los conocimientos. Durante este siglo varias historias de las ciencias (sobre todo de las más antiguas y mejor establecidas) fueron producidas: la de Lagrange (matemáticas), Montucla (matemáticas), Dutens (matemáticas y física), Saverien (ciencias exactas y ciencias naturales), Priestley (electricidad y óptica), Bailly (astronomía), etc. Otra fuente muy importante para la historia de las ciencias fueron los Eloges pronunciados en la Académie des Sciences y que ya hemos evocado, los cuales por el relato de las realizaciones logradas por el académico fallecido y los comentarios anecdóticos del personaje permitía, además de la divulgación científica, la investigación sobre la progresión histórica de las ciencias. Los dos grandes maestros de este instrumen­to fueron Fontenelle y Condorcet, quienes, además, desarrollaron con él una filosofía de la historia típicamente continuista, en virtud de la cual todo pasa sin drama ni conflicto, siempre sobre la base de la unidad manifiesta de la ciencia y de su devenir.

Pero, ¿cómo era concebida la historia de una ciencia? En primer Jugar como el resultado de una fundación más bien reciente, la cual se habría Operado en dos tiempos: en un primer momento hubo el derrocamiento de la Tradición y, en un segundo, su substitución por un sistema nuevo. En 1724, Fontenelle señala que las matemáticas y la física “…recién han nacido… se ha entrado en la vía correcta aproximadamente hace un siglo” [47], lo cual deja entender que previamente ha sido necesario abandonar las malas rutas tomadas antes; más explícito Bailly afirma que “la destrucción del sistema de Ptolomeo era un preliminar indispensable” [48]o, “fue necesario destruir un sistema recibido… [y] …sacudir el yugo de la autoridad…” [49]; sobre Newton decía: “…derrocó o cambió todas las ideas” [50] y, a propósito de Kepler, “el privilegio de los grandes hombres es el de cambiar las ideas re­cibidas…” [51]. Tourgot, hablando de Descartes afirma: “…usted ha destruido la tiranía del error” [52]. D’Alambert igualmente dice sobre Descartes que era un “révolté” [53] contra la escolástica, la opinión y la autoridad. Ahora bien, en un segundo momento, y una vez los espíritus liberados de la tradición, la revolución se completa por la imposición de un sistema nuevo y éste será el que permite alcanzar a la verdad; el progreso, si era realmente tal, se reconocía por su aportación al conocimiento del verdadero sistema de la naturaleza. Fue así que Copérnico, a quien se reconoce como el primero en haber entrado en la vía de la ciencia, habría percibido “la verdadera apariencia del sistema” [54]: Bailly; Kepler y Galileo habrían echado “los verdaderos fundamentos de la filosofía” [55]: Turgot; y, con Newton, “la luz ha, por fin, prevalecido” [56]: D’Alambert.

En segundo lugar, la forma del desarrollo histórico de las ciencias era concebido conforme a la concepción del mundo corriente en el Siglo de las Luces: es decir, la confianza en la Razón y la fe en el progreso de la Humanidad. A las acciones aisladas y a las incertidumbres del principio siguieron los sistemas conceptuales, las generalizaciones teóricas y los métodos seguros. Ahora, por las obras de los Bacon, Descartes, Newton y Leibniz, el “antiguo régimen” del conocimiento ha sido abatido y el nuevo es portador de esperanzas. Es el Espíritu cognoscente quien posee los medios para seguir el recto camino de la ciencia; es la Razón que ha materializado en sus obras su lógica y sus principios. Así, ¿cómo no podría la historia de una ciencia sino mostrar “el vínculo, la conexión de los métodos, el encadenamiento de las diferentes teorías…”? Ella es “…la historia del espíritu humano” (Montfort) [57] y es una “cadena de verdades” lo que la integra. “¡Qué de más satisfactorio que recorrer esta cadena, la cual, de las proposiciones más sublimes, conduce a las proposiciones más sublimes! se puede decir que es la verdadera escala del entendimiento que pedía el Canciller Bacon para subir por grados a los conocimientos más altos”. (Saverien) [58].

Finalmente, en tercer lugar, la historia de una ciencia es concebida como un proceso de complejidad creciente. Así concebida, los historiadores invierten muy importantes esfuerzos para desprender de la serie de adiciones sucesivas de verdades, los principios que guían el progreso del espíritu, es decir, un método genético.

Remontar hasta los orígenes de las ciencias significa descomponerlas en sus elementos, reducirlas a sus ideas simples tal y como han sido expresadas en el pasado, puesto que se presupone que los elementos de la ciencia del pasado son homogéneos con los de la ciencia actual. Estos elementos son considerados como miembros de un mismo conjunto aún cuando de hecho pertenezcan a sistemas diferentes. Así, la historia de las ciencias muestra la unidad de la ciencia y, por vía de consecuencia, la unidad de su devenir. Cuando se considera cómo las ciencias han reunido en un “cuerpo regular esos miembros aislados” -dice Fontenelle- que son las “verdades separadas” a través de sus “relaciones y su mutua dependencia”, parecería que tales verdades “buscan naturalmente reunirse” [59]. Es esta recomposición la que permite darse cuenta de la creciente complicación de la ciencia. Condorcet se representa este progreso como cuantitativo y como el resultado de una acumulación de conocimientos multiplicándose por sus combinaciones. En su Tableau des progrès de l’sprit humain, él investigó en todas las épocas sobre los perfeccionamientos sucesivos en la organización del espíritu; el mayor grado de complejidad alcanzado en cada momento de la historia, tiene también el rango de novedad histórica. Hacia el fin del siglo, y refiriéndose a la química, última creación del espíritu, Fourcroy expresa con nitidez los términos en los que la historia acumulativa es entendida: “Existe en los trabajos del espíritu humano una marcha progresiva para la cual la filosofía señala las diversas épocas, lo que le sirve para comparar o clasificar los siglos bajo la relación de progresos que le han impulsado a hacer a la razón. Los historiadores de las ciencias dirigen de ordinario sus esfuerzos hacia la investigación de estas épocas, y los fastos de diverso género de conocimientos ofrecen siempre ejemplos más o menos notables”. Y salvo la química, “la única que sea enteramente de creación moderna”, todas las ciencias ofrecen “…durante sus fastos esta progresión lenta, este acrecentamiento sucesivo que el observador reconoce en todas las …ramas de los conocimientos humanos” [60].

4. La idea de un “núcleo” original.

La segunda versión de la concepción continuista de la historia de las ciencias que nosotros vamos a analizar brevemente, es la que concibe el desarrollo histórico de las ciencias como un proceso evolutivo. Como las otras, esta versión está igualmente fundada en las nociones de unidad de la ciencia y de uniformidad del devenir científico. La versión acumulativa es más bien de inspiración cartesiana, la versión evolucionalista, en cambio, es más bien leibniziana. Para ésta, la ciencia no es el resultado de una fundación reciente (cuyo comienzo pudiera ser fechado en el Renacimiento), y a partir de la cual a los elementos iniciales se habrían combinado y agregado los nuevos descubiertos posteriormente, sino bajo la forma de una evolución, de un desembocamiento histórico en la ciencia actual de sus estados anteriores. Además, existirían ritmos históricos específicos para que la ciencia advenga a su actualización. Fontenelle se explica diciendo: “Cada conocimiento no se desarrolla sino hasta que un cierto número de conocimientos precedentes se han desarrollado y cuando su turno para emerger ha llegado” [61]. Ahora bien, esta noción es correlativa de la noción leibniziana de pre-formación: el papel del historiador es “extraer el oro del lodo”, descubrir la serie de verdades que se remonta hasta los orígenes y que viene a constituir la ciencia. Estas formas son llamadas también “gérmenes” o “núcleo” (noyeau) original. Así, la historia de las ciencias es la historia de su actualización gradual en el tiempo; las nuevas estando en germen en el seno de las antiguas. Un mismo contenido que se encuentra en “vida embrionaria” en los conceptos científicos del pasado. Tal fue el proyecto del historiador Montucla en su investigación sobre los orígenes de las ciencias matemáticas, “…dar cuenta de sus progresos en todas las épocas, haciendo conocer sobretodo los descubrimientos propios a cada una, o aquéllos donde se presentan los primeros gérmenes” [62].

¿Pero, hay que preguntarse, cómo puede la sucesión de individuos portar en sí la sucesión necesaria de los descubrimientos? Como para Leibniz, es la continuidad histórica de las verdades parciales que convergen hacia la Verdad, consecuencia de la igualdad de todos los espíritus, la que explica la notable conti­nuidad de la obra científica: ‘!En una palabra -dice Fontennelle-, no parece que los Antiguos hayan podido hacer más para su tiempo: el los hicieron lo que nuestros buenos espíritus habrían hecho en su lugar: y si ellos estuvieran en el nuestro, es de creerse que ellos mantendrían los mismos puntos de vista que nosotros. Todo esto es una consecuencia de la igualdad natural de los espíritus y la sucesión necesaria de los descubrimientos”. Así, por ejemplo, Fontennelle aporta los dos casos siguientes: “Para no hablar más que de las matemáticas…, Mr. Descartes comenzó donde los Antiguos habían terminado, y empezó por la solución de un problema en el cual Pappus dice que todos se habían detenido”. “En defecto de tal cálculo, sobrevivió el del célebre Mr. Leibniz; y este sabio geómetra comenzó donde Mr. Barrow y los otros habían terminado” [63].

Se puede pues ver que en todo momento de la historia de una ciencia, en cada “corte” que se efectúa se encuentra a uno de los eslabones de la cadena de verdades que es la ciencia; desde los orígenes hasta las ciencias actuales, tenemos siempre al mismo corpus de conocimientos por una parte, y por la otra, el principio de continuidad hace que los conocimientos nazcan unos de otros.

Esta manera de considerar a la ciencia del pasado está encaminada a mostrar su carácter progresivo, y está constituida a partir de la concepción de la ciencia actual. El siglo XVIII está consciente de haber llegado al punto más alto jamás alcanzado en la marcha ascendente del espíritu humano. Y es la actualidad la única justificación del planteamiento histórico, es ella la que ofrece los criterios de cientificidad para juzgar al pasado. El pasado no puede, entonces, ser entendido sino como una serie natural, teleológica, hacia la ciencia constituida. Aquí, nuevamen­te, se ve a los historiadores intentando verificar la filosofía del progreso que los anima y, aquí también, se les ve en búsqueda de un fundamento desde el punto de vista histórico a los trabajos entonces en curso, a una nueva tradición y a un proyecto pedagógico.

5. La historia de precursores.

Esta versión de la historia de las ciencias es también una versión evolucionista pero en un sentido fuerte; a decir verdad no acepta la novedad en la historia. Esta historia, es, sobre todo, la historia de la tradición, de los perfeccionamientos; pero, en efecto, como ha dicho Canguilhem, bajo esta perspectiva la historia de las ciencias pierde todo su sentido, “…ya que la ciencia misma no tendría dimensión histórica más que en apariencia” [64].

Esta concepción se levanta principalmente contra la visión mítica de la fundación de la ciencia ex-nihilo. Para ella “…no hay casi descubrimiento atribuido a los modernos que no haya sido, no solamente conocido, sino, incluso, apoyado por sólidos razonamientos de los antiguos” [65]. Y entre los “modernos” que son evocados por el autor (Dutens) de esta declaración, están Newton, Descartes y Leibniz. En el siglo XVIII fue Dutens en su obra Recherches sur l’origine des découvertes attribués aux modernes, quien señaló los riesgos del método introducido por los modernos (analítico y geométrico) puesto que conduce hacia una meta que se aleja del verdadero objetivo de la investigación, los perfeccionamientos de las ciencias. Para realmente conseguirlo -piensa Dutens- “…se necesitan …guías seguros; y qué mejores guías se puede sequir que aquellos que hemos visto llegar a la meta mucho tiempo antes que nosotros, a la cual nosotros nos proponemos ir” [66]. Este punto de vista es un llamado para regresar a las fuentes de donde ha nacido la ciencia, para “…recomendar menos prevención contra los antiguos que han formado a estos modernos que nosotros admiramos ciegamente, como si ellos no brillaran por una luz tomada de aquellos ilustres maestros” [67].

Un siglo y medio más tarde, Pierre Duhem retoma esta versión de la historia de las ciencias realizando, al mismo tiempo, im­portantes contribuciones a la historiografía de las ciencias y avanzando tesis epistemológicas relativas a la filosofía y la historia de las ciencias. En particular sus investigaciones sobre la historia de la mecánica han permitido revalorizar la Edad Media por su insistencia en que ésta tiene también una historia.

En Duhem encontramos nuevamente la tesis de la evolución:

“La ciencia mecánica y física de la cual se enorgullecen con justo derecho los tiempos modernos, surge, de una serie de perfeccionamientos, apenas sensibles de las doctrinas profesadas en el seno de las escuelas de la Edad Media; las pretendidas revoluciones intelectuales no han sido, las más de las veces, sino evoluciones lentas y largamente preparadas; los así llamados renacimientos, reac­ciones frecuentemente injustas y estériles; el respeto por la tradición es una condición esencial del progreso científico” [68].

Si la historia de las ciencias es la historia de las evoluciones “largamente preparadas”, es porque:

“La formación de toda teoría física ha procedido siempre mediante una serie de retoques que, gradualmente, …ha conducido al sistema a estados más acabados; . . . Una teoría física no es, en modo alguno, el producto repentino de una creación; ella es el resultado lento, y progresivo de una evolución” [69].

Una teoría puede ser el resultado de una aceleración histórica y, en ese caso, condensa simplemente la evolución:

“A veces, la evolución que debe conducir a la construcción de un sistema teórico se condensa extremadamente, y algunos años bastan para conducir las hipótesis que deben llevar esta teoría del estado en que están apenas esbozadas, al estado en que están acabadas” [70].

De esta manera, el historiador puede recorrer en el sentido inverso la “serie” del progreso. El puede remontar en cada ocasión a los precursores que prepararon esos estudios progresivos y lentos de la evolución científica, sin que jamás encuentre una revolución, ni creación repentina.

Hay en esta concepción una continuidad, inclusive entre las fases más alejadas de la historia de una ciencia, y las del conocimiento común que le han precedido. No existe un “comienzo absoluto” [71], no existe fundación alguna o acto epistemológico que dé nacimiento a una ciencia, y se llega a ella por un camino progresivo que va de las opiniones al saber. En la historia de precursores la novedad científica existe solamente en tanto que perfeccionamiento (“apenas sensible”); existe como culminación de la serie de perfecciones. Fue en su trabajo histórico donde Deum creyó encontrar el apoyo a sus tesis. Para romper con la ilusión de un renacimiento de la ciencia de la mecánica, Duhem partió a la búsqueda de precursores de Galileo [72], pero a pesar de la abundancia de datos históricos, sus interpretaciones han sido contestadas principalmente por los Etudes Galiléennes [73]de Alexander Koyré, pues a la luz de otra concepción de la historia de las ciencias, no basta con encontrar lo que parece ser un mismo concepto para proclamar un precursor.

6. El convencionalismo.

6. 1 “SO?????? F????????” Inicialmente, y de manera general, vamos a presentar el marco de una antigua controversia que concierne al carácter mismo de las teorías científicas, pues se verá aparecer una noción especial de lo que es el cambio de teorías científicas. Esta noción del progreso en historia de las ciencias ha conducido, es cierto, en algunos autores como Duhem por ejemplo, la historia de los precursores. Hacemos de ella una referencia aparte porque contiene un criterio específico para juzgar dicho progreso.

Alexandre Koyré [74] nos recuerda que la discusión sobre la realidad supuesta de los “instrumentos” científicos es antigua, ya que se remonta a la ciencia helenística con Proclus y Simplicio, que se continuaría en la ciencia árabe y en la escolástica latina. Está anunciada en la expresión “s??e?? ?? ?a???µe?a” (salvar las apariencias), lo que significa que el instrumental teórico utilizado por las ciencias sirve sólo para calcular, prever y ordenar los fenómenos, y no para el descubrimiento de las verdaderas leyes de la naturaleza. Es una interpretación -dice Koyré- que “implica siempre una desvalorización de la ciencia, pues no trata sino de los fenómenos (apariencias), con relación a aquella que trata, o trataría, de lo real” [75].

Durante el siglo XVI este debate se reinicia con fuerza para negar la realidad de los descubrimientos de Copérnico y Galileo. Andreas Osiander afirma la tradición de “salvar las apariencias” es su prefacio a De revolutionibus de Copérnico. Osiander argumenta que Copérnico se encontraba en la tradición de esos astrónomos que incapaces de llegar a las verdaderas causas “…adoptan sin embargo suposiciones que conducen a calcular correctamente a partir de los principios de la geometría tanto el futuro como el pasado [de los movimientos celestes]”. Y que Copérnico “…ha logrado ambos propósitos magníficamente. Las hipótesis no necesi­tan ser verdaderas o, incluso, probables. Todo lo contrario, si proporcionan un cálculo consistente con las observaciones, eso, tan sólo, es suficiente” [76]. Para Osiander poco importa si los planetas giran realmente en torno al Sol, lo que cuenta es que Copérnico había sido capaz de salvar las apariencias haciendo esta suposición. Se trataba de una hipótesis matemática para la cual solamente una validez interna podía serle demandada. Pese a esto, Copérnico mismo no participaba de esta visión de la astronomía y él pretendía haber fundado esta ciencia sobre “…las verdaderas leyes del movimiento real” [77] y de ninguna manera so­bre un sistema artificial.

En 1615, el Cardenal Bellarmino informaba a Galileo que, desde el punto de vista de la Iglesia, se permitía la discusión del punto de vista copernicano solamente como un modelo matemático (ex suppositione) para salvar las apariencias:

“Siempre he pensado que Copérnico mismo hablaba así [de una forma hipotética]. Pues limitándose a decir que la hipótesis de que la Tierra se mueve y el Sol es inmóvil, permite representar mejor todos los fenómenos que si se aceptan las excéntricas y los epiciclos, lo cual sería perfecto y sin causar ningún daño. Pero, querer afirmar que el Sol es positivamente el centro del mundo y que no gira sino en torno a sí mismo sin desplazarse de Oriente a Occidente, y que la Tierra está situada en la tercera esfera celeste girando a una enorme velocidad entorno al Sol, eso sería muy peligroso, y no sólo porque irritaría a los filósofos y teólogos escolásticos, sino, sobre todo, porque ello contra diría la Santa fe., haciendo aparecer las proposiciones de las Escrituras como falsas” [78].

Galileo, por su parte, continuaba afirmando el heliocentrismo de Copérnico y así, en una carta del 28 de marzo de 1615, rechazaba el convencionalismo de Osiander y afirmaba que Copérnico atribuía a su teoría una significación objetiva [79]. En los Diálogos sobre los dos grandes Sistemas del Mundo, llevó una polémica contra los partidarios del sistema geocéntrico rehusándose a considerar el sistema heliocéntrico como simple hipótesis o instrumento de cálculo para “salvar las apariencias”. Posteriormente la Congregación del Índice prohibiría la obra de Copérnico y la Inquisición convocaría a Galileo forzándolo a abjurar de sus “errores”.

En el siglo XVIII el Obispo inglés Georges Berkeley formuló una filosofía anti-materialista y se convertía en uno de los primeros críticos de la filosofía de la ciencia de Newton: pretendía probar, en particular, la inexistencia de las “substancias materiales”. Reprochaba a Newton el haber hablado de sus correlaciones matemáticas relativas a las “fuerzas” como si ellas fueran alguna otra cosa que términos de una ecuación.

El consideraba que las “fuerzas” en mecánica eran como los “epiciclos” en astronomía, es decir, construcciones matemáticas que permiten el cálculo de los movimientos de los cuerpos y, según él, era un error atribuirles existencia real. Berkeley declaraba “…las entidades matemáticas no tienen una esencia permanente en la naturaleza de las cosas; ellas dependen , de la noción que las define. Por ello, la misma cosa puede ser explicada en diferentes maneras” [80]. Su visión de la ciencia era la de un instrumentalista para quien no existe ninguna correspondencia entre, por una parte, la ciencia, y por la otra, los objetos, propiedades o relaciones.

Hacia el final del siglo XIX, Ernst Mach hizo una crítica de Newton en términos semejantes a los de Berkeley e intentando una reformulación de la mecánica newtoniana desde un punto de vista fenomenológico. Mach tenía, también, una concepción instrumentalista de las leyes y teorías científicas, y declaraba directamente que “el objeto de la ciencia es salvar las apariencias, por la reproducción y anticipación de los hechos en el pensamiento” [81]. De esta suerte, las leyes y las teorías científicas son una representación abreviada de los hechos. Para Mach, al igual que Berkeley, es un error atribuir a los conceptos y a las relaciones que la ciencia introduce, una existencia real en la naturaleza: “en la investigación de la naturaleza tratamos únicamente con el conocimiento sobre la conexión entre las apariencias. Lo que nos representamos entre las apariencias existe tan solo en nuestro entendimiento, y tiene para nosotros sólo el valor de memoria técnica o fórmula, cuya forma, al ser arbitraria e irrelevante, varía muy fácilmente con el punto de vista de la cultura”. [82] Se puede apreciar entonces, que además del carácter instrumental que Mach asigna a la ciencia, ésta, desde el punto de vista histórico, es accidental, y, desde el punto de vista de su elaboración, convencional; la ciencia varía fácilmente en función de los cambiantes criterios de la cultura (científica).

Pierre Duhem vino a aportar un apoyo al punto de vista convencionalista, en particular por sus análisis sobre la refutación de las hipótesis. Según él, la predicción de que un fenómeno tendrá lugar se realiza a través de un conjunto de premisas, y el hecho de que ésta no se realice, refuta solamente la conjunción de esas premisas, y no el cuerpo teórico por entero.

Ahora bien, para lograr el acuerdo con las observaciones, el científico se encuentra enteramente libre para modificar no importa cuál de las hipótesis y para cambiar las demás. Haciendo esto, el científico da privilegio a- una hipótesis particular para asignarle el estatuto de una convención; en consecuencia la cuestión de su verdad o de su falsedad no se plantea. “¿Qué es una teoría física? Un conjunto de proposiciones matemáticas cuyas consecuencias deben representar los datos de la experiencia: el valor de una teoría se mide por el número de leyes experimentales que representa y por el grado de precisión con el cual las representa; si dos teorías diferentes representan los mismos hechos y con la misma aproximación, el método físico las considera como poseyendo absolutamente el mismo valor; entre estas dos teorías equivalentes, no tiene el derecho de dictar nuestra elección, y se le pide dejarla libre.” [83] Así, la teoría no siendo sino un resumen de la experiencia, una estructura formal, arbitraria y cuyo valor reside en su funcionalidad, cuando las observaciones la refutan, la decisión de cuáles serán las hipótesis a modificar, o a conservar, pertenece solamente al buen sentido del científico, ejercido en toda libertad. No hay más que los criterios de simplicidad y comodidad de manipulación en la deducción teórica que cuenten; y es la sagacidad del investigador quien los encuentra. La conformidad de las hipótesis y de las teorías científicas con la realidad no cuenta, aún cuando Duhem piensa que el científico tiene necesidad de un “orden supremo” (religioso).

Esta doctrina convencionalista referida a la formación de teorías científicas, tuvo su versión correspondiente en historia de las ciencias. Para ella, el auténtico progreso histórico de las ciencias es acumulativo. Su punto principal es la decisión de mantener intacto el núcleo de la teoría tanto tiempo como sea posible: cuando las anomalías aparecen, el convencionalista cambia y complica sola­mente algunos aspectos periféricos. Desde este punto de vista, ningún conjunto de hipótesis es verdadero por prueba, lo es sólo por convención. El progreso teórico es tan sólo de comodidad (o simplicidad) y no concierne a la verdad. Los cambios en la teoría son meramente instrumentales. Así, desde este punto de vista, la historia de una ciencia es la historia de los “descubrimientos” (invenciones) de nuevos y más simples instrumentos de predicción.

Esta historia, por ejemplo, se coloca del lado de Osiander y de Bellarmino cuando niegan el sentido objetivo de la revolución copenicana. Algunas veces, esta historia se identifica con la historia de “precursores”, ya que por tratarse de una serie de “perfeccionamientos”, se remonta a las teorías precursoras de la forma que actualmente conoce la ciencia. Otras, puede interesarse por ciertas “revoluciones”, como en el caso en que una ciencia ve su corpus teórico hasta tal punto cargado de modificaciones sucesivas, que al final resulta una nueva y total recomposición, lo cual da lugar a otro modelo con un poder predictivo mayor. Tal sería el caso de la historia de las ciencias inspirada de los reajustes que Quiney Popper hicieron de las tesis duhemianas; es decir, una historia en la cual el acento estaría menos en el aspecto estrictamente instrumental que en el aspecto convencional. [84]

B. LA NOCIÓN DE DISCONTINUIDAD
I. La epistemología histórica de Gastón Bachelard

1. Una filosofía “adecuada” a las ciencias modernas

La obra epistemológica y de historia de las ciencias de Bachelard es muy rica. Sólo evocaremos algunas de sus ideas relativas a la historia de las ciencias. Pero, al mismo tiempo, nos parece imposible no referimos a ciertas tesis epistemológicas puesto que forman una unidad con sus tesis sobre la historia de las ciencias. Se podría incluso afirmar que fue bajo el primado de aquéllas que éstas fueron concebidas. Así, pues, empezaremos por señalar que Bachelard tuvo como motivación principal la de “dotar” a las ciencias contemporáneas de una filosofía “adecuada”, es decir, de luna filosofía capaz de dar cuenta de la novedad esencial de los conceptos y teorías de la ciencia actual. Bachelard polemiza con las filosofías tradicionales quienes, habiendo sido las adecuadas a las ciencias de su época, ya no lo son más para el nuevo estado de las ciencias. Bachelard demuestra que la filosofía de las ciencias debe contener una epistemología de acuerdo con el nuevo espíritu científico. Este espíritu científico -apunta Bachelard- es “un espíritu con una estructura variable”, [85] de suerte que capte el carácter de novedad y, entonces, pueda desarrollar una nueva problemática. Los pensamientos que animaron a las ciencias modernas (Relatividad, Teoría de los quanta) tienen ante ellas una tarea constructiva y son, de hecho, un método de descubrimiento progresivo. “Esta novedad de las doctrinas relativistas es una objeción, es un problema.” [86] E, igualmente, desde el punto de vista histórico, la aparición de estas teorías revolucionarias es, por lo menos, “sorprendente”: “Si existen teorías cuyos antecedentes no las explican, tal es el caso de la teoría de la relatividad.” [87] Se trata verdaderamente de avan­zadas del espíritu que no conocen precedentes: estudiándolas como una sucesión en el desarrollo histórico de las ciencias, Bachelard postula su discontinuidad.

En 1934, en el Nouvel Esprit Scientifique, Bachelard lleva a cabo una polémica con la filosofía entonces dominante, la cual concebía el desarrollo histórico de las ciencias como una serie continua (Meyerson. por ejemplo). Bachelard le ataca por estar en retard con relación a la organización contemporánea de las ciencias. Bachelard rechaza el explicar (déduire) a Einstein desde Newton, como si la teoría de la relatividad hubiera estado contenida en germen en los Principia. El continuismo, como se sabe, toma siempre las diferentes etapas de la ciencia, e incluso el periodo pre-científico, como los momentos de un proceso homogéneo. Bachelard, quien retenía el “carácter de novedad esencial” de la física rechazaba la idea de la continuidad histórica mediante la introducción de la noción de ruptura. La philosophie du non (1940) tiene por objeto sacar las implicaciones filosóficas del “no” que caracteriza al nuevo espíritu científico (geometrías no-euclideanas, mecánica no-newtoniana, química no-lavoisiana…). También se trata de definir a la filosofía del conocimiento”… como una filosofía abierta, como la conciencia de un espíritu que se funda trabajando sobre lo desconocido buscando en lo real lo que contradice a los conocimientos anteriores”. [88]

En la epistemología bachelardiana la idea de ruptura (“profunda discontinuidad”, “refundición”, “mutación”, “revolución”, etcétera), está presente de manera permanente. Las alusiones a esta idea se encuentran en numerosos textos; he aquí algunos ejemplos: “Ias ciencias físicas y químicas en su desarrollo contemporáneo pueden ser caracterizadas epistemológicamente, como dominios del pensamiento que rompen claramente con el conocimiento vulgar”; [89] o bien, afirmando, “Nosotros creemos, en efecto, que el progreso científico manifiesta siempre una ruptura, perpetuas rupturas, entre conocimiento común y conocimiento científico… “; [90] o, finalmente, “el pensamiento científico reposa sobre un pasado reformado. Está, esencialmente, en estado de revolución continuada”. [91]

2. Las nociones de “obstáculo” y de “valor” epistemológico

La epistemología que las ciencias modernas reclaman es una epistemología histórica. Es decir, una epistemología que obtenga sus lecciones del devenir de las ciencias mismas, puesto que son sus rupturas, la discontinuidad de su historia, las que producen los “valores epistemológicos” (mediante una serie de actos epistemológicos) que las constituyen. Ahora bien, en la elaboración de los conceptos científicos se da una oposición entre “actos” y “obstáculos” epistemológicos. Los primeros son”… esas sacudidas del genio científico que aportan impulsos inesperados en el curso del desarrollo científico”. [92] Los obstáculos son”… una resistencia del pensamiento al pensamiento”. Para Bachelard existe una dialéctica entre “actos” y “obstáculos”, y es su dinámica la que la historia de las ciencias debe describir. En la historia del pensamiento científico “actos” y obstáculos” son como el positivo y el negativo. Su separación es tan clara que, por un lado, el negativo es eliminado de la cité scicntifique porque estorba la búsqueda de los valores de conocimiento objetivo y, por el otro, lo que en el pasado ha permanecido como positivo, continúa actuando en el pensamiento científico moderno y constituye una especie de “pasado actual”.

Gaston Bachelard -ha dicho Georges Canguilhem- por la invención del concepto de “obstáculo epistemológico”, se reveló como un “innovador genial”. [93] Esta es una noción central para su visión de la historia del pensamiento científico: cuando se busca el progreso realizado por el pensamiento, cuando se interroga por la formación de sus conceptos, entonces se percibe que “se conoce contra un conocimiento anterior, por la destrucción de conocimientos mal elaborados, remontando lo que, en el espíritu mismo, presenta obstáculo para la espiritualización”, pues “es en el acto mismo de conocer íntimamente, que aparecen por una especie de necesidad funcional, lentitudes y alteraciones”. [94] Ahora bien, tales obstáculos y los actos epistemológicos que los “contornan”, son siempre específicos a una situación o a un momento preciso del pasado científico. Son las señales que permiten localizar los puntos de ruptura y la descripción del contexto en el cual las dificultades son vencidas. Pero, si los obstáculos manifiestan una “resistencia” del pensamiento, y si, en contrapartida, los actos aportan los “impulsos” del pensamiento que se desarrolla, ello no significa que todo acontezca en una simple adecuación de formas; para Bachelard se trata, más bien, del ajuste continuo y recíproco entre teoría y experiencia, [95] lo cual constituye un proceso histórico. Es por lo an­terior que Bachelard afirma: “la verdad científica es, por esencia, una verdad que tiene un porvenir”. [96]

Ahora bien, ¿de dónde surgen estos “valores epistemológicos” que son los conocimientos científicos? Según Bachelard, son las rupturas entre “conocimiento común” y “conocimiento científico”, así como las “síntesis epistemológicas” formadas a lo largo de la historia de una ciencia, la fuente de los conocimientos.

3. Conocimiento común y conocimiento científico

Entre conocimiento común y conocimiento científico se da una ruptura. Pero no se trata, para Bachelard; de levantar el acta de las revoluciones científicas en su relación (o más bien, ausencia de relación) con el conocimiento común; sino de comprender cómo se estableció una diferencia entre dichos conocimientos: “No se trata de nada menos que de comprender la primacía de la reflexión sobre la apercepción [97] efectivamente, este asunto lleva a Bachelard a una insistencia sobre la rectificación indispensable sobre lo que es el experimento científico. Se requiere de valorar correctamente el papel de los instrumentos en la investigación experimen­tal. “Nosotros deseamos, …intentar la presentación del aspecto filosófico de las nuevas técnicas experimentales.” [98] Las determinaciones de lo real científico tienen, en la ciencia moderna, un carácter indirecto y este solo hecho”… nos coloca en un reino epistemológico nuevo”. [99] En la ciencia del pasado, en cambio, observa Bachelard, se permanecía aún demasiado cerca de los aspectos inmediatos de la experiencia. La ciencia de Lavoisier empleaba la balanza para determinar los pesos atómicos -“… se pesa al cloruro de sodio como en la vida común se pesa la sal de cocina” -. [100] Esto es, con la balanza no se ha abandonado aún las nociones de equilibrio y de identidad de masa, “… aplicación simplista del principio de identidad, tan tranquilamente fundamental para el conocimiento común. En cuanto al espectroscopio de masa, estamos en plena epistemología discursiva. Un largo circuito por la ciencia teórica es necesario para comprender los datos. De hecho, los datos aquí son resultados”. [101] La ciencia moderna construye por medios técnicos sus propios fenómenos. Se trata de “teoremas reificados”.

Desde un punto de vista teórico la diferencia entre conocimiento científico y conocimiento común estriba en que éste utiliza conceptos y experiencias de la vida común. Cuando se excava -incluyendo, a veces, el psiquismo humano en su profundidad- aparecen cualidades elementales: “… enraizado en los valores elementales, el conocimiento vulgar no puede evolucionar; No puede dejar su primer empirismo [102] ni los rasgos muy generales, ni las distinciones muy particulares. La ciencia se rehúsa a estar en continuidad con el conocimiento común. Mediante détours en sus conceptualizaciones, pasa por el estudio de las relaciones de los fenómenos entre sí, expresados algebraicamente. La ciencia no es empírica, es relacional; su objeto es un objeto del pensamiento científico, un complejo de pensamientos racionales y de experimentos técnicos, un “biobjeto “, u objeto abstracto-concreto”. Así, se puede “… describir el objeto dos veces: una, como se lo percibe, otra, como se lo piensa”. [103] Toda precisión, entonces, sobre el objeto científico requiere de un relato sobre los ajustes recíprocos y progresivos de la teoría y de los experimentos que incluye en sí mismo. En el vocabulario bache­lardiano: “el objeto es aquí tanto fenómeno como nóumeno”. [104] En consecuencia el objeto científico lleva en él la marca de un pro­greso del conocimiento, y siempre está “… abierto a un porvenir de perfeccionamiento que el objeto del conocimiento común no posee”. [105]

En cuanto a las síntesis epistemológicas que son fuente también del conocimiento científico, Bachelard ofrece algunos ejemplos para explicarse. En sus estudios sobre la física contemporánea, habla de la mecánica ondulatoria, por caso, “como una de las síntesis científicas más amplias de todos los tiempos “, [106] como una “synthese historique”. De Broglie, asociando ciertas hipótesis newtonianas a ciertas hipótesis fresnelianas, capta fenómenos que eran, de hecho, diferentes y realiza una “síntesis transformante”. Hablando de la química, afirma: “el eje positivo de la técnica química moderna está más bien dirigido del lado de las síntesis nuevas; se hacen análisis para poder hacer síntesis”. [107]

4. Historia caduca e Historia sancionada

El mito de la continuidad ha subsistido pese a todo, reconoce Bachelard. Esto es un resultado del “doble comportamiento” de los científicos, ya que, por una parte, ellos se separan del pensamiento común y, por la otra, son ellos quienes formulan declaraciones (“fáciles”) sobre la unidad y la identidad del espíritu. Según la opinión de Bachelard ello es un efecto (perverso) de la enseñanza de las ciencias y de las historias (“cortos preámbulos”) de las ciencias. Ambas crean la conciencia falsa de la continuidad y han contribuido a la “atmósfera de confusión” que oculta la discontinuidad de “la evolución rutinaria” y de la evolución de la “técnica moder­na con base científica”. [108]

En estas condiciones se hace evidente que el espíritu científico moderno reclama una nueva pedagogía. Si, como lo piensa Bachelard, es en la escuela donde se realiza la integración de la historia de los pensamientos con la actividad científica, esta última no puede tener como punto de partida la tabula rasa querida por el empirismo; y la doctrina de la pedagogía de las ciencias tiene necesidad de ser “un ejercicio de transformación de conocimientos”. [109] Además, existe la “necesidad educativa” de una historia recurrente, la cual permitirá explicar el vínculo histórico: “una historia que parte de las certezas del presente y descubre en el pasado, las formaciones progresivas de la verdad”. [110]

Así, la epistemología de las ciencias es necesariamente histórica y la historia de las ciencias no puede dejar de ser la de los valores epistemológicos. Estos valores emergen de la dialéctica histórica del pensamiento científico (es decir, la de los “actos” y los “obstáculos” epistemológicos) y tales valores constituyen una especie de pasado actual cuya acción en el pensamiento científico del tiempo presente es manifiesta”. [111] Es, pues, en términos de su actualidad y de su eficacia que Bachelard concibe la historia de las ciencias. Las nociones de historia caduca y de historia sancionada son las que le permiten la precisión de su proyecto de historia de las ciencias. Estas nociones, en su diferencia, evocan las de conocimiento común y conocimiento científico del nivel epistemológico e, igualmente, sus respectivas dinámicas.

La historia caduca (por ejemplo la del “flogisto”) reposa sobre errores fundamentales y aún contradicciones. Trata de la “epistemología” de un espíritu científico desaparecido. En tanto que tal, la historia caduca carece de interés para el epistemólogo o el historiador. [112]

Otra cosa acontece con la historia sancionada (la del “calórico”, por ejemplo), pues ella recoge experiencias positivas y la determinación precisa y funcional del objeto científico mismo; sin embargo, tal vez habría “partes qué corregir”. Así, la historia sancionada se refiere a nociones que cesaron de ser “contingente (s), ocasio­nal(es), convencional(es)” y que han devenido “pour toujours” conceptos científicos. [113] El interés que se dirige a tales nociones es constante en el curso de su historia. Tanto el epistemólogo como el historiador de las ciencias tienen un gran interés por estos conceptos racionalizados que se han convertido en elementos de la historia sancionada. El primero, para elucidarlos teóricamente, el segundo para incorporarlos en un cuerpo de conceptos racionalizados.

5. El progreso científico

En su conferencia del Palais de la Découverte (1951) sobre la actualidad de la historia de las ciencias, Bachelard se interrogó sobre las condiciones y las formas bajo las cuales la historia de las ciencias “puede tener una acción positiva sobre el pensamiento científico de nuestro tiempo”. [114] Es a condición de que la historia de las ciencias sea una historia del progreso de las verdades científicas, y bajo la forma de una historia recurrente, responde.

La historia de las ciencias es la historia del progreso de su racionalidad y, como tal, aparece “como la más irreversible de todas las historias.” [115] Los científicos se interesan en seguir esta historia porque muestra las vías que ya han quedado prohibidas para la investigación científica: “el hombre de ciencia cancela un irracional”. Es ahí donde reside la importancia de una historia juzgada, que por recurrencia distingue el error de la verdad, lo inerte de lo activo, y lo perjudicial de lo fecundo. “La historia de las ciencias es, …un tejido de juicios implícitos sobre el valor de los pensamientos y de los descubrimientos científicos.” [116] Los valores que el historiador recoge son trozos sucesivos de otras historias. El historiador de las ciencias “realiza su trabajo cuando ha descrito la historia de una verdad”, [117] cuando ha hecho un juicio mediante la imposición de los valores de su tiempo. El historiador abreva en el estado actual de las ciencias para juzgar el pasado: por ello, “debe aprender lo mejor posible la ciencia de la cual se propone escribir la historia. [118] Partiendo, entonces, de las verdades claras y coordinadas de la ciencia actual, “el pasado de verdad aparece más claramente. progresivo en tanto que pasado mismo”. [119]

En las ciencias el progreso no es un mito, dice Bachelard, “…está demostrado, es demostrable”. [120] El progreso es la dinámica misma de la cultura científica y corresponde a la historia de las ciencias el describir dicha dinámica. Estas declaraciones envían, pues, a una historia de las ciencias que deja escapar las nociones erróneas para convertirse en una historia del acrecentamiento del número de verdades y de la profundización de la coherencia de las verdades. [121]

La historia de las ciencias, por lo tanto, no podría ser una historia sobre las etapas de decadencia o estancamiento. Descripciones de ese tipo conciernen a aspectos exteriores de la ciencia y corresponderían a la historia de las civilizaciones: “Pensar históricamente el pensamiento científico, es describirlo de menos a más. Jamás a la inversa”. La historia de las ciencias, entonces, “o bien relata un crecimiento, o, entonces, nada tiene qué decir”. [122] Así, por ejemplo, en la historia de la dialéctica” onda-corpúsculo, Descartes quedó “en su soledad histórica”, mientras que la construcción del rayo de luz refractado (y de la geometría de los trenes de ondas) de Huyghens “es una adquisición definitiva para la ciencia”. [123] Sólo, entonces, el progreso de las verdades tiene una temporalidad; el pensamiento pre-científico, el conocimiento común, pertenecen a la historia caduca, es decir, en el sentido propio del término a la no historia. En tal sentido, Bachelard habría demostrado que únicamente la verdad científica tiene un porvenir, pero, también, que sólo la ciencia tiene historia.

“Esta positividad absoluta del progreso científico aparecerá como innegable si examinamos la historia de una ciencia modelo, la historia de las matemáticas.” [124] Esta observación muestra el pensamiento de Bachelard sobre lo que define la cientificidad de una ciencia y la especificidad de la historia de las ciencias. Sobre lo primero, es el grado de formalización, de matematización el que sanciona el criterio de cientificidad. El empleo de la “luz recurrente” fuera de las matemáticas (en física o en química, por ejemplo) es “mucho más indecisa”. La historia de las ciencias, expresa el progreso en la matematización de una ciencia (“la tabla de Mendeleif es un verdadero ábaco,… que nos ayuda a aritmetizar la quími­ca”). [125] Esto conduce a otorgar a las matemáticas un papel privilegiado en la historia de las ciencias, pues gracias a su dinámica, la matematización es la garantía de que la historia ha captado una “verdad confirmada”. En algunos textos Bachelard habla (para conferirle un propósito pedagógico) de la historia de las matemáticas y de su epistemología, como de la serie de un “tiempo lógico”, de un “orden racional”: “La epistemología nos enseña una historia científica tal como debería haber sido… en un tiempo lógico que no tiene ya las lentitudes de la cronología real,” [126] En el caso de la historia de las ciencias físicas, dice Bachelard, “…será necesario ir hasta el punto en que se operaron las primeras matematizaciones, a los puntos, también, en que se transformó la matematización”. [127]

6. La objetividad de los conocimientos físicos

Retomaremos otro tema de la epistemología bacherdiana, el de la objetividad de los conocimientos científicos, para iluminar su punto de vista sobre la historicidad de las verdades científicas: “el objeto no podría ser designado como un ‘objeto’ inmediato; dicho de otra manera, una marcha hacia el objeto no es inicialmente objetiva”. [128] Para Bachelard no es un realismo simplista el que constituye la base de los conocimientos científicos. Y cuando se habla de conocimiento objetivo no se está más al nivel del simple estímulo, pues es con materiales y marcos lógicos socializados “de larga fecha” que trabaja el investigador. Inclusive la medición, pues “toda medida precisa es una medida preparada. El orden de precisión creciente es un orden de instrumentalización creciente, en consecuencia de socialización creciente”. [129]

De esta manera, se puede afirmar que la “precisión discursiva” propia al trabajo científico tiene una naturaleza social. Se trata de un consenso entre “los trabajadores de la prueba”. Se está ahora muy lejos del esfuerzo del científico solitario. La “cité” de físicos y la “cité” de matemáticos han sido “formadas en torno de un pensamiento poseedor de garantías apodícticas [130] y determinadas por consensos altamente especializados. El racionalismo de las ciencias se ha convertido en un racionalismo regional, terreno de los especialistas y, en ese sentido, en un “co-racionalismo”. [131]

Para Bachelard la ciencia moderna se caracteriza porque “la objetividad racional, la objetividad técnica y la objetividad social son desde ahora tres caracteres fuertemente ligados”. [132] Y, el conocimiento científico es sobre todo objetivo: sus verdades, sus valores se imponen a los adherentes de la “cité scientifique”. El conocimiento científico es una objetividad histórica que reclama rectificaciones y la continuidad entre sus adquisiciones sucesivas: “los acontecimientos de la ciencia se encadenan en una verdad acrecentada de manera incesante”. [133] La historia de las ciencias es, pues, posible bajo la forma de una historia recurrente, es decir, de los progresos de las verdades y de las condiciones teóricas, técnicas y sociales de su producción a la luz de la ciencia actual. “El compromiso objetivo se fortifica en una escala de precisión en la sucesión de aproximaciones cada vez más finas, aproxi­maciones que están referidas a un mismo objeto y que, sin embargo, se designan unas a otras como niveles diferentes del conocimiento objetivo.” [134] Por ello, la superioridad de una determinada construcción teórica, no es únicamente cuestión de convicción subjetiva, es una convicción racional, un valor epistemológico. Esta tesis de la objetividad del conocimiento científico es, para Bachelard, la que justifica a la historia de las ciencias: “En el destino de las ciencias los valores racionales se imponen. Se imponen históricamente. Y la historia de las ciencias es llevada por una especie de necesidad autónoma.” [135]

II. El corte epistemológico

Esta noción ha sido formulada en el marco de las investigaciones de su autor -Louis Althusser- sobre la especificidad (cientificidad) de la filosofía marxista. Dentro de tal problemática, sólo de manera incidental se tocaba a la teoría de la historia de las ciencias, y se trataba, más bien, de un proyecto epistemológico -y político- referido a la teoría marxista de las condiciones de producción de conocimientos científicos. Las posiciones adoptadas por Althusser fueron objeto de críticas severas entre los marxistas que veían en ellas errores de apreciación, una tendencia teoricista y una concepción “estructuralista”. Posteriormente Althusser mismo procedería a una auto-critica que retenía algunas de las objeciones que le habían sido dirigidas y que modificaba, sin embargo, algunos de sus puntos de vista expresados inicialmente. La obra de Althusser en la actualidad continúa suscitando controversias y es a menudo atacada. A pesar de todo, Althusser planteó algunos problemas que poseen un interés teórico innegable para la historia de las ciencias.

El tema de la historia de las ciencias es abordado con la tesis de la discontinuidad radical expresada en la noción de “corte”) que existe en la fundación de toda ciencia -el marxismo en este caso -entre lo que Althusser llama “ideología” y la ciencia propiamente dicha. La obra de Althusser comprende, pues, dos fases que están reconocidas por el mismo: [136] la primera caracterizada por la autonomización que él hace de la práctica teórica (teoricismo), y la segunda, en la que Althusser pretende haber sobrepasado su “desviación” teoricista inicial mediante la introducción de la lucha de clases, ausente en la primera fase. Aquí intentaremos reducir nuestro estudio a la noción de “coupure épistémologique”: Tomare­mos en cuenta las críticas dirigidas por los objetores, y por el autor mismo, a esta noción para captarla en la dinámica de su evolución.

1. Primera fase: la práctica teórica

El planteamiento inicial se refería, lo hemos dicho, a la especificidad de la filosofía marxista. Esto implicaba pues, la cuestión de su diferencia con las Obras de Juventud de Marxmismo y con las filosofías de Hegel y Feuerbach. Ahora bien, tal cuestión carecería de marco para plantearla si no existiera previamente la teoría de la historia de las formaciones teóricas. Esta teoría, piensa Althusser, se encuentra implícita en Marxmismo como una “disciplina que reflexiona sobre la historia de las formas del saber y sobre el me­canismo de su producción”. [137] Es preciso separarla para aplicarla a la historia del marxismo y poder, entonces, dar cuenta de él “…tomándose a sí mismo por objeto”: [138] “La cuestión de la diferencia específica de la filosofía marxista tomó así la forma de la cuestión de saber si existía o no, en el desarrollo intelectual de Marx un corte epistemológico que marcara el surgimiento de una nueva concepción de la filosofía”. [139] Althusser distingue claramente esta teoría de la de las “fuentes” o “anticipaciones [140] que, como hemos visto, emplea el método analítico teleológico y conduce a la reducción de un sistema teórico a sus elementos de base, para acercarlos a otro elemento similar, pero perteneciente a otro sistema. Es decir, la creencia en la existencia de homogeneidad entre los elementos de sistemas diferentes. En este caso, se trataría de la creencia en una evolución de la ideología, la cual, por un auto-movimiento, se convierte en ciencia. La teoría de la historia de las formaciones teóricas de que habla Althusser es, desde luego, radicalmente diferente.

Es el concepto de “corte epistemológico” el que utiliza. Althusser para pensar la discontinuidad entre la pre-historia de una ciencia y la ciencia misma. Los términos entre los cuales el “corte” se opera son caracterizados como “ideología” y como “ciencia”. Así, por ejemplo, en el desarrollo intelectual de Marx un “corte” habría tenido lugar entre sus obras de juventud y las de la madurez. En el “más acá” del corte queda el pasado ideológico, claramente distinguible por su estructura teórica (o “problemática”) diferente de la ciencia del Marx de la madurez (ciencia de la historia o materialismo histórico). Más generalmente, se puede afirmar que es la diferente “problemática” la que distingue a una ciencia de su pasado ideológico y, en consecuencia, es ” . . . una mutación de problemática. .. (la que) inaugura toda fundación científica”. [141]

a. Ideología y ciencia. Antes de continuar sobre el “corte epistemológico” preguntémonos por lo que Althusser entiende por “ideología” y por “ciencia”. Se trata, por supuesto, de nociones centrales pues su discontinuidad estructural, de la que habla Althusser, es debida justamente a la diferente naturaleza de ellas. Además, también es interesante precisar qué tipo de oposición se ha instaurado entre ellas, para saber de qué la historia de las ciencias es la historia. Ahora bien, nos encontramos con nociones que no son ni claras, ni definidas con el rigor pretendido por Althusser. Esto ha sido constatado por numerosos críticos, quienes, además, reprochan a Althusser que sostenga tesis que nada tienen qué ver con el marxismo, del cual, sin embargo, él se reclama.

Henri Lefebvre ha dicho:

L. Althusser se esfuerza por establecer un corte entre la ideología y la ciencia,. Ahora bien, si se separan la ideología y la ciencia es porque se distinguen claramente el concepto de la representación. Pero, empleando de manera continua la expresión ‘concepto ideológico’ (por ejemplo a propósito de la alineación) al lado de la expresión ‘concepto científico’, L. Althusser reintroduce la confusión completa bajo la ilusión del rigor. [142]

Adam Schaff en su estudio sobre Althusser creyó encontrar once diferentes concepciones y definiciones de “ideología” expresadas explícitamente o implícitamente en Pour Marx, la obra que reúne el conjunto de los trabajos de Althusser sobre “corte”, “ideología” y “ciencia”. Schaff las resume así:

En efecto, según la lista (lejos aún de ser completa) de los significados que hemos localizado, la palabra ‘ideología’ significa en Althusser, entre otras cosas: tesis en las que la problemática no es consciente de sí; opiniones mistificadas, alienadas, alejadas de las realidades efectivas de la historia; el idealismo; una abstracción que explica los conceptos generales por una operación intelectual sobre los individuo, de las opiniones que designan la realidad, pero que no dan los medios de conocerla, no develan su esencia; un sistema de representaciones que existe realmente en la sociedad dada y que juega ahí un papel histórico; un sistema de representaciones cuya función práctico-social es predominante -al contrario de la ciencia- sobre la función de conocimiento; un sistema de representa­ciones inconscientes; estructuras que se imponen a la mayoría de los hombres ‘sin pasar por su conciencia’; objetos culturales que actúan funcionalmente sobre los hombres ‘por un proceso que les escapa’; alguna cosa que los hombres ‘viven’ como un objeto de su ‘mundo’; una falsa conciencia; representaciones de masas; opinio­nes dictadas por ‘intereses’ extra-cognoscitivos; si, pues, -…­la palabra ‘ideología’ posee tantos significados (.. .), entonces, ella no significa nada [143]

Lo que a pesar de todo surge como un rasgo general entre los diferentes contenidos semánticos del sustantivo “ideología”, en los primeros trabajos de Althusser, es que la ideología es lo que hay que rechazar por erróneo o mistificado, por oposición ( dico­tomía) a lo que es científico. Es en torno de esta negatividad de la ideología en su relación con el conocimiento donde coinciden en sus interpretaciones los críticos de Althusser. Así Sánchez Vázquez [144] señala la existencia de dos formas de la teoría de la ideología en Althusser: la primera, una forma radical, como teoría de la ideología “en general”; la segunda, una forma mitigada como teoría “de una ideología particular de clase”. En su forma radical (expresada sobre todo en Pour Marx y en Lire le Capital), la ideología comprende una función teórico-cognoscitiva, en tanto que en su forma mitigada, la ideología ejerce una función prácticosocial. Para nuestro propósito, y a pesar de su ambigüedad, nosotros retendremos la idea de Althusser de que la ideología de la cual se separa una ciencia, a través del “corte”, implica sobre todo la función teórica-cognoscitiva. Esta función consiste en la pretensión de la ideología de ser productora de conocimiento. Esta preten­sión se mantiene hasta el momento en que el “corte” que da na­cimiento a una ciencia revela, por el mismo hecho, el pasado pre científico como ideológico. La diferente problemática de la estructura ideológica y de la estructura científica sólo puede ser percibida como uno de los efectos del corte mismo. Esto explica por qué Althusser considera la fundación de una ciencia como un punto de “no-retorno”, es decir, irreversible.

Este punto de vista sobre la ideología es claramente explicado por Althusser en un texto posterior, el del prefacio a la segunda edición española de Pour Marx:

Lo que es tratado en la oposición ciencia/ideología concierne a la relación de ruptura entre la ciencia y la ideología teórica en la cual era “pensado”, antes de la fundación de la ciencia, el objeto del que ella da conocimiento. Esta “ruptura” deja intacto el dominio objetivo, social, ocupado por las ideologías (religión, moral, ideolo­gías jurídicas, políticas, etcétera). En este dominio de las ideologías no teóricas, hay muchas “rupturas”, pero ellas son políticas (efectos de la práctica política, de los grandes hechos revolucionarios) y no epistemológicas. [145]

Aquí se distingue entre la ideología teórica, como lo pre científico, que no se refiere al terreno social, y las ideologías no teóricas del dominio social. Para la primera, la ruptura es epistemológica, para las otras, las rupturas que aparecen son, por el contrario políticas.

En cuanto se refiere al concepto de “ciencia”, Althusser no ofrece tampoco una definición clara y explícita. Esta noción normalmente es precisada por su oposición radical a la de “ideología”. En ocasiones esta noción es abordada por el lado de su génesis: la ciencia emerge por la acción de transformación de un trabajo teórico sobre el terreno que ocupaba anteriormente la ideología teórica; toda ciencia es, en ese caso, la ciencia (verdad) de la ideología (error) de donde ella surge. [146] Así concebida, la cien­cia es una práctica teórica que produce conocimientos. En tanto que práctica, se ejerce sobre una materia prima teórica, (o Generalidad I), la cual procede a la “crítica de los ‘hechos’ ideológicos elaborados por la práctica teórica ideológica anterior; [147] transformada a su vez por medios de producción teóricos (Generalidad II), y cuyo producto es un objeto teórico u “objeto de conocimiento” (Generalidad III). [148] La ciencia, tal como Althusser lo dirá más tarde, [149] es el resultado del “hecho teórico” que es el corte con la ideología, como oposición de la verdad al error. En este esquema está excluida, en consecuencia, toda intervención de factores histórico-sociales en cuyo interior tiene lugar la producción de conocimientos.

b. El “corte epistemológico”. Regresamos ahora a nuestro tema, a la noción misma de “corte epistemológico”. Para dar cuenta de la naturaleza de las formaciones teóricas y de su historia fue necesario introducir, nos dice Althusser, dos conceptos, el de “problemática” y el de “corte epistemológico.” [150] Estos conceptos, en­contrándose en Marx mismo, sólo lo están en estado práctico. El concepto de “problemática” fue introducido “…para designar la unidad específica de una formación teórica y, en consecuencia, el lugar de asignación de esta diferencia específica”. El concepto de “corte epistemológico” “… para pensar la mutación de la problemática teórica contemporánea de la fundación de una disciplina científica”. [151] Estos dos conceptos son, de hecho, correlativos en la utilización que hace de ellos Althusser. El concepto de “problemática” pone en evidencia “la estructura sistemática típica que unifica todos los elementos del pensamiento”. [152] Designa la unidad constitutiva de todos los elementos de una formación teórica. Es “… el sistema de referencia interna objetivo de sus propios temas: el sistema de cuestiones que dirigen las respuestas dadas…”. [153] Así, la ideología pre-científica se distingue de la ciencia por su diferente “problemática” a pesar de que ambas son sistemas teóricos estructurados. Su incompatibilidad se manifiesta en el hecho de que los elementos de un sistema no pueden aparecer en el otro. Su sentido, pues, le es siempre propio y no podría ser encontrado en ninguna otra problemática.

De lo anterior se desprende que aquí estamos en presencia de estructuras heterogéneas en sus respectivas problemáticas. El paso de una a otra no puede realizarse sino por una ruptura total. Es, pues, el concepto de “corte epistemológico” el que destaca la emergencia de la ciencia en tanto que sistema teórico por su nueva problemática y la novedad surge por oposición con su predecesor. En la teoría general de la historia de las ciencias este concepto es central, es el único capaz de pensar la esencia de los acontecimientos teóricos. “La inteligencia de Marx [pero también de Galileo o Lavoisier en tanto que ellos también fueron fundadores], del mecanismo de su descubrimiento, de la naturaleza del corte epistemológico que inaugura su fundación científica, nos envía pues a los conceptos de una teoría general de la historia de las ciencias.” [154] Y Althusser piensa que ya Engels dio lo que él llama “la primera visión teórica del concepto de corte: esta mutación por la cual una ciencia nueva se establece sobre una nueva problemática, a distancia de la antigua problemática ideológica”. [155] Este concepto de “corte”, Althusser lo caracteriza como una condición formal para la historia teórica, o más precisa­mente, en “la historia de lo Teórico [156] (Ciencia y Filosofía). En el mismo sentido: cambiar la base teórica, cambiar la problemática es lo que constituye una revolución teórica. De esta manera, el “corte epistemológico” es el concepto por el cual es reflejado el hecho o acontecimiento teórico que es una revolución teórica en la historia del conocimiento. [157]

Como se puede ver ahora, el paso de la ideología a la ciencia se efectúa sobre un terreno teórico: todo se pasa en el pensamiento. Por una parte, aquello con lo que se rompe es teórico: “las formas de ‘conocimiento’ constituyen la prehistoria de una ciencia y sus filosofías”. [158] Por otra parte, el “corte” en tanto que es el resultado de un trabajo de transformación “específico”, pone en marcha los medios de producción teórica: los dispositivos teórico técnicos de la “teoría” de una ciencia y su modo de empleo, es decir, el método (Generalidad II). [159] Y, en fin, el acontecimiento mismo del corte y su resultado son igualmente teóricos.

Ahora nos referiremos a las nociones de “teoría” y “práctica” en Althusser. De estas nociones Althusser proporciona definiciones: “por práctica en general entenderemos todo proceso de transformación de una materia prima determinada, en un producto determinado, utilizando medios (de “producción”) determinados”. [160] y por teoría, “… una forma específica de la práctica, perteneciendo ella también a una unidad compleja de la ‘práctica social’ de una sociedad humana determinada. La práctica teórica cae bajo la definición general de práctica”. [161] De las anteriores definiciones se desprende que para Althusser no existe más una distinción real entre teoría y práctica. La teoría no es, de hecho, sino una “práctica teórica”, cuya especificidad consiste en el objeto que le es propio (“representación, conceptos, hechos”), y en su producto propio: un conocimiento. [162] Ahora bien, la práctica teórica comprende no solamente a la práctica teórica científica, sino también a la práctica teórica pre-científica (ideológica). [163] Así, generalizado este concepto de práctica, hasta el punto de incluir a la teoría, desaparece de hecho toda diferencia entre teoría y práctica. La teoría no es más reproducción en el pensamiento del objeto, sino un proceso específico de transformación del objeto y, como tal, una práctica (teórica).

En la tradición de la filosofía marxista, la categoría de “práctica” jugaba un papel gnoseológico en su relación con la “teoría’, en tanto que instancia de verificación. Ahora bien, Althusser modifica esta concepción para afirmar “la autonomía de la práctica teórica” y la “interioridad” de sus criterios de validación: “… la práctica teórica posee ella misma su propio criterio, contiene en ella los protocolos definidos de validación de la calidad de sus productos, es decir, los criterios de la cientificidad de los productos de la práctica científica”. [164] A1thusser sostiene que tal es el caso de las ciencias, las cuales”… no tienen necesidad de la verificación por parte de prácticas exteriores para declararlas ‘verdaderas’, es decir, conocimientos, los conocimientos que producen”. [165] Así, Althusser reafirma que la práctica teórica, y en consecuencia todo el proceso implicado en el “corte epistemológico”, se pasa al nivel del pensamiento, al nivel del conocimiento. Esta autonomía total con la cual la “práctica teórica” está revestida, hace que toda determinación de las “prácticas no-teóricas” sobre la “práctica teórica” sea innece­saria en la explicación de su movimiento, o, mejor, auto-movimiento.

Separando la ideología teórica de la ideología no-teórica, Althusser había establecido un abismo entre teoría y práctica. Con sus netas distinciones entre “práctica teórica” (cuyos efectos son teóricos al interior de la ideología teórica y de la Teoría o Ciencia) y práctica política (cuyos efectos son políticos y no epistemológicos en las ideologías no-teóricas), no se encuentra posibilidad de unir a ambas. Por lo que se refiere al “corte”, todo acontece en el nivel epistemológico entre el momento precientífico y el momento científico. La historia real, las ideologías no teóricas (prácticas) y la práctica política (y las demás formas de la práctica social), se encuentran ausentes en todo 10 relativo al paso de la ideología a la ciencia. Es en esto que consiste el teoricismo reprochado a Althusser y más tarde por él mismo reconocido. Teoricismo que, por supuesto, conducía a dificultades. Algunos problemas no pueden ser resueltos como conviene en una teoría “coherente” de la historia de las ciencias: por ejemplo, los lazos existentes entre teoría y práctica, el “motor” del desarrollo científico, el “juicio” que se formula sobre la cientificidad de las ciencias del pasado, etcétera.

c. Algunos problemas para una historia teoricista de las ciencias. Antes de abordar el esfuerzo autocrítico de Althusser veamos los problemas anteriormente mencionados para damos cuenta de sus consecuencias, y examinar después si la autocrítica aporta las so­luciones convenientes. En lo que se refiere a la relación de la ciencia con su pasado el problema que se plantea es el siguiente: ¿cómo se debe juzgar a las etapas del desarrollo científico que quedaron atrás? Según nuestro autor la ciencia “nace” del corte con su pasado ideológico; entonces, la ciencia carece de un “pasado científico” propiamente dicho, pues si tuviera alguno éste se revelaría como “ideológico”. Dada la separación tajante que Althusser ha introducido entre ciencia e ideología, una teoría es científica sólo si, hablando con propiedad, carece de pasado. Consecuencia que, a pesar de todo, está contra la historia efectiva de las ciencias y, además, compromete a la ciencia actual: en efecto, si el pasado de una ciencia es la ideología de la cual hay que desembarazarse, la actividad contemporánea y la futura de la ciencia, una vez que, a su turno, hayan sido sobrepasadas, serán reducidas a un conjunto de mistificaciones ideológicas. Todo el pasado científico no sería, así, visto sino como la pre-historia ideológica y de ninguna manera como un saber.

Todas las ciencias muestran múltiples vínculos existentes entre la teoría y la práctica; vínculos que se evidencian no sólo en los efectos que las teorías científicas producen en las prácticas sociales y en la historia real, sino igualmente en el condicionamiento que estas últimas ejercen en la constitución misma y luego en el desarrollo de las teorías científicas. Althusser, al reducir el acontecimiento complejo que es el nacimiento de una ciencia a un acontecimiento exclusivamente teórico, ¿puede explicar cómo se realiza en un momento determinado de la historia el paso de la ideología a la ciencia? ¿De dónde viene la exigencia y la necesidad de la ruptura en la continuidad de la ideología? ¿ De ella misma? ¿Del exterior? ¿Cómo podría la teoría “autónoma” dar cuenta de la necesidad de su movimiento intra-teórico?

La acusación de teoricismo cobra sentido en virtud de estos problemas. Como dice Sánchez Vázquez la concepción del “corte epistemológico” es teoricista por la exclusión que hace de las prácticas sociales y de la historia real. De ahí, pues, la incapacidad del “corte” para explicar su propio advenimiento y su imposibilidad para explicar el pasado científico.

Finalmente, es de este teoricismo que surge el rechazo para aceptar que es a la práctica a quien incumbe presentar las exigencias (en última instancia) a la teoría, así como dar cuenta del “corte” mismo y de la autonomía -relativa- de la teoría.

2. Segunda fase: la autocrítica de Althusser

El esfuerzo autocrítico de Althusser se desarrolló en dos fases. La primera anunciada desde la Advertencia a la segunda edición de Lire le Capital y presente de manera implícita en el “Cours dephilosophie pour scientifiques [166] y en Lénine et la philosoPhie. [167] La segunda, comprende la autocrítica explícita de Althusser expresada en su Réponse a John Lewis. [168] Y en sus Eléments d’autocritique. [169] Althusser, en un primer momento, pretende haber ido más allá de su teoricismo inicial por la vía de la introducción de la práctica política en el seno de la TeorÍa (filosofía). En la “Advertencia” ya citada, Althusser declara:

Tenemos ahora todas las razones para pensar que una de las tesis . . . sobre la 11aturaleza de la fitosofía expresa,…, una tendencia “teoricista” cierta… Definir a la filosofía de manera unilateral como teoría de las prácticas teóricas (…) es una fórmula que sólo provoca efectos y ecos teóricos y políticos, ya sean “especulativos” ya sean “positivistas”. [170]

Así, lo que Althusser somete ahora a un cuestionamiento es la naturaleza de la filosofía definida en términos “positivistas” (haciendo de ella la Ciencia de las ciencias). Sin embargo, el alcance de este cuestionamiento no es muy amplio, ya que en la misma ‘Advertencia” Althusser precisa que el error de esa definición no afecta a sus análisis precedentes, y que se trata tan sólo de un problema de “rectificación de terminología” y de “corregir la definición de filosofía”.

En trabajos posteriores amplió el alcance de su intención autocrítica, asignándole a la filosofía una relación con la práctica y un nuevo papel: la demarcación entre ciencia e ideología. En Philosophie et philosophie spontanée des savants, pone en relación a la filosofía con la práctica política. La filosofía -nos dice- no produce conocimientos (Thése 13), sólo formula tesis que son “justas” o no (Thése 2), porque tales tesis están, ante todo, en una relación con la práctica. Las tesis filosóficas no poseen criterios de validación internos y su ‘justeza” está dada por su conformidad con posiciones de clase. Su función específica es la “…de trazar una línea de demarcación entre lo ideológico de las ideologías por un lado, y lo científico de las ciencias, por el otro” (These 20). Dejaremos a un lado este ajuste a la noción de filosofía que parece hacer de ella un super-saber (a partir de posiciones de clase) que interviene en la teoría, para ver en la segunda fase de la autocrítica lo relativo a la ciencia y al “corte”.

a. La política al seno de la Teoría. En Lénine et la philosophie, Althusser coloca como punto nodal de la filosofía su relación con la política: La filosofía representaría a la política en terreno de la teoría”, para ser más preciso: en las cien­cias y viceversa [171] En la Réponse a John Lewis y de forma matizada, Althusser propone como definición de la filosofía la fórmula siguiente: “la filosofía -es, en última instancia, lucha de clases en la teoría”. [172] Así, Althusser pretende haber eliminado el teoricismo que afectaba a sus posiciones iniciales, reconociendo ahora el error de haber considerado a la filosofía como una ciencia, es decir, como un comienzo y con una historia. [173] La filosofía no tiene una función cognoscitiva, ella es, “en última instancia, lucha de clases en la teoría”, e interviene para demarcar a la ciencia de la ideología. Antes A1thusser dejaba fuera a la práctica en el advenimiento del “corte”, Ahora, por la interposición de la filosofía (la filosofía marxista, resultado ella también de una revolución filosófica) la práctica está presente, puesto que el “corte epistemológico” está dirigido por la revolución filosófica (materia­lismo dialéctico), y ésta, determinada, a su vez, por la evolución política (de Marx en el caso de la fundación do! materialismo histórico) :

Si se comparan la evolución politica y la evolución filosófica del joven Marx, se observa: 1) que su evolución filosófica está dirigida por su evolución política y 2) que su descubrimiento científico (el ‘corte’) está dirigido por su evolución filosófica. [174]

Ahora bien, la utilidad de esta nueva distinción entre “revolución filosófica” y “corte epistemológico” no se ve cuál pueda ser, pues, finalmente, se repiten, [175] Aquello con lo cual la filosofía y la ciencia rompen es, en ambos casos, la ideología, y en tal sentido su distinción se borra. Además, estas rupturas en todo caso, continúan siendo concebidas como rupturas teóricas solamente (paso de la ideología teórica a la ciencia en un caso, y de una filosofía a otra filosofía, en el otro). Todo esto no implica cambio alguno para los estatutos de la teoría y de la práctica.

De lo que precede retendremos, sin embargo, el esfuerzo hecho por Althusser para introducir la práctica, es decir, el elemento extra teórico, en el “corte” mismo, Lo hizo por la vía de la introducción de la práctica política, primero en la filosofía y, después, asignándole a la práctica política un papel en el paso de la ideología a la ciencia

b. De nuevo sobre el “corte”. En sus Elémftnts d’autocritique Althusser retorna el tema del “corte” para hacer frente a la ausencia de la historia real en el “corte epistemológico” mismo. Lo que él ha reconocido para la filosofía (la relación con la práctica) desea, ahora, otorgárselo también al proceso de fundación científica.

El hecho histórico de la fundación de una ciencia, en la primera fase de Althusser, no había sido comprendido en toda su dimensión social, política, ideológica y teórica; sólo había sido considerado como un hecho teórico limitado (en el caso de Marx, al “corte” observable en sus obras a partir de 1845):

Haciendo esto, me vi envuelto en una interpretación racionalista del ‘corte’, oponiendo la verdad al error bajo las especies de la oposición especulativa de “la” ciencia y de “la” ideología en general. de este escenario racionalista especulativo, la lucha de clases se encontraba prácticamente ausente. [176]

Pero, previene Althusser, el “corte epistemológico” no es única­mente una ilusión, pues la oposición entre la verdad y el error es “objetivamente” uno de los síntomas del nacimiento de una ciencia. [177]

Así, en una oposición dialéctica entre la ciencia y la ideología, y por recurrencia, la pre-historia de una ciencia aparece claramente como un “tejido de errores” (Bachelard), aún cuando se puedan detectar en él algunas verdades parciales. En consecuencia, no bastaba el mero reconocimiento del “corte”, se necesitaba también explicar “lo que comandaba” al “corte” y, en el marco inicial, esto no era posible ni pensado ni expresado, [178] reconocer Althusser.

Así, a la inconsistencia del teoricismo inicial, Althusser opone ahora otra explicación de lo que determina el advenimiento del “corte” y al “corte” mismo. En primer lugar, Althusser modifica la concepción del “corte”; ya no se trata de un “hecho teórico” y se convierte en “un hecho teórico-histórico” (“Histórico: puesto que se trata de un acontecimiento de alcances históricos”). [179] Esto es, la emergencia de una ciencia en el interior de la historia teórica.

Por otra parte, reconoce que una ciencia “sale” normalmente de su pre-historia ideológica mediante el “concurso imprevisible, increíblemente complejo y paradójico, pero necesario en su contingencia, de ‘elementos’ ideológicos, políticos, científicos (provenientes de otras ciencias), filosóficos, etc.” [180] Ahora bien, se puede observar que a pesar de la introducción de factores históricos (de la historia real), el “corte” no es concebido como un acontecimiento de la historia real, determinado –por presiones extra-teóricas (prácticas) y cuyos efectos actuarían, a su vez, sobre tales “presiones”, No, al “corte'” se le sigue concibiendo como “un acontecimiento histórico en sentido fuerte, ‘pero que concierne a la teoría, y en la teoría”. [181] Lo mismo es expresado en la afirmación de Althusser de que el descubrimiento de Marx es el mayor acontecimiento de la historia “del conocimiento [182] (el cual tuvo importantes consecuencias políticas). Ahora bien, a nosotros nos parece que tal como los concibe Althusser, la presencia de esos factores es totalmente externa al “corte”, ya que se les percibe por sus consecuencias políticas, ideológicas u otras producidas, y permanecen sin vínculo esencial con la teoría. Y el “corte”, en cuanto tal, no ha dejado el terreno teórico.

“Por último, Althusser menciona otra “forma” por la que una ciencia “sale” de su prehistoria, por ella misma: “Rechazando todo o parte de su prehistoria, calificándolas de erróneas, de errores”. [183] Esta otra vía, interna, hace del “corte”, ‘nuevamente, un hecho teórico, epistemológico. Es una vía que restablece la oposición ideología-ciencia (calificada páginas atrás de “especulativa”) como oposición entre error y verdad. Por otra parte, aquí se hace intervenir la idea de que la ciencia puede retener una parte de su pasado al intervenir el “corte”, pero resulta difícil de concebir tal, si el pasado de una ciencia continúa portando en sí la negatividad de su carácter ideológico, el cual, por definición, posee una “problemática” y una “estructura teórica” propias (ideología teórica).

Así, pues, aparece de nueva cuenta la tesis que autonomiza a la teoría en el proceso cognoscitivo, y que le asigna un criterio interno de validación (el de su propia práctica: “práctica teórica”), En consecuencia, el teoricismo regresa, y con él, la noción de “corte epistemológico” como “hecho teórico” que interviene entre personajes que son ellos también teóricos. El estatuto de la ciencia, en esta perspectiva, es forzosamente el de la autonomía y la suficiencia. Nuevamente es de la ciencia “pura” de lo que se trata, no mezclada de elemento heterogéneo alguno en su formación, tampoco en su desarrollo ni, menos aún, en su contenido.

El teoricismo no puede desaparecer en Althusser mediante el juego, poco claro, de las condiciones externas e internas, si entre ellas ninguna relación es concebida. O bien son los factores internos los que actúan (solución elegida por Althusser), y entonces se da una explicación teoricista, o bien son los factores externos (solu­ción rechazada por Althusser), y entonces la ciencia resulta” ‘expresión’ de la historia real”. [184] Una solución dialectizada entre estos factores no es considerada por Althusser.

En conclusión, si teoricismo significa el primado de la teoría sobre la práctica, este sobrevivió pese a todos los esfuerzos realizados por Althusser. No llegó a fusionar en una unidad a la teoría y a la práctica. Por lo que hace a la historia de las ciencias, en consecuencia, ningún “lugar” le es asignado a la historia “real” en la historia del conocimiento.

III. Un nuevo papel para la historia de las ciencias en la obra de Thomas S. Kuhn

Thomas S. Kuhn es el autor de una explicación no continuista que ha marcado a la epistemología y a la historia de las ciencias desde hace 20 años. Desde su punto de vista, el estudio del crecimiento de nuestros conocimientos corresponde a la historia de las ciencias, y ella no podría ser una historia continuista. Es la actividad “normal” de la ciencia la que da cuenta de la historicidad de ésta, pues explica el proceso que conduce a las “crisis revolucionarias” y al cambio de paradigmas” de la investigación. Comprendiendo el carácter de la “ciencia normal” se puede, entonces, entender lo que significaba “pensamiento científico” en una época anterior; se puede, también, explicar la transición entre las dos diferentes visiones que del mundo se hacen los científicos durante una revolución científica; o, inclusive, descubrir la naturaleza de la comunidad científica, es decir, la que define los problemas legítimos y los métodos científicos en todo momento de la historia de una ciencia.

Este tipo de explicación -que será ampliado por el mismo Kuhn dentro de esta Antología [185] se caracteriza por el papel que con­cede a los factores psicológicos y sociales que actúan en las comunidades científicas durante el proceso de aceptación del nuevo “paradigma” de investigación. La teoría de Kuhn se ha encontrado en el centro de un largo debate, rechazada a veces, y otras bien acogida, e incluso ampliada a las ciencias sociales. Sus ideas fueron expresadas originalmente en su libro The Structure of Scientific Revolutions, publicado en 1962. [186] Posteriormente, las críticas que le fueron dirigidas [187] le dieron la ocasión de proceder a ciertas precisiones y modificaciones de sus puntos de vista. [188] La obra de Khun, y el debate que generó, han contribuido durante los últimos años a desarrollar la teoría de la historia de las ciencias. Entre los efectos más notables estuvo su insistencia en que no es fácil ignorar los aspectos “externos” en la explicación del cambio científico. Las siguientes unidades desarrollarán éste y otros tópicos de las preocupaciones contemporáneas de la historia de las ciencias.

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[1] Aun cuando es cierto que las ciencias, tal y como fueron conocidas en el siglo XVIII, encuentran su origen en la mirada mítica que se dirigió al Renacimiento, y si en el ejemplo de la astronomía, Capérnico es el heredero de Aristóteles y de Ptolomeo, puesto que él comenzó donde éste último se había detenido, no es posible concluir de este hecho la inexistencia de la ciencia astronómica durante los trece siglos que los separan. De hecho, y como ha sido mostrado por los historiadores (ver, por ejemplo, The Copernican Revolution. Planetary Astronomy in the Development of Western Thought, Harvard University Press, 1977, pp. 100 y ss. de Thomas S. Kuhn), existió una actividad intensa aunque espasmódica, que jugó un papel esencial en la preparación, la concepción y la aceptación de 10 que suele llamarse la Revo¬lución copernicana. Luego vendremos al papel que juegan tales factores en una revolución científica. (volver al texto)

[2] Jacob Burckhardt, La civilisation de la Rennaissance en Italíe, tome l. Paris, Editions Gouthier, 1958, p. 133. (volver al texto)

[3] ibid. p, 131. (volver al texto)

[4] Th. Kuhn, op. cit. p. 127. (volver al texto)

[5] Ibid., p. 128. (volver al texto)

[6] Ibid., p 132. (volver al texto)

[7] La reviolution astronomique, Paris, Hermann, 1974, pp21 y 25. (volver al texto)

[8] Una edición en inglés, francés, alemán, ruso y polaco. Con notas y comentarios. fue publicada con motivo del quinto centena­rio del nacimiento de Copérnico por la Academia Polaca de Cien­cias en 1973. editada por Jerzy Dobrzycki y comentada por Edward Rosen. (volver al texto)

[9] Histoire de l’ astronomie moderne depuis la. fondation de l ‘ecole d’Alexandrie jusqu’ á l’époque du MVCCXXX, 3 vols.. Pa­r i s, 1779. t o m e I , livre 9, 1 I l. p. 337 . (volver al texto)

[10] Ibid., Discours VI (Résumé général). 1ere. Partie, p. 320. (volver al texto)

[11] Ibid., p. 321. (volver al texto)

[12] Encyclopédie ou Dictionnaire. raisonné des science, des arts et des métiers, Paris, 1751, XXVI. (volver al texto)

[13] Oeuvres de. Condillac., Paris, 1798, tome VI, XIV, 7. (volver al texto)

[14] Oeuvres de. Turgot, Paris, 1798, tome VI, XIV, 7. (volver al texto)

[15] Pernoud, Régine, Histoire de la Bourgoisie en France, vol. 11, ch. 3 (la noblesse de la Robe), Paris, Editions du Seuil, 1962. (volver al texto)

[16] “Du systeme. du monde, dans les principes de la gravitation universele”. Suites des memoires de mathématiques, et de physique, tirés des registres de l’ Académie Royale de Sciences de l’année MVCCXLV, leído el 15 de noviembre de 1747,1. 11, p. 465. (volver al texto)

[17] Op. cit. I1, 12 , XLII, p. 560. (volver al texto)

[18] Oeuvres de Fontenelle, nouvelle édition, Paris, Bastian, 1790, tome VI, p. 43. (volver al texto)

[19] Ibid. pp. 73-74. (volver al texto)

[20] Gaxotte, Histoire des Francaice, 11, p. 189, citado por Pernoud R., Op. cit. c¡t. p. 253. (volver al texto)

[21] “Préfase” de los Eléments de la géometrie de l’nfini, op.cit., p. 43. (volver al texto)

[22] Georges Canguilhem, Etudes d’Histoire et de Philosophie des Sciences, Paris, Vrin, 1975, pp. 54- 56. (volver al texto)

[23] “Car étant donné que toutes 1es sciences ne sont rien d’autre que la sagesse humaine, qui demeure toujours une et toujours la meme si différents que soient les objets auxquels elle s’applique…? Descartes : Régles pour la direction de l’esprit, Œuvres et Lettres, Gallimard, 1953, Régle I, p. 37. (volver al texto)

[24] I.B. Cohen constata (in “The Eighteenth Century Origins of the Concept of Scientific Revolution”, Journal of the History of Ideas. vol. XXXVII, no. 2″ pp. 257-288 ) que en la literatura de este period el “terme ‘revolution’ does not appear in relation to scientific change prior to Eighteenth century…” y este hecho no debe ser inesperado pues “ ‘ revolution’ did not begin to come into general use -even in the discourse of politics- until after the Glorius Revolution of 1688″ (p. 267). El siglo XVI no conoció revoluciones en gran esca1a o revoluciones nacionales, mientras que el siglo XVII en Gran Bretaña fue el testigo de acontecimien­tos y de movimientos sociales y políticos que más tarde fueron llamados “the English Revolution”. Ahora bien, fueron justamente estos eventos sociales y políticos los que aportaron los ejemplos o modelos conceptuales para la noción de “revolución” en el siglo XVIII, en el sentido “… of a drastic or even sudden secular change” “this fact is mirrored in the failure to find an example of a couling of ‘Science’ and ‘revolution’ dating earlier about 1700” (p. 264). A partir de esa fecha el concepto “revolución” es aplicado a un campo ampliado que ahora comprende también lo so­cial, la política, la economía, así como las actividades intelec­tuales, culturales o científicas. (volver al texto)

[25] Einstein y el conflicto de generaciones, Paris, P.U.F., 1978, p. 158. (volver al texto)

[26] I.B. Cohen, op. cit. p. 288. (volver al texto)

[27] Op. Cit. p. 52. (volver al texto)

[28] Y. Be1ava1, Leibniz critique de Descartes, Paris, Ga11imard, 1 960, pp. 126-127. (volver al texto)

[29] Y. Belaval, op. Cit., pp. 126-127. (volver al texto)

[30] Los principios que permiten la deducción del conocimiento deben ser “…si clairs et si évidents que l’esprit humain ne puisse douter de leur vérité lorsqu’il s’applique avec attention à les considérer?, Principes de la Philosophie (lettre de l’auteur à celui qui à traduit le livre) in Descartes Oeuvres et lettres, op. cit., p. 558. (volver al texto)

[31] Régles pour la direction de l’esprit, III, in Descartes Oeuvres et lettres, op. cit., pp. 42 y 43. (volver al texto)

[32] Ibid, Régle II, p. 40. (volver al texto)

[33] Principes, loc. Cit., p.565. (volver al texto)

[34] Régles, III, op. Cit., p. 44. (volver al texto)

[35] “Par histoire j’entends tout ce qui est déjà inventé et qui est contenu dans les livres. Mais par science j’entends l’habili­té à resondre toutes les difficultés et, par là à découvrir, par son ingéniosité propre, tout ce qui, en cette science, peut etre découvert par un esprit (ingenio) humain: qui possède cette science ne désire vraiment rien de plus et, par suite, est appelé dans tonte la vérité du terme, autárkis”. Carta a Hogelande, 8 de febrero 1640, Oeuvres édition de Ch. Adam et P. Tannery, Paris 1897-1913, Supplément, pp. 2-3. (volver al texto)

[36] Discours de la méthode, IV, in Descartes Oeuvres et Lettres, op. cit., pp. 167-179. (volver al texto)

[37] Leibniz, Meditationes de Cognitione, Veritate et Ideis, in Leibniz Opuscula philosophica Selecta, Paris, Vrin, 1966, p. 14. Igualmente in Animadversiones in partem generalem Principiorum cartesiorum, op. cit., p. 31. (volver al texto)

[38] Ibidem. (volver al texto)

[39] “La historia humana comprende: la historia universal de los tiempos, la geografía de los lugares, la búsqueda de Antigüedades (medallas, inscripciones, manuscritos, etc.), la filología (en particular 1a etimología), la historia literaria (es decir, las letras propiamente dichas, las de las Artes y las de las Cien­cias), la historia de las costumbres y la de las leyes positivas, 1a historia de la re1igión y la historia ec1esiástica”. Y. Be1aval, op. cit., p. 101. En la nota no. 3, p. 111 se agrega: “la historia del género humano debe ser completada con la historia de la Tierra -a la cual se dirigen las observaciones e hipótesis de la Protogea- y del Cielo. (volver al texto)

[40] Nouveaux Essais sur l’entendement humain, Paris, Garnier Flammarion, 1966, p. 461. (volver al texto)

[41] Ibid, capítulo xx (sobre el error), libro IV. (volver al texto)

[42] Leibniz, carta a Remond del 26 de agosto de 1714, tomada de Y. Belaval, op. cit. p. 118. (volver al texto)

[43] Animadversiones in partem…, op. cit., “sur la seconde partie, sur I’art. 45”, p. 51. (volver al texto)

[44] Hemos tratado este punto en: Juan José Saldaña, “Lógica y metodología científica en Leibniz”, Cathedra, 3, 1975, pp. 39-57. (volver al texto)

[45] Tomado de Y. Belaval, op. cit., p. 534. (volver al texto)

[46] Leibniz, “Discours touchant la méthode de la certitude et l’art di inventer”, Die philosofichen Schriften von Gottfried Wilhelm Leibniz, herausgegeben von C. I. Gerhardt, vol. VII, 1961, pp. 180, 181 y 182. (volver al texto)

[47] Histoire de l’Academie, in Oeuvres, op. cit., p. 73. (volver al texto)

[48] Op. cit., III, Discours VI, p. 321. (volver al texto)

[49] Ibid, I,9, III, p. 337. (volver al texto)

[50] Ibid., II, 12, XLII, p. 560. (volver al texto)

[51] Ibid, II, I, I, p. 3. (volver al texto)

[52] Op. Cit., T. II, p. 89. (volver al texto)

[53] En el artículo “Expérimental”, Encyclopédie, op. cit. (volver al texto)

[54] Op . cit., 1, 9, I I I, p. 337. (volver al texto)

[55] Op. cit., II, p. 277. (volver al texto)

[56] Op. cit., T. VI, p. 299. (volver al texto)

[57] Carta a Bernoulli de1 20 de agosto de 1713, in Essai d’Analyse sur les jeux d’hasard, Paris, 1713, p. 399. (volver al texto)

[58] Histoire des progrès de l’esprit humain dans les sciences exacts et les arts qui en dépendent, Paris, 1756, préface, pp. VII-VIII. (volver al texto)

[59] Prefacio “Sur I’utilité des mathématiques et de la physique, et sur les travaux de l’Académie des sciences”, in Oeuvres, t.VI, p. 75. (volver al texto)

[60] Systéme des connaissances chimiques et de leurs applications aux phénoménes de la nature, et de l’art, Paris, An IX, Discours Préliminaires, p. 1. (volver al texto)

[61] “Il y a un ordre qui régle nos progrés”, Préface des Elements de ka Géométrie de l’infini, op. cit., p. 42. (volver al texto)

[62] Histoire des Mathématiques, Paris, nouvelle édition, An VII,t. 1, p. 11. (volver al texto)

[63] Prefacio de Fontennelle a Analyse des infiniments petits, del Mr. le Marquis de I’Hospital, 1781, pp. IX-XIII. (volver al texto)

[64] G. Canguilhem, op. cit., p. 21. (volver al texto)

[65] Dutens, Recherches sur l’origine des découvertes attribués aux modernes, Paris, 1766, p. 8. (volver al texto)

[66] Ibid., p. 6. (volver al texto)

[67] Ibid, p. 9. (volver al texto)

[68] P. Duhem, Le Systeme du Monde, t. I. Paris, Hermann, 1913, p. 111. (volver al texto)

[69] Duhem, La théorie physique, son object-sa structure, 2a. edición, reproducción facsimilar, Paris, Vrin, 1981, p. 337. (volver al texto)

[70] Ibid., p. 384. (volver al texto)

[71] P. Duhem, Le Système du monde., op. cit., t. I p. 8. (volver al texto)

[72] V. “SO???? ?? F????????” Essai sur la notion de Théorie Phsyque de Platon á Galilée, Paris, Hermann, 1908; L’évolution de la mécanique, Paris, 1902. Les Précurseurs parisiens de Galilée, Paris, 1913. (volver al texto)

[73] Etudes Galiléennes, París, Hermann, 1966, “la physique classique, sortie de la pensée de Bruno, de Galilée, de Descartes ne continue pas, en fait, la physique médiévale…”, p. 16. (volver al texto)

[74] A. Koyré, La révolution astronomique, op. cit., p. 84-85. (volver al texto)

[75] Ibid, p.84. (volver al texto)

[76] Prólogo a Nicolas Copernicus On the Revotutions, op. cit., p. XVI. (volver al texto)

[77] A. Koyré, La révolution astronomique, op. cit., p. 85. (volver al texto)

[78] Le Opere di Galileo-Galilei, vol. XII, Firenze, G. Barbera Editore, 1929-1939, p. 171. (volver al texto)

[79] Carta a Dini, Ibid, pp. 297-305. (volver al texto)

[80] Of motion”, The works of GeoJtge Berkely, edited by A. Luce and T.E. Jessop, vol. IV, London, Th. Nelson, 1951, p. 50. (volver al texto)

[81] The science of Mechanics. La Salle: Open Court, 1960, p 577. (volver al texto)

[82] La théorie phsyqe, son objet et sa structure, op. cit., p. 437. (volver al texto)

[83] Ibid., p. 586. (volver al texto)

[84] Como la de Imre Lakatos, por ejemplo. V. La historia de la ciencia y sus reconstrucciones raciona/es, Madrid, Editorial Tecnos, 1974. (volver al texto)

[85] Le nouvel sprit scientifique, París, P.U.F., 1934, p. 53. (volver al texto)

[86] Le valeur inductive de la relativite, Paris, Ed Vrin, 1929, p98. (volver al texto)

[87] ibidem. (volver al texto)

[88] La philosophie du non, París, P.U.F., 1940, p. 9. (volver al texto)

[89] Le rationanalisme appliqué, París, P.U.F.,1949, p. 102. (volver al texto)

[90] Le matérialisme rationnel, París, P.U.F., 3a edición, 1972, p. 207. (volver al texto)

[91] Ibid., p. 103. (volver al texto)

[92] L’activité rationaliste de la physique contemporaine, París, Unían Gé­nérale d’Editions, 1977, p. 40. (volver al texto)

[93] En Etlldes d’histoire et philosophie des sciences, op. cit., p. 176. (volver al texto)

[94] La formation de l’esprit scientifique, Paris, Ed. Vrin, IX edición, 1975, pp. 13-14. (volver al texto)

[95] Le matérialisme rationnel, op. cit., p. 76. (volver al texto)

[96] L’activité rationaliste de le physique contemporaine, op,. cit. p. 40. (volver al texto)

[97] La rationalisme appliqué, op. cit., p. 103. (volver al texto)

[98] ibidem. (volver al texto)

[99] ibidem. (volver al texto)

[100] ibidem. (volver al texto)

[101] Ibidem. (volver al texto)

[102] Ibid., p. 107. (volver al texto)

[103] Ibid., 9. 109. (volver al texto)

[104] Ibidem. (volver al texto)

[105] Ibid., p. 110. (volver al texto)

[106] L’activité rationaliste de la physique contemporaine, op. cit., pp. 34-35. (volver al texto)

[107] Le matérialisme rationnel, op. cit., p. 119. (volver al texto)

[108] Le rationalisme appliqué, op. cit., p. 105. (volver al texto)

[109] “L’esprit ne peut ici s’instruire qu’en se transformant”. “Pour comprendre le sens de la mécanique ondulatoire, …i1 convient de parcourir un long préambule historique. “L’activité rationaliste de la physique contempo­raine, op. cit., P. 32. (volver al texto)

[110] Ibid., p. 38. (volver al texto)

[111] Ibid., p. 36. (volver al texto)

[112] Ibid., p. 37. (volver al texto)

[113] Ibidem. (volver al texto)

[114] “L’actualité de l’histoire des sciences”, Conférence faite au Pa!ais de la Découverte le 20 octobre 1951, fascicule no. 36, Université de Paris, p. 6. (volver al texto)

[115] L’activité rationaliste de la physique contemporaine, op. cit., p. 39. (volver al texto)

[116] “L’actualité . . . “, p. 8. (volver al texto)

[117] Ibid., p. 6. (volver al texto)

[118] Ibid., p. 9. (volver al texto)

[119] Ibidem. (volver al texto)

[120] L’activité…, op. cit., p. 36. (volver al texto)

[121] “L’actualité . . . “, p. 6. (volver al texto)

[122] lbid., pp. 7-8. (volver al texto)

[123] L’activité…, op. cit., pp. 50-51. (volver al texto)

[124] “L’actualité . . .”, op. cit., p. 8. (volver al texto)

[125] Le materialisme rationnel, op. cit., p. 96. (volver al texto)

[126] Le rationalisme appliqué, op. cit., p. 96; igualmente, p. 89 donde se afirma: “le théoréme aurait poétre prévu”. (volver al texto)

[127] L’activité .. ., op. cit., p. 43. (volver al texto)

[128] La formation de l’esprit scientifique, op. cit., p. 239. (volver al texto)

[129] Ibid., p. 241. (volver al texto)

[130] Le rationalisme appliqué, op. cit., p. 132. (volver al texto)

[131] lbid., cap. IlI, pp. 31 Y 64. (volver al texto)

[132] L’activité…, op. cit., p. 17. (volver al texto)

[133] Le materialisrme rationnel, op. cit., p. 86. (volver al texto)

[134] L’activité…, op. cit., p. 21. (volver al texto)

[135] Ibid.. p. 67.

(volver al texto) [136] Ver sus Eléments d’autocritique, Paris Hachette, 1974. Ver también el artículo de Adolfo Sánchez Vázquez “El teoricismo de Althusser (notas críticas sobre una autocrítica)”, Cuadernos Políticos, núm. 3, 1975, donde este autor analiza la evolución del pensamiento de Althusser. Igualmente, del mismo autor: Ciencia y revolución. El marxismo de Althuser , Madrid, Alianza Editorial, 1978. (volver al texto)

[137] Lire le Capital, t. II, Paris, Petite collectíon Maspero, 1975, p. 22. (volver al texto)

[138] Pour Marx, París, Maspero, 1965, p. 31. (volver al texto)

[139] Ibid., p. 24. (volver al texto)

[140] Ibid., pp. 52-53. (volver al texto)

[141] Lire le capital, t. II, op. cit., p. 17. (volver al texto)

[142] L’idéologie stncturaliste, Paris, Editions Antrophos. ColI. Points. núm. 66, 1971, pp. 152-153. (volver al texto)

[143] Structuralisme et marxisme, Paris, Editions Anthropos, 1974, pp. 80-81. (volver al texto)

[144] Ciencia y Revolución, op. cit., caps. 3 y 4. (volver al texto)

[145] La Revolución Teórica de Marx, México, 2a edición, Siglo XXI, 1968, p. X-XI. (volver al texto)

[146] Lire le Capital, t. 1, op. cit., p. 53. (volver al texto)

[147] Pour Marx, op. cit., p. 187. (volver al texto)

[148] Ibid., pp. 187 y 190. (volver al texto)

[149] Elémcnts d’autocritique, op. cit., p. 14. (volver al texto)

[150] Pour Marx, op. cit., p. 24. Este concepto de “corte episterno!ógico”, Althusser declara haberlo tornado de Gastan Bachelard. Pero, en cuanto tal, este concepto no aparece en los trabajos de Bachelard. En la actualidad varios autores están de acuerdo sobre elJo. A. Schaff, por ejemplo, acusa a Althusser de un uso abusivo, en todo caso, de la noción bachelardiana de “ruptura” (in A. Schaff, op. cit., pp. 195 y 196). En efecto, nosotros lo hemos se­ñalado en el capítulo precedente, esta noción posee en Bachelard un sentido bastante distinto: es el paso del conocimiento común al conocimiento científico en las ciencias físicas y matemáticas en la época contemporánea (Cfr. Le rationalisme appliqé, op. cit., p. 102). Considerándola de cerca, la noción de discontinuidad absoluta no pertenece a la “problemática” de Bachelard, ya Que él propugna la ojbetividad de los conocimientos y su progreso continuo. Ahora, inclusive algunos althusserianos reconocen que el emprunt a Bachelard no es sino “une fausse reconnaissance” de Althusser, una distorsión sobre una idea muy general de discontinuidad (Cfr. E. Balibar, “De G. Bachelard a L. Althusser: le concept de ‘coupure’ épistémologique”, Ponencia al Se­gundo Coloquio Nacional de Filosofía, Monterrey, octubre 1977). (volver al texto)

[151] Ibidem. (volver al texto)

[152] Ibidem, p. 63. (volver al texto)

[153] Ibid, p. 64, nota núm. 30. (volver al texto)

[154] Lire le Capital, t. 11, p. 16. (volver al texto)

[155] Ibidem. (volver al texto)

[156] Ibid., p.17. (volver al texto)

[157] Ibidem. (volver al texto)

[158] Pour Marx, op. cit. (volver al texto)

[159] Ibild., p. 188. (volver al texto)

[160] Ibid ., p. 167. (volver al texto)

[161] I bid ., p. 168. (volver al texto)

[162] I bid., p. 175. (volver al texto)

[163] I bid., p 168. (volver al texto)

[164] Lire le Capital, t. I, op. cit., p. 71. (volver al texto)

[165] Ibidem. (volver al texto)

[166] Publicado más tarde bajo el título Philosophie et philosophie spontanée des savants, Paris, Maspero, 1974. (volver al texto)

[167] Lénine et la philosophie suivi de Marz et Lénine devant Hegel, Paris, Petite Collection Maspero, 1975. (volver al texto)

[168] Response a John Lewis, Paris, Maspero, 1973. (volver al texto)

[169] Op. cit. (volver al texto)

[170] Lire le Capital, op. cit., p. 6. (volver al texto)

[171] Op. CIt., p. 42. (volver al texto)

[172] Ibid., p. 11. (volver al texto)

[173] Ibid., p. 55. (volver al texto)

[174] Ibid., p. 57. (volver al texto)

[175] Tal es también el punto de vista de Sánchez Vázquez, op. cit., p. 173. (volver al texto)

[176] 0p. cit., pp. 14 y 15. (volver al texto)

[177] Ibid., p. 46. (volver al texto)

[178] Ibid., p. 49. (volver al texto)

[179] Ibid., p. 24. (volver al texto)

[180] Ibid., p. 28. (volver al texto)

[181] Ibid., p. 18, el subrayado es nuestro. (volver al texto)

[182] Ibid., p. 24. (volver al texto)

[183] Ibid., p. 29. (volver al texto)

[184] Esta apre <!–

 

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Introducción Teoría de la Historia de las Ciencias

Juan Jóse Saldaña
INICIO ÍNDICE

Estudio sobre las fases principales de la evolución de la historia de las ciencias.A. LA NOCIÓN DE CONTINUIDAD
I. La historia de las ciencias como un continuum

1. La Revolución Científica es considerada en el siglo XVIII como una fundación ex nihilo

El modelo de historia de las ciencias continuista fue adoptado bajo la influencia de una filosofía del progreso. Los historiadores de las ciencias buscaban aprehender la esencia de las revoluciones científicas que habían tenido lugar en el pasado (asociadas a los nombres de Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, Newton), y también destacar las revoluciones entonces en curso para mostrar el carácter progresivo de sus propios trabajos.

En el siglo XVIII ya no se teme hacer frente a las nuevas ideas. Si De Revolutionibus de Copérnico había necesitado del prefacio de Andreas Osiander que lo justificó como una “hipótesis matemática”; y si, en cambio, en el siglo XVIII los sabios están conscientes del carácter revolucionario de sus trabajos científicos, es porque la sociedad en la que se desenvuelven ha cambiado también enteramente. Ahora existe un interés por sus trabajos, lo cual no era el caso en el siglo XV. Los intelectuales y los científicos ocupan ahora un lugar en la sociedad y ellos han aportado en alguna medida los medios para lograrlo. Su punto de partida es la concepción de la ciencia que fue desarrollada a partir del Renacimiento, la cual se caracteriza por una visión mítica. La ciencia es, para algunos de entre ellos, el resultado de una constitución ex nihilo por hecho, de la ruptura con Aristóteles y la, Escolástica: para otros, se trató de, una revolución fundadora llevada a cabo durante el siglo XVII por las ciencias físicas y matemáticas, y donde la obra de Newton es su expresión más acabada. En astronomía, sería a Copérnico a quien habría que remontarse.[1]

No fue, en efecto, sino hasta el siglo XIV que van a reunirse las condiciones de existencia de un nuevo medio intelectual. Es, inicialmente, en las ciudades italianas donde se encuentran tales condiciones: “reunión e igualdad efectiva de la nobleza y de la burguesía: formación de una sociedad que experimentaba la necesidad de cultivar su inteligencia y que poseía el tiempo y los medios”[2].

Esta revolución -como Jacob Burckardt la llama- aportó poco a poco “la atmósfera donde vivirán todos los espíritus cultivados de Europa”[3]. Ella haría salir, en un primer momento, a la ciencia de los conventos donde se había refugiado y, en un segundo momento, esta “atmósfera” se enriquecería con una “gran masa de materiales” recogidos de los autores antiguos. Los humanistas primero, y los sabios después, serán los productos de este movimiento. Los estudios filológicos y el conocimiento empírico serán “los métodos’ iniciales, mientras que las matemáticas y el experimento científico vendrán posteriormente.

Este movimiento de “gentes cultivadas” ya ha transformado en profundidad el pensamiento europeo hacia el siglo XVI. Sin embar­go, no se trata entre los humanistas de una lucha para promover una doctrina particular o una filosofía stricto sensu. Más bien, ellos querían oponer su punto de vista anti-aristotélico y antiescolástico al de sus contemporáneos tradicionalistas. Este punto de vista estaba también marcado por su aptitud para recibir los nuevos conocimientos. Esta République des lettres que se interesa por la bonae litterae y cuyos miembros se unen por la sodalitates litterarum. Esta République des lettres se desarrolló al interior de las universidades, pero también, y sobre todo, en su exterior. Sus innovaciones múltiples, la curiosidad y la pasión de conocer de sus miembros están entre los factores que determinaron el declive del sistema universitario medieval a través de Europa. Los humanistas se abrieron una nueva vía al nivel de la enseñanza. Así, en diciembre de 1520, la Academia de Ciencias fue fundada en Padua y otras instituciones similares comenzaron a surgir gradualmente.

El anti-aristotelismo de los humanistas que era algunas veces dogmático -señala Kuhn-, tuvo, pese a ello, repercusiones en el terreno de la ciencia, ya que facilitó una ruptura”… con los conceptos radicales de la ciencia de Aristóteles”[4]. Esta tradición de apertura del pensamiento humanista dominante fuera de las universidades, tuvo también el efecto de fertilizante del pensamiento científico. Lo anterior es puesto en evidencia por los más grandes científicos del Renacimiento (Copérnico, Gali1eo y Kepler), quienes hicieron suyas dos ideas no aristotélicas: “una nueva creencia en la posibilidad e importancia de descubrir regularidades aritméticas y geométricas en la naturaleza, y una nueva, visión del sol en tanto que fuente de todos los principios vitales y de las fuerzas en el universo [5] Esta liberación frente a la autoridad de la tradición constituía el elemento nuevo en el medio intelectual de ese siglo. Copérnico en astronomía encontrará sobre todo en este espíritu de apertura, es decir, fuera de la astronomía misma, las razones que lo persuadieron de la insuficiencia de la astronomía antigua y de la necesidad del cambio, ya que, como lo ha constatado Kuhn, “Hasta medio siglo después de la muerte de Copérnico no ocurrieron cambios potencialmente revolucionarios en los datos disponibles a los astrónomos” [6]. “Copérnico -nos dice Alexandre Koyré- no es un especialista estrecho, un ‘astrónomo’ técnico, sino un hombre profundamente imbuido de la rica y completa cultura de su época, artista, sabio, erudito, hombre de acción: un humanista en el mejor sentido del término”. Y en astronomía., “fue un discípulo, el más grande de los discípulos de Ptolomeo” [7] .

El año 1543, fecha de la publicación del Revolutionibus Orbium Coelestium [8] de Copérnico, fue visto como el símbolo del fin de un mundo y el principio de otro. En el siglo XVIII el historiador de la astronomía Jean Sylvain Bailly consideró a Copérnico, por su “espíritu sedicioso”, como a aquél que “,… desembarazó a 1a humanidad de un largo prejuicio que había retardado todos los progresos”; y porque propuso olvidar “… el movimiento que nosotros no vemos, para creer en aquél que no sentimos”. “Copérnico había percibido la verdadera apariencia del sistema…” [9] . Se trata del comienzo de una época nueva, de un tournant, “de una gran revolución que cambió todo. El genio de Europa se hizo conocer y se anunció en Copérnico” [10] . Esta revolución que constituyó la verdadera fundación de la ciencia moderna se operó –dice Bai1ly – en dos tiempos: primero, 1a “destrucción del sistema de Ptolomeo era un preliminar indispensable” y, después, la construcción de un sistema nuevo; así “esta revolución debía preceder a todas las otras” [11] .

Sin embargo, será sobre todo el siglo XVII el que aportará la prueba de una revolución fundadora de la ciencia moderna. Al principio de este siglo los espíritus cultivados permanecían en parte “humanistas”. El paso de la République des lettres a la République des -savants se efectuó lentamente. Ellos se sabían poseedores de un rico conocimiento. Estos eruditos necesitaban de los métodos que les permitieran preservar y aumentar sus conocimientos en un mundo en que aún la superstición. la religión y las instituciones escolásticas los enmarcaban en un conjunto incoherente. La búsqueda de los métodos que les permitieran la coordinación y la transmisión de los conocimientos acumulados. así como su aplicación a lo que se observaba actualmente. se había convertido en un imperativo. El siglo XVII es el siglo del método moderno: se cree en la lógica como la única capaz. con sus formas y sus categorías. de descifrar al mundo. En 1604 Francis Bacon publicó The Advancement of Learning y en 1620 el Novum Organum Scientiarum. Bacon rechazó como principio metodológico los argumentos fundados sobre la autoridad de los textos. Invitó a los sabios a proceder por la observación y la experimentación sin ocuparse de los obstáculos teológicos que pudieran encontrar en el curso de la investigación. Bacon fue inmediatamente escuchado y su influencia se ejerció en todos los dominios.

Otros, en la misma época, como Comenius. ponían en relieve la importancia de la transmisión de los conocimientos mediante los sistemas pedagógicos apropiados. En Panshophia Prodomus propuso una clasificación enciclopédica y acumulativa de los conocimientos. O. aún otros. como Marsenne y su grupo de mechanistes intentaban crear una ciencia nueva de los fenómenos naturales basada en las matemáticas y en la experiencia. No lo lograrían pues, manteniéndose en casos particulares, no llegarían a formular una teoría general. René Descartes publicó en 1637 Discouse de la méthode que daba las reglas para fundar la totalidad del conocimiento sobre la evidencia racional y para conducir correctamente la razón. En fin, se podrían citar muchos otros trabajos animados igualmente de un interés metodológico, publicados también durante este siglo: Art de penser (Port Roya1), Logica vetus et nova (Clauberg), De intellectus emendatione (Spinoza), Medicina mentis (Tschirnhaus), etc.

Los filósofos y los historiadores de las ciencias del Siglo de las Luces creyeron encontrar en estas investigaciones por métodos fiables y en el abandono de la tradición, el paso a la ciencia verdadera. D’Alambert en su Discours Preliminaire en la Enciclopediae. (1751) saluda al “Canciller Bacon “ y a Descartes por sus radicales innovaciones. Se detiene especialmente en la “gran revuelta” de Descartes, quien mostró a los espíritus inteligentes cómo derrocar el yugo de la escolástica, de la opinión, de la autoridad, al mismo tiempo que preparaba una revolución mucho más difícil de realizar y mucho más esencial que todas aquellas que sus predecesores habían intentado [12] , la de la física newtoniana. En el artículo “Experimetal”, D’Alambert observa que Bacon y Descartes habían introducido “el espíritu de la física experimetal”. Condillac señalaba que “Bacon proponía un método demasiado perfecto para ser el autor de una revolución; Descartes había de lograrlo mejor… [13] Turgot señala que en la historia del pensamiento científico (philosophie) “…Galileo y Kepler echaron con sus observaciones los verdaderos fundamentos de la filosofía. Pero, fue Descartes, más intrépido, quien meditó e hizo una revolución”. 0, aún, sobre el derrocamiento realizado por Descartes: “Gran Descartes: Si no os ha sido dado el hallar siempre la verdad, al menos habéis destruido la tiranía del error” [14].

Cuando la filosofía cartesiana acababa de derrocar a la tradición con sus planteamientos metodológicos, una doble revolución iba a producirse con la física newtoniana por una parte, y por otra parte con el cálculo infinitesimal de Newton y de Leibniz.

A partir de 1650 y hasta el final del siglo el movimiento científico se desarrolló con gran velocidad. El terreno ya estaba listo como hemos visto, gracias al abandono de las teorías feudales clásicas. En ésta época la actividad científica se consolidó sobre todo en Francia y en Inglaterra y la causa principal de este desenvolvimiento fue la existencia de gobiernos estables en estos países, al interior de los cuales la burguesía, entonces en ascenso, tomaba el papel principal o, al menos, un papel importante. En Inglaterra, la Guerra Civil y el impacto social y político que provocó, crearon las mejores condiciones para el desarrollo de la ciencia. En Francia, el más grande y el más rico país de Europa, un desarrollo económico general había permitido a la burguesía (llamada “noblesse de robe”) integrarse al aparato del Estado [15] . Es en el período que va del 166l a 1683 , en la época de Colbert, bajo Louis XIV, que la instauración de la ciencia tendrá lugar en Francia.

A partir de 1660 los científicos encuentran como consecuencia de lo anterior, las condiciones para establecer las formas de organización que hasta entonces les faltaban: las sociedades científicas son fundadas (The Royal Society – 1662; l’Ácadémie Royale des Sciences – 1666; l’Accademia Cimiento – 1651/1667) Y los periódicos científicos empiezan a aparecer: Las Philosophical Transactions de la Royal Society; el Journal des Savants; las Mémoires de Trévoux; Acta Eruditorum. La información y la comunicación sistemática son en lo sucesivo posibles entre los científicos de esta “République des Savants”.

Los Philosophia naturalis principia mathemathica fueron publicados por Isaac Newton, Fellow de la Royal Society, en 1687. Esta obra estableció las leyes de la dinámica gravitacional en un sentido cuantitativo y físico, e introdujo un instrumento matemático fundamental: el cálculo infinitesimal. La ciencia mecánica que resultó se substituyó a la física cartesiana de los “torbellinos” Leibniz (corresponsal regular de la Royal Society) fue confrontado con Newton sobre su originalidad en la invención del cálculo infinitesimal; sin embargo, él había comprendido en tanto que filósofo y en tanto que matemático, el alcance de los descubrimientos de su rival hacia el establecimiento de una nueva imagen del mundo físico y de la ciencia misma. Newton y Leibniz dominaron la vida científica hasta el principio del siglo XVIII, aportando a la vida intelectual europea una dimensión completamente nueva.

Los avances innegables que las ciencias venían de realizar fueron percibidos por las generaciones que siguieron inmediatamente después como una gran revolución en las ciencias físicas y matemáticas: Alexis Claude Clairaut declaró (1747) “el famoso libro de los Principios matemáticos de la Filosofía natural ha constituido la época de una gran revolución en la física”. [16]

Más tarde Bailly afirmaba: “Newton derrocó y cambió todas las ideas. Aristóteles y Descartes compartían aún el imperio. Ellos eran los preceptores de Europa: el filósofo inglés destruyó casi todas sus enseñanzas y propuso una nueva filosofía; esta filosofía ha operado una revolución” [17] .

En matemáticas Fontenelle en sus Eleménts de la géométrie de l’infini (1727) señaló que “…las rutas que acaban de ser abiertas (por el cálculo de Newton y Leibniz) constituían …la época de una revolución casi total acaecida en la geometría” [18] . Fue entonces, en el período que se inicia con la instauración de la “République des lettres” y que se cierra con el advenimiento de la “République des savants”, que el siglo XVIII ve el “tournant” con relación a la Edad Media y cuya consecuencia fue la fundación de la ciencia moderna. Los historiadores del siglo XVIII concederán una gran importancia a este período pues ellos veían en él la manifestación de un progreso cierto y, al mismo tiempo, la esperanza que rendía cuenta de su propio entusiasmo por los trabajos entonces en curso. Fontenelle en la Histoire de l’Académie (1724) y para mostrar la utilidad de las matemáticas y de la física (dentro de su papel de divulgador que era también suyo) hace la observación siguiente: “…las ciencias acaban de nacer …nos hemos colocado en la vía correcta hace apenas un siglo. Si se examina históricamente el camino que ellas ya han recorrido en tan pequeño espacio de tiempo…” y a pesar de todos los inconvenientes con que se han encontrado, “…se vería inclusive a nuevas ciencias salir de la nada y, quizás, se dejarían ir bastante lejos las esperanzas para el porvenir”. “Entre más nos prometemos que será dichoso, más estamos obligados a observar el estado presente de las ciencias como el de la cuna, al menos el de la física” [19] .

Pero este período ha sido igualmente, y simultáneamente, el de la aparición del capitalismo con su nueva composición de la sociedad (burguesía ascendente al inicio y dominante después, nuevas profesiones, papel creciente de los intelectuales en la vida social y en el funcionamiento del Estado, etc.). Ahora, con la organización sistemática de la ciencia en torno a hipótesis generales como las de Newton, y con sus medios teóricos (modelo matemático, lógica de las ciencias, filosofía que medita sobre la armonía del mundo y sobre el progreso humano, etc.), así como la institucionalización y los medios de comunicación científicos desde entonces existentes, los historiadores y filósofos del XVIII encuentran que este período era el del momento en que la acumulación de conocimientos así obtenidos permitía la afirmación del progreso indefinido, lineal, de las ciencias. Este punto de vista, además, era coherente con el racionalismo y el optimismo entonces en boga. Este optimismo encontraba su razón de ser en los hechos. Tal era el caso de Francia que en la segunda mitad del siglo XVIII conocía un estado de prosperidad pública: “setenta años sin invasiones, sin rapiñas, sin destrucciones, sin guerras civiles, sin quemas en la hoguera, sin trastornos interiores, ¿se podrían imaginar condiciones más favorables para el trabajo fecundo?” [20] . Además de la paz que conocía el reino, se asistía a un empuje demográfico, a un conjunto de perfeccionamientos científicos y técnicos y al desarrollo industrial y comercial.

Este optimismo no era únicamente resultado de las condiciones de la vida política, económica y social, sino también de la filosofía elaborada en ese siglo. Formados en este espíritu, los historiadores de las ciencias hacen su aparición para dar a conocer los descubrimientos recientes y conservar así sus efectos revolucionarios. También su propósito era explicar el significado filosófico de tales descubrimientos (“el progreso histórico de las condiciones de afirmación de la verdad”: Canguilhem) a un público surgido de las capas altas de la sociedad y que ahora se interesa por las cuestiones científicas (lo que prueba, de paso, el prestigio adquirido por la ciencia en esa época). Así, por ejemplo, Fontenelle, uno de los más distinguidos, señalaba para el cálculo diferencial de Newton y de Leibniz que el marqués de l’Hopital, Varignon y “todos los grandes geómetras entraron con ardor en las rutas que acababan de ser abiertas a pasos de gigantes. El infinito elevó todo a una sublimidad, y al mismo tiempo elevó todo a una facilidad, que no se hubiera osado anteriormente concebir su esperanza” [21] . Fontenelle tuvo el mérito de haber impulsado los estudios de historia de las ciencias y, en tanto que filósofo, de haber sabido captar el sentido de la revolución cartesiana, es decir, la fundación de la historia y la toma de conciencia del sentido del devenir humano [22] . Él comprendió por qué una filosofía fundamentalmente antihistórica se prolongó en filosofía de la historia de las ciencias. Para Fontennelle el sentido de la historia está cifrado en el principio de conservación de la cantidad de genio del espíritu y es esto lo que da fundamento a la idea de progreso intelectual y al carácter definitivo de la Edad Científica. Su optimismo histórico fue materializado en el género al que Fontenelle llegó a conferir1e perfección: los Eloges académicos de los sabios, pronunciados en tanto que Secretario Perpetuo de la Aeadémie des Sciences ( 69 Eloges de 1699 a 1740) .

El siglo XVIII fue el siglo de la historia: historia de la tierra, historia natural, historia de sociedades, historia de las bellas artes, historia de la filosofía, historia de las ciencias. Como las otras, la historia de las ciencias se interroga por los orígenes y presupone que la ciencia en todo momento es reducible a sus elementos. El análisis histórico consiste en descomponer la ciencia actual en sus ideas “simples”, que fueron expuestas en el pasado. En el movimiento inverso, se pueden sintetizar las ideas dispersas que se multiplican y se acumulan como consecuencia de sus combinaciones (Condorcet, por ejemplo, llega por el cálculo de probabilidades a estipular un orden para el progreso), lo que permite, entonces, seguir “la marcha ascendente del espíritu humano”. Esta historia de las ciencias proclama la tesis de unidad de la ciencia cuyo origen es cartesiano [23] , esta tesis de la unidad de la ciencia es la que da fundamento a la identidad de la fuerza del espíritu humano cualquiera que sea el objeto al cual se aplica, pero también, creemos, la que permite considerar a la ciencia del pasado como formando parte del mismo continuum que la ciencia de hoy.

El siglo XVIII fue también el siglo de grandes procesos revolucionarios. Se le pide a la historia que aporte una confirmación a la filosofía del progreso que justifica las revoluciones en curso. Los historiadores de las ciencias están conscientes, en efecto, del derrocamiento -o “revolución” como efectivamente la llaman [24] – que se encuentra al origen de la revolución científica que están en proceso de vivir (en matemáticas y en química especialmente); para ellos, entre Copérnico y Newton un cambio radical había tenido lugar y que no era un simple avance, sino un paso revolucionario, pues era nuevo y sin precedentes. Era el nacimiento de la ciencia. Era la ruptura con el saber del mundo medieval y antiguo.

Hacia 1775 esta visión de los orígenes de la ciencia (y esta noción de “revolución científica” como modo de cambio de conceptos y de teorías científicas) había pasado a ser corriente. L. Feuer señala [25] que “…la noción de revolución científica, …ha entrado en el vocabulario durante el período de agitación social (…) que precedió a la Revolución Francesa”. En efecto, los historiadores, los científicos y los filósofos (Diderot, d’Alam­bert, Condorcet, Lavoissier, Kant, Priestley, etc.) la emplean. A partir de 1811, incluso el Diccionario de la Academia da como acepción de la palabra ,”revolución”, la de “révolution dans les sciences…”, para alcanzar así un reconocimiento oficial “…como el nombre de un concepto aceptado para caracterizar al cambio científico”. [26]

2. Descartes y Leibniz los “teóricos” de la historia de las ciencias en el Siglo de las Luces.

Los historiadores de las ciencias habían, pues, construido su disciplina sobre las concepciones de los filósofos del progreso. La fuente reconocida era el cartesianismo. Este había sido adaptado por los historiadores como una filosofía -ha dicho Canguilhem- “…a su medida…” [27] , pues permitía señalar a aquellos que los habían precedido como levantados contra la autoridad y, al mismo tiempo, construir un punto de vista historizante y progresivo del pasado científico.

Es a Descartes a quien los historiadores han retenido, pese a su anti-historicismo declarado, pero habiéndolo vuelto previamente souple, “…muy alejado de un cartesianismo de identificación estricta con los enfoques metafísicos iniciales” [28] . Y. Belaval afirma que los autores de los Esquisses y de los Tableux des progrés de l’esprit humain del siglo XVIII, deben a Descartes la coyuntura teórica que permitió la introducción de la idea del progreso racional de las ciencias. “…se puede afirmar que el filósofo de los Principes y de la Geometría contribuyó más que ninguno a propagar la idea del progreso de las ciencias. La querella de los Antiguos y los Modernos es su obra. Todos los partidarios de los Modernos son cartesianos; todos ellos se apoyan en el progreso de la ciencia. Esta ciencia es concebida, según la lección de Descartes, triunfante de empirismo, que da hechos sin razones, y de conceptua1ismo que da razones sin hechos, gracias al empleo de las matemáticas. Nada convenía mejor que la historia de las matemáticas para imponer la imagen de un progreso racional [29] . En efecto, es a partir de Descartes que la filosofía sigue un desarrollo autónomo, es decir, separado de la teología. La historia de la filosofía se vuelve entonces posible (y los cartesianos del siglo XVIII son quienes la van a desarrollar), y fue Leibniz quien constituyó sobre esta historia los elementos precursores de la filosofía de la historia al oponerse al desprecio de Descartes por la historia y la Tradición.

Para Descartes la idea verdadera es innata (Principes 10,), garantizada por la veracidad divina (Principes 13, Meditations 4ª.), Meditations 4ª.), y es, además, inmanente al espíritu humano. A partir de los primeros principios el conocimiento en su conjunto es reconstruido por el método de la invención el cual se apoya en el genio individual y que tiene como modelo a las matemáticas. La ciencia tiene solamente un porvenir deductivo a partir de los principios fundados clara y distintamente. [30] Para Descartes la razón es “…la luz natural o intuitus mentis” (carta a Marsenne, 16 de octubre de 1639), la cual permite discernir lo verdadero de lo falso (Principes, 30 y 43) para integrar el conjunto de nuestras ideas claras y distintas (Principes, 45). Por ello, ni la Tradición ni la historia (de las “sectas filosóficas”) pueden aportar a la ciencia la certeza y la unidad en sus enseñanzas. La verdad de la ciencia no es lo que ha sido conocido en todas las épocas, ni lo que es aceptado por todos, es lo que resulta evidente a un espíritu atento. La historia, en efecto, no da lugar más que a opiniones probables, pues en las “Ouvrages des Anciens”, “…no sabríamos después de todo a cuál creer, pues no existe prácticamente nada que no haya sido dicho por uno cuyo contrario no haya sido afirmado por otro. Y para nada serviría contar los votos para seguir la opinión que reúna el mayor número de partidarios… Aún si todos estuvieran de acuerdo entre ellos, su doctrina no bastaría… en efecto, daríamos la apariencia de no haber aprendido ciencias, sino historia”. [31]

En consecuencia, la historia no puede ser sino una fuente de errores. En las ciencias que fueron establecidas anteriormente y que aún no han sido el objeto de una concepción intuitiva o de una deducción necesaria, se encuentra “que tal vez exista una cuestión sobre la cual los sabios hubieran estado en desacuerdo las más de las veces” y que “…es imposible adquirir un conocimiento perfecto porque nosotros no podemos, salvo presunción, esperar de nosotros mismos más que lo que los demás han hecho…”, [32] de donde, pues, la conclusión de Descartes de que los datos históricos son inútiles y estériles, y que de todas las ciencias ya conocidas no quedan “…sino la aritmética y la geometría” que puedan enseñarnos sobre la ciencia y sus métodos.

De esta manera Descartes ha realizado una abolición absoluta de la tradición, ya que ni “la lógica de la Escuela” (“ella corrompe el buen sentido más bien que aumentarlo”), [33] ni las ciencias no fundadas en la intuición y en la deducción [34] ni, en fin, la historia [35], no podrían conducir la razón natural hacia la verdad de la ciencia. Esta última deviene únicamente posible, pues, a partir de los principios establecidos por la revolución que Descartes quiere instaurar, y cuyo fundamento es la razón esclarecida y su uso correcto. La ciencia cartesiana se quiere como la única garantía para el futuro de las ciencias a través de la conversión radical que impone al pensamiento. Es solamente a partir de esto que la ciencia tiene un futuro. [36]

Pero si para Descartes la ciencia solo tiene futuro, para Leibniz la ciencia posee también un pasado y éste es un pasado que se acomoda al sentido de la historia. A la revolución pregonada por Descartes, Leibniz opone la evolución y el progreso continuo de la ciencia desde sus orígenes antiguos hasta la forma que conoce actualmente. Con Leibniz la historia toma un lugar muy importante; ella expresa la verdad. La filosofía leibniziana puede ser considerada como aquella que realizó la crítica de la filosofía cartesiana. En efecto, aparte los diferentes puntos del sistema en que Leibniz se opuso a Descartes, está su concepción del papel de la historia, de la unidad, de la continuidad y del progreso científico. En principio, Leibniz no acepta la definición leibniziana de razón (él le reprocha el no haber explicado lo que es la “luz natural” y que esta noción resulta ser “de mediocre utilité”. [37] Para él, la razón es “…el encadenamiento de verdades y de objeciones en buena y debida forma… [38] ; no es, pues, por una experiencia íntima que la razón se define, sino por sus obras: la razón es un encadenamiento de verdades por la fuerza de su necesidad lógica (argumentationis in forma).

Ahora bien, la sucesión de los hombres y la de sus pensamientos no es ni la sucesión de los individuos independientes, ni la yuxtaposición de pensamientos libres uno del otro, no, es la continuidad histórica de las verdades que, eliminando tesis contradictorias, vincula un espíritu a otros espíritus, y todos los espíritus tomados en su conjunto, son la manifestación del Espíritu. Es así que Leibniz se hace una visión histórica del universo, la cual se apoya en la probabilidad (grado de verosimilitud) para instruir y fecundar la invención. La historia [39] le permite, incluso, rechazar una cierta tradición, la de la autoridad romana (“le parti de Rome”), pues en sus estudios ha observado las variaciones de la Iglesia; pero, al mismo tiempo, la historia le convence también para aceptar de las ciencias toda tradición que se pueda concebir después de una crítica [40]. Su idea de la historia está ligada a su creencia en la armonía universal y en la continuidad del pensamiento; así, para leibniz la historia sapientiae se acompaña de la historia stultitiae, ya que en la evolución misma del Espíritu se ve aparecer a la ciencia de entre los errores y las afecciones humanas [41]. Vista en el conjunto de su evolución, la historia no puede sino mostrar la convergencia de las verdades parciales que se encadenan hacia la Verdad: “la verdad está mucho más extendida de lo que se piensa; pero frecuentemente está disfrazada, cuando no envuelta o, incluso, debilitada, mutilada, corrompida por adiciones que la estropean o la vuelven menos útil. Haciendo sobresalir estos restos de verdad en los Antiguos, o, para hablar más generalmente, en los anteriores, se retiraría el oro del lodo, el diamante de su mina, y la luz de las tinieblas; esto sería, en efecto, perennis quaedam Philosophia. Se puede incluso decir que se observaría cierto progreso en los conocimientos” [42].

Leibniz erigió en primer principio el de continuidad (Legem Continuitatis), el cual empleó en su polémica con los cartesianos, y que puede enunciarse de la siguiente manera: cuando los casos (o lo que ha sido dado) se aproximan continuamente y, al final, se pierden uno en el otro, es necesario que los casos siguientes lo hagan también [43]. De este principio Leibniz obtuvo muy importantes consecuencias para su matemática y para su filosofía; es este principio el que le permite explicar el progreso científico [44], el cual a diferencia de Descartes, no busca derrocar, sino perfeccionar.

Estando dado que para Leibniz el sujeto del conocimiento no es más el genio individual cartesiano, sino la humanidad entera, objetivamente, en la inmanencia de la historia, Leibniz no hace sino reconocer la situación real de la ciencia en las sociedades europeas del fin del siglo XVIII: la ciencia no es la obra de un genio individual, o de una escuela, ha pasado a ser una obra colectiva; en ese tiempo, en Florencia, París, Londres, las Academias han aparecido y dice Leibniz “es por tal razón que las ilustres Academias de nuestra época… han protestado, fuertemente, no querer ser ni Aristotélicos, ni Cartesianos, ni Epicureos, ni sectarios de autor alguno” [45].

De esta manera Leibniz se hace de la ciencia y del progreso la siguiente representación: “El orden científico perfecto es aquel donde las proposiciones son colocadas siguiendo sus demostraciones más simples, y de la manera como ellas nacen las unas de las otras, aunque este orden no es conocido con anterioridad, se descubre cada vez más en la medida en que la ciencia se perfecciona. Se puede decir incluso que las ciencias se abrevian aumentándose, lo que constituye una verdadera paradoja, pues entre más se descubren verdades y más se está en estado de observar una serie reglada, y formularse proposiciones siempre más universales, donde las otras no son sino ejemplos o corolarios, de suerte que se logrará hacer que un gran volumen de los que nos han precedido se reducirá con el tiempo a dos o tres tesis generales”. Leibniz se propuso incluso comenzar “el Inventario General de todos los conocimientos que se encuentran ya entre los hombres” para poder captar “de un solo golpe” “la bella armonía de verdades” que la historia ha reunido; de este gran proyecto tanto el arte de demostrar como el arte de inventar, se beneficiarán y una luz será hecha sobre el orden de las verdades [46].

Estas son, pues, las fuentes filosóficas que se encuentran a la base de la concepción que el siglo XVIII se hizo de la historia de las ciencias. Con Descartes la filosofía -la ciencia- había devenido posible; fundada sobre sólidos principios racionales y desembarazados del peso de la Tradición, la marcha progresiva de la ciencia estaba asegurada. Con Leibniz la ciencia pudo retomar su pasado, incorporándolo en su seno al término de una serie histórica de perfeccionamientos sucesivos. Los historiadores de las ciencias van a reconocer tanto en Descartes, tanto en Leibniz, a aquellos que hicieron teóricamente posible su disciplina. Descartes condujo a una noción de tipo más bien acumulativo de la historia de las ciencias, en la cual la combinación de los primeros elementos engendra formas nuevas. Leibniz pudo conducir al preformismo histórico, en virtud del cual la ciencia es la actualización de lo que estaba ya contenido en un “núcleo” original. Ambos jugaron un papel relevante para la historia de las ciencias del siglo XVIII.

3. La historia de las ciencias como un proceso de acumulación.

3.1. La historia del progreso de las ciencias. Un método genético. La historia de las ciencias entendida como un continuum histórico ha conocido versiones diferentes: la historia de las ciencias como un proceso de acumulación, la historia de las ciencias como un proceso evolutivo y la historia de los precursores de la ciencia actual. Las dos primeras aparecen en el siglo XVIII entrecruzadas y aquí las consideraremos separadamente, y en primer lugar, el modelo de acumulación progresiva del conocimiento humano, es decir, la cronología de las realizaciones progresivas, de las contribuciones durables que forman parte de la ciencia actual.

Para los historiadores de las ciencias del siglo XVIII que adoptaron este modelo, la ciencia moderna quedó constituida ex nihilo, por el solo rechazo durante el Renacimiento y durante el siglo XVIII, de la Escolástica y de Aristóteles. Para ellos, se trata del despertar de la ciencia, la cual, durante el período que comprende de la “République des lettres” a la “République des Savants”, había cuestionado todo el saber tradicional. Desde entonces los científicos y los historiadores tenían la impresión de estar viviendo un desarrollo continuo, un verdadero progreso lineal de las ciencias, sobre todo en las ciencias físicas y matemáticas. Este siglo XVIII fue además el siglo de profundas convulsiones revolucionarias tanto en el terreno de lo social, como en las ciencias y, por lo tanto, en sus aplicaciones. Inspirados por una filosofía del progreso, los historiadores de las ciencias creían haber encontrado en su dominio la verificación de esta filosofía, los modelos auténticos de los cambios que están en proceso de vivir y, lo que tal vez era más importante, la justificación de su propia actividad revolucionaria. Por ello, son ellos quienes se meten a divulgar los descubrimientos recientes, a explicar sus consecuencias filosóficas, con el propósito de conservar los efectos subversivos a través del ejemplo de todo lo que acababa de ser realizado. En otras palabras, desarrollar la conciencia del pasado no bajo la forma de la Tradición y su autoridad, sino de su ejemplaridad. Estos caminos entonces emprendidos desembocarán en el siglo XVIII en un proyecto pedagógico -y político por consecuencia: Fenelón, Rousseau, Montesquieu, Kant, etc.- que tiende a dar un sentido a las revoluciones en curso.

En el siglo XVIII, como lo hemos visto, la ciencia ya ha alcanzado su madurez por el impulso de los cambios sociales y políticos que se operaron en Europa durante los doscientos años precedentes, y que condujeron a una generalización del papel dominante de la burguesía al interior de los Estados, a la Revolución Industrial, al capitalismo como modo de producción dominante en Europa y, muy pronto, a las revoluciones políticas que darían término al Antiguo Régimen. Pero de la misma manera, es el momento también en que se han reunido los elementos teóricos indispensables donde puedan abrevar los espíritus invadidos de una fe en la Razón y en el Progreso. Los científicos son en este momento los herederos de las grandes obras de los científicos y de los filósofos de los siglos precedentes, y están conscientes del papel histórico que ellos desempeñan, aplicándose en consecuencia a hacer avanzar las ciencias, apoyándose en la filosofía que les asegura un progreso en su actividad y que concede importancia al conocimiento del pasado en la búsqueda de la verdad: es decir, en el cartesianismo y en el leibnizianismo. Recordemos que después de Descartes la filosofía -la ciencia- había resultado posible, y, después de Leibniz, su historia, una necesidad. Ahora bien, la historia de las ciencias ya era practicada en una cierta medida en los “apartados históricos” de los Tratados científicos aún antes del siglo XVIII. Pero, será hasta este siglo que la historia conocerá un desarrollo y una importancia sin precedentes. Elaborada por los científicos mismos, o por historiadores de profesión, la historia de las ciencias se interesa sea por los métodos, sea por los “elementos”, sea, en fin, por los sistemas de pensamiento, pero siempre con el objetivo pedagógico de establecer una tradición y de encontrar un método genético de los conocimientos. Durante este siglo varias historias de las ciencias (sobre todo de las más antiguas y mejor establecidas) fueron producidas: la de Lagrange (matemáticas), Montucla (matemáticas), Dutens (matemáticas y física), Saverien (ciencias exactas y ciencias naturales), Priestley (electricidad y óptica), Bailly (astronomía), etc. Otra fuente muy importante para la historia de las ciencias fueron los Eloges pronunciados en la Académie des Sciences y que ya hemos evocado, los cuales por el relato de las realizaciones logradas por el académico fallecido y los comentarios anecdóticos del personaje permitía, además de la divulgación científica, la investigación sobre la progresión histórica de las ciencias. Los dos grandes maestros de este instrumen­to fueron Fontenelle y Condorcet, quienes, además, desarrollaron con él una filosofía de la historia típicamente continuista, en virtud de la cual todo pasa sin drama ni conflicto, siempre sobre la base de la unidad manifiesta de la ciencia y de su devenir.

Pero, ¿cómo era concebida la historia de una ciencia? En primer Jugar como el resultado de una fundación más bien reciente, la cual se habría Operado en dos tiempos: en un primer momento hubo el derrocamiento de la Tradición y, en un segundo, su substitución por un sistema nuevo. En 1724, Fontenelle señala que las matemáticas y la física “…recién han nacido… se ha entrado en la vía correcta aproximadamente hace un siglo” [47], lo cual deja entender que previamente ha sido necesario abandonar las malas rutas tomadas antes; más explícito Bailly afirma que “la destrucción del sistema de Ptolomeo era un preliminar indispensable” [48]o, “fue necesario destruir un sistema recibido… [y] …sacudir el yugo de la autoridad…” [49]; sobre Newton decía: “…derrocó o cambió todas las ideas” [50] y, a propósito de Kepler, “el privilegio de los grandes hombres es el de cambiar las ideas re­cibidas…” [51]. Tourgot, hablando de Descartes afirma: “…usted ha destruido la tiranía del error” [52]. D’Alambert igualmente dice sobre Descartes que era un “révolté” [53] contra la escolástica, la opinión y la autoridad. Ahora bien, en un segundo momento, y una vez los espíritus liberados de la tradición, la revolución se completa por la imposición de un sistema nuevo y éste será el que permite alcanzar a la verdad; el progreso, si era realmente tal, se reconocía por su aportación al conocimiento del verdadero sistema de la naturaleza. Fue así que Copérnico, a quien se reconoce como el primero en haber entrado en la vía de la ciencia, habría percibido “la verdadera apariencia del sistema” [54]: Bailly; Kepler y Galileo habrían echado “los verdaderos fundamentos de la filosofía” [55]: Turgot; y, con Newton, “la luz ha, por fin, prevalecido” [56]: D’Alambert.

En segundo lugar, la forma del desarrollo histórico de las ciencias era concebido conforme a la concepción del mundo corriente en el Siglo de las Luces: es decir, la confianza en la Razón y la fe en el progreso de la Humanidad. A las acciones aisladas y a las incertidumbres del principio siguieron los sistemas conceptuales, las generalizaciones teóricas y los métodos seguros. Ahora, por las obras de los Bacon, Descartes, Newton y Leibniz, el “antiguo régimen” del conocimiento ha sido abatido y el nuevo es portador de esperanzas. Es el Espíritu cognoscente quien posee los medios para seguir el recto camino de la ciencia; es la Razón que ha materializado en sus obras su lógica y sus principios. Así, ¿cómo no podría la historia de una ciencia sino mostrar “el vínculo, la conexión de los métodos, el encadenamiento de las diferentes teorías…”? Ella es “…la historia del espíritu humano” (Montfort) [57] y es una “cadena de verdades” lo que la integra. “¡Qué de más satisfactorio que recorrer esta cadena, la cual, de las proposiciones más sublimes, conduce a las proposiciones más sublimes! se puede decir que es la verdadera escala del entendimiento que pedía el Canciller Bacon para subir por grados a los conocimientos más altos”. (Saverien) [58].

Finalmente, en tercer lugar, la historia de una ciencia es concebida como un proceso de complejidad creciente. Así concebida, los historiadores invierten muy importantes esfuerzos para desprender de la serie de adiciones sucesivas de verdades, los principios que guían el progreso del espíritu, es decir, un método genético.

Remontar hasta los orígenes de las ciencias significa descomponerlas en sus elementos, reducirlas a sus ideas simples tal y como han sido expresadas en el pasado, puesto que se presupone que los elementos de la ciencia del pasado son homogéneos con los de la ciencia actual. Estos elementos son considerados como miembros de un mismo conjunto aún cuando de hecho pertenezcan a sistemas diferentes. Así, la historia de las ciencias muestra la unidad de la ciencia y, por vía de consecuencia, la unidad de su devenir. Cuando se considera cómo las ciencias han reunido en un “cuerpo regular esos miembros aislados” -dice Fontenelle- que son las “verdades separadas” a través de sus “relaciones y su mutua dependencia”, parecería que tales verdades “buscan naturalmente reunirse” [59]. Es esta recomposición la que permite darse cuenta de la creciente complicación de la ciencia. Condorcet se representa este progreso como cuantitativo y como el resultado de una acumulación de conocimientos multiplicándose por sus combinaciones. En su Tableau des progrès de l’sprit humain, él investigó en todas las épocas sobre los perfeccionamientos sucesivos en la organización del espíritu; el mayor grado de complejidad alcanzado en cada momento de la historia, tiene también el rango de novedad histórica. Hacia el fin del siglo, y refiriéndose a la química, última creación del espíritu, Fourcroy expresa con nitidez los términos en los que la historia acumulativa es entendida: “Existe en los trabajos del espíritu humano una marcha progresiva para la cual la filosofía señala las diversas épocas, lo que le sirve para comparar o clasificar los siglos bajo la relación de progresos que le han impulsado a hacer a la razón. Los historiadores de las ciencias dirigen de ordinario sus esfuerzos hacia la investigación de estas épocas, y los fastos de diverso género de conocimientos ofrecen siempre ejemplos más o menos notables”. Y salvo la química, “la única que sea enteramente de creación moderna”, todas las ciencias ofrecen “…durante sus fastos esta progresión lenta, este acrecentamiento sucesivo que el observador reconoce en todas las …ramas de los conocimientos humanos” [60].

4. La idea de un “núcleo” original.

La segunda versión de la concepción continuista de la historia de las ciencias que nosotros vamos a analizar brevemente, es la que concibe el desarrollo histórico de las ciencias como un proceso evolutivo. Como las otras, esta versión está igualmente fundada en las nociones de unidad de la ciencia y de uniformidad del devenir científico. La versión acumulativa es más bien de inspiración cartesiana, la versión evolucionalista, en cambio, es más bien leibniziana. Para ésta, la ciencia no es el resultado de una fundación reciente (cuyo comienzo pudiera ser fechado en el Renacimiento), y a partir de la cual a los elementos iniciales se habrían combinado y agregado los nuevos descubiertos posteriormente, sino bajo la forma de una evolución, de un desembocamiento histórico en la ciencia actual de sus estados anteriores. Además, existirían ritmos históricos específicos para que la ciencia advenga a su actualización. Fontenelle se explica diciendo: “Cada conocimiento no se desarrolla sino hasta que un cierto número de conocimientos precedentes se han desarrollado y cuando su turno para emerger ha llegado” [61]. Ahora bien, esta noción es correlativa de la noción leibniziana de pre-formación: el papel del historiador es “extraer el oro del lodo”, descubrir la serie de verdades que se remonta hasta los orígenes y que viene a constituir la ciencia. Estas formas son llamadas también “gérmenes” o “núcleo” (noyeau) original. Así, la historia de las ciencias es la historia de su actualización gradual en el tiempo; las nuevas estando en germen en el seno de las antiguas. Un mismo contenido que se encuentra en “vida embrionaria” en los conceptos científicos del pasado. Tal fue el proyecto del historiador Montucla en su investigación sobre los orígenes de las ciencias matemáticas, “…dar cuenta de sus progresos en todas las épocas, haciendo conocer sobretodo los descubrimientos propios a cada una, o aquéllos donde se presentan los primeros gérmenes” [62].

¿Pero, hay que preguntarse, cómo puede la sucesión de individuos portar en sí la sucesión necesaria de los descubrimientos? Como para Leibniz, es la continuidad histórica de las verdades parciales que convergen hacia la Verdad, consecuencia de la igualdad de todos los espíritus, la que explica la notable conti­nuidad de la obra científica: ‘!En una palabra -dice Fontennelle-, no parece que los Antiguos hayan podido hacer más para su tiempo: el los hicieron lo que nuestros buenos espíritus habrían hecho en su lugar: y si ellos estuvieran en el nuestro, es de creerse que ellos mantendrían los mismos puntos de vista que nosotros. Todo esto es una consecuencia de la igualdad natural de los espíritus y la sucesión necesaria de los descubrimientos”. Así, por ejemplo, Fontennelle aporta los dos casos siguientes: “Para no hablar más que de las matemáticas…, Mr. Descartes comenzó donde los Antiguos habían terminado, y empezó por la solución de un problema en el cual Pappus dice que todos se habían detenido”. “En defecto de tal cálculo, sobrevivió el del célebre Mr. Leibniz; y este sabio geómetra comenzó donde Mr. Barrow y los otros habían terminado” [63].

Se puede pues ver que en todo momento de la historia de una ciencia, en cada “corte” que se efectúa se encuentra a uno de los eslabones de la cadena de verdades que es la ciencia; desde los orígenes hasta las ciencias actuales, tenemos siempre al mismo corpus de conocimientos por una parte, y por la otra, el principio de continuidad hace que los conocimientos nazcan unos de otros.

Esta manera de considerar a la ciencia del pasado está encaminada a mostrar su carácter progresivo, y está constituida a partir de la concepción de la ciencia actual. El siglo XVIII está consciente de haber llegado al punto más alto jamás alcanzado en la marcha ascendente del espíritu humano. Y es la actualidad la única justificación del planteamiento histórico, es ella la que ofrece los criterios de cientificidad para juzgar al pasado. El pasado no puede, entonces, ser entendido sino como una serie natural, teleológica, hacia la ciencia constituida. Aquí, nuevamen­te, se ve a los historiadores intentando verificar la filosofía del progreso que los anima y, aquí también, se les ve en búsqueda de un fundamento desde el punto de vista histórico a los trabajos entonces en curso, a una nueva tradición y a un proyecto pedagógico.

5. La historia de precursores.

Esta versión de la historia de las ciencias es también una versión evolucionista pero en un sentido fuerte; a decir verdad no acepta la novedad en la historia. Esta historia, es, sobre todo, la historia de la tradición, de los perfeccionamientos; pero, en efecto, como ha dicho Canguilhem, bajo esta perspectiva la historia de las ciencias pierde todo su sentido, “…ya que la ciencia misma no tendría dimensión histórica más que en apariencia” [64].

Esta concepción se levanta principalmente contra la visión mítica de la fundación de la ciencia ex-nihilo. Para ella “…no hay casi descubrimiento atribuido a los modernos que no haya sido, no solamente conocido, sino, incluso, apoyado por sólidos razonamientos de los antiguos” [65]. Y entre los “modernos” que son evocados por el autor (Dutens) de esta declaración, están Newton, Descartes y Leibniz. En el siglo XVIII fue Dutens en su obra Recherches sur l’origine des découvertes attribués aux modernes, quien señaló los riesgos del método introducido por los modernos (analítico y geométrico) puesto que conduce hacia una meta que se aleja del verdadero objetivo de la investigación, los perfeccionamientos de las ciencias. Para realmente conseguirlo -piensa Dutens- “…se necesitan …guías seguros; y qué mejores guías se puede sequir que aquellos que hemos visto llegar a la meta mucho tiempo antes que nosotros, a la cual nosotros nos proponemos ir” [66]. Este punto de vista es un llamado para regresar a las fuentes de donde ha nacido la ciencia, para “…recomendar menos prevención contra los antiguos que han formado a estos modernos que nosotros admiramos ciegamente, como si ellos no brillaran por una luz tomada de aquellos ilustres maestros” [67].

Un siglo y medio más tarde, Pierre Duhem retoma esta versión de la historia de las ciencias realizando, al mismo tiempo, im­portantes contribuciones a la historiografía de las ciencias y avanzando tesis epistemológicas relativas a la filosofía y la historia de las ciencias. En particular sus investigaciones sobre la historia de la mecánica han permitido revalorizar la Edad Media por su insistencia en que ésta tiene también una historia.

En Duhem encontramos nuevamente la tesis de la evolución:

“La ciencia mecánica y física de la cual se enorgullecen con justo derecho los tiempos modernos, surge, de una serie de perfeccionamientos, apenas sensibles de las doctrinas profesadas en el seno de las escuelas de la Edad Media; las pretendidas revoluciones intelectuales no han sido, las más de las veces, sino evoluciones lentas y largamente preparadas; los así llamados renacimientos, reac­ciones frecuentemente injustas y estériles; el respeto por la tradición es una condición esencial del progreso científico” [68].

Si la historia de las ciencias es la historia de las evoluciones “largamente preparadas”, es porque:

“La formación de toda teoría física ha procedido siempre mediante una serie de retoques que, gradualmente, …ha conducido al sistema a estados más acabados; . . . Una teoría física no es, en modo alguno, el producto repentino de una creación; ella es el resultado lento, y progresivo de una evolución” [69].

Una teoría puede ser el resultado de una aceleración histórica y, en ese caso, condensa simplemente la evolución:

“A veces, la evolución que debe conducir a la construcción de un sistema teórico se condensa extremadamente, y algunos años bastan para conducir las hipótesis que deben llevar esta teoría del estado en que están apenas esbozadas, al estado en que están acabadas” [70].

De esta manera, el historiador puede recorrer en el sentido inverso la “serie” del progreso. El puede remontar en cada ocasión a los precursores que prepararon esos estudios progresivos y lentos de la evolución científica, sin que jamás encuentre una revolución, ni creación repentina.

Hay en esta concepción una continuidad, inclusive entre las fases más alejadas de la historia de una ciencia, y las del conocimiento común que le han precedido. No existe un “comienzo absoluto” [71], no existe fundación alguna o acto epistemológico que dé nacimiento a una ciencia, y se llega a ella por un camino progresivo que va de las opiniones al saber. En la historia de precursores la novedad científica existe solamente en tanto que perfeccionamiento (“apenas sensible”); existe como culminación de la serie de perfecciones. Fue en su trabajo histórico donde Deum creyó encontrar el apoyo a sus tesis. Para romper con la ilusión de un renacimiento de la ciencia de la mecánica, Duhem partió a la búsqueda de precursores de Galileo [72], pero a pesar de la abundancia de datos históricos, sus interpretaciones han sido contestadas principalmente por los Etudes Galiléennes [73]de Alexander Koyré, pues a la luz de otra concepción de la historia de las ciencias, no basta con encontrar lo que parece ser un mismo concepto para proclamar un precursor.

6. El convencionalismo.

6. 1 “SO?????? F????????” Inicialmente, y de manera general, vamos a presentar el marco de una antigua controversia que concierne al carácter mismo de las teorías científicas, pues se verá aparecer una noción especial de lo que es el cambio de teorías científicas. Esta noción del progreso en historia de las ciencias ha conducido, es cierto, en algunos autores como Duhem por ejemplo, la historia de los precursores. Hacemos de ella una referencia aparte porque contiene un criterio específico para juzgar dicho progreso.

Alexandre Koyré [74] nos recuerda que la discusión sobre la realidad supuesta de los “instrumentos” científicos es antigua, ya que se remonta a la ciencia helenística con Proclus y Simplicio, que se continuaría en la ciencia árabe y en la escolástica latina. Está anunciada en la expresión “s??e?? ?? ?a???µe?a” (salvar las apariencias), lo que significa que el instrumental teórico utilizado por las ciencias sirve sólo para calcular, prever y ordenar los fenómenos, y no para el descubrimiento de las verdaderas leyes de la naturaleza. Es una interpretación -dice Koyré- que “implica siempre una desvalorización de la ciencia, pues no trata sino de los fenómenos (apariencias), con relación a aquella que trata, o trataría, de lo real” [75].

Durante el siglo XVI este debate se reinicia con fuerza para negar la realidad de los descubrimientos de Copérnico y Galileo. Andreas Osiander afirma la tradición de “salvar las apariencias” es su prefacio a De revolutionibus de Copérnico. Osiander argumenta que Copérnico se encontraba en la tradición de esos astrónomos que incapaces de llegar a las verdaderas causas “…adoptan sin embargo suposiciones que conducen a calcular correctamente a partir de los principios de la geometría tanto el futuro como el pasado [de los movimientos celestes]”. Y que Copérnico “…ha logrado ambos propósitos magníficamente. Las hipótesis no necesi­tan ser verdaderas o, incluso, probables. Todo lo contrario, si proporcionan un cálculo consistente con las observaciones, eso, tan sólo, es suficiente” [76]. Para Osiander poco importa si los planetas giran realmente en torno al Sol, lo que cuenta es que Copérnico había sido capaz de salvar las apariencias haciendo esta suposición. Se trataba de una hipótesis matemática para la cual solamente una validez interna podía serle demandada. Pese a esto, Copérnico mismo no participaba de esta visión de la astronomía y él pretendía haber fundado esta ciencia sobre “…las verdaderas leyes del movimiento real” [77] y de ninguna manera so­bre un sistema artificial.

En 1615, el Cardenal Bellarmino informaba a Galileo que, desde el punto de vista de la Iglesia, se permitía la discusión del punto de vista copernicano solamente como un modelo matemático (ex suppositione) para salvar las apariencias:

“Siempre he pensado que Copérnico mismo hablaba así [de una forma hipotética]. Pues limitándose a decir que la hipótesis de que la Tierra se mueve y el Sol es inmóvil, permite representar mejor todos los fenómenos que si se aceptan las excéntricas y los epiciclos, lo cual sería perfecto y sin causar ningún daño. Pero, querer afirmar que el Sol es positivamente el centro del mundo y que no gira sino en torno a sí mismo sin desplazarse de Oriente a Occidente, y que la Tierra está situada en la tercera esfera celeste girando a una enorme velocidad entorno al Sol, eso sería muy peligroso, y no sólo porque irritaría a los filósofos y teólogos escolásticos, sino, sobre todo, porque ello contra diría la Santa fe., haciendo aparecer las proposiciones de las Escrituras como falsas” [78].

Galileo, por su parte, continuaba afirmando el heliocentrismo de Copérnico y así, en una carta del 28 de marzo de 1615, rechazaba el convencionalismo de Osiander y afirmaba que Copérnico atribuía a su teoría una significación objetiva [79]. En los Diálogos sobre los dos grandes Sistemas del Mundo, llevó una polémica contra los partidarios del sistema geocéntrico rehusándose a considerar el sistema heliocéntrico como simple hipótesis o instrumento de cálculo para “salvar las apariencias”. Posteriormente la Congregación del Índice prohibiría la obra de Copérnico y la Inquisición convocaría a Galileo forzándolo a abjurar de sus “errores”.

En el siglo XVIII el Obispo inglés Georges Berkeley formuló una filosofía anti-materialista y se convertía en uno de los primeros críticos de la filosofía de la ciencia de Newton: pretendía probar, en particular, la inexistencia de las “substancias materiales”. Reprochaba a Newton el haber hablado de sus correlaciones matemáticas relativas a las “fuerzas” como si ellas fueran alguna otra cosa que términos de una ecuación.

El consideraba que las “fuerzas” en mecánica eran como los “epiciclos” en astronomía, es decir, construcciones matemáticas que permiten el cálculo de los movimientos de los cuerpos y, según él, era un error atribuirles existencia real. Berkeley declaraba “…las entidades matemáticas no tienen una esencia permanente en la naturaleza de las cosas; ellas dependen , de la noción que las define. Por ello, la misma cosa puede ser explicada en diferentes maneras” [80]. Su visión de la ciencia era la de un instrumentalista para quien no existe ninguna correspondencia entre, por una parte, la ciencia, y por la otra, los objetos, propiedades o relaciones.

Hacia el final del siglo XIX, Ernst Mach hizo una crítica de Newton en términos semejantes a los de Berkeley e intentando una reformulación de la mecánica newtoniana desde un punto de vista fenomenológico. Mach tenía, también, una concepción instrumentalista de las leyes y teorías científicas, y declaraba directamente que “el objeto de la ciencia es salvar las apariencias, por la reproducción y anticipación de los hechos en el pensamiento” [81]. De esta suerte, las leyes y las teorías científicas son una representación abreviada de los hechos. Para Mach, al igual que Berkeley, es un error atribuir a los conceptos y a las relaciones que la ciencia introduce, una existencia real en la naturaleza: “en la investigación de la naturaleza tratamos únicamente con el conocimiento sobre la conexión entre las apariencias. Lo que nos representamos entre las apariencias existe tan solo en nuestro entendimiento, y tiene para nosotros sólo el valor de memoria técnica o fórmula, cuya forma, al ser arbitraria e irrelevante, varía muy fácilmente con el punto de vista de la cultura”. [82] Se puede apreciar entonces, que además del carácter instrumental que Mach asigna a la ciencia, ésta, desde el punto de vista histórico, es accidental, y, desde el punto de vista de su elaboración, convencional; la ciencia varía fácilmente en función de los cambiantes criterios de la cultura (científica).

Pierre Duhem vino a aportar un apoyo al punto de vista convencionalista, en particular por sus análisis sobre la refutación de las hipótesis. Según él, la predicción de que un fenómeno tendrá lugar se realiza a través de un conjunto de premisas, y el hecho de que ésta no se realice, refuta solamente la conjunción de esas premisas, y no el cuerpo teórico por entero.

Ahora bien, para lograr el acuerdo con las observaciones, el científico se encuentra enteramente libre para modificar no importa cuál de las hipótesis y para cambiar las demás. Haciendo esto, el científico da privilegio a- una hipótesis particular para asignarle el estatuto de una convención; en consecuencia la cuestión de su verdad o de su falsedad no se plantea. “¿Qué es una teoría física? Un conjunto de proposiciones matemáticas cuyas consecuencias deben representar los datos de la experiencia: el valor de una teoría se mide por el número de leyes experimentales que representa y por el grado de precisión con el cual las representa; si dos teorías diferentes representan los mismos hechos y con la misma aproximación, el método físico las considera como poseyendo absolutamente el mismo valor; entre estas dos teorías equivalentes, no tiene el derecho de dictar nuestra elección, y se le pide dejarla libre.” [83] Así, la teoría no siendo sino un resumen de la experiencia, una estructura formal, arbitraria y cuyo valor reside en su funcionalidad, cuando las observaciones la refutan, la decisión de cuáles serán las hipótesis a modificar, o a conservar, pertenece solamente al buen sentido del científico, ejercido en toda libertad. No hay más que los criterios de simplicidad y comodidad de manipulación en la deducción teórica que cuenten; y es la sagacidad del investigador quien los encuentra. La conformidad de las hipótesis y de las teorías científicas con la realidad no cuenta, aún cuando Duhem piensa que el científico tiene necesidad de un “orden supremo” (religioso).

Esta doctrina convencionalista referida a la formación de teorías científicas, tuvo su versión correspondiente en historia de las ciencias. Para ella, el auténtico progreso histórico de las ciencias es acumulativo. Su punto principal es la decisión de mantener intacto el núcleo de la teoría tanto tiempo como sea posible: cuando las anomalías aparecen, el convencionalista cambia y complica sola­mente algunos aspectos periféricos. Desde este punto de vista, ningún conjunto de hipótesis es verdadero por prueba, lo es sólo por convención. El progreso teórico es tan sólo de comodidad (o simplicidad) y no concierne a la verdad. Los cambios en la teoría son meramente instrumentales. Así, desde este punto de vista, la historia de una ciencia es la historia de los “descubrimientos” (invenciones) de nuevos y más simples instrumentos de predicción.

Esta historia, por ejemplo, se coloca del lado de Osiander y de Bellarmino cuando niegan el sentido objetivo de la revolución copenicana. Algunas veces, esta historia se identifica con la historia de “precursores”, ya que por tratarse de una serie de “perfeccionamientos”, se remonta a las teorías precursoras de la forma que actualmente conoce la ciencia. Otras, puede interesarse por ciertas “revoluciones”, como en el caso en que una ciencia ve su corpus teórico hasta tal punto cargado de modificaciones sucesivas, que al final resulta una nueva y total recomposición, lo cual da lugar a otro modelo con un poder predictivo mayor. Tal sería el caso de la historia de las ciencias inspirada de los reajustes que Quiney Popper hicieron de las tesis duhemianas; es decir, una historia en la cual el acento estaría menos en el aspecto estrictamente instrumental que en el aspecto convencional. [84]

B. LA NOCIÓN DE DISCONTINUIDAD
I. La epistemología histórica de Gastón Bachelard

1. Una filosofía “adecuada” a las ciencias modernas

La obra epistemológica y de historia de las ciencias de Bachelard es muy rica. Sólo evocaremos algunas de sus ideas relativas a la historia de las ciencias. Pero, al mismo tiempo, nos parece imposible no referimos a ciertas tesis epistemológicas puesto que forman una unidad con sus tesis sobre la historia de las ciencias. Se podría incluso afirmar que fue bajo el primado de aquéllas que éstas fueron concebidas. Así, pues, empezaremos por señalar que Bachelard tuvo como motivación principal la de “dotar” a las ciencias contemporáneas de una filosofía “adecuada”, es decir, de luna filosofía capaz de dar cuenta de la novedad esencial de los conceptos y teorías de la ciencia actual. Bachelard polemiza con las filosofías tradicionales quienes, habiendo sido las adecuadas a las ciencias de su época, ya no lo son más para el nuevo estado de las ciencias. Bachelard demuestra que la filosofía de las ciencias debe contener una epistemología de acuerdo con el nuevo espíritu científico. Este espíritu científico -apunta Bachelard- es “un espíritu con una estructura variable”, [85] de suerte que capte el carácter de novedad y, entonces, pueda desarrollar una nueva problemática. Los pensamientos que animaron a las ciencias modernas (Relatividad, Teoría de los quanta) tienen ante ellas una tarea constructiva y son, de hecho, un método de descubrimiento progresivo. “Esta novedad de las doctrinas relativistas es una objeción, es un problema.” [86] E, igualmente, desde el punto de vista histórico, la aparición de estas teorías revolucionarias es, por lo menos, “sorprendente”: “Si existen teorías cuyos antecedentes no las explican, tal es el caso de la teoría de la relatividad.” [87] Se trata verdaderamente de avan­zadas del espíritu que no conocen precedentes: estudiándolas como una sucesión en el desarrollo histórico de las ciencias, Bachelard postula su discontinuidad.

En 1934, en el Nouvel Esprit Scientifique, Bachelard lleva a cabo una polémica con la filosofía entonces dominante, la cual concebía el desarrollo histórico de las ciencias como una serie continua (Meyerson. por ejemplo). Bachelard le ataca por estar en retard con relación a la organización contemporánea de las ciencias. Bachelard rechaza el explicar (déduire) a Einstein desde Newton, como si la teoría de la relatividad hubiera estado contenida en germen en los Principia. El continuismo, como se sabe, toma siempre las diferentes etapas de la ciencia, e incluso el periodo pre-científico, como los momentos de un proceso homogéneo. Bachelard, quien retenía el “carácter de novedad esencial” de la física rechazaba la idea de la continuidad histórica mediante la introducción de la noción de ruptura. La philosophie du non (1940) tiene por objeto sacar las implicaciones filosóficas del “no” que caracteriza al nuevo espíritu científico (geometrías no-euclideanas, mecánica no-newtoniana, química no-lavoisiana…). También se trata de definir a la filosofía del conocimiento”… como una filosofía abierta, como la conciencia de un espíritu que se funda trabajando sobre lo desconocido buscando en lo real lo que contradice a los conocimientos anteriores”. [88]

En la epistemología bachelardiana la idea de ruptura (“profunda discontinuidad”, “refundición”, “mutación”, “revolución”, etcétera), está presente de manera permanente. Las alusiones a esta idea se encuentran en numerosos textos; he aquí algunos ejemplos: “Ias ciencias físicas y químicas en su desarrollo contemporáneo pueden ser caracterizadas epistemológicamente, como dominios del pensamiento que rompen claramente con el conocimiento vulgar”; [89] o bien, afirmando, “Nosotros creemos, en efecto, que el progreso científico manifiesta siempre una ruptura, perpetuas rupturas, entre conocimiento común y conocimiento científico… “; [90] o, finalmente, “el pensamiento científico reposa sobre un pasado reformado. Está, esencialmente, en estado de revolución continuada”. [91]

2. Las nociones de “obstáculo” y de “valor” epistemológico

La epistemología que las ciencias modernas reclaman es una epistemología histórica. Es decir, una epistemología que obtenga sus lecciones del devenir de las ciencias mismas, puesto que son sus rupturas, la discontinuidad de su historia, las que producen los “valores epistemológicos” (mediante una serie de actos epistemológicos) que las constituyen. Ahora bien, en la elaboración de los conceptos científicos se da una oposición entre “actos” y “obstáculos” epistemológicos. Los primeros son”… esas sacudidas del genio científico que aportan impulsos inesperados en el curso del desarrollo científico”. [92] Los obstáculos son”… una resistencia del pensamiento al pensamiento”. Para Bachelard existe una dialéctica entre “actos” y “obstáculos”, y es su dinámica la que la historia de las ciencias debe describir. En la historia del pensamiento científico “actos” y obstáculos” son como el positivo y el negativo. Su separación es tan clara que, por un lado, el negativo es eliminado de la cité scicntifique porque estorba la búsqueda de los valores de conocimiento objetivo y, por el otro, lo que en el pasado ha permanecido como positivo, continúa actuando en el pensamiento científico moderno y constituye una especie de “pasado actual”.

Gaston Bachelard -ha dicho Georges Canguilhem- por la invención del concepto de “obstáculo epistemológico”, se reveló como un “innovador genial”. [93] Esta es una noción central para su visión de la historia del pensamiento científico: cuando se busca el progreso realizado por el pensamiento, cuando se interroga por la formación de sus conceptos, entonces se percibe que “se conoce contra un conocimiento anterior, por la destrucción de conocimientos mal elaborados, remontando lo que, en el espíritu mismo, presenta obstáculo para la espiritualización”, pues “es en el acto mismo de conocer íntimamente, que aparecen por una especie de necesidad funcional, lentitudes y alteraciones”. [94] Ahora bien, tales obstáculos y los actos epistemológicos que los “contornan”, son siempre específicos a una situación o a un momento preciso del pasado científico. Son las señales que permiten localizar los puntos de ruptura y la descripción del contexto en el cual las dificultades son vencidas. Pero, si los obstáculos manifiestan una “resistencia” del pensamiento, y si, en contrapartida, los actos aportan los “impulsos” del pensamiento que se desarrolla, ello no significa que todo acontezca en una simple adecuación de formas; para Bachelard se trata, más bien, del ajuste continuo y recíproco entre teoría y experiencia, [95] lo cual constituye un proceso histórico. Es por lo an­terior que Bachelard afirma: “la verdad científica es, por esencia, una verdad que tiene un porvenir”. [96]

Ahora bien, ¿de dónde surgen estos “valores epistemológicos” que son los conocimientos científicos? Según Bachelard, son las rupturas entre “conocimiento común” y “conocimiento científico”, así como las “síntesis epistemológicas” formadas a lo largo de la historia de una ciencia, la fuente de los conocimientos.

3. Conocimiento común y conocimiento científico

Entre conocimiento común y conocimiento científico se da una ruptura. Pero no se trata, para Bachelard; de levantar el acta de las revoluciones científicas en su relación (o más bien, ausencia de relación) con el conocimiento común; sino de comprender cómo se estableció una diferencia entre dichos conocimientos: “No se trata de nada menos que de comprender la primacía de la reflexión sobre la apercepción [97] efectivamente, este asunto lleva a Bachelard a una insistencia sobre la rectificación indispensable sobre lo que es el experimento científico. Se requiere de valorar correctamente el papel de los instrumentos en la investigación experimen­tal. “Nosotros deseamos, …intentar la presentación del aspecto filosófico de las nuevas técnicas experimentales.” [98] Las determinaciones de lo real científico tienen, en la ciencia moderna, un carácter indirecto y este solo hecho”… nos coloca en un reino epistemológico nuevo”. [99] En la ciencia del pasado, en cambio, observa Bachelard, se permanecía aún demasiado cerca de los aspectos inmediatos de la experiencia. La ciencia de Lavoisier empleaba la balanza para determinar los pesos atómicos -“… se pesa al cloruro de sodio como en la vida común se pesa la sal de cocina” -. [100] Esto es, con la balanza no se ha abandonado aún las nociones de equilibrio y de identidad de masa, “… aplicación simplista del principio de identidad, tan tranquilamente fundamental para el conocimiento común. En cuanto al espectroscopio de masa, estamos en plena epistemología discursiva. Un largo circuito por la ciencia teórica es necesario para comprender los datos. De hecho, los datos aquí son resultados”. [101] La ciencia moderna construye por medios técnicos sus propios fenómenos. Se trata de “teoremas reificados”.

Desde un punto de vista teórico la diferencia entre conocimiento científico y conocimiento común estriba en que éste utiliza conceptos y experiencias de la vida común. Cuando se excava -incluyendo, a veces, el psiquismo humano en su profundidad- aparecen cualidades elementales: “… enraizado en los valores elementales, el conocimiento vulgar no puede evolucionar; No puede dejar su primer empirismo [102] ni los rasgos muy generales, ni las distinciones muy particulares. La ciencia se rehúsa a estar en continuidad con el conocimiento común. Mediante détours en sus conceptualizaciones, pasa por el estudio de las relaciones de los fenómenos entre sí, expresados algebraicamente. La ciencia no es empírica, es relacional; su objeto es un objeto del pensamiento científico, un complejo de pensamientos racionales y de experimentos técnicos, un “biobjeto “, u objeto abstracto-concreto”. Así, se puede “… describir el objeto dos veces: una, como se lo percibe, otra, como se lo piensa”. [103] Toda precisión, entonces, sobre el objeto científico requiere de un relato sobre los ajustes recíprocos y progresivos de la teoría y de los experimentos que incluye en sí mismo. En el vocabulario bache­lardiano: “el objeto es aquí tanto fenómeno como nóumeno”. [104] En consecuencia el objeto científico lleva en él la marca de un pro­greso del conocimiento, y siempre está “… abierto a un porvenir de perfeccionamiento que el objeto del conocimiento común no posee”. [105]

En cuanto a las síntesis epistemológicas que son fuente también del conocimiento científico, Bachelard ofrece algunos ejemplos para explicarse. En sus estudios sobre la física contemporánea, habla de la mecánica ondulatoria, por caso, “como una de las síntesis científicas más amplias de todos los tiempos “, [106] como una “synthese historique”. De Broglie, asociando ciertas hipótesis newtonianas a ciertas hipótesis fresnelianas, capta fenómenos que eran, de hecho, diferentes y realiza una “síntesis transformante”. Hablando de la química, afirma: “el eje positivo de la técnica química moderna está más bien dirigido del lado de las síntesis nuevas; se hacen análisis para poder hacer síntesis”. [107]

4. Historia caduca e Historia sancionada

El mito de la continuidad ha subsistido pese a todo, reconoce Bachelard. Esto es un resultado del “doble comportamiento” de los científicos, ya que, por una parte, ellos se separan del pensamiento común y, por la otra, son ellos quienes formulan declaraciones (“fáciles”) sobre la unidad y la identidad del espíritu. Según la opinión de Bachelard ello es un efecto (perverso) de la enseñanza de las ciencias y de las historias (“cortos preámbulos”) de las ciencias. Ambas crean la conciencia falsa de la continuidad y han contribuido a la “atmósfera de confusión” que oculta la discontinuidad de “la evolución rutinaria” y de la evolución de la “técnica moder­na con base científica”. [108]

En estas condiciones se hace evidente que el espíritu científico moderno reclama una nueva pedagogía. Si, como lo piensa Bachelard, es en la escuela donde se realiza la integración de la historia de los pensamientos con la actividad científica, esta última no puede tener como punto de partida la tabula rasa querida por el empirismo; y la doctrina de la pedagogía de las ciencias tiene necesidad de ser “un ejercicio de transformación de conocimientos”. [109] Además, existe la “necesidad educativa” de una historia recurrente, la cual permitirá explicar el vínculo histórico: “una historia que parte de las certezas del presente y descubre en el pasado, las formaciones progresivas de la verdad”. [110]

Así, la epistemología de las ciencias es necesariamente histórica y la historia de las ciencias no puede dejar de ser la de los valores epistemológicos. Estos valores emergen de la dialéctica histórica del pensamiento científico (es decir, la de los “actos” y los “obstáculos” epistemológicos) y tales valores constituyen una especie de pasado actual cuya acción en el pensamiento científico del tiempo presente es manifiesta”. [111] Es, pues, en términos de su actualidad y de su eficacia que Bachelard concibe la historia de las ciencias. Las nociones de historia caduca y de historia sancionada son las que le permiten la precisión de su proyecto de historia de las ciencias. Estas nociones, en su diferencia, evocan las de conocimiento común y conocimiento científico del nivel epistemológico e, igualmente, sus respectivas dinámicas.

La historia caduca (por ejemplo la del “flogisto”) reposa sobre errores fundamentales y aún contradicciones. Trata de la “epistemología” de un espíritu científico desaparecido. En tanto que tal, la historia caduca carece de interés para el epistemólogo o el historiador. [112]

Otra cosa acontece con la historia sancionada (la del “calórico”, por ejemplo), pues ella recoge experiencias positivas y la determinación precisa y funcional del objeto científico mismo; sin embargo, tal vez habría “partes qué corregir”. Así, la historia sancionada se refiere a nociones que cesaron de ser “contingente (s), ocasio­nal(es), convencional(es)” y que han devenido “pour toujours” conceptos científicos. [113] El interés que se dirige a tales nociones es constante en el curso de su historia. Tanto el epistemólogo como el historiador de las ciencias tienen un gran interés por estos conceptos racionalizados que se han convertido en elementos de la historia sancionada. El primero, para elucidarlos teóricamente, el segundo para incorporarlos en un cuerpo de conceptos racionalizados.

5. El progreso científico

En su conferencia del Palais de la Découverte (1951) sobre la actualidad de la historia de las ciencias, Bachelard se interrogó sobre las condiciones y las formas bajo las cuales la historia de las ciencias “puede tener una acción positiva sobre el pensamiento científico de nuestro tiempo”. [114] Es a condición de que la historia de las ciencias sea una historia del progreso de las verdades científicas, y bajo la forma de una historia recurrente, responde.

La historia de las ciencias es la historia del progreso de su racionalidad y, como tal, aparece “como la más irreversible de todas las historias.” [115] Los científicos se interesan en seguir esta historia porque muestra las vías que ya han quedado prohibidas para la investigación científica: “el hombre de ciencia cancela un irracional”. Es ahí donde reside la importancia de una historia juzgada, que por recurrencia distingue el error de la verdad, lo inerte de lo activo, y lo perjudicial de lo fecundo. “La historia de las ciencias es, …un tejido de juicios implícitos sobre el valor de los pensamientos y de los descubrimientos científicos.” [116] Los valores que el historiador recoge son trozos sucesivos de otras historias. El historiador de las ciencias “realiza su trabajo cuando ha descrito la historia de una verdad”, [117] cuando ha hecho un juicio mediante la imposición de los valores de su tiempo. El historiador abreva en el estado actual de las ciencias para juzgar el pasado: por ello, “debe aprender lo mejor posible la ciencia de la cual se propone escribir la historia. [118] Partiendo, entonces, de las verdades claras y coordinadas de la ciencia actual, “el pasado de verdad aparece más claramente. progresivo en tanto que pasado mismo”. [119]

En las ciencias el progreso no es un mito, dice Bachelard, “…está demostrado, es demostrable”. [120] El progreso es la dinámica misma de la cultura científica y corresponde a la historia de las ciencias el describir dicha dinámica. Estas declaraciones envían, pues, a una historia de las ciencias que deja escapar las nociones erróneas para convertirse en una historia del acrecentamiento del número de verdades y de la profundización de la coherencia de las verdades. [121]

La historia de las ciencias, por lo tanto, no podría ser una historia sobre las etapas de decadencia o estancamiento. Descripciones de ese tipo conciernen a aspectos exteriores de la ciencia y corresponderían a la historia de las civilizaciones: “Pensar históricamente el pensamiento científico, es describirlo de menos a más. Jamás a la inversa”. La historia de las ciencias, entonces, “o bien relata un crecimiento, o, entonces, nada tiene qué decir”. [122] Así, por ejemplo, en la historia de la dialéctica” onda-corpúsculo, Descartes quedó “en su soledad histórica”, mientras que la construcción del rayo de luz refractado (y de la geometría de los trenes de ondas) de Huyghens “es una adquisición definitiva para la ciencia”. [123] Sólo, entonces, el progreso de las verdades tiene una temporalidad; el pensamiento pre-científico, el conocimiento común, pertenecen a la historia caduca, es decir, en el sentido propio del término a la no historia. En tal sentido, Bachelard habría demostrado que únicamente la verdad científica tiene un porvenir, pero, también, que sólo la ciencia tiene historia.

“Esta positividad absoluta del progreso científico aparecerá como innegable si examinamos la historia de una ciencia modelo, la historia de las matemáticas.” [124] Esta observación muestra el pensamiento de Bachelard sobre lo que define la cientificidad de una ciencia y la especificidad de la historia de las ciencias. Sobre lo primero, es el grado de formalización, de matematización el que sanciona el criterio de cientificidad. El empleo de la “luz recurrente” fuera de las matemáticas (en física o en química, por ejemplo) es “mucho más indecisa”. La historia de las ciencias, expresa el progreso en la matematización de una ciencia (“la tabla de Mendeleif es un verdadero ábaco,… que nos ayuda a aritmetizar la quími­ca”). [125] Esto conduce a otorgar a las matemáticas un papel privilegiado en la historia de las ciencias, pues gracias a su dinámica, la matematización es la garantía de que la historia ha captado una “verdad confirmada”. En algunos textos Bachelard habla (para conferirle un propósito pedagógico) de la historia de las matemáticas y de su epistemología, como de la serie de un “tiempo lógico”, de un “orden racional”: “La epistemología nos enseña una historia científica tal como debería haber sido… en un tiempo lógico que no tiene ya las lentitudes de la cronología real,” [126] En el caso de la historia de las ciencias físicas, dice Bachelard, “…será necesario ir hasta el punto en que se operaron las primeras matematizaciones, a los puntos, también, en que se transformó la matematización”. [127]

6. La objetividad de los conocimientos físicos

Retomaremos otro tema de la epistemología bacherdiana, el de la objetividad de los conocimientos científicos, para iluminar su punto de vista sobre la historicidad de las verdades científicas: “el objeto no podría ser designado como un ‘objeto’ inmediato; dicho de otra manera, una marcha hacia el objeto no es inicialmente objetiva”. [128] Para Bachelard no es un realismo simplista el que constituye la base de los conocimientos científicos. Y cuando se habla de conocimiento objetivo no se está más al nivel del simple estímulo, pues es con materiales y marcos lógicos socializados “de larga fecha” que trabaja el investigador. Inclusive la medición, pues “toda medida precisa es una medida preparada. El orden de precisión creciente es un orden de instrumentalización creciente, en consecuencia de socialización creciente”. [129]

De esta manera, se puede afirmar que la “precisión discursiva” propia al trabajo científico tiene una naturaleza social. Se trata de un consenso entre “los trabajadores de la prueba”. Se está ahora muy lejos del esfuerzo del científico solitario. La “cité” de físicos y la “cité” de matemáticos han sido “formadas en torno de un pensamiento poseedor de garantías apodícticas [130] y determinadas por consensos altamente especializados. El racionalismo de las ciencias se ha convertido en un racionalismo regional, terreno de los especialistas y, en ese sentido, en un “co-racionalismo”. [131]

Para Bachelard la ciencia moderna se caracteriza porque “la objetividad racional, la objetividad técnica y la objetividad social son desde ahora tres caracteres fuertemente ligados”. [132] Y, el conocimiento científico es sobre todo objetivo: sus verdades, sus valores se imponen a los adherentes de la “cité scientifique”. El conocimiento científico es una objetividad histórica que reclama rectificaciones y la continuidad entre sus adquisiciones sucesivas: “los acontecimientos de la ciencia se encadenan en una verdad acrecentada de manera incesante”. [133] La historia de las ciencias es, pues, posible bajo la forma de una historia recurrente, es decir, de los progresos de las verdades y de las condiciones teóricas, técnicas y sociales de su producción a la luz de la ciencia actual. “El compromiso objetivo se fortifica en una escala de precisión en la sucesión de aproximaciones cada vez más finas, aproxi­maciones que están referidas a un mismo objeto y que, sin embargo, se designan unas a otras como niveles diferentes del conocimiento objetivo.” [134] Por ello, la superioridad de una determinada construcción teórica, no es únicamente cuestión de convicción subjetiva, es una convicción racional, un valor epistemológico. Esta tesis de la objetividad del conocimiento científico es, para Bachelard, la que justifica a la historia de las ciencias: “En el destino de las ciencias los valores racionales se imponen. Se imponen históricamente. Y la historia de las ciencias es llevada por una especie de necesidad autónoma.” [135]

II. El corte epistemológico

Esta noción ha sido formulada en el marco de las investigaciones de su autor -Louis Althusser- sobre la especificidad (cientificidad) de la filosofía marxista. Dentro de tal problemática, sólo de manera incidental se tocaba a la teoría de la historia de las ciencias, y se trataba, más bien, de un proyecto epistemológico -y político- referido a la teoría marxista de las condiciones de producción de conocimientos científicos. Las posiciones adoptadas por Althusser fueron objeto de críticas severas entre los marxistas que veían en ellas errores de apreciación, una tendencia teoricista y una concepción “estructuralista”. Posteriormente Althusser mismo procedería a una auto-critica que retenía algunas de las objeciones que le habían sido dirigidas y que modificaba, sin embargo, algunos de sus puntos de vista expresados inicialmente. La obra de Althusser en la actualidad continúa suscitando controversias y es a menudo atacada. A pesar de todo, Althusser planteó algunos problemas que poseen un interés teórico innegable para la historia de las ciencias.

El tema de la historia de las ciencias es abordado con la tesis de la discontinuidad radical expresada en la noción de “corte”) que existe en la fundación de toda ciencia -el marxismo en este caso -entre lo que Althusser llama “ideología” y la ciencia propiamente dicha. La obra de Althusser comprende, pues, dos fases que están reconocidas por el mismo: [136] la primera caracterizada por la autonomización que él hace de la práctica teórica (teoricismo), y la segunda, en la que Althusser pretende haber sobrepasado su “desviación” teoricista inicial mediante la introducción de la lucha de clases, ausente en la primera fase. Aquí intentaremos reducir nuestro estudio a la noción de “coupure épistémologique”: Tomare­mos en cuenta las críticas dirigidas por los objetores, y por el autor mismo, a esta noción para captarla en la dinámica de su evolución.

1. Primera fase: la práctica teórica

El planteamiento inicial se refería, lo hemos dicho, a la especificidad de la filosofía marxista. Esto implicaba pues, la cuestión de su diferencia con las Obras de Juventud de Marxmismo y con las filosofías de Hegel y Feuerbach. Ahora bien, tal cuestión carecería de marco para plantearla si no existiera previamente la teoría de la historia de las formaciones teóricas. Esta teoría, piensa Althusser, se encuentra implícita en Marxmismo como una “disciplina que reflexiona sobre la historia de las formas del saber y sobre el me­canismo de su producción”. [137] Es preciso separarla para aplicarla a la historia del marxismo y poder, entonces, dar cuenta de él “…tomándose a sí mismo por objeto”: [138] “La cuestión de la diferencia específica de la filosofía marxista tomó así la forma de la cuestión de saber si existía o no, en el desarrollo intelectual de Marx un corte epistemológico que marcara el surgimiento de una nueva concepción de la filosofía”. [139] Althusser distingue claramente esta teoría de la de las “fuentes” o “anticipaciones [140] que, como hemos visto, emplea el método analítico teleológico y conduce a la reducción de un sistema teórico a sus elementos de base, para acercarlos a otro elemento similar, pero perteneciente a otro sistema. Es decir, la creencia en la existencia de homogeneidad entre los elementos de sistemas diferentes. En este caso, se trataría de la creencia en una evolución de la ideología, la cual, por un auto-movimiento, se convierte en ciencia. La teoría de la historia de las formaciones teóricas de que habla Althusser es, desde luego, radicalmente diferente.

Es el concepto de “corte epistemológico” el que utiliza. Althusser para pensar la discontinuidad entre la pre-historia de una ciencia y la ciencia misma. Los términos entre los cuales el “corte” se opera son caracterizados como “ideología” y como “ciencia”. Así, por ejemplo, en el desarrollo intelectual de Marx un “corte” habría tenido lugar entre sus obras de juventud y las de la madurez. En el “más acá” del corte queda el pasado ideológico, claramente distinguible por su estructura teórica (o “problemática”) diferente de la ciencia del Marx de la madurez (ciencia de la historia o materialismo histórico). Más generalmente, se puede afirmar que es la diferente “problemática” la que distingue a una ciencia de su pasado ideológico y, en consecuencia, es ” . . . una mutación de problemática. .. (la que) inaugura toda fundación científica”. [141]

a. Ideología y ciencia. Antes de continuar sobre el “corte epistemológico” preguntémonos por lo que Althusser entiende por “ideología” y por “ciencia”. Se trata, por supuesto, de nociones centrales pues su discontinuidad estructural, de la que habla Althusser, es debida justamente a la diferente naturaleza de ellas. Además, también es interesante precisar qué tipo de oposición se ha instaurado entre ellas, para saber de qué la historia de las ciencias es la historia. Ahora bien, nos encontramos con nociones que no son ni claras, ni definidas con el rigor pretendido por Althusser. Esto ha sido constatado por numerosos críticos, quienes, además, reprochan a Althusser que sostenga tesis que nada tienen qué ver con el marxismo, del cual, sin embargo, él se reclama.

Henri Lefebvre ha dicho:

L. Althusser se esfuerza por establecer un corte entre la ideología y la ciencia,. Ahora bien, si se separan la ideología y la ciencia es porque se distinguen claramente el concepto de la representación. Pero, empleando de manera continua la expresión ‘concepto ideológico’ (por ejemplo a propósito de la alineación) al lado de la expresión ‘concepto científico’, L. Althusser reintroduce la confusión completa bajo la ilusión del rigor. [142]

Adam Schaff en su estudio sobre Althusser creyó encontrar once diferentes concepciones y definiciones de “ideología” expresadas explícitamente o implícitamente en Pour Marx, la obra que reúne el conjunto de los trabajos de Althusser sobre “corte”, “ideología” y “ciencia”. Schaff las resume así:

En efecto, según la lista (lejos aún de ser completa) de los significados que hemos localizado, la palabra ‘ideología’ significa en Althusser, entre otras cosas: tesis en las que la problemática no es consciente de sí; opiniones mistificadas, alienadas, alejadas de las realidades efectivas de la historia; el idealismo; una abstracción que explica los conceptos generales por una operación intelectual sobre los individuo, de las opiniones que designan la realidad, pero que no dan los medios de conocerla, no develan su esencia; un sistema de representaciones que existe realmente en la sociedad dada y que juega ahí un papel histórico; un sistema de representaciones cuya función práctico-social es predominante -al contrario de la ciencia- sobre la función de conocimiento; un sistema de representa­ciones inconscientes; estructuras que se imponen a la mayoría de los hombres ‘sin pasar por su conciencia’; objetos culturales que actúan funcionalmente sobre los hombres ‘por un proceso que les escapa’; alguna cosa que los hombres ‘viven’ como un objeto de su ‘mundo’; una falsa conciencia; representaciones de masas; opinio­nes dictadas por ‘intereses’ extra-cognoscitivos; si, pues, -…­la palabra ‘ideología’ posee tantos significados (.. .), entonces, ella no significa nada [143]

Lo que a pesar de todo surge como un rasgo general entre los diferentes contenidos semánticos del sustantivo “ideología”, en los primeros trabajos de Althusser, es que la ideología es lo que hay que rechazar por erróneo o mistificado, por oposición ( dico­tomía) a lo que es científico. Es en torno de esta negatividad de la ideología en su relación con el conocimiento donde coinciden en sus interpretaciones los críticos de Althusser. Así Sánchez Vázquez [144] señala la existencia de dos formas de la teoría de la ideología en Althusser: la primera, una forma radical, como teoría de la ideología “en general”; la segunda, una forma mitigada como teoría “de una ideología particular de clase”. En su forma radical (expresada sobre todo en Pour Marx y en Lire le Capital), la ideología comprende una función teórico-cognoscitiva, en tanto que en su forma mitigada, la ideología ejerce una función prácticosocial. Para nuestro propósito, y a pesar de su ambigüedad, nosotros retendremos la idea de Althusser de que la ideología de la cual se separa una ciencia, a través del “corte”, implica sobre todo la función teórica-cognoscitiva. Esta función consiste en la pretensión de la ideología de ser productora de conocimiento. Esta preten­sión se mantiene hasta el momento en que el “corte” que da na­cimiento a una ciencia revela, por el mismo hecho, el pasado pre científico como ideológico. La diferente problemática de la estructura ideológica y de la estructura científica sólo puede ser percibida como uno de los efectos del corte mismo. Esto explica por qué Althusser considera la fundación de una ciencia como un punto de “no-retorno”, es decir, irreversible.

Este punto de vista sobre la ideología es claramente explicado por Althusser en un texto posterior, el del prefacio a la segunda edición española de Pour Marx:

Lo que es tratado en la oposición ciencia/ideología concierne a la relación de ruptura entre la ciencia y la ideología teórica en la cual era “pensado”, antes de la fundación de la ciencia, el objeto del que ella da conocimiento. Esta “ruptura” deja intacto el dominio objetivo, social, ocupado por las ideologías (religión, moral, ideolo­gías jurídicas, políticas, etcétera). En este dominio de las ideologías no teóricas, hay muchas “rupturas”, pero ellas son políticas (efectos de la práctica política, de los grandes hechos revolucionarios) y no epistemológicas. [145]

Aquí se distingue entre la ideología teórica, como lo pre científico, que no se refiere al terreno social, y las ideologías no teóricas del dominio social. Para la primera, la ruptura es epistemológica, para las otras, las rupturas que aparecen son, por el contrario políticas.

En cuanto se refiere al concepto de “ciencia”, Althusser no ofrece tampoco una definición clara y explícita. Esta noción normalmente es precisada por su oposición radical a la de “ideología”. En ocasiones esta noción es abordada por el lado de su génesis: la ciencia emerge por la acción de transformación de un trabajo teórico sobre el terreno que ocupaba anteriormente la ideología teórica; toda ciencia es, en ese caso, la ciencia (verdad) de la ideología (error) de donde ella surge. [146] Así concebida, la cien­cia es una práctica teórica que produce conocimientos. En tanto que práctica, se ejerce sobre una materia prima teórica, (o Generalidad I), la cual procede a la “crítica de los ‘hechos’ ideológicos elaborados por la práctica teórica ideológica anterior; [147] transformada a su vez por medios de producción teóricos (Generalidad II), y cuyo producto es un objeto teórico u “objeto de conocimiento” (Generalidad III). [148] La ciencia, tal como Althusser lo dirá más tarde, [149] es el resultado del “hecho teórico” que es el corte con la ideología, como oposición de la verdad al error. En este esquema está excluida, en consecuencia, toda intervención de factores histórico-sociales en cuyo interior tiene lugar la producción de conocimientos.

b. El “corte epistemológico”. Regresamos ahora a nuestro tema, a la noción misma de “corte epistemológico”. Para dar cuenta de la naturaleza de las formaciones teóricas y de su historia fue necesario introducir, nos dice Althusser, dos conceptos, el de “problemática” y el de “corte epistemológico.” [150] Estos conceptos, en­contrándose en Marx mismo, sólo lo están en estado práctico. El concepto de “problemática” fue introducido “…para designar la unidad específica de una formación teórica y, en consecuencia, el lugar de asignación de esta diferencia específica”. El concepto de “corte epistemológico” “… para pensar la mutación de la problemática teórica contemporánea de la fundación de una disciplina científica”. [151] Estos dos conceptos son, de hecho, correlativos en la utilización que hace de ellos Althusser. El concepto de “problemática” pone en evidencia “la estructura sistemática típica que unifica todos los elementos del pensamiento”. [152] Designa la unidad constitutiva de todos los elementos de una formación teórica. Es “… el sistema de referencia interna objetivo de sus propios temas: el sistema de cuestiones que dirigen las respuestas dadas…”. [153] Así, la ideología pre-científica se distingue de la ciencia por su diferente “problemática” a pesar de que ambas son sistemas teóricos estructurados. Su incompatibilidad se manifiesta en el hecho de que los elementos de un sistema no pueden aparecer en el otro. Su sentido, pues, le es siempre propio y no podría ser encontrado en ninguna otra problemática.

De lo anterior se desprende que aquí estamos en presencia de estructuras heterogéneas en sus respectivas problemáticas. El paso de una a otra no puede realizarse sino por una ruptura total. Es, pues, el concepto de “corte epistemológico” el que destaca la emergencia de la ciencia en tanto que sistema teórico por su nueva problemática y la novedad surge por oposición con su predecesor. En la teoría general de la historia de las ciencias este concepto es central, es el único capaz de pensar la esencia de los acontecimientos teóricos. “La inteligencia de Marx [pero también de Galileo o Lavoisier en tanto que ellos también fueron fundadores], del mecanismo de su descubrimiento, de la naturaleza del corte epistemológico que inaugura su fundación científica, nos envía pues a los conceptos de una teoría general de la historia de las ciencias.” [154] Y Althusser piensa que ya Engels dio lo que él llama “la primera visión teórica del concepto de corte: esta mutación por la cual una ciencia nueva se establece sobre una nueva problemática, a distancia de la antigua problemática ideológica”. [155] Este concepto de “corte”, Althusser lo caracteriza como una condición formal para la historia teórica, o más precisa­mente, en “la historia de lo Teórico [156] (Ciencia y Filosofía). En el mismo sentido: cambiar la base teórica, cambiar la problemática es lo que constituye una revolución teórica. De esta manera, el “corte epistemológico” es el concepto por el cual es reflejado el hecho o acontecimiento teórico que es una revolución teórica en la historia del conocimiento. [157]

Como se puede ver ahora, el paso de la ideología a la ciencia se efectúa sobre un terreno teórico: todo se pasa en el pensamiento. Por una parte, aquello con lo que se rompe es teórico: “las formas de ‘conocimiento’ constituyen la prehistoria de una ciencia y sus filosofías”. [158] Por otra parte, el “corte” en tanto que es el resultado de un trabajo de transformación “específico”, pone en marcha los medios de producción teórica: los dispositivos teórico técnicos de la “teoría” de una ciencia y su modo de empleo, es decir, el método (Generalidad II). [159] Y, en fin, el acontecimiento mismo del corte y su resultado son igualmente teóricos.

Ahora nos referiremos a las nociones de “teoría” y “práctica” en Althusser. De estas nociones Althusser proporciona definiciones: “por práctica en general entenderemos todo proceso de transformación de una materia prima determinada, en un producto determinado, utilizando medios (de “producción”) determinados”. [160] y por teoría, “… una forma específica de la práctica, perteneciendo ella también a una unidad compleja de la ‘práctica social’ de una sociedad humana determinada. La práctica teórica cae bajo la definición general de práctica”. [161] De las anteriores definiciones se desprende que para Althusser no existe más una distinción real entre teoría y práctica. La teoría no es, de hecho, sino una “práctica teórica”, cuya especificidad consiste en el objeto que le es propio (“representación, conceptos, hechos”), y en su producto propio: un conocimiento. [162] Ahora bien, la práctica teórica comprende no solamente a la práctica teórica científica, sino también a la práctica teórica pre-científica (ideológica). [163] Así, generalizado este concepto de práctica, hasta el punto de incluir a la teoría, desaparece de hecho toda diferencia entre teoría y práctica. La teoría no es más reproducción en el pensamiento del objeto, sino un proceso específico de transformación del objeto y, como tal, una práctica (teórica).

En la tradición de la filosofía marxista, la categoría de “práctica” jugaba un papel gnoseológico en su relación con la “teoría’, en tanto que instancia de verificación. Ahora bien, Althusser modifica esta concepción para afirmar “la autonomía de la práctica teórica” y la “interioridad” de sus criterios de validación: “… la práctica teórica posee ella misma su propio criterio, contiene en ella los protocolos definidos de validación de la calidad de sus productos, es decir, los criterios de la cientificidad de los productos de la práctica científica”. [164] A1thusser sostiene que tal es el caso de las ciencias, las cuales”… no tienen necesidad de la verificación por parte de prácticas exteriores para declararlas ‘verdaderas’, es decir, conocimientos, los conocimientos que producen”. [165] Así, Althusser reafirma que la práctica teórica, y en consecuencia todo el proceso implicado en el “corte epistemológico”, se pasa al nivel del pensamiento, al nivel del conocimiento. Esta autonomía total con la cual la “práctica teórica” está revestida, hace que toda determinación de las “prácticas no-teóricas” sobre la “práctica teórica” sea innece­saria en la explicación de su movimiento, o, mejor, auto-movimiento.

Separando la ideología teórica de la ideología no-teórica, Althusser había establecido un abismo entre teoría y práctica. Con sus netas distinciones entre “práctica teórica” (cuyos efectos son teóricos al interior de la ideología teórica y de la Teoría o Ciencia) y práctica política (cuyos efectos son políticos y no epistemológicos en las ideologías no-teóricas), no se encuentra posibilidad de unir a ambas. Por lo que se refiere al “corte”, todo acontece en el nivel epistemológico entre el momento precientífico y el momento científico. La historia real, las ideologías no teóricas (prácticas) y la práctica política (y las demás formas de la práctica social), se encuentran ausentes en todo 10 relativo al paso de la ideología a la ciencia. Es en esto que consiste el teoricismo reprochado a Althusser y más tarde por él mismo reconocido. Teoricismo que, por supuesto, conducía a dificultades. Algunos problemas no pueden ser resueltos como conviene en una teoría “coherente” de la historia de las ciencias: por ejemplo, los lazos existentes entre teoría y práctica, el “motor” del desarrollo científico, el “juicio” que se formula sobre la cientificidad de las ciencias del pasado, etcétera.

c. Algunos problemas para una historia teoricista de las ciencias. Antes de abordar el esfuerzo autocrítico de Althusser veamos los problemas anteriormente mencionados para damos cuenta de sus consecuencias, y examinar después si la autocrítica aporta las so­luciones convenientes. En lo que se refiere a la relación de la ciencia con su pasado el problema que se plantea es el siguiente: ¿cómo se debe juzgar a las etapas del desarrollo científico que quedaron atrás? Según nuestro autor la ciencia “nace” del corte con su pasado ideológico; entonces, la ciencia carece de un “pasado científico” propiamente dicho, pues si tuviera alguno éste se revelaría como “ideológico”. Dada la separación tajante que Althusser ha introducido entre ciencia e ideología, una teoría es científica sólo si, hablando con propiedad, carece de pasado. Consecuencia que, a pesar de todo, está contra la historia efectiva de las ciencias y, además, compromete a la ciencia actual: en efecto, si el pasado de una ciencia es la ideología de la cual hay que desembarazarse, la actividad contemporánea y la futura de la ciencia, una vez que, a su turno, hayan sido sobrepasadas, serán reducidas a un conjunto de mistificaciones ideológicas. Todo el pasado científico no sería, así, visto sino como la pre-historia ideológica y de ninguna manera como un saber.

Todas las ciencias muestran múltiples vínculos existentes entre la teoría y la práctica; vínculos que se evidencian no sólo en los efectos que las teorías científicas producen en las prácticas sociales y en la historia real, sino igualmente en el condicionamiento que estas últimas ejercen en la constitución misma y luego en el desarrollo de las teorías científicas. Althusser, al reducir el acontecimiento complejo que es el nacimiento de una ciencia a un acontecimiento exclusivamente teórico, ¿puede explicar cómo se realiza en un momento determinado de la historia el paso de la ideología a la ciencia? ¿De dónde viene la exigencia y la necesidad de la ruptura en la continuidad de la ideología? ¿ De ella misma? ¿Del exterior? ¿Cómo podría la teoría “autónoma” dar cuenta de la necesidad de su movimiento intra-teórico?

La acusación de teoricismo cobra sentido en virtud de estos problemas. Como dice Sánchez Vázquez la concepción del “corte epistemológico” es teoricista por la exclusión que hace de las prácticas sociales y de la historia real. De ahí, pues, la incapacidad del “corte” para explicar su propio advenimiento y su imposibilidad para explicar el pasado científico.

Finalmente, es de este teoricismo que surge el rechazo para aceptar que es a la práctica a quien incumbe presentar las exigencias (en última instancia) a la teoría, así como dar cuenta del “corte” mismo y de la autonomía -relativa- de la teoría.

2. Segunda fase: la autocrítica de Althusser

El esfuerzo autocrítico de Althusser se desarrolló en dos fases. La primera anunciada desde la Advertencia a la segunda edición de Lire le Capital y presente de manera implícita en el “Cours dephilosophie pour scientifiques [166] y en Lénine et la philosoPhie. [167] La segunda, comprende la autocrítica explícita de Althusser expresada en su Réponse a John Lewis. [168] Y en sus Eléments d’autocritique. [169] Althusser, en un primer momento, pretende haber ido más allá de su teoricismo inicial por la vía de la introducción de la práctica política en el seno de la TeorÍa (filosofía). En la “Advertencia” ya citada, Althusser declara:

Tenemos ahora todas las razones para pensar que una de las tesis . . . sobre la 11aturaleza de la fitosofía expresa,…, una tendencia “teoricista” cierta… Definir a la filosofía de manera unilateral como teoría de las prácticas teóricas (…) es una fórmula que sólo provoca efectos y ecos teóricos y políticos, ya sean “especulativos” ya sean “positivistas”. [170]

Así, lo que Althusser somete ahora a un cuestionamiento es la naturaleza de la filosofía definida en términos “positivistas” (haciendo de ella la Ciencia de las ciencias). Sin embargo, el alcance de este cuestionamiento no es muy amplio, ya que en la misma ‘Advertencia” Althusser precisa que el error de esa definición no afecta a sus análisis precedentes, y que se trata tan sólo de un problema de “rectificación de terminología” y de “corregir la definición de filosofía”.

En trabajos posteriores amplió el alcance de su intención autocrítica, asignándole a la filosofía una relación con la práctica y un nuevo papel: la demarcación entre ciencia e ideología. En Philosophie et philosophie spontanée des savants, pone en relación a la filosofía con la práctica política. La filosofía -nos dice- no produce conocimientos (Thése 13), sólo formula tesis que son “justas” o no (Thése 2), porque tales tesis están, ante todo, en una relación con la práctica. Las tesis filosóficas no poseen criterios de validación internos y su ‘justeza” está dada por su conformidad con posiciones de clase. Su función específica es la “…de trazar una línea de demarcación entre lo ideológico de las ideologías por un lado, y lo científico de las ciencias, por el otro” (These 20). Dejaremos a un lado este ajuste a la noción de filosofía que parece hacer de ella un super-saber (a partir de posiciones de clase) que interviene en la teoría, para ver en la segunda fase de la autocrítica lo relativo a la ciencia y al “corte”.

a. La política al seno de la Teoría. En Lénine et la philosophie, Althusser coloca como punto nodal de la filosofía su relación con la política: La filosofía representaría a la política en terreno de la teoría”, para ser más preciso: en las cien­cias y viceversa [171] En la Réponse a John Lewis y de forma matizada, Althusser propone como definición de la filosofía la fórmula siguiente: “la filosofía -es, en última instancia, lucha de clases en la teoría”. [172] Así, Althusser pretende haber eliminado el teoricismo que afectaba a sus posiciones iniciales, reconociendo ahora el error de haber considerado a la filosofía como una ciencia, es decir, como un comienzo y con una historia. [173] La filosofía no tiene una función cognoscitiva, ella es, “en última instancia, lucha de clases en la teoría”, e interviene para demarcar a la ciencia de la ideología. Antes A1thusser dejaba fuera a la práctica en el advenimiento del “corte”, Ahora, por la interposición de la filosofía (la filosofía marxista, resultado ella también de una revolución filosófica) la práctica está presente, puesto que el “corte epistemológico” está dirigido por la revolución filosófica (materia­lismo dialéctico), y ésta, determinada, a su vez, por la evolución política (de Marx en el caso de la fundación do! materialismo histórico) :

Si se comparan la evolución politica y la evolución filosófica del joven Marx, se observa: 1) que su evolución filosófica está dirigida por su evolución política y 2) que su descubrimiento científico (el ‘corte’) está dirigido por su evolución filosófica. [174]

Ahora bien, la utilidad de esta nueva distinción entre “revolución filosófica” y “corte epistemológico” no se ve cuál pueda ser, pues, finalmente, se repiten, [175] Aquello con lo cual la filosofía y la ciencia rompen es, en ambos casos, la ideología, y en tal sentido su distinción se borra. Además, estas rupturas en todo caso, continúan siendo concebidas como rupturas teóricas solamente (paso de la ideología teórica a la ciencia en un caso, y de una filosofía a otra filosofía, en el otro). Todo esto no implica cambio alguno para los estatutos de la teoría y de la práctica.

De lo que precede retendremos, sin embargo, el esfuerzo hecho por Althusser para introducir la práctica, es decir, el elemento extra teórico, en el “corte” mismo, Lo hizo por la vía de la introducción de la práctica política, primero en la filosofía y, después, asignándole a la práctica política un papel en el paso de la ideología a la ciencia

b. De nuevo sobre el “corte”. En sus Elémftnts d’autocritique Althusser retorna el tema del “corte” para hacer frente a la ausencia de la historia real en el “corte epistemológico” mismo. Lo que él ha reconocido para la filosofía (la relación con la práctica) desea, ahora, otorgárselo también al proceso de fundación científica.

El hecho histórico de la fundación de una ciencia, en la primera fase de Althusser, no había sido comprendido en toda su dimensión social, política, ideológica y teórica; sólo había sido considerado como un hecho teórico limitado (en el caso de Marx, al “corte” observable en sus obras a partir de 1845):

Haciendo esto, me vi envuelto en una interpretación racionalista del ‘corte’, oponiendo la verdad al error bajo las especies de la oposición especulativa de “la” ciencia y de “la” ideología en general. de este escenario racionalista especulativo, la lucha de clases se encontraba prácticamente ausente. [176]

Pero, previene Althusser, el “corte epistemológico” no es única­mente una ilusión, pues la oposición entre la verdad y el error es “objetivamente” uno de los síntomas del nacimiento de una ciencia. [177]

Así, en una oposición dialéctica entre la ciencia y la ideología, y por recurrencia, la pre-historia de una ciencia aparece claramente como un “tejido de errores” (Bachelard), aún cuando se puedan detectar en él algunas verdades parciales. En consecuencia, no bastaba el mero reconocimiento del “corte”, se necesitaba también explicar “lo que comandaba” al “corte” y, en el marco inicial, esto no era posible ni pensado ni expresado, [178] reconocer Althusser.

Así, a la inconsistencia del teoricismo inicial, Althusser opone ahora otra explicación de lo que determina el advenimiento del “corte” y al “corte” mismo. En primer lugar, Althusser modifica la concepción del “corte”; ya no se trata de un “hecho teórico” y se convierte en “un hecho teórico-histórico” (“Histórico: puesto que se trata de un acontecimiento de alcances históricos”). [179] Esto es, la emergencia de una ciencia en el interior de la historia teórica.

Por otra parte, reconoce que una ciencia “sale” normalmente de su pre-historia ideológica mediante el “concurso imprevisible, increíblemente complejo y paradójico, pero necesario en su contingencia, de ‘elementos’ ideológicos, políticos, científicos (provenientes de otras ciencias), filosóficos, etc.” [180] Ahora bien, se puede observar que a pesar de la introducción de factores históricos (de la historia real), el “corte” no es concebido como un acontecimiento de la historia real, determinado –por presiones extra-teóricas (prácticas) y cuyos efectos actuarían, a su vez, sobre tales “presiones”, No, al “corte'” se le sigue concibiendo como “un acontecimiento histórico en sentido fuerte, ‘pero que concierne a la teoría, y en la teoría”. [181] Lo mismo es expresado en la afirmación de Althusser de que el descubrimiento de Marx es el mayor acontecimiento de la historia “del conocimiento [182] (el cual tuvo importantes consecuencias políticas). Ahora bien, a nosotros nos parece que tal como los concibe Althusser, la presencia de esos factores es totalmente externa al “corte”, ya que se les percibe por sus consecuencias políticas, ideológicas u otras producidas, y permanecen sin vínculo esencial con la teoría. Y el “corte”, en cuanto tal, no ha dejado el terreno teórico.

“Por último, Althusser menciona otra “forma” por la que una ciencia “sale” de su prehistoria, por ella misma: “Rechazando todo o parte de su prehistoria, calificándolas de erróneas, de errores”. [183] Esta otra vía, interna, hace del “corte”, ‘nuevamente, un hecho teórico, epistemológico. Es una vía que restablece la oposición ideología-ciencia (calificada páginas atrás de “especulativa”) como oposición entre error y verdad. Por otra parte, aquí se hace intervenir la idea de que la ciencia puede retener una parte de su pasado al intervenir el “corte”, pero resulta difícil de concebir tal, si el pasado de una ciencia continúa portando en sí la negatividad de su carácter ideológico, el cual, por definición, posee una “problemática” y una “estructura teórica” propias (ideología teórica).

Así, pues, aparece de nueva cuenta la tesis que autonomiza a la teoría en el proceso cognoscitivo, y que le asigna un criterio interno de validación (el de su propia práctica: “práctica teórica”), En consecuencia, el teoricismo regresa, y con él, la noción de “corte epistemológico” como “hecho teórico” que interviene entre personajes que son ellos también teóricos. El estatuto de la ciencia, en esta perspectiva, es forzosamente el de la autonomía y la suficiencia. Nuevamente es de la ciencia “pura” de lo que se trata, no mezclada de elemento heterogéneo alguno en su formación, tampoco en su desarrollo ni, menos aún, en su contenido.

El teoricismo no puede desaparecer en Althusser mediante el juego, poco claro, de las condiciones externas e internas, si entre ellas ninguna relación es concebida. O bien son los factores internos los que actúan (solución elegida por Althusser), y entonces se da una explicación teoricista, o bien son los factores externos (solu­ción rechazada por Althusser), y entonces la ciencia resulta” ‘expresión’ de la historia real”. [184] Una solución dialectizada entre estos factores no es considerada por Althusser.

En conclusión, si teoricismo significa el primado de la teoría sobre la práctica, este sobrevivió pese a todos los esfuerzos realizados por Althusser. No llegó a fusionar en una unidad a la teoría y a la práctica. Por lo que hace a la historia de las ciencias, en consecuencia, ningún “lugar” le es asignado a la historia “real” en la historia del conocimiento.

III. Un nuevo papel para la historia de las ciencias en la obra de Thomas S. Kuhn

Thomas S. Kuhn es el autor de una explicación no continuista que ha marcado a la epistemología y a la historia de las ciencias desde hace 20 años. Desde su punto de vista, el estudio del crecimiento de nuestros conocimientos corresponde a la historia de las ciencias, y ella no podría ser una historia continuista. Es la actividad “normal” de la ciencia la que da cuenta de la historicidad de ésta, pues explica el proceso que conduce a las “crisis revolucionarias” y al cambio de paradigmas” de la investigación. Comprendiendo el carácter de la “ciencia normal” se puede, entonces, entender lo que significaba “pensamiento científico” en una época anterior; se puede, también, explicar la transición entre las dos diferentes visiones que del mundo se hacen los científicos durante una revolución científica; o, inclusive, descubrir la naturaleza de la comunidad científica, es decir, la que define los problemas legítimos y los métodos científicos en todo momento de la historia de una ciencia.

Este tipo de explicación -que será ampliado por el mismo Kuhn dentro de esta Antología [185] se caracteriza por el papel que con­cede a los factores psicológicos y sociales que actúan en las comunidades científicas durante el proceso de aceptación del nuevo “paradigma” de investigación. La teoría de Kuhn se ha encontrado en el centro de un largo debate, rechazada a veces, y otras bien acogida, e incluso ampliada a las ciencias sociales. Sus ideas fueron expresadas originalmente en su libro The Structure of Scientific Revolutions, publicado en 1962. [186] Posteriormente, las críticas que le fueron dirigidas [187] le dieron la ocasión de proceder a ciertas precisiones y modificaciones de sus puntos de vista. [188] La obra de Khun, y el debate que generó, han contribuido durante los últimos años a desarrollar la teoría de la historia de las ciencias. Entre los efectos más notables estuvo su insistencia en que no es fácil ignorar los aspectos “externos” en la explicación del cambio científico. Las siguientes unidades desarrollarán éste y otros tópicos de las preocupaciones contemporáneas de la historia de las ciencias.

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[1] Aun cuando es cierto que las ciencias, tal y como fueron conocidas en el siglo XVIII, encuentran su origen en la mirada mítica que se dirigió al Renacimiento, y si en el ejemplo de la astronomía, Capérnico es el heredero de Aristóteles y de Ptolomeo, puesto que él comenzó donde éste último se había detenido, no es posible concluir de este hecho la inexistencia de la ciencia astronómica durante los trece siglos que los separan. De hecho, y como ha sido mostrado por los historiadores (ver, por ejemplo, The Copernican Revolution. Planetary Astronomy in the Development of Western Thought, Harvard University Press, 1977, pp. 100 y ss. de Thomas S. Kuhn), existió una actividad intensa aunque espasmódica, que jugó un papel esencial en la preparación, la concepción y la aceptación de 10 que suele llamarse la Revo¬lución copernicana. Luego vendremos al papel que juegan tales factores en una revolución científica. (volver al texto)

[2] Jacob Burckhardt, La civilisation de la Rennaissance en Italíe, tome l. Paris, Editions Gouthier, 1958, p. 133. (volver al texto)

[3] ibid. p, 131. (volver al texto)

[4] Th. Kuhn, op. cit. p. 127. (volver al texto)

[5] Ibid., p. 128. (volver al texto)

[6] Ibid., p 132. (volver al texto)

[7] La reviolution astronomique, Paris, Hermann, 1974, pp21 y 25. (volver al texto)

[8] Una edición en inglés, francés, alemán, ruso y polaco. Con notas y comentarios. fue publicada con motivo del quinto centena­rio del nacimiento de Copérnico por la Academia Polaca de Cien­cias en 1973. editada por Jerzy Dobrzycki y comentada por Edward Rosen. (volver al texto)

[9] Histoire de l’ astronomie moderne depuis la. fondation de l ‘ecole d’Alexandrie jusqu’ á l’époque du MVCCXXX, 3 vols.. Pa­r i s, 1779. t o m e I , livre 9, 1 I l. p. 337 . (volver al texto)

[10] Ibid., Discours VI (Résumé général). 1ere. Partie, p. 320. (volver al texto)

[11] Ibid., p. 321. (volver al texto)

[12] Encyclopédie ou Dictionnaire. raisonné des science, des arts et des métiers, Paris, 1751, XXVI. (volver al texto)

[13] Oeuvres de. Condillac., Paris, 1798, tome VI, XIV, 7. (volver al texto)

[14] Oeuvres de. Turgot, Paris, 1798, tome VI, XIV, 7. (volver al texto)

[15] Pernoud, Régine, Histoire de la Bourgoisie en France, vol. 11, ch. 3 (la noblesse de la Robe), Paris, Editions du Seuil, 1962. (volver al texto)

[16] “Du systeme. du monde, dans les principes de la gravitation universele”. Suites des memoires de mathématiques, et de physique, tirés des registres de l’ Académie Royale de Sciences de l’année MVCCXLV, leído el 15 de noviembre de 1747,1. 11, p. 465. (volver al texto)

[17] Op. cit. I1, 12 , XLII, p. 560. (volver al texto)

[18] Oeuvres de Fontenelle, nouvelle édition, Paris, Bastian, 1790, tome VI, p. 43. (volver al texto)

[19] Ibid. pp. 73-74. (volver al texto)

[20] Gaxotte, Histoire des Francaice, 11, p. 189, citado por Pernoud R., Op. cit. c¡t. p. 253. (volver al texto)

[21] “Préfase” de los Eléments de la géometrie de l’nfini, op.cit., p. 43. (volver al texto)

[22] Georges Canguilhem, Etudes d’Histoire et de Philosophie des Sciences, Paris, Vrin, 1975, pp. 54- 56. (volver al texto)

[23] “Car étant donné que toutes 1es sciences ne sont rien d’autre que la sagesse humaine, qui demeure toujours une et toujours la meme si différents que soient les objets auxquels elle s’applique…? Descartes : Régles pour la direction de l’esprit, Œuvres et Lettres, Gallimard, 1953, Régle I, p. 37. (volver al texto)

[24] I.B. Cohen constata (in “The Eighteenth Century Origins of the Concept of Scientific Revolution”, Journal of the History of Ideas. vol. XXXVII, no. 2″ pp. 257-288 ) que en la literatura de este period el “terme ‘revolution’ does not appear in relation to scientific change prior to Eighteenth century…” y este hecho no debe ser inesperado pues “ ‘ revolution’ did not begin to come into general use -even in the discourse of politics- until after the Glorius Revolution of 1688″ (p. 267). El siglo XVI no conoció revoluciones en gran esca1a o revoluciones nacionales, mientras que el siglo XVII en Gran Bretaña fue el testigo de acontecimien­tos y de movimientos sociales y políticos que más tarde fueron llamados “the English Revolution”. Ahora bien, fueron justamente estos eventos sociales y políticos los que aportaron los ejemplos o modelos conceptuales para la noción de “revolución” en el siglo XVIII, en el sentido “… of a drastic or even sudden secular change” “this fact is mirrored in the failure to find an example of a couling of ‘Science’ and ‘revolution’ dating earlier about 1700” (p. 264). A partir de esa fecha el concepto “revolución” es aplicado a un campo ampliado que ahora comprende también lo so­cial, la política, la economía, así como las actividades intelec­tuales, culturales o científicas. (volver al texto)

[25] Einstein y el conflicto de generaciones, Paris, P.U.F., 1978, p. 158. (volver al texto)

[26] I.B. Cohen, op. cit. p. 288. (volver al texto)

[27] Op. Cit. p. 52. (volver al texto)

[28] Y. Be1ava1, Leibniz critique de Descartes, Paris, Ga11imard, 1 960, pp. 126-127. (volver al texto)

[29] Y. Belaval, op. Cit., pp. 126-127. (volver al texto)

[30] Los principios que permiten la deducción del conocimiento deben ser “…si clairs et si évidents que l’esprit humain ne puisse douter de leur vérité lorsqu’il s’applique avec attention à les considérer?, Principes de la Philosophie (lettre de l’auteur à celui qui à traduit le livre) in Descartes Oeuvres et lettres, op. cit., p. 558. (volver al texto)

[31] Régles pour la direction de l’esprit, III, in Descartes Oeuvres et lettres, op. cit., pp. 42 y 43. (volver al texto)

[32] Ibid, Régle II, p. 40. (volver al texto)

[33] Principes, loc. Cit., p.565. (volver al texto)

[34] Régles, III, op. Cit., p. 44. (volver al texto)

[35] “Par histoire j’entends tout ce qui est déjà inventé et qui est contenu dans les livres. Mais par science j’entends l’habili­té à resondre toutes les difficultés et, par là à découvrir, par son ingéniosité propre, tout ce qui, en cette science, peut etre découvert par un esprit (ingenio) humain: qui possède cette science ne désire vraiment rien de plus et, par suite, est appelé dans tonte la vérité du terme, autárkis”. Carta a Hogelande, 8 de febrero 1640, Oeuvres édition de Ch. Adam et P. Tannery, Paris 1897-1913, Supplément, pp. 2-3. (volver al texto)

[36] Discours de la méthode, IV, in Descartes Oeuvres et Lettres, op. cit., pp. 167-179. (volver al texto)

[37] Leibniz, Meditationes de Cognitione, Veritate et Ideis, in Leibniz Opuscula philosophica Selecta, Paris, Vrin, 1966, p. 14. Igualmente in Animadversiones in partem generalem Principiorum cartesiorum, op. cit., p. 31. (volver al texto)

[38] Ibidem. (volver al texto)

[39] “La historia humana comprende: la historia universal de los tiempos, la geografía de los lugares, la búsqueda de Antigüedades (medallas, inscripciones, manuscritos, etc.), la filología (en particular 1a etimología), la historia literaria (es decir, las letras propiamente dichas, las de las Artes y las de las Cien­cias), la historia de las costumbres y la de las leyes positivas, 1a historia de la re1igión y la historia ec1esiástica”. Y. Be1aval, op. cit., p. 101. En la nota no. 3, p. 111 se agrega: “la historia del género humano debe ser completada con la historia de la Tierra -a la cual se dirigen las observaciones e hipótesis de la Protogea- y del Cielo. (volver al texto)

[40] Nouveaux Essais sur l’entendement humain, Paris, Garnier Flammarion, 1966, p. 461. (volver al texto)

[41] Ibid, capítulo xx (sobre el error), libro IV. (volver al texto)

[42] Leibniz, carta a Remond del 26 de agosto de 1714, tomada de Y. Belaval, op. cit. p. 118. (volver al texto)

[43] Animadversiones in partem…, op. cit., “sur la seconde partie, sur I’art. 45”, p. 51. (volver al texto)

[44] Hemos tratado este punto en: Juan José Saldaña, “Lógica y metodología científica en Leibniz”, Cathedra, 3, 1975, pp. 39-57. (volver al texto)

[45] Tomado de Y. Belaval, op. cit., p. 534. (volver al texto)

[46] Leibniz, “Discours touchant la méthode de la certitude et l’art di inventer”, Die philosofichen Schriften von Gottfried Wilhelm Leibniz, herausgegeben von C. I. Gerhardt, vol. VII, 1961, pp. 180, 181 y 182. (volver al texto)

[47] Histoire de l’Academie, in Oeuvres, op. cit., p. 73. (volver al texto)

[48] Op. cit., III, Discours VI, p. 321. (volver al texto)

[49] Ibid, I,9, III, p. 337. (volver al texto)

[50] Ibid., II, 12, XLII, p. 560. (volver al texto)

[51] Ibid, II, I, I, p. 3. (volver al texto)

[52] Op. Cit., T. II, p. 89. (volver al texto)

[53] En el artículo “Expérimental”, Encyclopédie, op. cit. (volver al texto)

[54] Op . cit., 1, 9, I I I, p. 337. (volver al texto)

[55] Op. cit., II, p. 277. (volver al texto)

[56] Op. cit., T. VI, p. 299. (volver al texto)

[57] Carta a Bernoulli de1 20 de agosto de 1713, in Essai d’Analyse sur les jeux d’hasard, Paris, 1713, p. 399. (volver al texto)

[58] Histoire des progrès de l’esprit humain dans les sciences exacts et les arts qui en dépendent, Paris, 1756, préface, pp. VII-VIII. (volver al texto)

[59] Prefacio “Sur I’utilité des mathématiques et de la physique, et sur les travaux de l’Académie des sciences”, in Oeuvres, t.VI, p. 75. (volver al texto)

[60] Systéme des connaissances chimiques et de leurs applications aux phénoménes de la nature, et de l’art, Paris, An IX, Discours Préliminaires, p. 1. (volver al texto)

[61] “Il y a un ordre qui régle nos progrés”, Préface des Elements de ka Géométrie de l’infini, op. cit., p. 42. (volver al texto)

[62] Histoire des Mathématiques, Paris, nouvelle édition, An VII,t. 1, p. 11. (volver al texto)

[63] Prefacio de Fontennelle a Analyse des infiniments petits, del Mr. le Marquis de I’Hospital, 1781, pp. IX-XIII. (volver al texto)

[64] G. Canguilhem, op. cit., p. 21. (volver al texto)

[65] Dutens, Recherches sur l’origine des découvertes attribués aux modernes, Paris, 1766, p. 8. (volver al texto)

[66] Ibid., p. 6. (volver al texto)

[67] Ibid, p. 9. (volver al texto)

[68] P. Duhem, Le Systeme du Monde, t. I. Paris, Hermann, 1913, p. 111. (volver al texto)

[69] Duhem, La théorie physique, son object-sa structure, 2a. edición, reproducción facsimilar, Paris, Vrin, 1981, p. 337. (volver al texto)

[70] Ibid., p. 384. (volver al texto)

[71] P. Duhem, Le Système du monde., op. cit., t. I p. 8. (volver al texto)

[72] V. “SO???? ?? F????????” Essai sur la notion de Théorie Phsyque de Platon á Galilée, Paris, Hermann, 1908; L’évolution de la mécanique, Paris, 1902. Les Précurseurs parisiens de Galilée, Paris, 1913. (volver al texto)

[73] Etudes Galiléennes, París, Hermann, 1966, “la physique classique, sortie de la pensée de Bruno, de Galilée, de Descartes ne continue pas, en fait, la physique médiévale…”, p. 16. (volver al texto)

[74] A. Koyré, La révolution astronomique, op. cit., p. 84-85. (volver al texto)

[75] Ibid, p.84. (volver al texto)

[76] Prólogo a Nicolas Copernicus On the Revotutions, op. cit., p. XVI. (volver al texto)

[77] A. Koyré, La révolution astronomique, op. cit., p. 85. (volver al texto)

[78] Le Opere di Galileo-Galilei, vol. XII, Firenze, G. Barbera Editore, 1929-1939, p. 171. (volver al texto)

[79] Carta a Dini, Ibid, pp. 297-305. (volver al texto)

[80] Of motion”, The works of GeoJtge Berkely, edited by A. Luce and T.E. Jessop, vol. IV, London, Th. Nelson, 1951, p. 50. (volver al texto)

[81] The science of Mechanics. La Salle: Open Court, 1960, p 577. (volver al texto)

[82] La théorie phsyqe, son objet et sa structure, op. cit., p. 437. (volver al texto)

[83] Ibid., p. 586. (volver al texto)

[84] Como la de Imre Lakatos, por ejemplo. V. La historia de la ciencia y sus reconstrucciones raciona/es, Madrid, Editorial Tecnos, 1974. (volver al texto)

[85] Le nouvel sprit scientifique, París, P.U.F., 1934, p. 53. (volver al texto)

[86] Le valeur inductive de la relativite, Paris, Ed Vrin, 1929, p98. (volver al texto)

[87] ibidem. (volver al texto)

[88] La philosophie du non, París, P.U.F., 1940, p. 9. (volver al texto)

[89] Le rationanalisme appliqué, París, P.U.F.,1949, p. 102. (volver al texto)

[90] Le matérialisme rationnel, París, P.U.F., 3a edición, 1972, p. 207. (volver al texto)

[91] Ibid., p. 103. (volver al texto)

[92] L’activité rationaliste de la physique contemporaine, París, Unían Gé­nérale d’Editions, 1977, p. 40. (volver al texto)

[93] En Etlldes d’histoire et philosophie des sciences, op. cit., p. 176. (volver al texto)

[94] La formation de l’esprit scientifique, Paris, Ed. Vrin, IX edición, 1975, pp. 13-14. (volver al texto)

[95] Le matérialisme rationnel, op. cit., p. 76. (volver al texto)

[96] L’activité rationaliste de le physique contemporaine, op,. cit. p. 40. (volver al texto)

[97] La rationalisme appliqué, op. cit., p. 103. (volver al texto)

[98] ibidem. (volver al texto)

[99] ibidem. (volver al texto)

[100] ibidem. (volver al texto)

[101] Ibidem. (volver al texto)

[102] Ibid., p. 107. (volver al texto)

[103] Ibid., 9. 109. (volver al texto)

[104] Ibidem. (volver al texto)

[105] Ibid., p. 110. (volver al texto)

[106] L’activité rationaliste de la physique contemporaine, op. cit., pp. 34-35. (volver al texto)

[107] Le matérialisme rationnel, op. cit., p. 119. (volver al texto)

[108] Le rationalisme appliqué, op. cit., p. 105. (volver al texto)

[109] “L’esprit ne peut ici s’instruire qu’en se transformant”. “Pour comprendre le sens de la mécanique ondulatoire, …i1 convient de parcourir un long préambule historique. “L’activité rationaliste de la physique contempo­raine, op. cit., P. 32. (volver al texto)

[110] Ibid., p. 38. (volver al texto)

[111] Ibid., p. 36. (volver al texto)

[112] Ibid., p. 37. (volver al texto)

[113] Ibidem. (volver al texto)

[114] “L’actualité de l’histoire des sciences”, Conférence faite au Pa!ais de la Découverte le 20 octobre 1951, fascicule no. 36, Université de Paris, p. 6. (volver al texto)

[115] L’activité rationaliste de la physique contemporaine, op. cit., p. 39. (volver al texto)

[116] “L’actualité . . . “, p. 8. (volver al texto)

[117] Ibid., p. 6. (volver al texto)

[118] Ibid., p. 9. (volver al texto)

[119] Ibidem. (volver al texto)

[120] L’activité…, op. cit., p. 36. (volver al texto)

[121] “L’actualité . . . “, p. 6. (volver al texto)

[122] lbid., pp. 7-8. (volver al texto)

[123] L’activité…, op. cit., pp. 50-51. (volver al texto)

[124] “L’actualité . . .”, op. cit., p. 8. (volver al texto)

[125] Le materialisme rationnel, op. cit., p. 96. (volver al texto)

[126] Le rationalisme appliqué, op. cit., p. 96; igualmente, p. 89 donde se afirma: “le théoréme aurait poétre prévu”. (volver al texto)

[127] L’activité .. ., op. cit., p. 43. (volver al texto)

[128] La formation de l’esprit scientifique, op. cit., p. 239. (volver al texto)

[129] Ibid., p. 241. (volver al texto)

[130] Le rationalisme appliqué, op. cit., p. 132. (volver al texto)

[131] lbid., cap. IlI, pp. 31 Y 64. (volver al texto)

[132] L’activité…, op. cit., p. 17. (volver al texto)

[133] Le materialisrme rationnel, op. cit., p. 86. (volver al texto)

[134] L’activité…, op. cit., p. 21. (volver al texto)

[135] Ibid.. p. 67.

(volver al texto) [136] Ver sus Eléments d’autocritique, Paris Hachette, 1974. Ver también el artículo de Adolfo Sánchez Vázquez “El teoricismo de Althusser (notas críticas sobre una autocrítica)”, Cuadernos Políticos, núm. 3, 1975, donde este autor analiza la evolución del pensamiento de Althusser. Igualmente, del mismo autor: Ciencia y revolución. El marxismo de Althuser , Madrid, Alianza Editorial, 1978. (volver al texto)

[137] Lire le Capital, t. II, Paris, Petite collectíon Maspero, 1975, p. 22. (volver al texto)

[138] Pour Marx, París, Maspero, 1965, p. 31. (volver al texto)

[139] Ibid., p. 24. (volver al texto)

[140] Ibid., pp. 52-53. (volver al texto)

[141] Lire le capital, t. II, op. cit., p. 17. (volver al texto)

[142] L’idéologie stncturaliste, Paris, Editions Antrophos. ColI. Points. núm. 66, 1971, pp. 152-153. (volver al texto)

[143] Structuralisme et marxisme, Paris, Editions Anthropos, 1974, pp. 80-81. (volver al texto)

[144] Ciencia y Revolución, op. cit., caps. 3 y 4. (volver al texto)

[145] La Revolución Teórica de Marx, México, 2a edición, Siglo XXI, 1968, p. X-XI. (volver al texto)

[146] Lire le Capital, t. 1, op. cit., p. 53. (volver al texto)

[147] Pour Marx, op. cit., p. 187. (volver al texto)

[148] Ibid., pp. 187 y 190. (volver al texto)

[149] Elémcnts d’autocritique, op. cit., p. 14. (volver al texto)

[150] Pour Marx, op. cit., p. 24. Este concepto de “corte episterno!ógico”, Althusser declara haberlo tornado de Gastan Bachelard. Pero, en cuanto tal, este concepto no aparece en los trabajos de Bachelard. En la actualidad varios autores están de acuerdo sobre elJo. A. Schaff, por ejemplo, acusa a Althusser de un uso abusivo, en todo caso, de la noción bachelardiana de “ruptura” (in A. Schaff, op. cit., pp. 195 y 196). En efecto, nosotros lo hemos se­ñalado en el capítulo precedente, esta noción posee en Bachelard un sentido bastante distinto: es el paso del conocimiento común al conocimiento científico en las ciencias físicas y matemáticas en la época contemporánea (Cfr. Le rationalisme appliqé, op. cit., p. 102). Considerándola de cerca, la noción de discontinuidad absoluta no pertenece a la “problemática” de Bachelard, ya Que él propugna la ojbetividad de los conocimientos y su progreso continuo. Ahora, inclusive algunos althusserianos reconocen que el emprunt a Bachelard no es sino “une fausse reconnaissance” de Althusser, una distorsión sobre una idea muy general de discontinuidad (Cfr. E. Balibar, “De G. Bachelard a L. Althusser: le concept de ‘coupure’ épistémologique”, Ponencia al Se­gundo Coloquio Nacional de Filosofía, Monterrey, octubre 1977). (volver al texto)

[151] Ibidem. (volver al texto)

[152] Ibidem, p. 63. (volver al texto)

[153] Ibid, p. 64, nota núm. 30. (volver al texto)

[154] Lire le Capital, t. 11, p. 16. (volver al texto)

[155] Ibidem. (volver al texto)

[156] Ibid., p.17. (volver al texto)

[157] Ibidem. (volver al texto)

[158] Pour Marx, op. cit. (volver al texto)

[159] Ibild., p. 188. (volver al texto)

[160] Ibid ., p. 167. (volver al texto)

[161] I bid ., p. 168. (volver al texto)

[162] I bid., p. 175. (volver al texto)

[163] I bid., p 168. (volver al texto)

[164] Lire le Capital, t. I, op. cit., p. 71. (volver al texto)

[165] Ibidem. (volver al texto)

[166] Publicado más tarde bajo el título Philosophie et philosophie spontanée des savants, Paris, Maspero, 1974. (volver al texto)

[167] Lénine et la philosophie suivi de Marz et Lénine devant Hegel, Paris, Petite Collection Maspero, 1975. (volver al texto)

[168] Response a John Lewis, Paris, Maspero, 1973. (volver al texto)

[169] Op. cit. (volver al texto)

[170] Lire le Capital, op. cit., p. 6. (volver al texto)

[171] Op. CIt., p. 42. (volver al texto)

[172] Ibid., p. 11. (volver al texto)

[173] Ibid., p. 55. (volver al texto)

[174] Ibid., p. 57. (volver al texto)

[175] Tal es también el punto de vista de Sánchez Vázquez, op. cit., p. 173. (volver al texto)

[176] 0p. cit., pp. 14 y 15. (volver al texto)

[177] Ibid., p. 46. (volver al texto)

[178] Ibid., p. 49. (volver al texto)

[179] Ibid., p. 24. (volver al texto)

[180] Ibid., p. 28. (volver al texto)

[181] Ibid., p. 18, el subrayado es nuestro. (volver al texto)

[182] Ibid., p. 24. (volver al texto)

[183] Ibid., p. 29. (volver al texto)

[184] Esta apreciación se encuentra en la crítica de Althusser al histori­cismo, V. Lire le Capital, t. I, op. cit., p. 174. (volver al texto)

[185] En su artículo “La historia de las ciencias”. (volver al texto)

[186] Por la University de Chicago Press. Una segunda edición ampliada se publicó en 1970. Existe traducción castellana en el Fondo de Cultura Económica. (volver al texto)

[187] La mayor parte de ellas recogida en Criticism and the Growth of Knowledge, publicada por I. Lakatos y A. Musgrave, Cambridge University Press. 3a. edición con correcciones, 1974. (volver al texto)

[188] V. los artículos “Logic of Discovery or Psycology of Research?” y “Reflections on rny critics” in Criticism and the Growth of Knowledge, op. cit., pp. 1 y 231; también en el “Poscript 1969” que aparece en la edición de 1970 de The Structure of Scientific Revolutions, op. cit., pp.174-210; y en “Second Thoughts on Paradigms” in The Structure of Scientific Theories, F. Suppe (ed), University of Illinois Press, 1974. (volver al texto)

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ciación se encuentra en la crítica de Althusser al histori­cismo, V. Lire le Capital, t. I, op. cit., p. 174. (volver al texto)

[185] En su artículo “La historia de las ciencias”. (volver al texto)

[186] Por la University de Chicago Press. Una segunda edición ampliada se publicó en 1970. Existe traducción castellana en el Fondo de Cultura Económica. (volver al texto)

[187] La mayor parte de ellas recogida en Criticism and the Growth of Knowledge, publicada por I. Lakatos y A. Musgrave, Cambridge University Press. 3a. edición con correcciones, 1974. (volver al texto)

[188] V. los artículos “Logic of Discovery or Psycology of Research?” y “Reflections on rny critics” in Criticism and the Growth of Knowledge, op. cit., pp. 1 y 231; también en el “Poscript 1969” que aparece en la edición de 1970 de The Structure of Scientific Revolutions, op. cit., pp.174-210; y en “Second Thoughts on Paradigms” in The Structure of Scientific Theories, F. Suppe (ed), University of Illinois Press, 1974. (volver al texto)

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enero 14, 2008

Introducción

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1. Teoría de la Historia de las Ciencias.

Introducción Teoría de la Historia de las Ciencias

Juan Jóse Saldaña
INICIO ÍNDICE

Estudio sobre las fases principales de la evolución de la historia de las ciencias.

A. LA NOCIÓN DE CONTINUIDAD
I. La historia de las ciencias como un continuum

1. La Revolución Científica es considerada en el siglo XVIII como una fundación ex nihilo

El modelo de historia de las ciencias continuista fue adoptado bajo la influencia de una filosofía del progreso. Los historiadores de las ciencias buscaban aprehender la esencia de las revoluciones científicas que habían tenido lugar en el pasado (asociadas a los nombres de Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, Newton), y también destacar las revoluciones entonces en curso para mostrar el carácter progresivo de sus propios trabajos.

En el siglo XVIII ya no se teme hacer frente a las nuevas ideas. Si De Revolutionibus de Copérnico había necesitado del prefacio de Andreas Osiander que lo justificó como una “hipótesis matemática”; y si, en cambio, en el siglo XVIII los sabios están conscientes del carácter revolucionario de sus trabajos científicos, es porque la sociedad en la que se desenvuelven ha cambiado también enteramente. Ahora existe un interés por sus trabajos, lo cual no era el caso en el siglo XV. Los intelectuales y los científicos ocupan ahora un lugar en la sociedad y ellos han aportado en alguna medida los medios para lograrlo. Su punto de partida es la concepción de la ciencia que fue desarrollada a partir del Renacimiento, la cual se caracteriza por una visión mítica. La ciencia es, para algunos de entre ellos, el resultado de una constitución ex nihilo por hecho, de la ruptura con Aristóteles y la, Escolástica: para otros, se trató de, una revolución fundadora llevada a cabo durante el siglo XVII por las ciencias físicas y matemáticas, y donde la obra de Newton es su expresión más acabada. En astronomía, sería a Copérnico a quien habría que remontarse.[1]

No fue, en efecto, sino hasta el siglo XIV que van a reunirse las condiciones de existencia de un nuevo medio intelectual. Es, inicialmente, en las ciudades italianas donde se encuentran tales condiciones: “reunión e igualdad efectiva de la nobleza y de la burguesía: formación de una sociedad que experimentaba la necesidad de cultivar su inteligencia y que poseía el tiempo y los medios”[2].

Esta revolución -como Jacob Burckardt la llama- aportó poco a poco “la atmósfera donde vivirán todos los espíritus cultivados de Europa”[3]. Ella haría salir, en un primer momento, a la ciencia de los conventos donde se había refugiado y, en un segundo momento, esta “atmósfera” se enriquecería con una “gran masa de materiales” recogidos de los autores antiguos. Los humanistas primero, y los sabios después, serán los productos de este movimiento. Los estudios filológicos y el conocimiento empírico serán “los métodos’ iniciales, mientras que las matemáticas y el experimento científico vendrán posteriormente.

Este movimiento de “gentes cultivadas” ya ha transformado en profundidad el pensamiento europeo hacia el siglo XVI. Sin embar­go, no se trata entre los humanistas de una lucha para promover una doctrina particular o una filosofía stricto sensu. Más bien, ellos querían oponer su punto de vista anti-aristotélico y antiescolástico al de sus contemporáneos tradicionalistas. Este punto de vista estaba también marcado por su aptitud para recibir los nuevos conocimientos. Esta République des lettres que se interesa por la bonae litterae y cuyos miembros se unen por la sodalitates litterarum. Esta République des lettres se desarrolló al interior de las universidades, pero también, y sobre todo, en su exterior. Sus innovaciones múltiples, la curiosidad y la pasión de conocer de sus miembros están entre los factores que determinaron el declive del sistema universitario medieval a través de Europa. Los humanistas se abrieron una nueva vía al nivel de la enseñanza. Así, en diciembre de 1520, la Academia de Ciencias fue fundada en Padua y otras instituciones similares comenzaron a surgir gradualmente.

El anti-aristotelismo de los humanistas que era algunas veces dogmático -señala Kuhn-, tuvo, pese a ello, repercusiones en el terreno de la ciencia, ya que facilitó una ruptura”… con los conceptos radicales de la ciencia de Aristóteles”[4]. Esta tradición de apertura del pensamiento humanista dominante fuera de las universidades, tuvo también el efecto de fertilizante del pensamiento científico. Lo anterior es puesto en evidencia por los más grandes científicos del Renacimiento (Copérnico, Gali1eo y Kepler), quienes hicieron suyas dos ideas no aristotélicas: “una nueva creencia en la posibilidad e importancia de descubrir regularidades aritméticas y geométricas en la naturaleza, y una nueva, visión del sol en tanto que fuente de todos los principios vitales y de las fuerzas en el universo [5] Esta liberación frente a la autoridad de la tradición constituía el elemento nuevo en el medio intelectual de ese siglo. Copérnico en astronomía encontrará sobre todo en este espíritu de apertura, es decir, fuera de la astronomía misma, las razones que lo persuadieron de la insuficiencia de la astronomía antigua y de la necesidad del cambio, ya que, como lo ha constatado Kuhn, “Hasta medio siglo después de la muerte de Copérnico no ocurrieron cambios potencialmente revolucionarios en los datos disponibles a los astrónomos” [6]. “Copérnico -nos dice Alexandre Koyré- no es un especialista estrecho, un ‘astrónomo’ técnico, sino un hombre profundamente imbuido de la rica y completa cultura de su época, artista, sabio, erudito, hombre de acción: un humanista en el mejor sentido del término”. Y en astronomía., “fue un discípulo, el más grande de los discípulos de Ptolomeo” [7] .

El año 1543, fecha de la publicación del Revolutionibus Orbium Coelestium [8] de Copérnico, fue visto como el símbolo del fin de un mundo y el principio de otro. En el siglo XVIII el historiador de la astronomía Jean Sylvain Bailly consideró a Copérnico, por su “espíritu sedicioso”, como a aquél que “,… desembarazó a 1a humanidad de un largo prejuicio que había retardado todos los progresos”; y porque propuso olvidar “… el movimiento que nosotros no vemos, para creer en aquél que no sentimos”. “Copérnico había percibido la verdadera apariencia del sistema…” [9] . Se trata del comienzo de una época nueva, de un tournant, “de una gran revolución que cambió todo. El genio de Europa se hizo conocer y se anunció en Copérnico” [10] . Esta revolución que constituyó la verdadera fundación de la ciencia moderna se operó –dice Bai1ly – en dos tiempos: primero, 1a “destrucción del sistema de Ptolomeo era un preliminar indispensable” y, después, la construcción de un sistema nuevo; así “esta revolución debía preceder a todas las otras” [11] .

Sin embargo, será sobre todo el siglo XVII el que aportará la prueba de una revolución fundadora de la ciencia moderna. Al principio de este siglo los espíritus cultivados permanecían en parte “humanistas”. El paso de la République des lettres a la République des -savants se efectuó lentamente. Ellos se sabían poseedores de un rico conocimiento. Estos eruditos necesitaban de los métodos que les permitieran preservar y aumentar sus conocimientos en un mundo en que aún la superstición. la religión y las instituciones escolásticas los enmarcaban en un conjunto incoherente. La búsqueda de los métodos que les permitieran la coordinación y la transmisión de los conocimientos acumulados. así como su aplicación a lo que se observaba actualmente. se había convertido en un imperativo. El siglo XVII es el siglo del método moderno: se cree en la lógica como la única capaz. con sus formas y sus categorías. de descifrar al mundo. En 1604 Francis Bacon publicó The Advancement of Learning y en 1620 el Novum Organum Scientiarum. Bacon rechazó como principio metodológico los argumentos fundados sobre la autoridad de los textos. Invitó a los sabios a proceder por la observación y la experimentación sin ocuparse de los obstáculos teológicos que pudieran encontrar en el curso de la investigación. Bacon fue inmediatamente escuchado y su influencia se ejerció en todos los dominios.

Otros, en la misma época, como Comenius. ponían en relieve la importancia de la transmisión de los conocimientos mediante los sistemas pedagógicos apropiados. En Panshophia Prodomus propuso una clasificación enciclopédica y acumulativa de los conocimientos. O. aún otros. como Marsenne y su grupo de mechanistes intentaban crear una ciencia nueva de los fenómenos naturales basada en las matemáticas y en la experiencia. No lo lograrían pues, manteniéndose en casos particulares, no llegarían a formular una teoría general. René Descartes publicó en 1637 Discouse de la méthode que daba las reglas para fundar la totalidad del conocimiento sobre la evidencia racional y para conducir correctamente la razón. En fin, se podrían citar muchos otros trabajos animados igualmente de un interés metodológico, publicados también durante este siglo: Art de penser (Port Roya1), Logica vetus et nova (Clauberg), De intellectus emendatione (Spinoza), Medicina mentis (Tschirnhaus), etc.

Los filósofos y los historiadores de las ciencias del Siglo de las Luces creyeron encontrar en estas investigaciones por métodos fiables y en el abandono de la tradición, el paso a la ciencia verdadera. D’Alambert en su Discours Preliminaire en la Enciclopediae. (1751) saluda al “Canciller Bacon “ y a Descartes por sus radicales innovaciones. Se detiene especialmente en la “gran revuelta” de Descartes, quien mostró a los espíritus inteligentes cómo derrocar el yugo de la escolástica, de la opinión, de la autoridad, al mismo tiempo que preparaba una revolución mucho más difícil de realizar y mucho más esencial que todas aquellas que sus predecesores habían intentado [12] , la de la física newtoniana. En el artículo “Experimetal”, D’Alambert observa que Bacon y Descartes habían introducido “el espíritu de la física experimetal”. Condillac señalaba que “Bacon proponía un método demasiado perfecto para ser el autor de una revolución; Descartes había de lograrlo mejor… [13] Turgot señala que en la historia del pensamiento científico (philosophie) “…Galileo y Kepler echaron con sus observaciones los verdaderos fundamentos de la filosofía. Pero, fue Descartes, más intrépido, quien meditó e hizo una revolución”. 0, aún, sobre el derrocamiento realizado por Descartes: “Gran Descartes: Si no os ha sido dado el hallar siempre la verdad, al menos habéis destruido la tiranía del error” [14].

Cuando la filosofía cartesiana acababa de derrocar a la tradición con sus planteamientos metodológicos, una doble revolución iba a producirse con la física newtoniana por una parte, y por otra parte con el cálculo infinitesimal de Newton y de Leibniz.

A partir de 1650 y hasta el final del siglo el movimiento científico se desarrolló con gran velocidad. El terreno ya estaba listo como hemos visto, gracias al abandono de las teorías feudales clásicas. En ésta época la actividad científica se consolidó sobre todo en Francia y en Inglaterra y la causa principal de este desenvolvimiento fue la existencia de gobiernos estables en estos países, al interior de los cuales la burguesía, entonces en ascenso, tomaba el papel principal o, al menos, un papel importante. En Inglaterra, la Guerra Civil y el impacto social y político que provocó, crearon las mejores condiciones para el desarrollo de la ciencia. En Francia, el más grande y el más rico país de Europa, un desarrollo económico general había permitido a la burguesía (llamada “noblesse de robe”) integrarse al aparato del Estado [15] . Es en el período que va del 166l a 1683 , en la época de Colbert, bajo Louis XIV, que la instauración de la ciencia tendrá lugar en Francia.

A partir de 1660 los científicos encuentran como consecuencia de lo anterior, las condiciones para establecer las formas de organización que hasta entonces les faltaban: las sociedades científicas son fundadas (The Royal Society – 1662; l’Ácadémie Royale des Sciences – 1666; l’Accademia Cimiento – 1651/1667) Y los periódicos científicos empiezan a aparecer: Las Philosophical Transactions de la Royal Society; el Journal des Savants; las Mémoires de Trévoux; Acta Eruditorum. La información y la comunicación sistemática son en lo sucesivo posibles entre los científicos de esta “République des Savants”.

Los Philosophia naturalis principia mathemathica fueron publicados por Isaac Newton, Fellow de la Royal Society, en 1687. Esta obra estableció las leyes de la dinámica gravitacional en un sentido cuantitativo y físico, e introdujo un instrumento matemático fundamental: el cálculo infinitesimal. La ciencia mecánica que resultó se substituyó a la física cartesiana de los “torbellinos” Leibniz (corresponsal regular de la Royal Society) fue confrontado con Newton sobre su originalidad en la invención del cálculo infinitesimal; sin embargo, él había comprendido en tanto que filósofo y en tanto que matemático, el alcance de los descubrimientos de su rival hacia el establecimiento de una nueva imagen del mundo físico y de la ciencia misma. Newton y Leibniz dominaron la vida científica hasta el principio del siglo XVIII, aportando a la vida intelectual europea una dimensión completamente nueva.

Los avances innegables que las ciencias venían de realizar fueron percibidos por las generaciones que siguieron inmediatamente después como una gran revolución en las ciencias físicas y matemáticas: Alexis Claude Clairaut declaró (1747) “el famoso libro de los Principios matemáticos de la Filosofía natural ha constituido la época de una gran revolución en la física”. [16]

Más tarde Bailly afirmaba: “Newton derrocó y cambió todas las ideas. Aristóteles y Descartes compartían aún el imperio. Ellos eran los preceptores de Europa: el filósofo inglés destruyó casi todas sus enseñanzas y propuso una nueva filosofía; esta filosofía ha operado una revolución” [17] .

En matemáticas Fontenelle en sus Eleménts de la géométrie de l’infini (1727) señaló que “…las rutas que acaban de ser abiertas (por el cálculo de Newton y Leibniz) constituían …la época de una revolución casi total acaecida en la geometría” [18] . Fue entonces, en el período que se inicia con la instauración de la “République des lettres” y que se cierra con el advenimiento de la “République des savants”, que el siglo XVIII ve el “tournant” con relación a la Edad Media y cuya consecuencia fue la fundación de la ciencia moderna. Los historiadores del siglo XVIII concederán una gran importancia a este período pues ellos veían en él la manifestación de un progreso cierto y, al mismo tiempo, la esperanza que rendía cuenta de su propio entusiasmo por los trabajos entonces en curso. Fontenelle en la Histoire de l’Académie (1724) y para mostrar la utilidad de las matemáticas y de la física (dentro de su papel de divulgador que era también suyo) hace la observación siguiente: “…las ciencias acaban de nacer …nos hemos colocado en la vía correcta hace apenas un siglo. Si se examina históricamente el camino que ellas ya han recorrido en tan pequeño espacio de tiempo…” y a pesar de todos los inconvenientes con que se han encontrado, “…se vería inclusive a nuevas ciencias salir de la nada y, quizás, se dejarían ir bastante lejos las esperanzas para el porvenir”. “Entre más nos prometemos que será dichoso, más estamos obligados a observar el estado presente de las ciencias como el de la cuna, al menos el de la física” [19] .

Pero este período ha sido igualmente, y simultáneamente, el de la aparición del capitalismo con su nueva composición de la sociedad (burguesía ascendente al inicio y dominante después, nuevas profesiones, papel creciente de los intelectuales en la vida social y en el funcionamiento del Estado, etc.). Ahora, con la organización sistemática de la ciencia en torno a hipótesis generales como las de Newton, y con sus medios teóricos (modelo matemático, lógica de las ciencias, filosofía que medita sobre la armonía del mundo y sobre el progreso humano, etc.), así como la institucionalización y los medios de comunicación científicos desde entonces existentes, los historiadores y filósofos del XVIII encuentran que este período era el del momento en que la acumulación de conocimientos así obtenidos permitía la afirmación del progreso indefinido, lineal, de las ciencias. Este punto de vista, además, era coherente con el racionalismo y el optimismo entonces en boga. Este optimismo encontraba su razón de ser en los hechos. Tal era el caso de Francia que en la segunda mitad del siglo XVIII conocía un estado de prosperidad pública: “setenta años sin invasiones, sin rapiñas, sin destrucciones, sin guerras civiles, sin quemas en la hoguera, sin trastornos interiores, ¿se podrían imaginar condiciones más favorables para el trabajo fecundo?” [20] . Además de la paz que conocía el reino, se asistía a un empuje demográfico, a un conjunto de perfeccionamientos científicos y técnicos y al desarrollo industrial y comercial.

Este optimismo no era únicamente resultado de las condiciones de la vida política, económica y social, sino también de la filosofía elaborada en ese siglo. Formados en este espíritu, los historiadores de las ciencias hacen su aparición para dar a conocer los descubrimientos recientes y conservar así sus efectos revolucionarios. También su propósito era explicar el significado filosófico de tales descubrimientos (“el progreso histórico de las condiciones de afirmación de la verdad”: Canguilhem) a un público surgido de las capas altas de la sociedad y que ahora se interesa por las cuestiones científicas (lo que prueba, de paso, el prestigio adquirido por la ciencia en esa época). Así, por ejemplo, Fontenelle, uno de los más distinguidos, señalaba para el cálculo diferencial de Newton y de Leibniz que el marqués de l’Hopital, Varignon y “todos los grandes geómetras entraron con ardor en las rutas que acababan de ser abiertas a pasos de gigantes. El infinito elevó todo a una sublimidad, y al mismo tiempo elevó todo a una facilidad, que no se hubiera osado anteriormente concebir su esperanza” [21] . Fontenelle tuvo el mérito de haber impulsado los estudios de historia de las ciencias y, en tanto que filósofo, de haber sabido captar el sentido de la revolución cartesiana, es decir, la fundación de la historia y la toma de conciencia del sentido del devenir humano [22] . Él comprendió por qué una filosofía fundamentalmente antihistórica se prolongó en filosofía de la historia de las ciencias. Para Fontennelle el sentido de la historia está cifrado en el principio de conservación de la cantidad de genio del espíritu y es esto lo que da fundamento a la idea de progreso intelectual y al carácter definitivo de la Edad Científica. Su optimismo histórico fue materializado en el género al que Fontenelle llegó a conferir1e perfección: los Eloges académicos de los sabios, pronunciados en tanto que Secretario Perpetuo de la Aeadémie des Sciences ( 69 Eloges de 1699 a 1740) .

El siglo XVIII fue el siglo de la historia: historia de la tierra, historia natural, historia de sociedades, historia de las bellas artes, historia de la filosofía, historia de las ciencias. Como las otras, la historia de las ciencias se interroga por los orígenes y presupone que la ciencia en todo momento es reducible a sus elementos. El análisis histórico consiste en descomponer la ciencia actual en sus ideas “simples”, que fueron expuestas en el pasado. En el movimiento inverso, se pueden sintetizar las ideas dispersas que se multiplican y se acumulan como consecuencia de sus combinaciones (Condorcet, por ejemplo, llega por el cálculo de probabilidades a estipular un orden para el progreso), lo que permite, entonces, seguir “la marcha ascendente del espíritu humano”. Esta historia de las ciencias proclama la tesis de unidad de la ciencia cuyo origen es cartesiano [23] , esta tesis de la unidad de la ciencia es la que da fundamento a la identidad de la fuerza del espíritu humano cualquiera que sea el objeto al cual se aplica, pero también, creemos, la que permite considerar a la ciencia del pasado como formando parte del mismo continuum que la ciencia de hoy.

El siglo XVIII fue también el siglo de grandes procesos revolucionarios. Se le pide a la historia que aporte una confirmación a la filosofía del progreso que justifica las revoluciones en curso. Los historiadores de las ciencias están conscientes, en efecto, del derrocamiento -o “revolución” como efectivamente la llaman [24] – que se encuentra al origen de la revolución científica que están en proceso de vivir (en matemáticas y en química especialmente); para ellos, entre Copérnico y Newton un cambio radical había tenido lugar y que no era un simple avance, sino un paso revolucionario, pues era nuevo y sin precedentes. Era el nacimiento de la ciencia. Era la ruptura con el saber del mundo medieval y antiguo.

Hacia 1775 esta visión de los orígenes de la ciencia (y esta noción de “revolución científica” como modo de cambio de conceptos y de teorías científicas) había pasado a ser corriente. L. Feuer señala [25] que “…la noción de revolución científica, …ha entrado en el vocabulario durante el período de agitación social (…) que precedió a la Revolución Francesa”. En efecto, los historiadores, los científicos y los filósofos (Diderot, d’Alam­bert, Condorcet, Lavoissier, Kant, Priestley, etc.) la emplean. A partir de 1811, incluso el Diccionario de la Academia da como acepción de la palabra ,”revolución”, la de “révolution dans les sciences…”, para alcanzar así un reconocimiento oficial “…como el nombre de un concepto aceptado para caracterizar al cambio científico”. [26]

2. Descartes y Leibniz los “teóricos” de la historia de las ciencias en el Siglo de las Luces.

Los historiadores de las ciencias habían, pues, construido su disciplina sobre las concepciones de los filósofos del progreso. La fuente reconocida era el cartesianismo. Este había sido adaptado por los historiadores como una filosofía -ha dicho Canguilhem- “…a su medida…” [27] , pues permitía señalar a aquellos que los habían precedido como levantados contra la autoridad y, al mismo tiempo, construir un punto de vista historizante y progresivo del pasado científico.

Es a Descartes a quien los historiadores han retenido, pese a su anti-historicismo declarado, pero habiéndolo vuelto previamente souple, “…muy alejado de un cartesianismo de identificación estricta con los enfoques metafísicos iniciales” [28] . Y. Belaval afirma que los autores de los Esquisses y de los Tableux des progrés de l’esprit humain del siglo XVIII, deben a Descartes la coyuntura teórica que permitió la introducción de la idea del progreso racional de las ciencias. “…se puede afirmar que el filósofo de los Principes y de la Geometría contribuyó más que ninguno a propagar la idea del progreso de las ciencias. La querella de los Antiguos y los Modernos es su obra. Todos los partidarios de los Modernos son cartesianos; todos ellos se apoyan en el progreso de la ciencia. Esta ciencia es concebida, según la lección de Descartes, triunfante de empirismo, que da hechos sin razones, y de conceptua1ismo que da razones sin hechos, gracias al empleo de las matemáticas. Nada convenía mejor que la historia de las matemáticas para imponer la imagen de un progreso racional [29] . En efecto, es a partir de Descartes que la filosofía sigue un desarrollo autónomo, es decir, separado de la teología. La historia de la filosofía se vuelve entonces posible (y los cartesianos del siglo XVIII son quienes la van a desarrollar), y fue Leibniz quien constituyó sobre esta historia los elementos precursores de la filosofía de la historia al oponerse al desprecio de Descartes por la historia y la Tradición.

Para Descartes la idea verdadera es innata (Principes 10,), garantizada por la veracidad divina (Principes 13, Meditations 4ª.), Meditations 4ª.), y es, además, inmanente al espíritu humano. A partir de los primeros principios el conocimiento en su conjunto es reconstruido por el método de la invención el cual se apoya en el genio individual y que tiene como modelo a las matemáticas. La ciencia tiene solamente un porvenir deductivo a partir de los principios fundados clara y distintamente. [30] Para Descartes la razón es “…la luz natural o intuitus mentis” (carta a Marsenne, 16 de octubre de 1639), la cual permite discernir lo verdadero de lo falso (Principes, 30 y 43) para integrar el conjunto de nuestras ideas claras y distintas (Principes, 45). Por ello, ni la Tradición ni la historia (de las “sectas filosóficas”) pueden aportar a la ciencia la certeza y la unidad en sus enseñanzas. La verdad de la ciencia no es lo que ha sido conocido en todas las épocas, ni lo que es aceptado por todos, es lo que resulta evidente a un espíritu atento. La historia, en efecto, no da lugar más que a opiniones probables, pues en las “Ouvrages des Anciens”, “…no sabríamos después de todo a cuál creer, pues no existe prácticamente nada que no haya sido dicho por uno cuyo contrario no haya sido afirmado por otro. Y para nada serviría contar los votos para seguir la opinión que reúna el mayor número de partidarios… Aún si todos estuvieran de acuerdo entre ellos, su doctrina no bastaría… en efecto, daríamos la apariencia de no haber aprendido ciencias, sino historia”. [31]

En consecuencia, la historia no puede ser sino una fuente de errores. En las ciencias que fueron establecidas anteriormente y que aún no han sido el objeto de una concepción intuitiva o de una deducción necesaria, se encuentra “que tal vez exista una cuestión sobre la cual los sabios hubieran estado en desacuerdo las más de las veces” y que “…es imposible adquirir un conocimiento perfecto porque nosotros no podemos, salvo presunción, esperar de nosotros mismos más que lo que los demás han hecho…”, [32] de donde, pues, la conclusión de Descartes de que los datos históricos son inútiles y estériles, y que de todas las ciencias ya conocidas no quedan “…sino la aritmética y la geometría” que puedan enseñarnos sobre la ciencia y sus métodos.

De esta manera Descartes ha realizado una abolición absoluta de la tradición, ya que ni “la lógica de la Escuela” (“ella corrompe el buen sentido más bien que aumentarlo”), [33] ni las ciencias no fundadas en la intuición y en la deducción [34] ni, en fin, la historia [35], no podrían conducir la razón natural hacia la verdad de la ciencia. Esta última deviene únicamente posible, pues, a partir de los principios establecidos por la revolución que Descartes quiere instaurar, y cuyo fundamento es la razón esclarecida y su uso correcto. La ciencia cartesiana se quiere como la única garantía para el futuro de las ciencias a través de la conversión radical que impone al pensamiento. Es solamente a partir de esto que la ciencia tiene un futuro. [36]

Pero si para Descartes la ciencia solo tiene futuro, para Leibniz la ciencia posee también un pasado y éste es un pasado que se acomoda al sentido de la historia. A la revolución pregonada por Descartes, Leibniz opone la evolución y el progreso continuo de la ciencia desde sus orígenes antiguos hasta la forma que conoce actualmente. Con Leibniz la historia toma un lugar muy importante; ella expresa la verdad. La filosofía leibniziana puede ser considerada como aquella que realizó la crítica de la filosofía cartesiana. En efecto, aparte los diferentes puntos del sistema en que Leibniz se opuso a Descartes, está su concepción del papel de la historia, de la unidad, de la continuidad y del progreso científico. En principio, Leibniz no acepta la definición leibniziana de razón (él le reprocha el no haber explicado lo que es la “luz natural” y que esta noción resulta ser “de mediocre utilité”. [37] Para él, la razón es “…el encadenamiento de verdades y de objeciones en buena y debida forma… [38] ; no es, pues, por una experiencia íntima que la razón se define, sino por sus obras: la razón es un encadenamiento de verdades por la fuerza de su necesidad lógica (argumentationis in forma).

Ahora bien, la sucesión de los hombres y la de sus pensamientos no es ni la sucesión de los individuos independientes, ni la yuxtaposición de pensamientos libres uno del otro, no, es la continuidad histórica de las verdades que, eliminando tesis contradictorias, vincula un espíritu a otros espíritus, y todos los espíritus tomados en su conjunto, son la manifestación del Espíritu. Es así que Leibniz se hace una visión histórica del universo, la cual se apoya en la probabilidad (grado de verosimilitud) para instruir y fecundar la invención. La historia [39] le permite, incluso, rechazar una cierta tradición, la de la autoridad romana (“le parti de Rome”), pues en sus estudios ha observado las variaciones de la Iglesia; pero, al mismo tiempo, la historia le convence también para aceptar de las ciencias toda tradición que se pueda concebir después de una crítica [40]. Su idea de la historia está ligada a su creencia en la armonía universal y en la continuidad del pensamiento; así, para leibniz la historia sapientiae se acompaña de la historia stultitiae, ya que en la evolución misma del Espíritu se ve aparecer a la ciencia de entre los errores y las afecciones humanas [41]. Vista en el conjunto de su evolución, la historia no puede sino mostrar la convergencia de las verdades parciales que se encadenan hacia la Verdad: “la verdad está mucho más extendida de lo que se piensa; pero frecuentemente está disfrazada, cuando no envuelta o, incluso, debilitada, mutilada, corrompida por adiciones que la estropean o la vuelven menos útil. Haciendo sobresalir estos restos de verdad en los Antiguos, o, para hablar más generalmente, en los anteriores, se retiraría el oro del lodo, el diamante de su mina, y la luz de las tinieblas; esto sería, en efecto, perennis quaedam Philosophia. Se puede incluso decir que se observaría cierto progreso en los conocimientos” [42].

Leibniz erigió en primer principio el de continuidad (Legem Continuitatis), el cual empleó en su polémica con los cartesianos, y que puede enunciarse de la siguiente manera: cuando los casos (o lo que ha sido dado) se aproximan continuamente y, al final, se pierden uno en el otro, es necesario que los casos siguientes lo hagan también [43]. De este principio Leibniz obtuvo muy importantes consecuencias para su matemática y para su filosofía; es este principio el que le permite explicar el progreso científico [44], el cual a diferencia de Descartes, no busca derrocar, sino perfeccionar.

Estando dado que para Leibniz el sujeto del conocimiento no es más el genio individual cartesiano, sino la humanidad entera, objetivamente, en la inmanencia de la historia, Leibniz no hace sino reconocer la situación real de la ciencia en las sociedades europeas del fin del siglo XVIII: la ciencia no es la obra de un genio individual, o de una escuela, ha pasado a ser una obra colectiva; en ese tiempo, en Florencia, París, Londres, las Academias han aparecido y dice Leibniz “es por tal razón que las ilustres Academias de nuestra época… han protestado, fuertemente, no querer ser ni Aristotélicos, ni Cartesianos, ni Epicureos, ni sectarios de autor alguno” [45].

De esta manera Leibniz se hace de la ciencia y del progreso la siguiente representación: “El orden científico perfecto es aquel donde las proposiciones son colocadas siguiendo sus demostraciones más simples, y de la manera como ellas nacen las unas de las otras, aunque este orden no es conocido con anterioridad, se descubre cada vez más en la medida en que la ciencia se perfecciona. Se puede decir incluso que las ciencias se abrevian aumentándose, lo que constituye una verdadera paradoja, pues entre más se descubren verdades y más se está en estado de observar una serie reglada, y formularse proposiciones siempre más universales, donde las otras no son sino ejemplos o corolarios, de suerte que se logrará hacer que un gran volumen de los que nos han precedido se reducirá con el tiempo a dos o tres tesis generales”. Leibniz se propuso incluso comenzar “el Inventario General de todos los conocimientos que se encuentran ya entre los hombres” para poder captar “de un solo golpe” “la bella armonía de verdades” que la historia ha reunido; de este gran proyecto tanto el arte de demostrar como el arte de inventar, se beneficiarán y una luz será hecha sobre el orden de las verdades [46].

Estas son, pues, las fuentes filosóficas que se encuentran a la base de la concepción que el siglo XVIII se hizo de la historia de las ciencias. Con Descartes la filosofía -la ciencia- había devenido posible; fundada sobre sólidos principios racionales y desembarazados del peso de la Tradición, la marcha progresiva de la ciencia estaba asegurada. Con Leibniz la ciencia pudo retomar su pasado, incorporándolo en su seno al término de una serie histórica de perfeccionamientos sucesivos. Los historiadores de las ciencias van a reconocer tanto en Descartes, tanto en Leibniz, a aquellos que hicieron teóricamente posible su disciplina. Descartes condujo a una noción de tipo más bien acumulativo de la historia de las ciencias, en la cual la combinación de los primeros elementos engendra formas nuevas. Leibniz pudo conducir al preformismo histórico, en virtud del cual la ciencia es la actualización de lo que estaba ya contenido en un “núcleo” original. Ambos jugaron un papel relevante para la historia de las ciencias del siglo XVIII.

3. La historia de las ciencias como un proceso de acumulación.

3.1. La historia del progreso de las ciencias. Un método genético. La historia de las ciencias entendida como un continuum histórico ha conocido versiones diferentes: la historia de las ciencias como un proceso de acumulación, la historia de las ciencias como un proceso evolutivo y la historia de los precursores de la ciencia actual. Las dos primeras aparecen en el siglo XVIII entrecruzadas y aquí las consideraremos separadamente, y en primer lugar, el modelo de acumulación progresiva del conocimiento humano, es decir, la cronología de las realizaciones progresivas, de las contribuciones durables que forman parte de la ciencia actual.

Para los historiadores de las ciencias del siglo XVIII que adoptaron este modelo, la ciencia moderna quedó constituida ex nihilo, por el solo rechazo durante el Renacimiento y durante el siglo XVIII, de la Escolástica y de Aristóteles. Para ellos, se trata del despertar de la ciencia, la cual, durante el período que comprende de la “République des lettres” a la “République des Savants”, había cuestionado todo el saber tradicional. Desde entonces los científicos y los historiadores tenían la impresión de estar viviendo un desarrollo continuo, un verdadero progreso lineal de las ciencias, sobre todo en las ciencias físicas y matemáticas. Este siglo XVIII fue además el siglo de profundas convulsiones revolucionarias tanto en el terreno de lo social, como en las ciencias y, por lo tanto, en sus aplicaciones. Inspirados por una filosofía del progreso, los historiadores de las ciencias creían haber encontrado en su dominio la verificación de esta filosofía, los modelos auténticos de los cambios que están en proceso de vivir y, lo que tal vez era más importante, la justificación de su propia actividad revolucionaria. Por ello, son ellos quienes se meten a divulgar los descubrimientos recientes, a explicar sus consecuencias filosóficas, con el propósito de conservar los efectos subversivos a través del ejemplo de todo lo que acababa de ser realizado. En otras palabras, desarrollar la conciencia del pasado no bajo la forma de la Tradición y su autoridad, sino de su ejemplaridad. Estos caminos entonces emprendidos desembocarán en el siglo XVIII en un proyecto pedagógico -y político por consecuencia: Fenelón, Rousseau, Montesquieu, Kant, etc.- que tiende a dar un sentido a las revoluciones en curso.

En el siglo XVIII, como lo hemos visto, la ciencia ya ha alcanzado su madurez por el impulso de los cambios sociales y políticos que se operaron en Europa durante los doscientos años precedentes, y que condujeron a una generalización del papel dominante de la burguesía al interior de los Estados, a la Revolución Industrial, al capitalismo como modo de producción dominante en Europa y, muy pronto, a las revoluciones políticas que darían término al Antiguo Régimen. Pero de la misma manera, es el momento también en que se han reunido los elementos teóricos indispensables donde puedan abrevar los espíritus invadidos de una fe en la Razón y en el Progreso. Los científicos son en este momento los herederos de las grandes obras de los científicos y de los filósofos de los siglos precedentes, y están conscientes del papel histórico que ellos desempeñan, aplicándose en consecuencia a hacer avanzar las ciencias, apoyándose en la filosofía que les asegura un progreso en su actividad y que concede importancia al conocimiento del pasado en la búsqueda de la verdad: es decir, en el cartesianismo y en el leibnizianismo. Recordemos que después de Descartes la filosofía -la ciencia- había resultado posible, y, después de Leibniz, su historia, una necesidad. Ahora bien, la historia de las ciencias ya era practicada en una cierta medida en los “apartados históricos” de los Tratados científicos aún antes del siglo XVIII. Pero, será hasta este siglo que la historia conocerá un desarrollo y una importancia sin precedentes. Elaborada por los científicos mismos, o por historiadores de profesión, la historia de las ciencias se interesa sea por los métodos, sea por los “elementos”, sea, en fin, por los sistemas de pensamiento, pero siempre con el objetivo pedagógico de establecer una tradición y de encontrar un método genético de los conocimientos. Durante este siglo varias historias de las ciencias (sobre todo de las más antiguas y mejor establecidas) fueron producidas: la de Lagrange (matemáticas), Montucla (matemáticas), Dutens (matemáticas y física), Saverien (ciencias exactas y ciencias naturales), Priestley (electricidad y óptica), Bailly (astronomía), etc. Otra fuente muy importante para la historia de las ciencias fueron los Eloges pronunciados en la Académie des Sciences y que ya hemos evocado, los cuales por el relato de las realizaciones logradas por el académico fallecido y los comentarios anecdóticos del personaje permitía, además de la divulgación científica, la investigación sobre la progresión histórica de las ciencias. Los dos grandes maestros de este instrumen­to fueron Fontenelle y Condorcet, quienes, además, desarrollaron con él una filosofía de la historia típicamente continuista, en virtud de la cual todo pasa sin drama ni conflicto, siempre sobre la base de la unidad manifiesta de la ciencia y de su devenir.

Pero, ¿cómo era concebida la historia de una ciencia? En primer Jugar como el resultado de una fundación más bien reciente, la cual se habría Operado en dos tiempos: en un primer momento hubo el derrocamiento de la Tradición y, en un segundo, su substitución por un sistema nuevo. En 1724, Fontenelle señala que las matemáticas y la física “…recién han nacido… se ha entrado en la vía correcta aproximadamente hace un siglo” [47], lo cual deja entender que previamente ha sido necesario abandonar las malas rutas tomadas antes; más explícito Bailly afirma que “la destrucción del sistema de Ptolomeo era un preliminar indispensable” [48]o, “fue necesario destruir un sistema recibido… [y] …sacudir el yugo de la autoridad…” [49]; sobre Newton decía: “…derrocó o cambió todas las ideas” [50] y, a propósito de Kepler, “el privilegio de los grandes hombres es el de cambiar las ideas re­cibidas…” [51]. Tourgot, hablando de Descartes afirma: “…usted ha destruido la tiranía del error” [52]. D’Alambert igualmente dice sobre Descartes que era un “révolté” [53] contra la escolástica, la opinión y la autoridad. Ahora bien, en un segundo momento, y una vez los espíritus liberados de la tradición, la revolución se completa por la imposición de un sistema nuevo y éste será el que permite alcanzar a la verdad; el progreso, si era realmente tal, se reconocía por su aportación al conocimiento del verdadero sistema de la naturaleza. Fue así que Copérnico, a quien se reconoce como el primero en haber entrado en la vía de la ciencia, habría percibido “la verdadera apariencia del sistema” [54]: Bailly; Kepler y Galileo habrían echado “los verdaderos fundamentos de la filosofía” [55]: Turgot; y, con Newton, “la luz ha, por fin, prevalecido” [56]: D’Alambert.

En segundo lugar, la forma del desarrollo histórico de las ciencias era concebido conforme a la concepción del mundo corriente en el Siglo de las Luces: es decir, la confianza en la Razón y la fe en el progreso de la Humanidad. A las acciones aisladas y a las incertidumbres del principio siguieron los sistemas conceptuales, las generalizaciones teóricas y los métodos seguros. Ahora, por las obras de los Bacon, Descartes, Newton y Leibniz, el “antiguo régimen” del conocimiento ha sido abatido y el nuevo es portador de esperanzas. Es el Espíritu cognoscente quien posee los medios para seguir el recto camino de la ciencia; es la Razón que ha materializado en sus obras su lógica y sus principios. Así, ¿cómo no podría la historia de una ciencia sino mostrar “el vínculo, la conexión de los métodos, el encadenamiento de las diferentes teorías…”? Ella es “…la historia del espíritu humano” (Montfort) [57] y es una “cadena de verdades” lo que la integra. “¡Qué de más satisfactorio que recorrer esta cadena, la cual, de las proposiciones más sublimes, conduce a las proposiciones más sublimes! se puede decir que es la verdadera escala del entendimiento que pedía el Canciller Bacon para subir por grados a los conocimientos más altos”. (Saverien) [58].

Finalmente, en tercer lugar, la historia de una ciencia es concebida como un proceso de complejidad creciente. Así concebida, los historiadores invierten muy importantes esfuerzos para desprender de la serie de adiciones sucesivas de verdades, los principios que guían el progreso del espíritu, es decir, un método genético.

Remontar hasta los orígenes de las ciencias significa descomponerlas en sus elementos, reducirlas a sus ideas simples tal y como han sido expresadas en el pasado, puesto que se presupone que los elementos de la ciencia del pasado son homogéneos con los de la ciencia actual. Estos elementos son considerados como miembros de un mismo conjunto aún cuando de hecho pertenezcan a sistemas diferentes. Así, la historia de las ciencias muestra la unidad de la ciencia y, por vía de consecuencia, la unidad de su devenir. Cuando se considera cómo las ciencias han reunido en un “cuerpo regular esos miembros aislados” -dice Fontenelle- que son las “verdades separadas” a través de sus “relaciones y su mutua dependencia”, parecería que tales verdades “buscan naturalmente reunirse” [59]. Es esta recomposición la que permite darse cuenta de la creciente complicación de la ciencia. Condorcet se representa este progreso como cuantitativo y como el resultado de una acumulación de conocimientos multiplicándose por sus combinaciones. En su Tableau des progrès de l’sprit humain, él investigó en todas las épocas sobre los perfeccionamientos sucesivos en la organización del espíritu; el mayor grado de complejidad alcanzado en cada momento de la historia, tiene también el rango de novedad histórica. Hacia el fin del siglo, y refiriéndose a la química, última creación del espíritu, Fourcroy expresa con nitidez los términos en los que la historia acumulativa es entendida: “Existe en los trabajos del espíritu humano una marcha progresiva para la cual la filosofía señala las diversas épocas, lo que le sirve para comparar o clasificar los siglos bajo la relación de progresos que le han impulsado a hacer a la razón. Los historiadores de las ciencias dirigen de ordinario sus esfuerzos hacia la investigación de estas épocas, y los fastos de diverso género de conocimientos ofrecen siempre ejemplos más o menos notables”. Y salvo la química, “la única que sea enteramente de creación moderna”, todas las ciencias ofrecen “…durante sus fastos esta progresión lenta, este acrecentamiento sucesivo que el observador reconoce en todas las …ramas de los conocimientos humanos” [60].

4. La idea de un “núcleo” original.

La segunda versión de la concepción continuista de la historia de las ciencias que nosotros vamos a analizar brevemente, es la que concibe el desarrollo histórico de las ciencias como un proceso evolutivo. Como las otras, esta versión está igualmente fundada en las nociones de unidad de la ciencia y de uniformidad del devenir científico. La versión acumulativa es más bien de inspiración cartesiana, la versión evolucionalista, en cambio, es más bien leibniziana. Para ésta, la ciencia no es el resultado de una fundación reciente (cuyo comienzo pudiera ser fechado en el Renacimiento), y a partir de la cual a los elementos iniciales se habrían combinado y agregado los nuevos descubiertos posteriormente, sino bajo la forma de una evolución, de un desembocamiento histórico en la ciencia actual de sus estados anteriores. Además, existirían ritmos históricos específicos para que la ciencia advenga a su actualización. Fontenelle se explica diciendo: “Cada conocimiento no se desarrolla sino hasta que un cierto número de conocimientos precedentes se han desarrollado y cuando su turno para emerger ha llegado” [61]. Ahora bien, esta noción es correlativa de la noción leibniziana de pre-formación: el papel del historiador es “extraer el oro del lodo”, descubrir la serie de verdades que se remonta hasta los orígenes y que viene a constituir la ciencia. Estas formas son llamadas también “gérmenes” o “núcleo” (noyeau) original. Así, la historia de las ciencias es la historia de su actualización gradual en el tiempo; las nuevas estando en germen en el seno de las antiguas. Un mismo contenido que se encuentra en “vida embrionaria” en los conceptos científicos del pasado. Tal fue el proyecto del historiador Montucla en su investigación sobre los orígenes de las ciencias matemáticas, “…dar cuenta de sus progresos en todas las épocas, haciendo conocer sobretodo los descubrimientos propios a cada una, o aquéllos donde se presentan los primeros gérmenes” [62].

¿Pero, hay que preguntarse, cómo puede la sucesión de individuos portar en sí la sucesión necesaria de los descubrimientos? Como para Leibniz, es la continuidad histórica de las verdades parciales que convergen hacia la Verdad, consecuencia de la igualdad de todos los espíritus, la que explica la notable conti­nuidad de la obra científica: ‘!En una palabra -dice Fontennelle-, no parece que los Antiguos hayan podido hacer más para su tiempo: el los hicieron lo que nuestros buenos espíritus habrían hecho en su lugar: y si ellos estuvieran en el nuestro, es de creerse que ellos mantendrían los mismos puntos de vista que nosotros. Todo esto es una consecuencia de la igualdad natural de los espíritus y la sucesión necesaria de los descubrimientos”. Así, por ejemplo, Fontennelle aporta los dos casos siguientes: “Para no hablar más que de las matemáticas…, Mr. Descartes comenzó donde los Antiguos habían terminado, y empezó por la solución de un problema en el cual Pappus dice que todos se habían detenido”. “En defecto de tal cálculo, sobrevivió el del célebre Mr. Leibniz; y este sabio geómetra comenzó donde Mr. Barrow y los otros habían terminado” [63].

Se puede pues ver que en todo momento de la historia de una ciencia, en cada “corte” que se efectúa se encuentra a uno de los eslabones de la cadena de verdades que es la ciencia; desde los orígenes hasta las ciencias actuales, tenemos siempre al mismo corpus de conocimientos por una parte, y por la otra, el principio de continuidad hace que los conocimientos nazcan unos de otros.

Esta manera de considerar a la ciencia del pasado está encaminada a mostrar su carácter progresivo, y está constituida a partir de la concepción de la ciencia actual. El siglo XVIII está consciente de haber llegado al punto más alto jamás alcanzado en la marcha ascendente del espíritu humano. Y es la actualidad la única justificación del planteamiento histórico, es ella la que ofrece los criterios de cientificidad para juzgar al pasado. El pasado no puede, entonces, ser entendido sino como una serie natural, teleológica, hacia la ciencia constituida. Aquí, nuevamen­te, se ve a los historiadores intentando verificar la filosofía del progreso que los anima y, aquí también, se les ve en búsqueda de un fundamento desde el punto de vista histórico a los trabajos entonces en curso, a una nueva tradición y a un proyecto pedagógico.

5. La historia de precursores.

Esta versión de la historia de las ciencias es también una versión evolucionista pero en un sentido fuerte; a decir verdad no acepta la novedad en la historia. Esta historia, es, sobre todo, la historia de la tradición, de los perfeccionamientos; pero, en efecto, como ha dicho Canguilhem, bajo esta perspectiva la historia de las ciencias pierde todo su sentido, “…ya que la ciencia misma no tendría dimensión histórica más que en apariencia” [64].

Esta concepción se levanta principalmente contra la visión mítica de la fundación de la ciencia ex-nihilo. Para ella “…no hay casi descubrimiento atribuido a los modernos que no haya sido, no solamente conocido, sino, incluso, apoyado por sólidos razonamientos de los antiguos” [65]. Y entre los “modernos” que son evocados por el autor (Dutens) de esta declaración, están Newton, Descartes y Leibniz. En el siglo XVIII fue Dutens en su obra Recherches sur l’origine des découvertes attribués aux modernes, quien señaló los riesgos del método introducido por los modernos (analítico y geométrico) puesto que conduce hacia una meta que se aleja del verdadero objetivo de la investigación, los perfeccionamientos de las ciencias. Para realmente conseguirlo -piensa Dutens- “…se necesitan …guías seguros; y qué mejores guías se puede sequir que aquellos que hemos visto llegar a la meta mucho tiempo antes que nosotros, a la cual nosotros nos proponemos ir” [66]. Este punto de vista es un llamado para regresar a las fuentes de donde ha nacido la ciencia, para “…recomendar menos prevención contra los antiguos que han formado a estos modernos que nosotros admiramos ciegamente, como si ellos no brillaran por una luz tomada de aquellos ilustres maestros” [67].

Un siglo y medio más tarde, Pierre Duhem retoma esta versión de la historia de las ciencias realizando, al mismo tiempo, im­portantes contribuciones a la historiografía de las ciencias y avanzando tesis epistemológicas relativas a la filosofía y la historia de las ciencias. En particular sus investigaciones sobre la historia de la mecánica han permitido revalorizar la Edad Media por su insistencia en que ésta tiene también una historia.

En Duhem encontramos nuevamente la tesis de la evolución:

“La ciencia mecánica y física de la cual se enorgullecen con justo derecho los tiempos modernos, surge, de una serie de perfeccionamientos, apenas sensibles de las doctrinas profesadas en el seno de las escuelas de la Edad Media; las pretendidas revoluciones intelectuales no han sido, las más de las veces, sino evoluciones lentas y largamente preparadas; los así llamados renacimientos, reac­ciones frecuentemente injustas y estériles; el respeto por la tradición es una condición esencial del progreso científico” [68].

Si la historia de las ciencias es la historia de las evoluciones “largamente preparadas”, es porque:

“La formación de toda teoría física ha procedido siempre mediante una serie de retoques que, gradualmente, …ha conducido al sistema a estados más acabados; . . . Una teoría física no es, en modo alguno, el producto repentino de una creación; ella es el resultado lento, y progresivo de una evolución” [69].

Una teoría puede ser el resultado de una aceleración histórica y, en ese caso, condensa simplemente la evolución:

“A veces, la evolución que debe conducir a la construcción de un sistema teórico se condensa extremadamente, y algunos años bastan para conducir las hipótesis que deben llevar esta teoría del estado en que están apenas esbozadas, al estado en que están acabadas” [70].

De esta manera, el historiador puede recorrer en el sentido inverso la “serie” del progreso. El puede remontar en cada ocasión a los precursores que prepararon esos estudios progresivos y lentos de la evolución científica, sin que jamás encuentre una revolución, ni creación repentina.

Hay en esta concepción una continuidad, inclusive entre las fases más alejadas de la historia de una ciencia, y las del conocimiento común que le han precedido. No existe un “comienzo absoluto” [71], no existe fundación alguna o acto epistemológico que dé nacimiento a una ciencia, y se llega a ella por un camino progresivo que va de las opiniones al saber. En la historia de precursores la novedad científica existe solamente en tanto que perfeccionamiento (“apenas sensible”); existe como culminación de la serie de perfecciones. Fue en su trabajo histórico donde Deum creyó encontrar el apoyo a sus tesis. Para romper con la ilusión de un renacimiento de la ciencia de la mecánica, Duhem partió a la búsqueda de precursores de Galileo [72], pero a pesar de la abundancia de datos históricos, sus interpretaciones han sido contestadas principalmente por los Etudes Galiléennes [73]de Alexander Koyré, pues a la luz de otra concepción de la historia de las ciencias, no basta con encontrar lo que parece ser un mismo concepto para proclamar un precursor.

6. El convencionalismo.

6. 1 “SO?????? F????????” Inicialmente, y de manera general, vamos a presentar el marco de una antigua controversia que concierne al carácter mismo de las teorías científicas, pues se verá aparecer una noción especial de lo que es el cambio de teorías científicas. Esta noción del progreso en historia de las ciencias ha conducido, es cierto, en algunos autores como Duhem por ejemplo, la historia de los precursores. Hacemos de ella una referencia aparte porque contiene un criterio específico para juzgar dicho progreso.

Alexandre Koyré [74] nos recuerda que la discusión sobre la realidad supuesta de los “instrumentos” científicos es antigua, ya que se remonta a la ciencia helenística con Proclus y Simplicio, que se continuaría en la ciencia árabe y en la escolástica latina. Está anunciada en la expresión “s??e?? ?? ?a???µe?a” (salvar las apariencias), lo que significa que el instrumental teórico utilizado por las ciencias sirve sólo para calcular, prever y ordenar los fenómenos, y no para el descubrimiento de las verdaderas leyes de la naturaleza. Es una interpretación -dice Koyré- que “implica siempre una desvalorización de la ciencia, pues no trata sino de los fenómenos (apariencias), con relación a aquella que trata, o trataría, de lo real” [75].

Durante el siglo XVI este debate se reinicia con fuerza para negar la realidad de los descubrimientos de Copérnico y Galileo. Andreas Osiander afirma la tradición de “salvar las apariencias” es su prefacio a De revolutionibus de Copérnico. Osiander argumenta que Copérnico se encontraba en la tradición de esos astrónomos que incapaces de llegar a las verdaderas causas “…adoptan sin embargo suposiciones que conducen a calcular correctamente a partir de los principios de la geometría tanto el futuro como el pasado [de los movimientos celestes]”. Y que Copérnico “…ha logrado ambos propósitos magníficamente. Las hipótesis no necesi­tan ser verdaderas o, incluso, probables. Todo lo contrario, si proporcionan un cálculo consistente con las observaciones, eso, tan sólo, es suficiente” [76]. Para Osiander poco importa si los planetas giran realmente en torno al Sol, lo que cuenta es que Copérnico había sido capaz de salvar las apariencias haciendo esta suposición. Se trataba de una hipótesis matemática para la cual solamente una validez interna podía serle demandada. Pese a esto, Copérnico mismo no participaba de esta visión de la astronomía y él pretendía haber fundado esta ciencia sobre “…las verdaderas leyes del movimiento real” [77] y de ninguna manera so­bre un sistema artificial.

En 1615, el Cardenal Bellarmino informaba a Galileo que, desde el punto de vista de la Iglesia, se permitía la discusión del punto de vista copernicano solamente como un modelo matemático (ex suppositione) para salvar las apariencias:

“Siempre he pensado que Copérnico mismo hablaba así [de una forma hipotética]. Pues limitándose a decir que la hipótesis de que la Tierra se mueve y el Sol es inmóvil, permite representar mejor todos los fenómenos que si se aceptan las excéntricas y los epiciclos, lo cual sería perfecto y sin causar ningún daño. Pero, querer afirmar que el Sol es positivamente el centro del mundo y que no gira sino en torno a sí mismo sin desplazarse de Oriente a Occidente, y que la Tierra está situada en la tercera esfera celeste girando a una enorme velocidad entorno al Sol, eso sería muy peligroso, y no sólo porque irritaría a los filósofos y teólogos escolásticos, sino, sobre todo, porque ello contra diría la Santa fe., haciendo aparecer las proposiciones de las Escrituras como falsas” [78].

Galileo, por su parte, continuaba afirmando el heliocentrismo de Copérnico y así, en una carta del 28 de marzo de 1615, rechazaba el convencionalismo de Osiander y afirmaba que Copérnico atribuía a su teoría una significación objetiva [79]. En los Diálogos sobre los dos grandes Sistemas del Mundo, llevó una polémica contra los partidarios del sistema geocéntrico rehusándose a considerar el sistema heliocéntrico como simple hipótesis o instrumento de cálculo para “salvar las apariencias”. Posteriormente la Congregación del Índice prohibiría la obra de Copérnico y la Inquisición convocaría a Galileo forzándolo a abjurar de sus “errores”.

En el siglo XVIII el Obispo inglés Georges Berkeley formuló una filosofía anti-materialista y se convertía en uno de los primeros críticos de la filosofía de la ciencia de Newton: pretendía probar, en particular, la inexistencia de las “substancias materiales”. Reprochaba a Newton el haber hablado de sus correlaciones matemáticas relativas a las “fuerzas” como si ellas fueran alguna otra cosa que términos de una ecuación.

El consideraba que las “fuerzas” en mecánica eran como los “epiciclos” en astronomía, es decir, construcciones matemáticas que permiten el cálculo de los movimientos de los cuerpos y, según él, era un error atribuirles existencia real. Berkeley declaraba “…las entidades matemáticas no tienen una esencia permanente en la naturaleza de las cosas; ellas dependen , de la noción que las define. Por ello, la misma cosa puede ser explicada en diferentes maneras” [80]. Su visión de la ciencia era la de un instrumentalista para quien no existe ninguna correspondencia entre, por una parte, la ciencia, y por la otra, los objetos, propiedades o relaciones.

Hacia el final del siglo XIX, Ernst Mach hizo una crítica de Newton en términos semejantes a los de Berkeley e intentando una reformulación de la mecánica newtoniana desde un punto de vista fenomenológico. Mach tenía, también, una concepción instrumentalista de las leyes y teorías científicas, y declaraba directamente que “el objeto de la ciencia es salvar las apariencias, por la reproducción y anticipación de los hechos en el pensamiento” [81]. De esta suerte, las leyes y las teorías científicas son una representación abreviada de los hechos. Para Mach, al igual que Berkeley, es un error atribuir a los conceptos y a las relaciones que la ciencia introduce, una existencia real en la naturaleza: “en la investigación de la naturaleza tratamos únicamente con el conocimiento sobre la conexión entre las apariencias. Lo que nos representamos entre las apariencias existe tan solo en nuestro entendimiento, y tiene para nosotros sólo el valor de memoria técnica o fórmula, cuya forma, al ser arbitraria e irrelevante, varía muy fácilmente con el punto de vista de la cultura”. [82] Se puede apreciar entonces, que además del carácter instrumental que Mach asigna a la ciencia, ésta, desde el punto de vista histórico, es accidental, y, desde el punto de vista de su elaboración, convencional; la ciencia varía fácilmente en función de los cambiantes criterios de la cultura (científica).

Pierre Duhem vino a aportar un apoyo al punto de vista convencionalista, en particular por sus análisis sobre la refutación de las hipótesis. Según él, la predicción de que un fenómeno tendrá lugar se realiza a través de un conjunto de premisas, y el hecho de que ésta no se realice, refuta solamente

nuevas interpretaciones en torno a la ciencia y el publico

Filed under: General — josetalancon @ 5:13 pm

El articulo analiza los grandes problemas  que acompañan la masificación de la población y la proliferación de conocimientos científicos de alta especialización incomprendidos por el publico.

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