El blog de José Luis Talancón

enero 14, 2008

Introducción

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1. Teoría de la Historia de las Ciencias.

Introducción Teoría de la Historia de las Ciencias

Juan Jóse Saldaña
INICIO ÍNDICE

Estudio sobre las fases principales de la evolución de la historia de las ciencias.

A. LA NOCIÓN DE CONTINUIDAD
I. La historia de las ciencias como un continuum

1. La Revolución Científica es considerada en el siglo XVIII como una fundación ex nihilo

El modelo de historia de las ciencias continuista fue adoptado bajo la influencia de una filosofía del progreso. Los historiadores de las ciencias buscaban aprehender la esencia de las revoluciones científicas que habían tenido lugar en el pasado (asociadas a los nombres de Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, Newton), y también destacar las revoluciones entonces en curso para mostrar el carácter progresivo de sus propios trabajos.

En el siglo XVIII ya no se teme hacer frente a las nuevas ideas. Si De Revolutionibus de Copérnico había necesitado del prefacio de Andreas Osiander que lo justificó como una “hipótesis matemática”; y si, en cambio, en el siglo XVIII los sabios están conscientes del carácter revolucionario de sus trabajos científicos, es porque la sociedad en la que se desenvuelven ha cambiado también enteramente. Ahora existe un interés por sus trabajos, lo cual no era el caso en el siglo XV. Los intelectuales y los científicos ocupan ahora un lugar en la sociedad y ellos han aportado en alguna medida los medios para lograrlo. Su punto de partida es la concepción de la ciencia que fue desarrollada a partir del Renacimiento, la cual se caracteriza por una visión mítica. La ciencia es, para algunos de entre ellos, el resultado de una constitución ex nihilo por hecho, de la ruptura con Aristóteles y la, Escolástica: para otros, se trató de, una revolución fundadora llevada a cabo durante el siglo XVII por las ciencias físicas y matemáticas, y donde la obra de Newton es su expresión más acabada. En astronomía, sería a Copérnico a quien habría que remontarse.[1]

No fue, en efecto, sino hasta el siglo XIV que van a reunirse las condiciones de existencia de un nuevo medio intelectual. Es, inicialmente, en las ciudades italianas donde se encuentran tales condiciones: “reunión e igualdad efectiva de la nobleza y de la burguesía: formación de una sociedad que experimentaba la necesidad de cultivar su inteligencia y que poseía el tiempo y los medios”[2].

Esta revolución -como Jacob Burckardt la llama- aportó poco a poco “la atmósfera donde vivirán todos los espíritus cultivados de Europa”[3]. Ella haría salir, en un primer momento, a la ciencia de los conventos donde se había refugiado y, en un segundo momento, esta “atmósfera” se enriquecería con una “gran masa de materiales” recogidos de los autores antiguos. Los humanistas primero, y los sabios después, serán los productos de este movimiento. Los estudios filológicos y el conocimiento empírico serán “los métodos’ iniciales, mientras que las matemáticas y el experimento científico vendrán posteriormente.

Este movimiento de “gentes cultivadas” ya ha transformado en profundidad el pensamiento europeo hacia el siglo XVI. Sin embar­go, no se trata entre los humanistas de una lucha para promover una doctrina particular o una filosofía stricto sensu. Más bien, ellos querían oponer su punto de vista anti-aristotélico y antiescolástico al de sus contemporáneos tradicionalistas. Este punto de vista estaba también marcado por su aptitud para recibir los nuevos conocimientos. Esta République des lettres que se interesa por la bonae litterae y cuyos miembros se unen por la sodalitates litterarum. Esta République des lettres se desarrolló al interior de las universidades, pero también, y sobre todo, en su exterior. Sus innovaciones múltiples, la curiosidad y la pasión de conocer de sus miembros están entre los factores que determinaron el declive del sistema universitario medieval a través de Europa. Los humanistas se abrieron una nueva vía al nivel de la enseñanza. Así, en diciembre de 1520, la Academia de Ciencias fue fundada en Padua y otras instituciones similares comenzaron a surgir gradualmente.

El anti-aristotelismo de los humanistas que era algunas veces dogmático -señala Kuhn-, tuvo, pese a ello, repercusiones en el terreno de la ciencia, ya que facilitó una ruptura”… con los conceptos radicales de la ciencia de Aristóteles”[4]. Esta tradición de apertura del pensamiento humanista dominante fuera de las universidades, tuvo también el efecto de fertilizante del pensamiento científico. Lo anterior es puesto en evidencia por los más grandes científicos del Renacimiento (Copérnico, Gali1eo y Kepler), quienes hicieron suyas dos ideas no aristotélicas: “una nueva creencia en la posibilidad e importancia de descubrir regularidades aritméticas y geométricas en la naturaleza, y una nueva, visión del sol en tanto que fuente de todos los principios vitales y de las fuerzas en el universo [5] Esta liberación frente a la autoridad de la tradición constituía el elemento nuevo en el medio intelectual de ese siglo. Copérnico en astronomía encontrará sobre todo en este espíritu de apertura, es decir, fuera de la astronomía misma, las razones que lo persuadieron de la insuficiencia de la astronomía antigua y de la necesidad del cambio, ya que, como lo ha constatado Kuhn, “Hasta medio siglo después de la muerte de Copérnico no ocurrieron cambios potencialmente revolucionarios en los datos disponibles a los astrónomos” [6]. “Copérnico -nos dice Alexandre Koyré- no es un especialista estrecho, un ‘astrónomo’ técnico, sino un hombre profundamente imbuido de la rica y completa cultura de su época, artista, sabio, erudito, hombre de acción: un humanista en el mejor sentido del término”. Y en astronomía., “fue un discípulo, el más grande de los discípulos de Ptolomeo” [7] .

El año 1543, fecha de la publicación del Revolutionibus Orbium Coelestium [8] de Copérnico, fue visto como el símbolo del fin de un mundo y el principio de otro. En el siglo XVIII el historiador de la astronomía Jean Sylvain Bailly consideró a Copérnico, por su “espíritu sedicioso”, como a aquél que “,… desembarazó a 1a humanidad de un largo prejuicio que había retardado todos los progresos”; y porque propuso olvidar “… el movimiento que nosotros no vemos, para creer en aquél que no sentimos”. “Copérnico había percibido la verdadera apariencia del sistema…” [9] . Se trata del comienzo de una época nueva, de un tournant, “de una gran revolución que cambió todo. El genio de Europa se hizo conocer y se anunció en Copérnico” [10] . Esta revolución que constituyó la verdadera fundación de la ciencia moderna se operó –dice Bai1ly – en dos tiempos: primero, 1a “destrucción del sistema de Ptolomeo era un preliminar indispensable” y, después, la construcción de un sistema nuevo; así “esta revolución debía preceder a todas las otras” [11] .

Sin embargo, será sobre todo el siglo XVII el que aportará la prueba de una revolución fundadora de la ciencia moderna. Al principio de este siglo los espíritus cultivados permanecían en parte “humanistas”. El paso de la République des lettres a la République des -savants se efectuó lentamente. Ellos se sabían poseedores de un rico conocimiento. Estos eruditos necesitaban de los métodos que les permitieran preservar y aumentar sus conocimientos en un mundo en que aún la superstición. la religión y las instituciones escolásticas los enmarcaban en un conjunto incoherente. La búsqueda de los métodos que les permitieran la coordinación y la transmisión de los conocimientos acumulados. así como su aplicación a lo que se observaba actualmente. se había convertido en un imperativo. El siglo XVII es el siglo del método moderno: se cree en la lógica como la única capaz. con sus formas y sus categorías. de descifrar al mundo. En 1604 Francis Bacon publicó The Advancement of Learning y en 1620 el Novum Organum Scientiarum. Bacon rechazó como principio metodológico los argumentos fundados sobre la autoridad de los textos. Invitó a los sabios a proceder por la observación y la experimentación sin ocuparse de los obstáculos teológicos que pudieran encontrar en el curso de la investigación. Bacon fue inmediatamente escuchado y su influencia se ejerció en todos los dominios.

Otros, en la misma época, como Comenius. ponían en relieve la importancia de la transmisión de los conocimientos mediante los sistemas pedagógicos apropiados. En Panshophia Prodomus propuso una clasificación enciclopédica y acumulativa de los conocimientos. O. aún otros. como Marsenne y su grupo de mechanistes intentaban crear una ciencia nueva de los fenómenos naturales basada en las matemáticas y en la experiencia. No lo lograrían pues, manteniéndose en casos particulares, no llegarían a formular una teoría general. René Descartes publicó en 1637 Discouse de la méthode que daba las reglas para fundar la totalidad del conocimiento sobre la evidencia racional y para conducir correctamente la razón. En fin, se podrían citar muchos otros trabajos animados igualmente de un interés metodológico, publicados también durante este siglo: Art de penser (Port Roya1), Logica vetus et nova (Clauberg), De intellectus emendatione (Spinoza), Medicina mentis (Tschirnhaus), etc.

Los filósofos y los historiadores de las ciencias del Siglo de las Luces creyeron encontrar en estas investigaciones por métodos fiables y en el abandono de la tradición, el paso a la ciencia verdadera. D’Alambert en su Discours Preliminaire en la Enciclopediae. (1751) saluda al “Canciller Bacon “ y a Descartes por sus radicales innovaciones. Se detiene especialmente en la “gran revuelta” de Descartes, quien mostró a los espíritus inteligentes cómo derrocar el yugo de la escolástica, de la opinión, de la autoridad, al mismo tiempo que preparaba una revolución mucho más difícil de realizar y mucho más esencial que todas aquellas que sus predecesores habían intentado [12] , la de la física newtoniana. En el artículo “Experimetal”, D’Alambert observa que Bacon y Descartes habían introducido “el espíritu de la física experimetal”. Condillac señalaba que “Bacon proponía un método demasiado perfecto para ser el autor de una revolución; Descartes había de lograrlo mejor… [13] Turgot señala que en la historia del pensamiento científico (philosophie) “…Galileo y Kepler echaron con sus observaciones los verdaderos fundamentos de la filosofía. Pero, fue Descartes, más intrépido, quien meditó e hizo una revolución”. 0, aún, sobre el derrocamiento realizado por Descartes: “Gran Descartes: Si no os ha sido dado el hallar siempre la verdad, al menos habéis destruido la tiranía del error” [14].

Cuando la filosofía cartesiana acababa de derrocar a la tradición con sus planteamientos metodológicos, una doble revolución iba a producirse con la física newtoniana por una parte, y por otra parte con el cálculo infinitesimal de Newton y de Leibniz.

A partir de 1650 y hasta el final del siglo el movimiento científico se desarrolló con gran velocidad. El terreno ya estaba listo como hemos visto, gracias al abandono de las teorías feudales clásicas. En ésta época la actividad científica se consolidó sobre todo en Francia y en Inglaterra y la causa principal de este desenvolvimiento fue la existencia de gobiernos estables en estos países, al interior de los cuales la burguesía, entonces en ascenso, tomaba el papel principal o, al menos, un papel importante. En Inglaterra, la Guerra Civil y el impacto social y político que provocó, crearon las mejores condiciones para el desarrollo de la ciencia. En Francia, el más grande y el más rico país de Europa, un desarrollo económico general había permitido a la burguesía (llamada “noblesse de robe”) integrarse al aparato del Estado [15] . Es en el período que va del 166l a 1683 , en la época de Colbert, bajo Louis XIV, que la instauración de la ciencia tendrá lugar en Francia.

A partir de 1660 los científicos encuentran como consecuencia de lo anterior, las condiciones para establecer las formas de organización que hasta entonces les faltaban: las sociedades científicas son fundadas (The Royal Society – 1662; l’Ácadémie Royale des Sciences – 1666; l’Accademia Cimiento – 1651/1667) Y los periódicos científicos empiezan a aparecer: Las Philosophical Transactions de la Royal Society; el Journal des Savants; las Mémoires de Trévoux; Acta Eruditorum. La información y la comunicación sistemática son en lo sucesivo posibles entre los científicos de esta “République des Savants”.

Los Philosophia naturalis principia mathemathica fueron publicados por Isaac Newton, Fellow de la Royal Society, en 1687. Esta obra estableció las leyes de la dinámica gravitacional en un sentido cuantitativo y físico, e introdujo un instrumento matemático fundamental: el cálculo infinitesimal. La ciencia mecánica que resultó se substituyó a la física cartesiana de los “torbellinos” Leibniz (corresponsal regular de la Royal Society) fue confrontado con Newton sobre su originalidad en la invención del cálculo infinitesimal; sin embargo, él había comprendido en tanto que filósofo y en tanto que matemático, el alcance de los descubrimientos de su rival hacia el establecimiento de una nueva imagen del mundo físico y de la ciencia misma. Newton y Leibniz dominaron la vida científica hasta el principio del siglo XVIII, aportando a la vida intelectual europea una dimensión completamente nueva.

Los avances innegables que las ciencias venían de realizar fueron percibidos por las generaciones que siguieron inmediatamente después como una gran revolución en las ciencias físicas y matemáticas: Alexis Claude Clairaut declaró (1747) “el famoso libro de los Principios matemáticos de la Filosofía natural ha constituido la época de una gran revolución en la física”. [16]

Más tarde Bailly afirmaba: “Newton derrocó y cambió todas las ideas. Aristóteles y Descartes compartían aún el imperio. Ellos eran los preceptores de Europa: el filósofo inglés destruyó casi todas sus enseñanzas y propuso una nueva filosofía; esta filosofía ha operado una revolución” [17] .

En matemáticas Fontenelle en sus Eleménts de la géométrie de l’infini (1727) señaló que “…las rutas que acaban de ser abiertas (por el cálculo de Newton y Leibniz) constituían …la época de una revolución casi total acaecida en la geometría” [18] . Fue entonces, en el período que se inicia con la instauración de la “République des lettres” y que se cierra con el advenimiento de la “République des savants”, que el siglo XVIII ve el “tournant” con relación a la Edad Media y cuya consecuencia fue la fundación de la ciencia moderna. Los historiadores del siglo XVIII concederán una gran importancia a este período pues ellos veían en él la manifestación de un progreso cierto y, al mismo tiempo, la esperanza que rendía cuenta de su propio entusiasmo por los trabajos entonces en curso. Fontenelle en la Histoire de l’Académie (1724) y para mostrar la utilidad de las matemáticas y de la física (dentro de su papel de divulgador que era también suyo) hace la observación siguiente: “…las ciencias acaban de nacer …nos hemos colocado en la vía correcta hace apenas un siglo. Si se examina históricamente el camino que ellas ya han recorrido en tan pequeño espacio de tiempo…” y a pesar de todos los inconvenientes con que se han encontrado, “…se vería inclusive a nuevas ciencias salir de la nada y, quizás, se dejarían ir bastante lejos las esperanzas para el porvenir”. “Entre más nos prometemos que será dichoso, más estamos obligados a observar el estado presente de las ciencias como el de la cuna, al menos el de la física” [19] .

Pero este período ha sido igualmente, y simultáneamente, el de la aparición del capitalismo con su nueva composición de la sociedad (burguesía ascendente al inicio y dominante después, nuevas profesiones, papel creciente de los intelectuales en la vida social y en el funcionamiento del Estado, etc.). Ahora, con la organización sistemática de la ciencia en torno a hipótesis generales como las de Newton, y con sus medios teóricos (modelo matemático, lógica de las ciencias, filosofía que medita sobre la armonía del mundo y sobre el progreso humano, etc.), así como la institucionalización y los medios de comunicación científicos desde entonces existentes, los historiadores y filósofos del XVIII encuentran que este período era el del momento en que la acumulación de conocimientos así obtenidos permitía la afirmación del progreso indefinido, lineal, de las ciencias. Este punto de vista, además, era coherente con el racionalismo y el optimismo entonces en boga. Este optimismo encontraba su razón de ser en los hechos. Tal era el caso de Francia que en la segunda mitad del siglo XVIII conocía un estado de prosperidad pública: “setenta años sin invasiones, sin rapiñas, sin destrucciones, sin guerras civiles, sin quemas en la hoguera, sin trastornos interiores, ¿se podrían imaginar condiciones más favorables para el trabajo fecundo?” [20] . Además de la paz que conocía el reino, se asistía a un empuje demográfico, a un conjunto de perfeccionamientos científicos y técnicos y al desarrollo industrial y comercial.

Este optimismo no era únicamente resultado de las condiciones de la vida política, económica y social, sino también de la filosofía elaborada en ese siglo. Formados en este espíritu, los historiadores de las ciencias hacen su aparición para dar a conocer los descubrimientos recientes y conservar así sus efectos revolucionarios. También su propósito era explicar el significado filosófico de tales descubrimientos (“el progreso histórico de las condiciones de afirmación de la verdad”: Canguilhem) a un público surgido de las capas altas de la sociedad y que ahora se interesa por las cuestiones científicas (lo que prueba, de paso, el prestigio adquirido por la ciencia en esa época). Así, por ejemplo, Fontenelle, uno de los más distinguidos, señalaba para el cálculo diferencial de Newton y de Leibniz que el marqués de l’Hopital, Varignon y “todos los grandes geómetras entraron con ardor en las rutas que acababan de ser abiertas a pasos de gigantes. El infinito elevó todo a una sublimidad, y al mismo tiempo elevó todo a una facilidad, que no se hubiera osado anteriormente concebir su esperanza” [21] . Fontenelle tuvo el mérito de haber impulsado los estudios de historia de las ciencias y, en tanto que filósofo, de haber sabido captar el sentido de la revolución cartesiana, es decir, la fundación de la historia y la toma de conciencia del sentido del devenir humano [22] . Él comprendió por qué una filosofía fundamentalmente antihistórica se prolongó en filosofía de la historia de las ciencias. Para Fontennelle el sentido de la historia está cifrado en el principio de conservación de la cantidad de genio del espíritu y es esto lo que da fundamento a la idea de progreso intelectual y al carácter definitivo de la Edad Científica. Su optimismo histórico fue materializado en el género al que Fontenelle llegó a conferir1e perfección: los Eloges académicos de los sabios, pronunciados en tanto que Secretario Perpetuo de la Aeadémie des Sciences ( 69 Eloges de 1699 a 1740) .

El siglo XVIII fue el siglo de la historia: historia de la tierra, historia natural, historia de sociedades, historia de las bellas artes, historia de la filosofía, historia de las ciencias. Como las otras, la historia de las ciencias se interroga por los orígenes y presupone que la ciencia en todo momento es reducible a sus elementos. El análisis histórico consiste en descomponer la ciencia actual en sus ideas “simples”, que fueron expuestas en el pasado. En el movimiento inverso, se pueden sintetizar las ideas dispersas que se multiplican y se acumulan como consecuencia de sus combinaciones (Condorcet, por ejemplo, llega por el cálculo de probabilidades a estipular un orden para el progreso), lo que permite, entonces, seguir “la marcha ascendente del espíritu humano”. Esta historia de las ciencias proclama la tesis de unidad de la ciencia cuyo origen es cartesiano [23] , esta tesis de la unidad de la ciencia es la que da fundamento a la identidad de la fuerza del espíritu humano cualquiera que sea el objeto al cual se aplica, pero también, creemos, la que permite considerar a la ciencia del pasado como formando parte del mismo continuum que la ciencia de hoy.

El siglo XVIII fue también el siglo de grandes procesos revolucionarios. Se le pide a la historia que aporte una confirmación a la filosofía del progreso que justifica las revoluciones en curso. Los historiadores de las ciencias están conscientes, en efecto, del derrocamiento -o “revolución” como efectivamente la llaman [24] – que se encuentra al origen de la revolución científica que están en proceso de vivir (en matemáticas y en química especialmente); para ellos, entre Copérnico y Newton un cambio radical había tenido lugar y que no era un simple avance, sino un paso revolucionario, pues era nuevo y sin precedentes. Era el nacimiento de la ciencia. Era la ruptura con el saber del mundo medieval y antiguo.

Hacia 1775 esta visión de los orígenes de la ciencia (y esta noción de “revolución científica” como modo de cambio de conceptos y de teorías científicas) había pasado a ser corriente. L. Feuer señala [25] que “…la noción de revolución científica, …ha entrado en el vocabulario durante el período de agitación social (…) que precedió a la Revolución Francesa”. En efecto, los historiadores, los científicos y los filósofos (Diderot, d’Alam­bert, Condorcet, Lavoissier, Kant, Priestley, etc.) la emplean. A partir de 1811, incluso el Diccionario de la Academia da como acepción de la palabra ,”revolución”, la de “révolution dans les sciences…”, para alcanzar así un reconocimiento oficial “…como el nombre de un concepto aceptado para caracterizar al cambio científico”. [26]

2. Descartes y Leibniz los “teóricos” de la historia de las ciencias en el Siglo de las Luces.

Los historiadores de las ciencias habían, pues, construido su disciplina sobre las concepciones de los filósofos del progreso. La fuente reconocida era el cartesianismo. Este había sido adaptado por los historiadores como una filosofía -ha dicho Canguilhem- “…a su medida…” [27] , pues permitía señalar a aquellos que los habían precedido como levantados contra la autoridad y, al mismo tiempo, construir un punto de vista historizante y progresivo del pasado científico.

Es a Descartes a quien los historiadores han retenido, pese a su anti-historicismo declarado, pero habiéndolo vuelto previamente souple, “…muy alejado de un cartesianismo de identificación estricta con los enfoques metafísicos iniciales” [28] . Y. Belaval afirma que los autores de los Esquisses y de los Tableux des progrés de l’esprit humain del siglo XVIII, deben a Descartes la coyuntura teórica que permitió la introducción de la idea del progreso racional de las ciencias. “…se puede afirmar que el filósofo de los Principes y de la Geometría contribuyó más que ninguno a propagar la idea del progreso de las ciencias. La querella de los Antiguos y los Modernos es su obra. Todos los partidarios de los Modernos son cartesianos; todos ellos se apoyan en el progreso de la ciencia. Esta ciencia es concebida, según la lección de Descartes, triunfante de empirismo, que da hechos sin razones, y de conceptua1ismo que da razones sin hechos, gracias al empleo de las matemáticas. Nada convenía mejor que la historia de las matemáticas para imponer la imagen de un progreso racional [29] . En efecto, es a partir de Descartes que la filosofía sigue un desarrollo autónomo, es decir, separado de la teología. La historia de la filosofía se vuelve entonces posible (y los cartesianos del siglo XVIII son quienes la van a desarrollar), y fue Leibniz quien constituyó sobre esta historia los elementos precursores de la filosofía de la historia al oponerse al desprecio de Descartes por la historia y la Tradición.

Para Descartes la idea verdadera es innata (Principes 10,), garantizada por la veracidad divina (Principes 13, Meditations 4ª.), Meditations 4ª.), y es, además, inmanente al espíritu humano. A partir de los primeros principios el conocimiento en su conjunto es reconstruido por el método de la invención el cual se apoya en el genio individual y que tiene como modelo a las matemáticas. La ciencia tiene solamente un porvenir deductivo a partir de los principios fundados clara y distintamente. [30] Para Descartes la razón es “…la luz natural o intuitus mentis” (carta a Marsenne, 16 de octubre de 1639), la cual permite discernir lo verdadero de lo falso (Principes, 30 y 43) para integrar el conjunto de nuestras ideas claras y distintas (Principes, 45). Por ello, ni la Tradición ni la historia (de las “sectas filosóficas”) pueden aportar a la ciencia la certeza y la unidad en sus enseñanzas. La verdad de la ciencia no es lo que ha sido conocido en todas las épocas, ni lo que es aceptado por todos, es lo que resulta evidente a un espíritu atento. La historia, en efecto, no da lugar más que a opiniones probables, pues en las “Ouvrages des Anciens”, “…no sabríamos después de todo a cuál creer, pues no existe prácticamente nada que no haya sido dicho por uno cuyo contrario no haya sido afirmado por otro. Y para nada serviría contar los votos para seguir la opinión que reúna el mayor número de partidarios… Aún si todos estuvieran de acuerdo entre ellos, su doctrina no bastaría… en efecto, daríamos la apariencia de no haber aprendido ciencias, sino historia”. [31]

En consecuencia, la historia no puede ser sino una fuente de errores. En las ciencias que fueron establecidas anteriormente y que aún no han sido el objeto de una concepción intuitiva o de una deducción necesaria, se encuentra “que tal vez exista una cuestión sobre la cual los sabios hubieran estado en desacuerdo las más de las veces” y que “…es imposible adquirir un conocimiento perfecto porque nosotros no podemos, salvo presunción, esperar de nosotros mismos más que lo que los demás han hecho…”, [32] de donde, pues, la conclusión de Descartes de que los datos históricos son inútiles y estériles, y que de todas las ciencias ya conocidas no quedan “…sino la aritmética y la geometría” que puedan enseñarnos sobre la ciencia y sus métodos.

De esta manera Descartes ha realizado una abolición absoluta de la tradición, ya que ni “la lógica de la Escuela” (“ella corrompe el buen sentido más bien que aumentarlo”), [33] ni las ciencias no fundadas en la intuición y en la deducción [34] ni, en fin, la historia [35], no podrían conducir la razón natural hacia la verdad de la ciencia. Esta última deviene únicamente posible, pues, a partir de los principios establecidos por la revolución que Descartes quiere instaurar, y cuyo fundamento es la razón esclarecida y su uso correcto. La ciencia cartesiana se quiere como la única garantía para el futuro de las ciencias a través de la conversión radical que impone al pensamiento. Es solamente a partir de esto que la ciencia tiene un futuro. [36]

Pero si para Descartes la ciencia solo tiene futuro, para Leibniz la ciencia posee también un pasado y éste es un pasado que se acomoda al sentido de la historia. A la revolución pregonada por Descartes, Leibniz opone la evolución y el progreso continuo de la ciencia desde sus orígenes antiguos hasta la forma que conoce actualmente. Con Leibniz la historia toma un lugar muy importante; ella expresa la verdad. La filosofía leibniziana puede ser considerada como aquella que realizó la crítica de la filosofía cartesiana. En efecto, aparte los diferentes puntos del sistema en que Leibniz se opuso a Descartes, está su concepción del papel de la historia, de la unidad, de la continuidad y del progreso científico. En principio, Leibniz no acepta la definición leibniziana de razón (él le reprocha el no haber explicado lo que es la “luz natural” y que esta noción resulta ser “de mediocre utilité”. [37] Para él, la razón es “…el encadenamiento de verdades y de objeciones en buena y debida forma… [38] ; no es, pues, por una experiencia íntima que la razón se define, sino por sus obras: la razón es un encadenamiento de verdades por la fuerza de su necesidad lógica (argumentationis in forma).

Ahora bien, la sucesión de los hombres y la de sus pensamientos no es ni la sucesión de los individuos independientes, ni la yuxtaposición de pensamientos libres uno del otro, no, es la continuidad histórica de las verdades que, eliminando tesis contradictorias, vincula un espíritu a otros espíritus, y todos los espíritus tomados en su conjunto, son la manifestación del Espíritu. Es así que Leibniz se hace una visión histórica del universo, la cual se apoya en la probabilidad (grado de verosimilitud) para instruir y fecundar la invención. La historia [39] le permite, incluso, rechazar una cierta tradición, la de la autoridad romana (“le parti de Rome”), pues en sus estudios ha observado las variaciones de la Iglesia; pero, al mismo tiempo, la historia le convence también para aceptar de las ciencias toda tradición que se pueda concebir después de una crítica [40]. Su idea de la historia está ligada a su creencia en la armonía universal y en la continuidad del pensamiento; así, para leibniz la historia sapientiae se acompaña de la historia stultitiae, ya que en la evolución misma del Espíritu se ve aparecer a la ciencia de entre los errores y las afecciones humanas [41]. Vista en el conjunto de su evolución, la historia no puede sino mostrar la convergencia de las verdades parciales que se encadenan hacia la Verdad: “la verdad está mucho más extendida de lo que se piensa; pero frecuentemente está disfrazada, cuando no envuelta o, incluso, debilitada, mutilada, corrompida por adiciones que la estropean o la vuelven menos útil. Haciendo sobresalir estos restos de verdad en los Antiguos, o, para hablar más generalmente, en los anteriores, se retiraría el oro del lodo, el diamante de su mina, y la luz de las tinieblas; esto sería, en efecto, perennis quaedam Philosophia. Se puede incluso decir que se observaría cierto progreso en los conocimientos” [42].

Leibniz erigió en primer principio el de continuidad (Legem Continuitatis), el cual empleó en su polémica con los cartesianos, y que puede enunciarse de la siguiente manera: cuando los casos (o lo que ha sido dado) se aproximan continuamente y, al final, se pierden uno en el otro, es necesario que los casos siguientes lo hagan también [43]. De este principio Leibniz obtuvo muy importantes consecuencias para su matemática y para su filosofía; es este principio el que le permite explicar el progreso científico [44], el cual a diferencia de Descartes, no busca derrocar, sino perfeccionar.

Estando dado que para Leibniz el sujeto del conocimiento no es más el genio individual cartesiano, sino la humanidad entera, objetivamente, en la inmanencia de la historia, Leibniz no hace sino reconocer la situación real de la ciencia en las sociedades europeas del fin del siglo XVIII: la ciencia no es la obra de un genio individual, o de una escuela, ha pasado a ser una obra colectiva; en ese tiempo, en Florencia, París, Londres, las Academias han aparecido y dice Leibniz “es por tal razón que las ilustres Academias de nuestra época… han protestado, fuertemente, no querer ser ni Aristotélicos, ni Cartesianos, ni Epicureos, ni sectarios de autor alguno” [45].

De esta manera Leibniz se hace de la ciencia y del progreso la siguiente representación: “El orden científico perfecto es aquel donde las proposiciones son colocadas siguiendo sus demostraciones más simples, y de la manera como ellas nacen las unas de las otras, aunque este orden no es conocido con anterioridad, se descubre cada vez más en la medida en que la ciencia se perfecciona. Se puede decir incluso que las ciencias se abrevian aumentándose, lo que constituye una verdadera paradoja, pues entre más se descubren verdades y más se está en estado de observar una serie reglada, y formularse proposiciones siempre más universales, donde las otras no son sino ejemplos o corolarios, de suerte que se logrará hacer que un gran volumen de los que nos han precedido se reducirá con el tiempo a dos o tres tesis generales”. Leibniz se propuso incluso comenzar “el Inventario General de todos los conocimientos que se encuentran ya entre los hombres” para poder captar “de un solo golpe” “la bella armonía de verdades” que la historia ha reunido; de este gran proyecto tanto el arte de demostrar como el arte de inventar, se beneficiarán y una luz será hecha sobre el orden de las verdades [46].

Estas son, pues, las fuentes filosóficas que se encuentran a la base de la concepción que el siglo XVIII se hizo de la historia de las ciencias. Con Descartes la filosofía -la ciencia- había devenido posible; fundada sobre sólidos principios racionales y desembarazados del peso de la Tradición, la marcha progresiva de la ciencia estaba asegurada. Con Leibniz la ciencia pudo retomar su pasado, incorporándolo en su seno al término de una serie histórica de perfeccionamientos sucesivos. Los historiadores de las ciencias van a reconocer tanto en Descartes, tanto en Leibniz, a aquellos que hicieron teóricamente posible su disciplina. Descartes condujo a una noción de tipo más bien acumulativo de la historia de las ciencias, en la cual la combinación de los primeros elementos engendra formas nuevas. Leibniz pudo conducir al preformismo histórico, en virtud del cual la ciencia es la actualización de lo que estaba ya contenido en un “núcleo” original. Ambos jugaron un papel relevante para la historia de las ciencias del siglo XVIII.

3. La historia de las ciencias como un proceso de acumulación.

3.1. La historia del progreso de las ciencias. Un método genético. La historia de las ciencias entendida como un continuum histórico ha conocido versiones diferentes: la historia de las ciencias como un proceso de acumulación, la historia de las ciencias como un proceso evolutivo y la historia de los precursores de la ciencia actual. Las dos primeras aparecen en el siglo XVIII entrecruzadas y aquí las consideraremos separadamente, y en primer lugar, el modelo de acumulación progresiva del conocimiento humano, es decir, la cronología de las realizaciones progresivas, de las contribuciones durables que forman parte de la ciencia actual.

Para los historiadores de las ciencias del siglo XVIII que adoptaron este modelo, la ciencia moderna quedó constituida ex nihilo, por el solo rechazo durante el Renacimiento y durante el siglo XVIII, de la Escolástica y de Aristóteles. Para ellos, se trata del despertar de la ciencia, la cual, durante el período que comprende de la “République des lettres” a la “République des Savants”, había cuestionado todo el saber tradicional. Desde entonces los científicos y los historiadores tenían la impresión de estar viviendo un desarrollo continuo, un verdadero progreso lineal de las ciencias, sobre todo en las ciencias físicas y matemáticas. Este siglo XVIII fue además el siglo de profundas convulsiones revolucionarias tanto en el terreno de lo social, como en las ciencias y, por lo tanto, en sus aplicaciones. Inspirados por una filosofía del progreso, los historiadores de las ciencias creían haber encontrado en su dominio la verificación de esta filosofía, los modelos auténticos de los cambios que están en proceso de vivir y, lo que tal vez era más importante, la justificación de su propia actividad revolucionaria. Por ello, son ellos quienes se meten a divulgar los descubrimientos recientes, a explicar sus consecuencias filosóficas, con el propósito de conservar los efectos subversivos a través del ejemplo de todo lo que acababa de ser realizado. En otras palabras, desarrollar la conciencia del pasado no bajo la forma de la Tradición y su autoridad, sino de su ejemplaridad. Estos caminos entonces emprendidos desembocarán en el siglo XVIII en un proyecto pedagógico -y político por consecuencia: Fenelón, Rousseau, Montesquieu, Kant, etc.- que tiende a dar un sentido a las revoluciones en curso.

En el siglo XVIII, como lo hemos visto, la ciencia ya ha alcanzado su madurez por el impulso de los cambios sociales y políticos que se operaron en Europa durante los doscientos años precedentes, y que condujeron a una generalización del papel dominante de la burguesía al interior de los Estados, a la Revolución Industrial, al capitalismo como modo de producción dominante en Europa y, muy pronto, a las revoluciones políticas que darían término al Antiguo Régimen. Pero de la misma manera, es el momento también en que se han reunido los elementos teóricos indispensables donde puedan abrevar los espíritus invadidos de una fe en la Razón y en el Progreso. Los científicos son en este momento los herederos de las grandes obras de los científicos y de los filósofos de los siglos precedentes, y están conscientes del papel histórico que ellos desempeñan, aplicándose en consecuencia a hacer avanzar las ciencias, apoyándose en la filosofía que les asegura un progreso en su actividad y que concede importancia al conocimiento del pasado en la búsqueda de la verdad: es decir, en el cartesianismo y en el leibnizianismo. Recordemos que después de Descartes la filosofía -la ciencia- había resultado posible, y, después de Leibniz, su historia, una necesidad. Ahora bien, la historia de las ciencias ya era practicada en una cierta medida en los “apartados históricos” de los Tratados científicos aún antes del siglo XVIII. Pero, será hasta este siglo que la historia conocerá un desarrollo y una importancia sin precedentes. Elaborada por los científicos mismos, o por historiadores de profesión, la historia de las ciencias se interesa sea por los métodos, sea por los “elementos”, sea, en fin, por los sistemas de pensamiento, pero siempre con el objetivo pedagógico de establecer una tradición y de encontrar un método genético de los conocimientos. Durante este siglo varias historias de las ciencias (sobre todo de las más antiguas y mejor establecidas) fueron producidas: la de Lagrange (matemáticas), Montucla (matemáticas), Dutens (matemáticas y física), Saverien (ciencias exactas y ciencias naturales), Priestley (electricidad y óptica), Bailly (astronomía), etc. Otra fuente muy importante para la historia de las ciencias fueron los Eloges pronunciados en la Académie des Sciences y que ya hemos evocado, los cuales por el relato de las realizaciones logradas por el académico fallecido y los comentarios anecdóticos del personaje permitía, además de la divulgación científica, la investigación sobre la progresión histórica de las ciencias. Los dos grandes maestros de este instrumen­to fueron Fontenelle y Condorcet, quienes, además, desarrollaron con él una filosofía de la historia típicamente continuista, en virtud de la cual todo pasa sin drama ni conflicto, siempre sobre la base de la unidad manifiesta de la ciencia y de su devenir.

Pero, ¿cómo era concebida la historia de una ciencia? En primer Jugar como el resultado de una fundación más bien reciente, la cual se habría Operado en dos tiempos: en un primer momento hubo el derrocamiento de la Tradición y, en un segundo, su substitución por un sistema nuevo. En 1724, Fontenelle señala que las matemáticas y la física “…recién han nacido… se ha entrado en la vía correcta aproximadamente hace un siglo” [47], lo cual deja entender que previamente ha sido necesario abandonar las malas rutas tomadas antes; más explícito Bailly afirma que “la destrucción del sistema de Ptolomeo era un preliminar indispensable” [48]o, “fue necesario destruir un sistema recibido… [y] …sacudir el yugo de la autoridad…” [49]; sobre Newton decía: “…derrocó o cambió todas las ideas” [50] y, a propósito de Kepler, “el privilegio de los grandes hombres es el de cambiar las ideas re­cibidas…” [51]. Tourgot, hablando de Descartes afirma: “…usted ha destruido la tiranía del error” [52]. D’Alambert igualmente dice sobre Descartes que era un “révolté” [53] contra la escolástica, la opinión y la autoridad. Ahora bien, en un segundo momento, y una vez los espíritus liberados de la tradición, la revolución se completa por la imposición de un sistema nuevo y éste será el que permite alcanzar a la verdad; el progreso, si era realmente tal, se reconocía por su aportación al conocimiento del verdadero sistema de la naturaleza. Fue así que Copérnico, a quien se reconoce como el primero en haber entrado en la vía de la ciencia, habría percibido “la verdadera apariencia del sistema” [54]: Bailly; Kepler y Galileo habrían echado “los verdaderos fundamentos de la filosofía” [55]: Turgot; y, con Newton, “la luz ha, por fin, prevalecido” [56]: D’Alambert.

En segundo lugar, la forma del desarrollo histórico de las ciencias era concebido conforme a la concepción del mundo corriente en el Siglo de las Luces: es decir, la confianza en la Razón y la fe en el progreso de la Humanidad. A las acciones aisladas y a las incertidumbres del principio siguieron los sistemas conceptuales, las generalizaciones teóricas y los métodos seguros. Ahora, por las obras de los Bacon, Descartes, Newton y Leibniz, el “antiguo régimen” del conocimiento ha sido abatido y el nuevo es portador de esperanzas. Es el Espíritu cognoscente quien posee los medios para seguir el recto camino de la ciencia; es la Razón que ha materializado en sus obras su lógica y sus principios. Así, ¿cómo no podría la historia de una ciencia sino mostrar “el vínculo, la conexión de los métodos, el encadenamiento de las diferentes teorías…”? Ella es “…la historia del espíritu humano” (Montfort) [57] y es una “cadena de verdades” lo que la integra. “¡Qué de más satisfactorio que recorrer esta cadena, la cual, de las proposiciones más sublimes, conduce a las proposiciones más sublimes! se puede decir que es la verdadera escala del entendimiento que pedía el Canciller Bacon para subir por grados a los conocimientos más altos”. (Saverien) [58].

Finalmente, en tercer lugar, la historia de una ciencia es concebida como un proceso de complejidad creciente. Así concebida, los historiadores invierten muy importantes esfuerzos para desprender de la serie de adiciones sucesivas de verdades, los principios que guían el progreso del espíritu, es decir, un método genético.

Remontar hasta los orígenes de las ciencias significa descomponerlas en sus elementos, reducirlas a sus ideas simples tal y como han sido expresadas en el pasado, puesto que se presupone que los elementos de la ciencia del pasado son homogéneos con los de la ciencia actual. Estos elementos son considerados como miembros de un mismo conjunto aún cuando de hecho pertenezcan a sistemas diferentes. Así, la historia de las ciencias muestra la unidad de la ciencia y, por vía de consecuencia, la unidad de su devenir. Cuando se considera cómo las ciencias han reunido en un “cuerpo regular esos miembros aislados” -dice Fontenelle- que son las “verdades separadas” a través de sus “relaciones y su mutua dependencia”, parecería que tales verdades “buscan naturalmente reunirse” [59]. Es esta recomposición la que permite darse cuenta de la creciente complicación de la ciencia. Condorcet se representa este progreso como cuantitativo y como el resultado de una acumulación de conocimientos multiplicándose por sus combinaciones. En su Tableau des progrès de l’sprit humain, él investigó en todas las épocas sobre los perfeccionamientos sucesivos en la organización del espíritu; el mayor grado de complejidad alcanzado en cada momento de la historia, tiene también el rango de novedad histórica. Hacia el fin del siglo, y refiriéndose a la química, última creación del espíritu, Fourcroy expresa con nitidez los términos en los que la historia acumulativa es entendida: “Existe en los trabajos del espíritu humano una marcha progresiva para la cual la filosofía señala las diversas épocas, lo que le sirve para comparar o clasificar los siglos bajo la relación de progresos que le han impulsado a hacer a la razón. Los historiadores de las ciencias dirigen de ordinario sus esfuerzos hacia la investigación de estas épocas, y los fastos de diverso género de conocimientos ofrecen siempre ejemplos más o menos notables”. Y salvo la química, “la única que sea enteramente de creación moderna”, todas las ciencias ofrecen “…durante sus fastos esta progresión lenta, este acrecentamiento sucesivo que el observador reconoce en todas las …ramas de los conocimientos humanos” [60].

4. La idea de un “núcleo” original.

La segunda versión de la concepción continuista de la historia de las ciencias que nosotros vamos a analizar brevemente, es la que concibe el desarrollo histórico de las ciencias como un proceso evolutivo. Como las otras, esta versión está igualmente fundada en las nociones de unidad de la ciencia y de uniformidad del devenir científico. La versión acumulativa es más bien de inspiración cartesiana, la versión evolucionalista, en cambio, es más bien leibniziana. Para ésta, la ciencia no es el resultado de una fundación reciente (cuyo comienzo pudiera ser fechado en el Renacimiento), y a partir de la cual a los elementos iniciales se habrían combinado y agregado los nuevos descubiertos posteriormente, sino bajo la forma de una evolución, de un desembocamiento histórico en la ciencia actual de sus estados anteriores. Además, existirían ritmos históricos específicos para que la ciencia advenga a su actualización. Fontenelle se explica diciendo: “Cada conocimiento no se desarrolla sino hasta que un cierto número de conocimientos precedentes se han desarrollado y cuando su turno para emerger ha llegado” [61]. Ahora bien, esta noción es correlativa de la noción leibniziana de pre-formación: el papel del historiador es “extraer el oro del lodo”, descubrir la serie de verdades que se remonta hasta los orígenes y que viene a constituir la ciencia. Estas formas son llamadas también “gérmenes” o “núcleo” (noyeau) original. Así, la historia de las ciencias es la historia de su actualización gradual en el tiempo; las nuevas estando en germen en el seno de las antiguas. Un mismo contenido que se encuentra en “vida embrionaria” en los conceptos científicos del pasado. Tal fue el proyecto del historiador Montucla en su investigación sobre los orígenes de las ciencias matemáticas, “…dar cuenta de sus progresos en todas las épocas, haciendo conocer sobretodo los descubrimientos propios a cada una, o aquéllos donde se presentan los primeros gérmenes” [62].

¿Pero, hay que preguntarse, cómo puede la sucesión de individuos portar en sí la sucesión necesaria de los descubrimientos? Como para Leibniz, es la continuidad histórica de las verdades parciales que convergen hacia la Verdad, consecuencia de la igualdad de todos los espíritus, la que explica la notable conti­nuidad de la obra científica: ‘!En una palabra -dice Fontennelle-, no parece que los Antiguos hayan podido hacer más para su tiempo: el los hicieron lo que nuestros buenos espíritus habrían hecho en su lugar: y si ellos estuvieran en el nuestro, es de creerse que ellos mantendrían los mismos puntos de vista que nosotros. Todo esto es una consecuencia de la igualdad natural de los espíritus y la sucesión necesaria de los descubrimientos”. Así, por ejemplo, Fontennelle aporta los dos casos siguientes: “Para no hablar más que de las matemáticas…, Mr. Descartes comenzó donde los Antiguos habían terminado, y empezó por la solución de un problema en el cual Pappus dice que todos se habían detenido”. “En defecto de tal cálculo, sobrevivió el del célebre Mr. Leibniz; y este sabio geómetra comenzó donde Mr. Barrow y los otros habían terminado” [63].

Se puede pues ver que en todo momento de la historia de una ciencia, en cada “corte” que se efectúa se encuentra a uno de los eslabones de la cadena de verdades que es la ciencia; desde los orígenes hasta las ciencias actuales, tenemos siempre al mismo corpus de conocimientos por una parte, y por la otra, el principio de continuidad hace que los conocimientos nazcan unos de otros.

Esta manera de considerar a la ciencia del pasado está encaminada a mostrar su carácter progresivo, y está constituida a partir de la concepción de la ciencia actual. El siglo XVIII está consciente de haber llegado al punto más alto jamás alcanzado en la marcha ascendente del espíritu humano. Y es la actualidad la única justificación del planteamiento histórico, es ella la que ofrece los criterios de cientificidad para juzgar al pasado. El pasado no puede, entonces, ser entendido sino como una serie natural, teleológica, hacia la ciencia constituida. Aquí, nuevamen­te, se ve a los historiadores intentando verificar la filosofía del progreso que los anima y, aquí también, se les ve en búsqueda de un fundamento desde el punto de vista histórico a los trabajos entonces en curso, a una nueva tradición y a un proyecto pedagógico.

5. La historia de precursores.

Esta versión de la historia de las ciencias es también una versión evolucionista pero en un sentido fuerte; a decir verdad no acepta la novedad en la historia. Esta historia, es, sobre todo, la historia de la tradición, de los perfeccionamientos; pero, en efecto, como ha dicho Canguilhem, bajo esta perspectiva la historia de las ciencias pierde todo su sentido, “…ya que la ciencia misma no tendría dimensión histórica más que en apariencia” [64].

Esta concepción se levanta principalmente contra la visión mítica de la fundación de la ciencia ex-nihilo. Para ella “…no hay casi descubrimiento atribuido a los modernos que no haya sido, no solamente conocido, sino, incluso, apoyado por sólidos razonamientos de los antiguos” [65]. Y entre los “modernos” que son evocados por el autor (Dutens) de esta declaración, están Newton, Descartes y Leibniz. En el siglo XVIII fue Dutens en su obra Recherches sur l’origine des découvertes attribués aux modernes, quien señaló los riesgos del método introducido por los modernos (analítico y geométrico) puesto que conduce hacia una meta que se aleja del verdadero objetivo de la investigación, los perfeccionamientos de las ciencias. Para realmente conseguirlo -piensa Dutens- “…se necesitan …guías seguros; y qué mejores guías se puede sequir que aquellos que hemos visto llegar a la meta mucho tiempo antes que nosotros, a la cual nosotros nos proponemos ir” [66]. Este punto de vista es un llamado para regresar a las fuentes de donde ha nacido la ciencia, para “…recomendar menos prevención contra los antiguos que han formado a estos modernos que nosotros admiramos ciegamente, como si ellos no brillaran por una luz tomada de aquellos ilustres maestros” [67].

Un siglo y medio más tarde, Pierre Duhem retoma esta versión de la historia de las ciencias realizando, al mismo tiempo, im­portantes contribuciones a la historiografía de las ciencias y avanzando tesis epistemológicas relativas a la filosofía y la historia de las ciencias. En particular sus investigaciones sobre la historia de la mecánica han permitido revalorizar la Edad Media por su insistencia en que ésta tiene también una historia.

En Duhem encontramos nuevamente la tesis de la evolución:

“La ciencia mecánica y física de la cual se enorgullecen con justo derecho los tiempos modernos, surge, de una serie de perfeccionamientos, apenas sensibles de las doctrinas profesadas en el seno de las escuelas de la Edad Media; las pretendidas revoluciones intelectuales no han sido, las más de las veces, sino evoluciones lentas y largamente preparadas; los así llamados renacimientos, reac­ciones frecuentemente injustas y estériles; el respeto por la tradición es una condición esencial del progreso científico” [68].

Si la historia de las ciencias es la historia de las evoluciones “largamente preparadas”, es porque:

“La formación de toda teoría física ha procedido siempre mediante una serie de retoques que, gradualmente, …ha conducido al sistema a estados más acabados; . . . Una teoría física no es, en modo alguno, el producto repentino de una creación; ella es el resultado lento, y progresivo de una evolución” [69].

Una teoría puede ser el resultado de una aceleración histórica y, en ese caso, condensa simplemente la evolución:

“A veces, la evolución que debe conducir a la construcción de un sistema teórico se condensa extremadamente, y algunos años bastan para conducir las hipótesis que deben llevar esta teoría del estado en que están apenas esbozadas, al estado en que están acabadas” [70].

De esta manera, el historiador puede recorrer en el sentido inverso la “serie” del progreso. El puede remontar en cada ocasión a los precursores que prepararon esos estudios progresivos y lentos de la evolución científica, sin que jamás encuentre una revolución, ni creación repentina.

Hay en esta concepción una continuidad, inclusive entre las fases más alejadas de la historia de una ciencia, y las del conocimiento común que le han precedido. No existe un “comienzo absoluto” [71], no existe fundación alguna o acto epistemológico que dé nacimiento a una ciencia, y se llega a ella por un camino progresivo que va de las opiniones al saber. En la historia de precursores la novedad científica existe solamente en tanto que perfeccionamiento (“apenas sensible”); existe como culminación de la serie de perfecciones. Fue en su trabajo histórico donde Deum creyó encontrar el apoyo a sus tesis. Para romper con la ilusión de un renacimiento de la ciencia de la mecánica, Duhem partió a la búsqueda de precursores de Galileo [72], pero a pesar de la abundancia de datos históricos, sus interpretaciones han sido contestadas principalmente por los Etudes Galiléennes [73]de Alexander Koyré, pues a la luz de otra concepción de la historia de las ciencias, no basta con encontrar lo que parece ser un mismo concepto para proclamar un precursor.

6. El convencionalismo.

6. 1 “SO?????? F????????” Inicialmente, y de manera general, vamos a presentar el marco de una antigua controversia que concierne al carácter mismo de las teorías científicas, pues se verá aparecer una noción especial de lo que es el cambio de teorías científicas. Esta noción del progreso en historia de las ciencias ha conducido, es cierto, en algunos autores como Duhem por ejemplo, la historia de los precursores. Hacemos de ella una referencia aparte porque contiene un criterio específico para juzgar dicho progreso.

Alexandre Koyré [74] nos recuerda que la discusión sobre la realidad supuesta de los “instrumentos” científicos es antigua, ya que se remonta a la ciencia helenística con Proclus y Simplicio, que se continuaría en la ciencia árabe y en la escolástica latina. Está anunciada en la expresión “s??e?? ?? ?a???µe?a” (salvar las apariencias), lo que significa que el instrumental teórico utilizado por las ciencias sirve sólo para calcular, prever y ordenar los fenómenos, y no para el descubrimiento de las verdaderas leyes de la naturaleza. Es una interpretación -dice Koyré- que “implica siempre una desvalorización de la ciencia, pues no trata sino de los fenómenos (apariencias), con relación a aquella que trata, o trataría, de lo real” [75].

Durante el siglo XVI este debate se reinicia con fuerza para negar la realidad de los descubrimientos de Copérnico y Galileo. Andreas Osiander afirma la tradición de “salvar las apariencias” es su prefacio a De revolutionibus de Copérnico. Osiander argumenta que Copérnico se encontraba en la tradición de esos astrónomos que incapaces de llegar a las verdaderas causas “…adoptan sin embargo suposiciones que conducen a calcular correctamente a partir de los principios de la geometría tanto el futuro como el pasado [de los movimientos celestes]”. Y que Copérnico “…ha logrado ambos propósitos magníficamente. Las hipótesis no necesi­tan ser verdaderas o, incluso, probables. Todo lo contrario, si proporcionan un cálculo consistente con las observaciones, eso, tan sólo, es suficiente” [76]. Para Osiander poco importa si los planetas giran realmente en torno al Sol, lo que cuenta es que Copérnico había sido capaz de salvar las apariencias haciendo esta suposición. Se trataba de una hipótesis matemática para la cual solamente una validez interna podía serle demandada. Pese a esto, Copérnico mismo no participaba de esta visión de la astronomía y él pretendía haber fundado esta ciencia sobre “…las verdaderas leyes del movimiento real” [77] y de ninguna manera so­bre un sistema artificial.

En 1615, el Cardenal Bellarmino informaba a Galileo que, desde el punto de vista de la Iglesia, se permitía la discusión del punto de vista copernicano solamente como un modelo matemático (ex suppositione) para salvar las apariencias:

“Siempre he pensado que Copérnico mismo hablaba así [de una forma hipotética]. Pues limitándose a decir que la hipótesis de que la Tierra se mueve y el Sol es inmóvil, permite representar mejor todos los fenómenos que si se aceptan las excéntricas y los epiciclos, lo cual sería perfecto y sin causar ningún daño. Pero, querer afirmar que el Sol es positivamente el centro del mundo y que no gira sino en torno a sí mismo sin desplazarse de Oriente a Occidente, y que la Tierra está situada en la tercera esfera celeste girando a una enorme velocidad entorno al Sol, eso sería muy peligroso, y no sólo porque irritaría a los filósofos y teólogos escolásticos, sino, sobre todo, porque ello contra diría la Santa fe., haciendo aparecer las proposiciones de las Escrituras como falsas” [78].

Galileo, por su parte, continuaba afirmando el heliocentrismo de Copérnico y así, en una carta del 28 de marzo de 1615, rechazaba el convencionalismo de Osiander y afirmaba que Copérnico atribuía a su teoría una significación objetiva [79]. En los Diálogos sobre los dos grandes Sistemas del Mundo, llevó una polémica contra los partidarios del sistema geocéntrico rehusándose a considerar el sistema heliocéntrico como simple hipótesis o instrumento de cálculo para “salvar las apariencias”. Posteriormente la Congregación del Índice prohibiría la obra de Copérnico y la Inquisición convocaría a Galileo forzándolo a abjurar de sus “errores”.

En el siglo XVIII el Obispo inglés Georges Berkeley formuló una filosofía anti-materialista y se convertía en uno de los primeros críticos de la filosofía de la ciencia de Newton: pretendía probar, en particular, la inexistencia de las “substancias materiales”. Reprochaba a Newton el haber hablado de sus correlaciones matemáticas relativas a las “fuerzas” como si ellas fueran alguna otra cosa que términos de una ecuación.

El consideraba que las “fuerzas” en mecánica eran como los “epiciclos” en astronomía, es decir, construcciones matemáticas que permiten el cálculo de los movimientos de los cuerpos y, según él, era un error atribuirles existencia real. Berkeley declaraba “…las entidades matemáticas no tienen una esencia permanente en la naturaleza de las cosas; ellas dependen , de la noción que las define. Por ello, la misma cosa puede ser explicada en diferentes maneras” [80]. Su visión de la ciencia era la de un instrumentalista para quien no existe ninguna correspondencia entre, por una parte, la ciencia, y por la otra, los objetos, propiedades o relaciones.

Hacia el final del siglo XIX, Ernst Mach hizo una crítica de Newton en términos semejantes a los de Berkeley e intentando una reformulación de la mecánica newtoniana desde un punto de vista fenomenológico. Mach tenía, también, una concepción instrumentalista de las leyes y teorías científicas, y declaraba directamente que “el objeto de la ciencia es salvar las apariencias, por la reproducción y anticipación de los hechos en el pensamiento” [81]. De esta suerte, las leyes y las teorías científicas son una representación abreviada de los hechos. Para Mach, al igual que Berkeley, es un error atribuir a los conceptos y a las relaciones que la ciencia introduce, una existencia real en la naturaleza: “en la investigación de la naturaleza tratamos únicamente con el conocimiento sobre la conexión entre las apariencias. Lo que nos representamos entre las apariencias existe tan solo en nuestro entendimiento, y tiene para nosotros sólo el valor de memoria técnica o fórmula, cuya forma, al ser arbitraria e irrelevante, varía muy fácilmente con el punto de vista de la cultura”. [82] Se puede apreciar entonces, que además del carácter instrumental que Mach asigna a la ciencia, ésta, desde el punto de vista histórico, es accidental, y, desde el punto de vista de su elaboración, convencional; la ciencia varía fácilmente en función de los cambiantes criterios de la cultura (científica).

Pierre Duhem vino a aportar un apoyo al punto de vista convencionalista, en particular por sus análisis sobre la refutación de las hipótesis. Según él, la predicción de que un fenómeno tendrá lugar se realiza a través de un conjunto de premisas, y el hecho de que ésta no se realice, refuta solamente

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