El blog de José Luis Talancón

enero 23, 2008

Historia de la ciencia en México

Archivado en: General — josetalancon @ 6:28 pm

Elías Trabulse

Introducción

México tiene también, como muchos otros países, una historia secreta. Esta historia ha sido pocas veces contada y yace en su mayor parte oculta y subterránea, aunque haya corrido paralela en el tiempo a los sucesos políticos, sociales, económicos y culturales que integran y constituyen el pasado de un pueblo. Esa historia secreta es la historia de la ciencia. Su desenvolvimiento en nuestro país ha tenido lugar en forma harto misteriosa, casi siempre en la oscuridad, al margen de los hechos y acontecimientos relevantes y espectaculares de nuestro pasado; pero su integración a este pasado no secreto resulta obvia apenas lanzamos un rayo de luz al rico acervo de sus logros científicos que les dan una nueva dimensión a ese otro mundo de acontecimientos sociales y políticos de todos conocido.

Los hombres de ciencia del pasado y sus logros científicos pertenecen a la historia cultural de la humanidad. Ellos han sido en multitud de casos un poderoso fermento motriz de la evolución histórica ya que han marcado rutas y fijado pautas a seguir en la prosecución del conocimiento del mundo físico conducente a un mejor dominio y control de las fuerzas naturales, todo ello tendiente a hacer de la tierra una morada más habitable para los seres humanos. Ciertamente en muchos casos ese conocimiento ha llevado a desastrosos resultados de exterminio y destrucción, pero es obvio que esas fuerzas que así han desvirtuado los propósitos y el quehacer de la ciencia no sólo le son ajenas, sino que en la mayoría de los casos resultan opuestas a sus fines. [1]

Esta historia de la ciencia narra casi siempre las hazañas de unos pocos individuos o, a lo más, de reducidas comunidades de hombres de ciencia. Contrasta fuertemente con las historias que atienden a fuerzas sociales más complejas y plurales y que por ello resultan más difíciles de analizar críticamente. Aquel desarrollo resulta menos evidente no sólo a los ojos del hombre común sino también a los del historiador especializado; en cambio este segundo tipo de acaecer no sólo es más patente sino que compone la mayor porción de la amplia producción historiográfica de los últimos trescientos años. A la historia de la ciencia la caracteriza un ritmo sostenido y pausado ajeno a las convulsiones violentas y sonoras que constituyen buena parte del desarrollo político y social de un pueblo. Aquella historia secreta es cosmopolita, universal y carece de fronteras. Los científicos son ciudadanos del mundo y su labor por mínima que sea es patrimonio universal y pertenece a todos los humanos sin distinción de credo, nacionalidad o raza. En cambio la historia política está casi siempre, salvo en las conflagraciones mundiales, circunscrita geográficamente a una nación y a algunos de sus vecino s con los que tiene nexos o fronteras comunes. Mientras al hombre de ciencia lo caracteriza el secreto de un actividad creadora, fértil y generosa, al político lo define al afán de dominio y de supremacía. Los nombres de muchos científicos ni siquiera han pasado a nuestros registros históricos; de ellos no conocemos más que sus obras, su vida es un misterio. En constaste, la historia política es frecuentemente abundante en datos sobre sus protagonistas señeros o de segunda fila, aunque su labor no haya sido digna de encomio. Aquella historia revela una lucha constante por el conocimiento, a menudo logrado en condiciones de trabajo lamentables sobre todo en épocas en que la labor del hombre de ciencia era menospreciada cuando no prohibida y estigmatizada. El secreto y sigilo con el que realizaron su obra los enaltece ante los ojos de las generaciones posteriores. Sus descubrimientos muy pocas veces provocaron alguna conmoción inmediata, aunque a largo plazo muchos de ellos han transformado de raíz y como pocos fenómenos lo han hecho, la vida del ser humano. Frente a la inalterable trayectoria científica de la humanidad, hecha de innumerables acumulaciones de datos, de múltiples interpretaciones válidas en su momento y de las más diversas teorías, operante o fallidas, las otras historias no s parecen estar constituidas por altibajos y choques, por convulsiones, rupturas y accidentes. A aquella la determina su continuidad, a éstas su discontinuidad. En suma, bien pudiera se esa “historia secreta” sea, a los ojos de los historiadores de las épocas que han de venir, la historia esencial, aunque en gran medida invisible, de un pueblo, de una nación o de la humanidad toda; y la historia visible ahora no sea sino el escenario local, el fondo cambiante y caprichoso de esa historia oculta y ecuménica; uno de los legados espirituales más trascendentales que nos han dado las generaciones pasadas y que en su momento nos tocará transmitir a las generaciones futuras. En esta perspectiva, resulta obvio que, junto a las historias del arte, de la justicia y de los ideales religiosos, la historia “secreta” de la ciencia en México merezca ser estudiada y valorada como un todo sin rupturas ni soluciones de continuidad, un todo permanente que ha actuado siempre sobre el agitado fondo de nuestra historia social y política.

Muchos son los ángulos de perspectiva propicios para acercarnos a tan atrayente y rica historia. Las interacciones entre las diversas ciencias enriquecen mucho los caminos de acceso al análisis histórico del desenvolvimiento de un disciplina científica que dé una visión integral del fenómeno. Las interrelaciones entre la evolución científica de un pueblo y los restantes fenómenos intelectuales, sociales, económicos o políticos también permiten añadir eslabones a la historia que aquí tratamos de esbozar. Nuestro intento es el de dar un cuadro de ese desenvolvimiento científico de nuestro país a efecto de incardinarlo al amplio movimiento del progreso científico universal. Desde el arribo de la ciencia europea en México del siglo XVI, su desarrollo ha sido incesante y ha estado dotado de una vitalidad peculiar que le da suficientes créditos como para poderse incorporar a ese vasto movimiento ya que, si bien nunca tuvimos astros de magnitud mayor, eso no es óbice para descontar las aportaciones originales de nuestros científicos en campos como la botánica, la zoología o la farmacoterapia. Por otro lado, no debemos olvidar que las grandes figuras de las ciencias son verdaderas excepciones. La gran mayoría de los hombres de ciencia del pasado y del presente son figuras que aportaron su pequeño grano de arena al gran edificio de la ciencia universal. Entre estas figuras bien pueden tener cabida los científicos mexicanos de épocas pasadas, Si sus logros ahora nos parecen superados recordemos que el cambio continuo es privativo de la ciencia; pocas de sus verdades duran lo suficiente como para considerarse perennes. Los paradigmas científicos son, tarde o temprano, sustituidos por explicaciones más aceptables de la realidad física.

A lo largo del proceso de la ciencia mexicana es posible detectar el crecimiento, desenvolvimiento y mutaciones que ha sufrido en las centurias que aquí nos ocupan, así como las condiciones en que dichos fenómenos de cambio y avance se dieron. La visión global de todas las ciencias indudablemente ayuda a captar la amplitud y la riqueza de esa historia. A esto viene a sumarse que en muchos casos las interrelaciones entre las diversas disciplinas sean tan profundas que se hace imposible intentar un deslinde razonable ya que hubieron de crecer juntas y se alimentaron recíprocamente. Ciencias como la botánica y la farmacoterapia, están inextricablemente unidas en los siglos XVI al XVIII. La geografía, la náutica, la cronometría, la astronomía y las matemáticas unieron inútilmente y durante varios siglos, sus esfuerzos para determinar la longitud en alta mar. Sólo considerando en conjunto la historia de la ciencia en México puede evaluarse el nivel científico alcanzado. Asó, la parcelación disciplinaria aplicada a la ciencia de los tres siglos coloniales minimiza y falsea en forma notoria el verdadero cuadro del avance científico integral de la Nueva España, lo que puede evitarse mostrando el espectro completo, no mutilado, de todas las ciencias entonces cultivadas. Lo mismo es perfectamente aplicable a la ciencia del periodo nacional. En resumen, a la historia “secreta” en México, a su historia de la ciencia, hay que estudiarla como un desenvolvimiento continuo e integral, cuya trama interna posee una coherencia lógica sorprendente que la distingue ciertamente de las demás historias, lo que no se opone a que esté indisolublemente unida a ellas. No incorporar a nuestra historia general la tenaz lucha de los hombres de ciencia mexicanos de épocas pasadas podrá ser en el futuro una omisión distorsionante.

Aproximaciones historiográficas

En los tiempos recientes las historiografía de la ciencia clásica se ha visto enriquecidas en forma notable sus perspectivas de investigación. Esta rama de la historia ha resultado beneficiada con las nuevas técnicas de análisis que han sido incorporadas a las otras especialidades historiográficas. Los nuevos aportes no sólo metodológicos sino también hermenéuticos han ampliado los horizontes de los historiadores de las ciencias hasta un grado tal que resultaba inimaginable hace apenas tres décadas.

La historiografía positivista de la ciencia, que no tiene más de cien años de existencia, propugnaba básicamente por aplicar los bien conocidos métodos de la historia científica a los bien conocidos hechos de la ciencia [3] El género dio en su momento, y aún nos da, obras maestras de la historia de la ciencia [4], todas ellas elaboradas con un gran rigor descriptivo e interpretativo. Heredera de la tradición historiográfica ilustrada, ha querido siempre buscar la línea progresiva en el desenvolvimiento científico de la humanidad. Ha puesto de relieve las hazañas de los grandes de la ciencia del pasado, e inclusive ha señalado la importancia de figuras secundarias en esa marcha acumulativa y ascendente del saber humano. El criterio selectivo estaba determinado por el éxito más o menos duradero de una interpretación valedera del grupo de fenómenos conocidos de una porción o de la totalidad del mundo físico. Para ella, los primero descubrimientos científicos continuaban siendo una parte esencial de la ciencia contemporánea ya que esos tempranos logros, al ser fruto de la verificación, no podían ser descartados sino absorbidos por las nuevas teorías o paradigmas; y en su significación no entraba en contradicción con los nuevos datos sino que se ampliaba por la sucesión de revoluciones científicas, que resultaban ser una seria de adelantos, de avances progresivos, en la interpretación de los hechos acumulativos. Todas estas revoluciones tenían entonces, como sustrato el denso cúmulo de observaciones de las épocas pasadas. La inoperatividad de un paradigma explicativo que no podía ampliar su esquema de interpretación de los datos conocidos provocaba una revolución científica. [6] La sucesión de teorías descartadas mostraba el carácter esencialmente progresivo del saber científico formado de hechos. [7] Para esta corriente historiográfica el acto fundamental de la creatividad científica radica en la interpretación de los datos y en la elaboración de leyes y de hipótesis y es función del historiador inquirir acerca del gestación nacimiento y desarrollo de ese proceso hermenéutico que se lleva a cabo en la mente del sabio. Para los físicos en particular o par todos los científicos del siglo XIX las teorías verdaderas explicaban satisfactoriamente los fenómenos, las falsas no lo podían hacer. Las relaciones causales descubiertas por ellos en base al proceso dual inducción-deducción, podían dar explicaciones veraces y satisfactorias de un gran número de fenómenos y era la labor del historiador no sólo dar la noticia del proceso creador sino también de las experiencias posteriores que ratificaban la teoría. Las hipótesis fallidas rara vez tenían cabida en los textos de la historia de la ciencia salvo como meras curiosidades intrascendentes. Inclusive se llegó la caso en que cuando existían dos teorías interpretativas contrarias que intentaban justificar sus postulados como los verdaderos, la historiografía científica daba precedencia a la que hubiese prevalecido y rara vez registraba con cierta amplitud las tesis de la contraria aunque con el pasar del tiempo ésta última hubiese sido aceptada como más adecuada para explicar los fenómenos. Muchas teorías han tenido que ser resucitados historiográficamente después de haberlo sido en los laboratorios. Todo esto ha dado lugar a sensibles omisiones en los registros historiográficos de tema científico. La búsqueda de las teorías “ciertas” hubo de dejar de lado a las que en su momento fueron, justificadamente o no, consideradas como erróneas. Además, el notorio desprecio de muchos historiadores por los científicos poco exitosos y aun fallidos acentuó esa visión maniquea y dual, poco propicia para una evaluación justa y equilibrada. Al dividir el pasado en dos categorías, a saber, progresistas y retrógrados o reaccionarios. La historia de la ciencia clásica imponía una visión historiográfica ya superada que inevitablemente conducía a sostener que la finalidad del pasado era la de preparar los caminos del presente. La línea continua de ayer a hoy sigue una marcha racional y victoriosa, donde los períodos “obscuros” son a los más interregnos de conservación del legado de las antecesores. La línea ascendente que llega hasta nosotros está apuntalada por las figuras clave de los grandes inventores o descubridores.

Es evidente que toda esta concepción histórica del pasado científico del mundo resulta actualmente un poco simplista. Su esquema formal es sencillo y fácil de captar en sus líneas generales. Su adopción, adaptación y manejo tampoco resultan complicados. Su estructura lógica es cautivadora para cualquier mente filosófica, lógica, o científica, ya que nos es familiar en sus postulados y en sus conclusiones. Sin embargo, difícilmente resiste a la crítica cuando se ha analizado un período determinado de la historia de la ciencia o cuando se ha abordado el estudio de un tema cualquiera. La realidad del pasado científico de la humanidad parece ser más compleja por estar más sujeta a cierto tipo de de variables hasta hace poco descartadas de los esquemas de la historiografía positivista. Aunque contemplemos en conjunto toda esa trayectoria científica del ser humano es obvio que los patrones positivistas se muestran inconsistentes al intentar definiciones generales a todos los períodos y a todos los lugares. [8]

En esto últimos años dentro de las diversas corrientes de la historiografía de las ciencias han comenzado a percibirse otras tendencias que no consideran a la ciencia como un saber puramente acumulativo y a su historia como el relato de ese proceso de acumulación. Han comprendido que nada de lo que se ha realizado en este vasto campo de la labor intelectual humana resulta inútil o accesorio. Al lado de los hechos sobresalientes y principales, los sucesos menores pueden ocupar un lugar que en multitud de casos, por no decir siempre, dan significado a las grandes hazañas. Esto ha impulsado a los estudiosos a plantear la historia de la ciencia dentro de un contexto filosófico más amplio que no excluye de su visión ni siquiera las influencias de la ciencia de la poesía. [9]

Alimentadas de un sano escepticismo historicista bien lejano del positivismo triunfalista, las nuevas corrientes han puntualizado la validez, en su momento, de teorías antiguas posteriormente consideradas equivocadas, han cuestionado el carácter objetivo de la observación científica, han revalorado las llamadas falsas observaciones y en la medida en la que han puesto en duda la validez del razonamiento deductivo “verdadero”, han señalado los certeros atisbos del mal llamado “falso” razonamiento científico. En suma, han instalado por medio de una aguda crítica filosófica, el relativismo histórico en el seno mismo de la historiografía positivista. Agraciadamente su labor no ha sido sólo de demolición y duda. Su tentativa ha resultado fructífera pues ha permitido incorporar al acervo histórico algunas conjeturas que, falaces en otro tiempo, ahora resultan, bajo un nuevo ángulo poético, valiosas aportaciones dignas de ser estudiadas. Las fugaces y efímeras figura de hombres de ciencia de un pasado perdido han sido recobradas. El criterio de aceptabilidad de una teoría científica se ha visto modificado al cuestionar la rígida línea de demarcación entre una interpretación científica aceptable y otra también científica pero no aceptable. [10] De hecho muchos historiadores de la ciencia están en la actualidad dedicados a buscar las influencias de esos factores, considerados hace apenas algunos años como no científicos o como no racionales, contenidos en las teorías de distinguidos hombres de ciencia. [11]

Todo ese activo movimiento se ha dirigido, por razones lógicas a sectores poco explorados del desarrollo científico con el fin de revalorarlos. Los estudios sobre las influencias herméticas en figuras claves de la ciencia universal han abierto perspectivas interesantes y amplias que, a pesar de su novedad, no deben, sin embargo, ser sobreestimadas. [12] Asimismo han sido incorporadas y con excelentes resultados, interpretaciones socioeconómicas de las revoluciones científicas. Esta última vertiente ha producido una historiografía del tipo “externo” que ha revelado los cambios en los métodos educativos, los factores determinantes de la institucionalización de la ciencia y su difusión. Es indudable que sus esfuerzos deben mucho a las teorías marxistas clásicas acerca de la historia de la ciencia, aunque cabe decir que su perspectiva parece más amplia y profunda y menos doctrinaria que la de sus predecesores.

Dentro de este contexto renovador, es evidente que los estudios de la historia de la ciencia han abierto el campo a figuras y a países antes excluidos; nos referimos, en concreto a la ciencia española [13] y a la ciencia de las regiones que, en otro tiempo, fueron colonia de España como es el caso de México. Actualmente ya encuentran cabida obras, escuelas, personajes, comunidades o instituciones poco o nunca antes mencionados. La nueva historiografía ha incorporado las corrientes que acabamos de aludir al rico acervo de la tradición positivista. La simplificación esquemática de esta escuela se ha visto enriquecida con novedosos matices. La ineluctable línea progresiva de rígida secuencia cronológica [14] ha requerido otro tipo de explicaciones, es decir, de líneas adyacentes o concurrentes que la enriquezcan. Los ejemplos son numerosos. Asó, hemos presenciado una revaloración de los sistemas antiguos, particularmente de Aristóteles, Ptolomeo y Galeno. La ciencia de los países en otro tiempo lejanos y que la historiografía ilustrada envolvió en brumas mitológicas, tales como China, ha sido objeto de densos y profundos estudios sobre su desenvolvimiento técnico y científico. [15] Figuras consideradas secundarias dentro del ámbito científico, han ocupado el lugar que en una sana crítica debió haberles asignado desde hace tiempo; los estudios biográficos y bibliográficos de estas últimas son innumerables. Las correspondencias epistolares de figuras representativas y aglutinantes como Oldenburg o Mersenne han sido publicadas, En fin, la labor de las sociedades científicas y de las comunidades que las originaron han sido objeto de penetrantes estudios. [16] Toca ahora el turno a esos hombres de ciencia inscritos dentro de de la corriente científica europea pero cuyas obras parecían estar en la periferia no sólo geográfica sino también ideológica del desenvolvimiento científico, como es el caso específico de España y México. Desde hace mucho tiempo, sus producciones científicas han engrosado los estanteros de “libros muertos” de las bibliotecas, sea por las teorías que decían sustentar, y que resultaban erróneas a los ojos de los investigadores, sea por le fuerte contenido doctrinal y religiosos que las caracteriza. La ciencia de los países católicos ha sido particularmente vulnerable a este proceso selectivo y discriminatorio de la historiografía clásica de la ciencia, que en su afán depurador, no se percató de que, aun concediendo que dichas obras fueran receptáculos irredentos de error, eran después de todo fiel reflejo de la cultura y de la mentalidad de un grupo humano determinado. Ciertamente, hasta ahora la historia positivista de la ciencia de los países católicos que permanecieron supuestamente al margen de las grandes corrientes científicas durante los últimos cinco siglos resultó un tour de force ya que, en un curioso afán de incorporar a esos países a la gran corriente del avance científico, los historiadores hurgaban, exprimían y torturaban los textos con el fin de encontrar algunos pasajes que rebelasen que el autor que estudiaban era partícipe de la “ciencia positiva” imperante en su época. Huelga decir que menudearon las polémicas acerca del valor, por ejemplo, de la “ciencia española” [17], o las bibliografías y los estudios críticos generales de un autor o de un tema determinados, como el de la matemática española que ilustraran acerca de los avances logrados [18]. En suma, era vital intentar una reivindicación total de un pasado científico que, a los ojos de l extranjero, parecía raquítico y pobre. [19]

Pero Clío es una musa serena y actualmente ese criterio comparativo-valorativo ha sido superado. Las nuevas corrientes históricas han buscado ante todo la comprensión integral de un pasado y de un mundo que no pueden ser condenados de antemano por no haber gozado del éxito. Las obras de los hombres de ciencia del pasado han dejado de ser el embrollo de pueriles desatinos como los consideró la historia positivista. El marco se ha ampliado y la comprensión es su mejor arma exegética.

Las varias veces mencionadas corrientes historiográficas actuales han clasificado, desde el punto de vista ideológico, las diversas tendencias científicas existentes en los orígenes de la ciencia moderna en varios grupos indiscutiblemente interrelacionados entre sí. Con un premeditado criterio simplificador diremos que son básicamente tres las “tradiciones científicas” que de una u otra forma coexistieron yuxtaponiéndose en los siglos iniciales del tema que aquí nos ocupa, es decir, el de la ciencia en México desde el siglo XVI, a los albores del XX. El triunfo definitivo de una de ellas, la mecanicista, marcó la pauta del desenvolvimiento científico que corre de la Ilustración hasta nuestros días. [20] El ritmo histórico de dichas tradiciones científicas no fue, lógicamente, privativo de nuestro país, son que de una u otra manera afectó a todos los lugares, centrales o periféricos, que presenciaron el nacimiento de la ciencia moderna. [21] Lo único que distingue a unas regiones de otras es el desfasamiento cronológico en lo referente al grado de rechazo o aceptación de una determinada teoría moderna e innovadora adscrita a alguna de las tradiciones científicas prevalecientes. Antes de internarnos en el vasto campo de la ciencia mexicana de ese periodo, conviene que hagamos un somero repaso de las características constitutivas de dichas tendencias del pensamiento científico.

Los tres tipos de mentalidad científica denominados organicista, hermético y mecanicista representan evidentemente esquemas simplificados ya que desde le siglo XVI hasta mediados del XVIII, la simple confrontación de unos con otros produjo múltiples variantes e interrelaciones, asó como diversos subgrupos y distintas escuelas de pensamiento. En realidad, la división convencional en tres tradiciones exclusivamente sólo intenta señalar que la revolución científica se dio en el contexto no de una sino de varias estructuras de pensamiento. Cada una de éstas tuvo su peculiar método de experimentación así como su propio lenguaje. Estas dos características nos ponen de manifiesto los principios generales de que partían. Así, el método empírico, privativo de la ciencia moderna, fue desarrollado básicamente en el seno de dos tradiciones, la hermética y la mecanicista, a las cuales les debemos el rico cúmulo de inventos y aparatos que dieron el marcado tono cuantitativo a las ciencias modernas. En ellas el ritmo de los descubrimientos logró un gran impulso gracias al desarrollo de los nuevos instrumentos de medición. Por otra parte, el lenguaje específico de cada tradición nos permite determinar la o las inclinaciones de cada autor y las actitudes mentales asumidas. Las interrelaciones entre las diversas tradiciones se ponen de manifiesto claramente en el intercambio de términos privativos de cada una de ellas. Los lenguajes, así como los sistemas o tradiciones, entraron en mutua competencia. La tradición organicista abunda en conceptos metafísicos derivados de las concepciones aristotélicas acerca de la naturaleza del Universo. Términos tales como sustancia accidente, materia, forma, esencia, y existencia aparecen en las descripciones del mundo físico. Se consideraba que la argumentación formal (disputatio) era el instrumento adecuado para el estudio de la física apoyada en Aristóteles y en sus comentaristas escolásticos cuya influencia por lo demás no puede ser subestimada. En la tradición hermética, priva el lenguaje esotérico propio de la alquimia, la astrología y la ciencia de los números. En ella percibimos una tentativa de ordenamiento de la pluralidad de la naturaleza haciendo caso omiso del lenguaje metafísico propio de la tradición organicista. La línea mecanicista de pensamiento utilizó un lenguaje claro y directo que es lo que caracteriza a las ciencias de los siglos XVIII, XIX y XX. El recurrir a los conceptos matemáticos le ayudó no poco a esta su expresión diáfana, de ahí buena parte de su triunfo sobre las otras dos tradiciones. [22] Cabe añadir que para el estudio y la comprensión de las experiencias y logros de cada tradición, es necesario captar el sentido de su lenguaje propio y los alcances y connotaciones de su terminología. Muchas veces, sobre todo, dentro de la corriente hermética, los términos utilizados parecen estar cargados de magia, superstición y fantasía, pero un análisis más detallado y circunspecto puede rebelar toda una interpretación de la naturaleza no carente de precisión y objetividad.

Es así como, en el alba de la ciencia moderna, hubo, por lo menos, tres modos de acercarse a la naturaleza que pueden caracterizarse como científicos, ya que todos ellos obtuvieron conquistas valiosas en el conocimiento del mundo físico. [23] La primera de dichas tradiciones, la organicista, gozó de un inmenso prestigio durante la Baja Edad Media y los siglos XV y XVI, época esta en que empieza a declinar. Era sustentada por la sólida autoridad de Aristóteles, Galeno y Ptolomeo, y sus principales hipótesis sobre el cosmos físico estaban incorporadas a la teología cristiana, en una vasta y monumental síntesis [24], ordenada y jerárquica. Como escribe un autor: “Dios, el hombre, los ángeles, igual que los animales, los plantes y los elementos, todos tenía su lugar en un mundo cuyo centro eran el hombre y la tierra, y que tenían los cielos más allá de su circunferencia. Esta visión del universo era emocionalmente satisfactoria, religiosamente ortodoxa y poéticamente inspiradora”. [25] Las analogías biológicas de crecimiento y decadencia privan en la tradición organicista preocupada del constante cambio, y no del curso “regular y uniforme” de la Naturaleza. [26] La masa de datos empíricos que obtuvo, por la acuciosa y perseverante observación de los fenómenos, fue muy grande, lo que, por un lado, era la garantía de la veracidad de las teorías biológicas astronómicas o médicas que sustentaba pero que, por otra parte, fue la causa de que, sus seguidores escolásticos, cayesen en teorizaciones excesivas. La corriente científica organicista estuvo unida al amplio sistema filosófico de la escolástica medieval, sólida y coherente construcción lógica que explicaba racionalmente el cosmos físico y el mundo moral. Por su mismo carácter dogmático y cerrado, no permitió las disidencias doctrinales en el terreno científico, que le representaban las tradiciones hermética y mecanicista, aunque, con la primera de éstas logro, en repetidas ocasiones, concertar sus conceptos en una cómoda síntesis que un autor del siglo XVII denominó ciencia “hermetoperipatética”. La explicación organicista del mundo físico se mostró inoperante en el campo de la astronomía con el resurgimiento del heliocentrismo (Copérnico) y en el campo de la mecánica con los experimentos sobre el vacío, (Torricelli, Pascal, Guericke), sobre la trayectoria de un proyectil (Tartaglia), y sobre la aceleración y la gravedad (Galileo). A partir de entonces todos los paradigmas organicistas fueron sujetos a numerosas revisiones y sustituidos por explicaciones más satisfactorias.

La revalorización relativamente reciente de la segunda de las tradiciones que aquí nos ocupan, la denominada hermética o mágica, es una de las conquistas de la historia de la ciencia. [27] Para el científico o filósofo hermético el cosmos era una obra de Arte preñada de misterios que sólo al iniciado le correspondía descubrir. En esta labor había que buscar los enlaces ocultos, las tramas invisibles de los fenómenos, las relaciones numéricas y matemáticas que explicaban la armonía del cosmos, ya que los secretos del universo habían sido escritos por Dios en lenguaje matemático y místico. [28] Toda esta concepción del mundo físico tuvo imponderables consecuencias en el campo de las ciencias. Figuras como Copérnico, Tycho Brahe y Kepler, en astronomía; Paracelso, Glauber y Ban Helmont, en química y medicina; y Gilbert en física, no son sino unos cuentos nombres de relieve dentro de la gran cantidad de científicos que se sintieron atraídos por esta corriente, la cual, a simple vista, parecía ser la menos racional y lógica de las tres, pero que a la luz de sus contribuciones a la revolución científica del siglo XVII, bien pudiera ser que comparta, junto con las doctrinas mecanicistas, un lugar preeminente. [29]Todavía quedan por evaluar las aportaciones de lo que podíamos denominar corriente hermético-mecanicista a la eclosión científica de ese siglo.

Lugar relevante en la historiografía positivista de la ciencia ha ocupado siempre la tradición mecanicista. La búsqueda de leyes que explicasen la regularidad y recurrencia de los fenómenos del mundo físico fue siempre la nota prevaleciente en las obras e investigaciones de los científicos mecanicistas, sobre todo a partir del siglo XVII. La posibilidad de captar matemáticamente el carácter inmutable y regular de la naturaleza, permitía prever los fenómenos ya que éstos quedaban sujetos a leyes invariables. El modelo mecánico del cosmos se impuso en todas las ramas de la ciencia, desde la astronomía hasta la biología. Sus explicaciones que se oponían a los conceptos organicistas y en buena medida también a los herméticos, se abrieron camino lentamente en las mentes de los científicos. Sus demostraciones eran claras y matemáticamente impecables e inteligibles. A ella se adscribieron figuras como Galileo, Mersenne, Descartes y Newton, aunque cabe señalar que a veces en la obra de estos sabios apuntan destellos herméticos que resultan interesantes. El rigor y claridad de sus trabajos hizo que las paradigmas mecanicistas triunfaran definitivamente hacia mediados del siglo XVIII. Desde entonces las ciencias se rigen en base a sus hipótesis y teorías.

Dentro de estos lineamientos se desenvolvió la ciencia mexicana desde la llegada de los europeos al Nuevo Mundo. Su desarrollo científico estuvo influido, a menudo más de lo que se cree, por las nuevas teorías surgidas de las tradiciones científicas que acabamos de describir en forma sumaria. Nuestro país se incorpora a la cultura occidental en un momento crucial de su desenvolvimiento científico y fue partícipe y beneficiario de él, justo en el momento en el que la eclosión se empezaba a hacer sentir alimentada por el monumental cúmulo de logros y datos de muchos siglos de observación y experimentación que América heredaría a través de sus conquistadores europeos.

EN BUSCA DE LA CIENCIA MEXICANA

UN PASADO LIQUIDADO

Acercarse a las obras científicas sean mexicanas o de cualquier otro lugar, es aproximarse a lo, por definición, fugaz y perecedero, a lo que no puede considerarse como perenne, es decir a las producciones humanas que, como ningunas otras están marcadas por el signo de la caducidad. Las obras de ciencia, sin importar el valor que en algún momento hayan tenido, son transitorias ya que siempre son superadas por otras que las corrigen, añaden o complementan. Las concepciones científicas, aun las de mayor alcance e influencia y que aparentan poseer un valor más permanente, son históricas ya que poseen siempre un “aquí” y un “ahora”. [30]El carácter acumulativo del saber científico es la razón de ser de la transitoriedad de las teorías, que al caducar, sirven de escaño a las siguientes.

La historicidad de la ciencia la da la sucesión de verdades relativas que ha postulado en un momento del pasado; de ahí que el criterio de selección que deba segur el historiador de la ciencia tenga que estar condicionada a ese carácter relativo de los textos. Sobra decir que en muchos casos, sobre todo cuando se estudia el desarrollo científico de países colonizados, el trabajo es, más que de selección, de rescate. Rescate de un pasado liquidado que tiene características de prehistoria y que parece que podría ser revivido sólo a título de mera curiosidad erudita, de puro ejercicio intelectual pero que, en realidad, lo es sólo como afán legítimo de comprender las dimensiones de un pasado olvidado. Acercarse a la historia secreta de México tiene entonces un doble significado ya que el rescate se emprende no sólo porque las obras sean textos científicos que por serlo yacen olvidados, sino también porque dichos textos son mexicanos y pocas veces han provocado los desvelos de los historiadores. Se trata entonces de un doble olvido que explica en parte la actitud de la historiografía mexicana tradicional respecto del desenvolvimiento científico de nuestro país.

Pero otros factores también han ayudado a esta condición marginal de la historia de la ciencia en México. Durante los tres siglos coloniales, el desarrollo del saber científico se vio entorpecido por la superstición, la persecución, la censura y por el dominio eclesiástico de la educación. Ciertamente, a partir del siglo XVIII estos obstáculos se debilitan y nuevas corrientes de apertura relajan el hierro de la censura y permiten que una mayor libertad de expresión, dentro siempre de la ortodoxia religiosa, lo que no quiere decir que la disidencia oculta, a veces lindante con la herejía, no se diera. Las corrientes científicas modernas que a menudo conducían a conclusiones lesivas al dogma penetraron en la Nueva España desde el primer tercio del siglo XVII. Esto nos ha llevado, lógicamente, a indagar acerca de la mayor o menor originalidad o modernidad científica de los hombres de ciencia que florecieron bajo la dominación española al mismo tempo que nos ha permitido incorporar a México a la tradición científica europea. La búsqueda de los momentos en que nuestro país tomó posesión, abierta o solapadamente, de un descubrimiento determinado o de una teoría dada, de la forma en que los asimiló, utilizó o enriqueció, a veces con aportaciones originales desprendida de su propia experiencia, es un atarea ardua pero apasionante. Una mejor compresión de los matices de este proceso nos ha ampliado la perspectiva enormemente, al mismo tiempo que nos ha dado una mayor conciencia de la historicidad de nuestra ciencia. El presente ilumina siempre al pasado por medio de una hermenéutica adecuada. [31]

La ciencia mexicana de los últimos cuatro siglos y medio ha estado sujeta a los esquemas explicativos, es decir a los paradigmas, de la ciencia occidental y se ha desarrollado dentro de sus presupuestos teóricos. Esto no quiere decir que la herencia prehispánica no haya tenido cabida dentro del desenvolvimiento de la ciencia posterior a la llegada de los españoles; pero para el estudio de la ciencia mexicana dentro del contexto universal es indudable que prevaleció la visión europea. Aun ramas de saber tales como la botánica y la farmacoterapia, llevadas por las culturas primitivas a un alto grado de desarrollo, no tardaron en caer dentro de los esquemas europeos de clasificación y sistematización. NO dudamos que muchas de estas civilizaciones lograran espectaculares avances en terrenos tales como la astronomía o las matemáticas, pero es indiscutible que dicho saber influyó orco en la ciencia europea y en el complejo sistema de paradigmas científicos que prevalecían en el siglo XVI.

Nuestros científicos de los primeros decenios coloniales se alimentaron básicamente del saber clásico y de los comentaristas y glosadores de la época medieval. La difusión de la ciencia antigua durante el siglo XVI se dio a través de la impresión de los textos clásicos anotados y comentados. Ejemplo notable fueron las obras científicas de Aristóteles comentadas por Tomás de Aquino. En esta obra, que ilustra como pocas el saber científico novohispano del siglo XVI por el grado de difusión que alcanzó, se conjugaba gran parte de la sabiduría científica de la antigüedad con los comentarios de uno de los más grandes sistematizadotes del dogma cristiano. También las ediciones de Arquímedes, Ptolomeo, Plinio y Galeno hallaron eco en el Nuevo Mundo. La imprenta probó ser en esta época, como las armas desarrolladas entonces, un invento de largo alcance.

También se conocieron en fecha temprana las obras modernas de autores europeos. A pesar de las restricciones se difundió la matemática a través de las obra de Maurolico, Tartaglia y de los algebristas italianos del XVI; la astronomía, si bien no a través de Copérnico directamente, [32] sí a través de sus impugnadores o comentadores tales como Mauro o Magini; la anatomía moderna llegó con el texto clásico de Vesalio; incluso los textos revolucionarios de Paracelso y su escuela encontraron eco en estas tierras. De hecho ninguna de las tres tradiciones científicas careció de difusión en los círculos científicos novohispanos. Ciertamente mucho de esta saber resultaba novedoso y revolucionario y por ello peligroso a la ortodoxia religiosa, pero a pesar de todo, logró seguidores. Ramas de saber científico tales como la matemática pura o aplicada contaron desde el siglo XVI con grupos de estudiosos. Cabría añadir que este desarrollo matemático, que va de Diego de Porres Osorio, de mediados del siglo XVI a Agustín de la Rotea a fines del XVIII o José Antonio Rojas a principios del XIX, es uno de los elementos que iluminan el grado de avance científico alcanzado durante los siglos coloniales, Si bien ninguno de sus cultivadores fue un genio insigne, algunos alcanzan, a nuestros ojos, estatura no desdeñable.

Como ya hemos dicho anteriormente, la ciencia mexicana no carece de continuidad y ha estado sujeta, desde la llegada de los españoles, a una constante aceleración que si bien en ciertas etapas no es muy notorio, n o por ello dejó de darse. Continuidad y aceleración quieren decir transmisión, de una comunidad científica a otra posteriores, de los datos acumulados, de las experiencias logradas y de las teorías que las explican y que la comunidad receptora está en posibilidades de aceptar, reformar o rechazar. No encontramos en momento alguno una decadencia del interés por la investigación científica, lo único que percibimos es un cambio de objetivos, representados por el tipo de campos que se exploran. No hay silencios originados por la inactividad científica, no existe regresión, a lo sumo hay breves períodos de mínima aceleración, casi de estancamiento, provocado por condiciones políticas y sociales poco propicias al inquirir científico. En esos instantes, agraciadamente no muy largos, la ciencia espera; los logros anteriores sufren poco impulso hacia nuevas metas y, en comparación con otros países donde las condiciones sociales sí son favorables, la ciencia de nuestro país e retrasa. Así lo que parece detención sólo es espera. Incluso aspectos capitales, que influyen grandemente en el desarrollo del saber científico de México, tales como la enseñanza superior a veces entraron en serias crisis provocadas por las convulsiones sociales, sino que ello quiera decir que el avance científico alcanzado haya sufrido merma, todo lo más que ha acontecido es un cierto compás de espera que ha provocado, sí, un retraso respecto del alcance general de la ciencia.

CONTINUIDAD Y DESCONTINUIDAD DE LA CIENCIA MEXICANA

Varios son los períodos que, como cortes convencionales de una línea continua, podemos establecer para el estudio de la ciencia en México. Es indudable que se dificulta determinar los puntos de enlace cuando consideramos que ninguna época es homogénea, [33] ya que sin detenernos a ponderar cuál sea la nota dominante con la que podemos calificar a un determinado periodo, siempre es posible que aparezcan hombres que, en mayor o menor medida y a pesar de pertenecer a una época dada, produzcan obras que parecen ser discordantes y aun antagónicas del tono de su época. El siglo XVIII mexicano es un ejemplo que abunda en dichos contrastes. Por otra parte, es evidente que no se deben hacer periodizaciones arbitrarias de la historia de la ciencia de un país empleando únicamente cierto tipo de cortes cronológicos o utilizando como puntos de inflexión hechos o sucesos políticos o sociales, es decir factores extracientíficos. Todo intento de dividir en etapas el desenvolvimiento científico de un país debe estar determinado ante todo por el tipo de creencias científicas, de paradigmas, adoptados y aceptados por una comunidad científica cualquiera. Solo así resulta congruente un intento valedero de periodización en el campo de la historia de la ciencia. Sin el análisis y comprensión de este tipo de creencias y de la tradición científica a la que pertenecen, se corre el riesgo de adoptar acotaciones artificiales que resultan de poca significación para nuestro tema.

Podemos considerar el periódo1521-1580 como el lapso de aclimatación de la ciencia europea en México. Se caracteriza por los estudios botánicos, zoológicos, geográficos, médicos, etnográficos y metalúrgicos. Las sistematizaciones que se intentan en estos campos caen plenamente dentro de los esquemas taxonómicos de la tradición organicista y aristotélicas. Desde 1580 hasta aproximadamente 1630 cambia levemente la tónica con la aparición de textos que apuntan teorías astrológicas y alquimistas de marcado corte hermético así como de obras elaboradas de acuerdo con las teorías mecanicistas del siglo XVI. Ninguna de estas corrientes logró, sin embargo, sobrepasar en número e importancia a los textos de influencia aristotélico-galénica. Desde 1630 a1680 observamos un cambio sustancias en los intereses que coincide con la mayor difusión de las teorías herméticas y en menor grado de las mecanicistas, ambas estimuladas por un interés en los estudios matemáticos y astronómicos. Surgen notables figuras que dan un impulso definitivo a la ciencia mexicana. Desde 1680 a 1750 percibimos un aumento sensible en el ritmo científico de la Nueva España. El mecanicismo toma carta de naturalización en competencia con la teoría herméticas y frente a una marcada decadencia de la tradición organicista y escolásticas. Se gesta el profundo impulso que llevará al triunfo de las tesis mecanicistas en el lapso subsiguiente, el que corre de 1750 a 1810, época de gran auge científico, en la cual se perfilan figuras de relieve y donde paradójicamente, sobreviven restos fosilizados de paradigmas tiempo ya destacados. Los estudios cientificazo amplían enormemente sus perspectivas. Una nueva taxonomía se adopta en los terrenos de la botánica y de la zoología. Se adoptan las concepciones newtonianas al aceptarse como indubitable la extensión cósmica de la gravitación. En los terrenos de la química, la metalurgia, la geología, la medicina, la estadística y la geografía, la Nueva España logró avances notables. La violenta crisis de 1810-1821 frenó transitoriamente el ritmo de la labor científica aunque no logro extinguirla. De 1821 a 1850 la ciencia mexicana vivió en buena medida del vigoroso empuje ilustrado y siempre sujeta a los avatares de la inestabilidad política y social. Sin embargo, desde 1850 en adelante el impulso positivista abrirá a la ciencia mexicana una nueva época de gran riqueza y productividad que ha llegado, con los altibajos provocados por las violentas crisis sociales de principios de siglo, hasta nuestros días.

Como derivación lógica de la adopción de ciertos paradigmas, a cada una de las épocas que aquí hemos delimitado la caracteriza un lenguaje peculiar indisolublemente unido a las creencias científicas de una comunidad determinada de hombres de ciencia. El lenguaje resulta en estos casos el termómetro del tradicionalismo y de los prejuicios, así como también del avance del a modernidad de nuestros científicos. Sin embargo, los mismos términos de dos épocas diferentes a menudo tienen un significado distinto. Los símbolos cambian de contenido aunque sena los miso en uno y otro momento. [34] Los diferentes tipo de mentalidad científica prevalecientes en los períodos que acabamos de acotar se detectan por el lenguaje utilizado y, sin temor a exagerar, aun en el tipo de escritura.

Poco podemos comprender el carácter intrínseco de esos períodos que hemos delimitado para estudiar el desenvolvimiento científico de México, si omitimos el análisis de los grupos de hombres de ciencia que forman la secuela de comunidades científicas que se suceden, de una época a otra, dentro de una sociedad determinada. Esta es la otra variable que debe tenerse en consideración en todo intenso de periodización de la ciencia mexicana.

Si hemos de atenernos a la definición de que una comunidad científica es aquella que está compuesta por personas que comparten un paradigma científico [35], es obvio que en México se dio este fenómeno desde fecha temprana entre los diversos grupos de hombres de ciencia que practicaban una o varias ramas del saber científico. Estas comunidades son el elemento cohesivo que le da continuidad a los diversos periodos acotado arriba y aunque los intereses particulares de cada una hayan sido diferentes es evidente que sus miembros poseían, y compartían, un conjunto de creencias comunes. No existe obra de ciencia, que surgida de cualquier comunidad científica pueda desconectarse del conjunto de ideas que prevalecían en eses momento en el ámbito intelectual local, aunque sí se da el caso de que un científico destacado lograra llegar más adelante en sus investigaciones que los miembros de su círculo. Tal es el caso por ejemplo de fray Diego Rodríguez, distinguido matemático y astrónomo que vivió a mediados del siglo XVII.

Este fenómeno de las comunidades científicas no se dio exclusivamente en la ciudad de México, en su calidad de cabecera del país y de foco centralizador de la labor intelectual. En las ciudades de Puebla, Oaxaca, Morelia (Valladolid), Querétaro, San Luis, Campeche, Guadalajara, Zacatecas, Guanajuato, Mérida se originaron en estos cuatro siglos que estudiamos comunidades científicas más o menos numerosas. Algunas de ellas, como por ejemplo la poblana, tuvieron destacados hombres de ciencia desde fecha temprana. Muchas veces al iluminar una de estas personalidades relevantes nos percatamos que pertenecía a un núcleo científico y social más amplio donde aparecen otras figuras señeras hasta entonces ignoradas.

La labor de las comunidades científicas del período virreinal se evidencia en las obras impresas o manuscritas que nos legaron, en su labor pedagógica o proselitista, en las polémicas que de vez en cuando se levantaron entre sus miembros, en las reuniones esporádicas que celebraban en forma de tertulias científicas, o en sus contribuciones a la difusión y vulgarización del saber científico. En la época nacional las comunidades lograron fundar instituciones de gran valía y revistas que en algunos casos podemos alinear con las mejores que en su momento se publicaban en Europa, tales como La Naturaleza los Anales de Fomento, o el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.

Desde mediados del siglo XVI y en coincidencia patente con la fundación de la Real y Pontificia Universidad de México, vemos aparecer los primeros núcleos científicos de importancia. Ahí aparecen figuras como la de fray Alonso de la Veracruz, Agustín Farfán, Alonso López de Hinojosos, Francisco Bravo, José de Acosta, Diego García de Palacio, Juan de Cárdenas, fray Alejo de García, Juan Díez, Francisco Hernández, Tomás López Medel, por no mencionar sino a algunos. Todos ellos florecieron en la segunda mitad del siglo y nos han legado obras médicas, botánicas, zoológicas o matemáticas que reflejan los intereses de la época. A esta comunidad le sucedió en el primer tercio del siglo XVII otra que contaba entre sus miembros a Juan de Barrios, fray Francisco Jiménez, Pedro de Paz, Juan Gallo de Miranda, Enrico Martínez y los técnicos del desagüe del Valle de México. Al mediar el siglo XVII surge uno de los núcleos científicos más relevantes del virreinato, con marcadas inclinaciones a la astronomía y a las matemáticas. Fray Diego Rodríguez, fray Felipe de Castro, Gabriel López de Bonilla, Juan Ruiz, Nicolás de Matta, Melchor Pérez de Soto y Luis Becerra Tanco son algunos de sus miembros. Al mismo tiempo se daba en Puebla un fenómeno similar y tan rico como el de la capital con las personalidades reunidas en torno al matemático Alejandro Fabián. Ambas comunidades tuvieron secuela. La capitalina en el nutrido grupo de Carlos de Sigüenza y Góngora, Juan de Saucedo, Feliciano Ruiz, Joseph de Escobar Salmerón, Eusebio Francisco Kino (que, aunque austriaco, podemos integrarlo a esta comunidad en virtud de su sonada polémica con Sigüenza), Antonio Sebastián de Aguilar Cantú, Gaspar Juan Avelino, Juan de Avilés Ramírez, José Campos, Mario Antonio de Gamboa y Riaño y Diego de Osorio y Peralta. Esta comunidad prolonga su existencia hasta clausurar el siglo. La continuidad de la poblana nos lleva a los albores del siglo XVIII con las figuras de Juan de Oñate, Cristóbal de Guadalajara y Juan Antonio de Mendoza y González. En este lapso floreció en Campeche el olvidado astrónomo Martín de la Torre.

La primera mitad del siglo ilustrado nos pone de manifiesto, por lo numeroso de las comunidades y sus varias producciones, la continuidad que puede establecerse entre el núcleo de los eminentes científicos de las postrimerías del siglo XVII y los grupos ilustrados de la segunda mitad del XVIII. Registremos los nombres de Miguel Mussientes y Aragón, Marcos José Salgado, Buenaventura Francisco de Ossorio, José Sáenz de Escobar, José Antonio de Villada, Martel Núñez de Villavicencio, Pedro de Alarcón, Pedro de Ribera, José Antonio de Villaseñor y Sánchez, Domingo Laso de la Vega, Miguel Espinosa de los Monteros, Cristóbal Antonio Salvatierra, Félix Prósperi, Francisco Javier Alejo de Orrio, José Antonio García de la Vega, fray Manuel Domínguez de Lavandera y José Francisco de Cuevas Aguirre y Espinosa. La mayoría de ellos inclinados a las matemáticas puras o aplicadas y a la astronomía, tal como sus predecesores, aunque también hubo médicos destacados tales como: Francisco Capello, José Antonio de Pérez Cabeza de Fierro y José Francisco de Malpica Diosdado, o botánicos como Juan de Esteyneffer, Mientras en Zacatecas florecía Joseph de Rivera Bernáldez, en Puebla surgía un brillante grupo de científicos tales como Juan Antonio de Revilla y Barrientos, José Mariano de Medina, Teodomiro Díaz de la Vega, Francisco Reyes del Carmen, Antonio Gamboa, Narciso Macop, Miguel Francisco Ilarregui y Antonio de Alcalá. En su seno se dieron algunas polémicas científicas de tono modernista-tradicional, como la de Medina con Macop o como la de Reyes del Carmen con Díaz de la Vega. De una u otra manera todos estos grupos de esta primera mitad del siglo XVIII se inclinan hacia alguna de las ricas vertientes del saber científico. La geografía, la astronomía, la medicina, la metalurgia, la botánica son las disciplinas más socorridas.

La segunda mitad del siglo vio la aparición de una de las comunidades científicas más brillantes de toda nuestra historia cuya labor se puso de manifiesto en la gran cantidad y variedad temática de las obras de ciencia que produjo, en el alto nivel de muchas de ellas, y en la amplia difusión que sus miembros dieron a los avances científicos alcanzados en Europa a través principalmente, de las instituciones que fundaron y que resultan ser una de las más evidentes pruebas del vigor de la polifacética “familia intelectual” de estos decenios. Así, en 1768 se crea la Real Escuela de Cirugía gracias a las gestiones de Antonio Velásquez y de Domingo Rusi; en 1781 se fundó la Real Academia de las Nobles Artes de San Carlos, en 1787 el Jardín Botánico y en 1792 el Real Seminario de Minería. Además se multiplican las expediciones científicas de todo tipo que aportaron valiosos datos a la geografía y a la historia natural de México.

La nómina de esta amplia comunidad ilustrada es rica en figuras de primera fila. Algunas personalidades científicas de los años anteriores y que pertenecen a las comunidades antes mencionadas, tales como Ilarregui o García de la Vega, se sitúan como enlace de ambos núcleos de científicos de las dos mitades del siglo. Así, de este período 1750-1810 mencionaremos a Felipe de Zúñiga y Ontiveros, Ignacio Coromina, Juan Benito Díaz de Gamarra, José Rafael Campoy, Agustín de la Rotea, Francisco Javier Alegre, Francisco Javier Clavijero, Mariano de Zúñiga y Ontiveros, Francisco Javier Gamboa, Diego de Guadalajara, Antonio de León y Gama, José Antonio Alzate, Francisco Javier de Sarria, Joaquín Velásquez de León, José Ignacio Bartolache, fray José de Soria y José Echevarría. A ellos vienen a sumarse las figuras de la última etapa ilustrada de la Colonia, aquella que recibe, a partir de los años ochenta, el impulso de la Corona española y que cuenta en su haber a científicos como Andrés del Río, Fausto de Elhuyar, Federico Sonneschmidt, José Garcés y Eguía, Francisco Bataller, Luis Lidner, Alejandro de Humboldt, José Mariano Mociño, Martín Sessé, José Longinos Martínez, Vicente Cervantes, Diego del Castillo, Daniel O´Sullivan, José Luis Montaña, fray Juan Navarro, Anacleto Rodríguez Argüelles, José Antonio Rojas, Wenceslao Barquera y Francisco Javier Balmis, por no mencionar sino a unos cuantos. La supervivencia de la ilustración científica mexicana se pone de manifiesto en las comunidades que surgen en algunas regiones del país en el alba de la era nacional y que, como ya dijimos, recogen buena parte del legado dieciochesco. Entre las figuras que pasan a la nueva época y que laboran en los primeros dos o tres decenios después de la Independencia están el químico Andrés del Río, Juan José Martínez de Lejarza y Pablo de la Llave, y los médicos Ignacio José de Acevedo y José Joaquín de Altamirano y Vega. A ellos debemos añadir figuras tales como el geógrafo y botánico Miguel Bustamante y Septién, los matemáticos José Lanz y Manuel Antonio Castro, el botánico Juan Dondé, y los químicos José María Terán, José Miguel Muñoz, Pedro Escobedo y Francisco Rodríguez Puebla, los cartógrafos Juan de Orbegoso o José María Narváez, el físico fray Manuel de Nájera, el ingeniero Tomás del Moral y el polígrafo José Gómez de la Cortina; todos ellos son figuras de valer sobre todo, si consideramos el estado social y político del país, tan poco propicio al silencio y a la meditación que requiere la investigación científica. Algunos inclusive hubieron de dedicar sus esfuerzos a la reorganización de la naciente nación desempeñando cargos administrativos o bien dentro de la política militante. La fundación, en las décadas de los años treinta y cuarenta de este siglo XIX, de la emérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, de la Academia de Medicina y de la Sociedad Filoiátrica marca el momento de la gestación de las nuevas comunidades científicas que cubrirán el panorama científico mexicano del resto del siglo y de los primeros dos decenios del XX y que se diferencian de las anteriores por la gran variedad de nuevas metas, objetivos, paradigmas que seguir. Como en el período ilustrado la relación de sus integrantes, de las instituciones científicas que erigieron y de las obras que realizaron es notable [36]. Aparecen los nombres de Leopoldo Río de la Loza, José Ramírez, Antonio del Castillo, Manuel Carpio, Mariano Bárcena, Santiago Ramírez, Manuel Orozco y Berra, Manuel María Contreras, Agustín Díaz, Carlos Patoni, José María Vértiz, Ramón Manterola, Agustín Andrade, Gabriel Mancera, Ángel Anguiano, Francisco Díaz Cobarrubias, Alfredo Dugés, Alfonso L. Herrera, Eduardo Liceaga y Antonio García Cubas.

Todas estas prolijas, aunque necesariamente incompletas relaciones de los miembros de las diversas comunidades científicas que se han sucedido a lo largo de los períodos de la ciencia mexicana que tratamos de señalar páginas atrás enumeran a los sabios que han seguido las pautas científicas que marcamos como las más relevantes de cada uno de dichos períodos. Las comunidades han compartido los intereses de la o de las épocas científicas en las cuales han florecido. No necesariamente han coincidido cronológicamente con ellas, ni tampoco pueden quedar sujetas a un intento de periodización semejante al que empleamos al acotar el desenvolvimiento científico de México. Los enlaces entre los diversos períodos no corren paralelos a los enlaces de una comunidad a la siguiente; por ello resulta tan difícil tipificar las creencias científicas de una comunidad ya que puede compartir el ideario científico de uno, dos o más períodos. Además es evidente que muchas veces los miembros de una comunidad científica sobreviven hasta quedar colocados cronológicamente en la siguiente sin que ello quiera decir que compartan las creencias científicas, o sea los paradigmas de la nueva comunidad, sino más bien todo lo contrario. Así, algunas figuras tales como Gaspar Juan Avelino o Fermín de Reygadas no son sino resabios fósiles de una comunidad en camino de desaparecer o ya desaparecida. Del aristotelismo del siglo XVI al mecanicismo de los siglos XVIII y XIX se da invariablemente este fenómeno que se percibe más acentuado en los dos primeros siglos coloniales debido a la persistencia de las doctrinas organicistas. El paso de éstas a las teorías hermético-peripatéticas y a las mecanicistas fue labor desarrollada en el seno de dichas comunidades que arrastraron casi siempre parte de las creencias periclitadas que componían los paradigmas de la tradición científica anterior. Ejemplo claro de estas transformaciones sucesivas lo da el pequeño grupo de astrónomos realmente innovadores que se suceden a todo lo largo del periodo colonial, revolucionando en la practica cotidiana las creencias científicas de muchos de sus contemporáneos y adelantándose a ellos en la adopción de nuevas teorías. Asimismo un elemento que no debemos dejar de lado en el análisis de las sucesivas transformaciones de las creencias científicas tal como han quedado caracterizadas en la periodización convencional que hemos esbozado, es el de la labor de los “ingenieros y maquinistas” que invariablemente insuflan un aliento mecanicista a todos sus escritos. Los ingenieros resultan invariablemente y a todo lo largo del período colonial un poderoso fermento de cambio de una tradición científica a la siguiente. Fueron en muchos casos los portadores, aunque a veces solamente en la práctica y no en la teoría, de la modernidad científica representada por las tesis mecanicistas. Su obra contrasta con la de los médicos que aunque sin duda forman el más persistente y consistente gremio científico de la historia de la ciencia mexicana durante el virreinato, porcas veces fueron ellos los portadores de las nuevas teorías y en muchas ocasiones actuaron en el seno de las diversas comunidades científicas como fuerzas eminentemente regresivas. Si nos atenemos únicamente a esta época de nuestra historia es obvio que la empecinada supervivencia del organicismo hasta mediados del siglo XVIII y aún después, fue en buena medida debida a la adopción indiscriminada y carente de crítica de los principios aristotélico-galénicos, y aunque las excepciones existen es evidente que el grueso de los médicos pertenecientes a las diversas comunidades que vimos aparecer en la época colonial se alienaban con dichas teorías y eran refractarios a novedades demasiado riesgosas.

Difícil resulta, por lo demás, el esbozo de una clasificación, aunque sólo sea superficial, del grupo social al que pertenecían los científicos de las épocas colonial e independiente. Para los tres siglos de la dominación española percibimos que ciertas constantes inciden con mayor frecuencia. Descubrimos un alto porcentaje de criollos, muchos de los cuales han buscado en los claustros de alguna orden religiosa o bien en el clero secular, la seguridad y el refugio necesarios. Para su labor. El científico laico aparecerá en forma regular, hasta mediados del siglo XVIII. En el siglo XIX los científicos se reclutarán entre las clases medias o acomodadas o bien entre los profesionales de la ingeniería y de la medicina. En prácticamente todos los casos, desde el siglo XVI hasta el XVIII, las diversas comunidades científicas han formado una élite a menudo alejada de los acontecimientos políticos y sociales más relevantes, hecho que no ocurre con las del siglo XIX. La militancia política nunca ha sido uno de los lados fuertes del hombre de ciencia verdadero y en los cuatro siglos que nos ocupan las excepciones en este sentido son pocas. Para la época virreinal es probable que este alejamiento de los científicos criollos haya sido un modo de compensar la frustración que les provocaba su situación de marginados de la administración y del gobierno de la Colonia Pudiera ser que inclusive algunas vocaciones científicas se hubieran visto estimuladas por dicha situación. Por otra parte, es evidente que las diversas comunidades abrigaron en su seno a personajes de otras nacionalidades. Cuenta aparte de los españoles peninsulares que desarrollaron su labor científica en México durante todo el tramo de la época colonial, algunos de los cuales resultan figuras de relieve. Hemos de considerar la presencia desde el siglo XVI de hombres de ciencia alemanes, austriacos, franceses y holandeses que desarrollaron su labor en nuestro país y que por ello merecen quedar incluidos en la comunidad científica mexicana correspondiente. Este fenómeno se acentúa en el siglo XIX, sobre todo con los trabajos de científicos de nacionalidad francesa y algunos de la alemana que llegaron a tierras mexicanas.

En base a todo lo anterior es posible afirmar que en México existió en los últimos cuatro siglos y medio un desarrollo científico propio y original apoyado en los avances europeos y enmarcado por ellos. La continuidad de este fenómeno se pone de manifiesto en la secuencia de comunidades científicas adictas, según su época, a una o varias tradiciones científicas. El pernicioso “provincialismo” que ha prevalecido en la historiografía de la ciencia mexicana es una más de nuestras incongruentes insularidades que nos ha conducido en no pocas ocasiones a deformaciones agudas de las perspectiva histórica de nuestro país.

Las fuentes

Para acercarnos a ese desenvolvimiento científico, debemos recurrir ante todo a las fuentes originales, es decir, a los textos científicos mismos. Sólo así podremos interpretar su contendido, lo que requiere, por otro lado, de un conocimiento profundo y serio de las ideas científicas ahí presentes y de sus implicaciones. Esto nos permitirá situar dichas obras dentro del proceso general del avance científico de su época, así como determinar sus fuentes, las influencias que sufrieron, sus antecedentes y su lugar en la historia cultural. Sin embargo, debemos tener en consideración que el pasado científico de México es, como cualquier otro, un pasado limitado que está representado por un también limitado número de documentos, algunos de los cuales se han perdido irremisiblemente y otros están todavía por descubrirse. [37]

La labor crítica sobre el contenido de los textos científicos puede hacerse con el auxilio de historias generales de la ciencia, de manuales y de tratados especializados. Todos ellos permiten analizar el contenido de una obra e interpretarla y resultan particularmente valiosos cuando nos aclaran ideas o conceptos que por estar tiempo ha definitivamente periclitados, no nos resultan familiares ni fácilmente inteligibles. Esta dificultad en el análisis del contenido de una obra científica cualquiera elaborada en México ha hecho que los enfoques se hayan detenido en la mera compilación bibliográfica, lo que sin duda resulta útil pero a la vez es una restricción si no se da un paso adelante.

En el campo de la bibliografía la labor ha sido valiosa y contamos con excelentes complicaciones generales de impresos de la época colonial. [38] Asimismo poseemos relaciones bibliográficas particulares y muy completas sobre medicina [39], botánica [40], matemáticas [41], astronomía y meteorología [42], geología minería [43], y ciencias naturales [44]. A esto hay que añadir las relaciones bibliográficas especializadas de diversas revistas científicas del siglo pasado y del presente, así como las compilaciones españolas de estos temas que casi siempre, para el lapso colonial, incluyen impresos mexicanos [45]. Poseemos además, importantes compilaciones de manuscritos [46] y de periódicos científicos mexicanos [47], así como algunas bibliografías particulares de escritores científicos sobre todo de la época colonial entre quienes cabe apuntar a Sigüenza y Góngora [48], Alzate [49], León y Gama [50], Velázquez de León [51], fray Diego Rodríguez [52], Andrés del Río [53], y fray Andrés de San Miguel [54], entre otros. La labor de compilación bibliográfica no se ha circunscrito a la ciudad de México, sino que también poseemos algunas, aunque muy pocas, relaciones pertenecientes a otras regiones del país [55]. Incluso temas tan concretos como el del maguey y el pulque, han merecido los desvelos de algunos eruditos bibliógrafos [56].

A pesar de todas estas obras que resultan auxiliares indispensables de toda buena investigación e insustituibles puntos de partida para compilaciones bibliográficas más amplias y actualizadas, no poseemos todavía una buena y completa obra de conjunto que abarque, si no toda la ciencia mexicana, lo que sería una labor ímproba, al menos un amplio período de la misma [57]. Tampoco poseemos bibliografías suficientes de las obras publicadas en las diversas localidades del país donde se ha dado investigación científica de cierta importancia.

Esta deficiencia ha repercutido sensiblemente en la labor historiográfica, ya que es patente que son pocas las obras de conjunto sobre la ciencia mexicana. Ya desde el siglo XVIII la labor de bibliógrafos como Eguiara y Eguren o Bermúdez de Castro invitaban a una recapitulación de los logros científicos de los siglos anteriores; pero esta labor lamentablemente sólo se llevó a cabo en forma parcial. Eguiara mismo en su célebre Biblioteca Mexicana (1755) ha dejado de lado buena parte de la ciencia del siglo XVII y ha pasado por alto a varios de sus más distinguidos representantes. Contradicción desconcertante cuando se da en un autor empeñado en revalorar las obras de sus compatriotas. Dos decenios más tarde el erudito y olvidado historiador José Joaquín Granados y Gálvez en su enjundiosa otra Tardes Americanas (1778) intentó una sucinta semblanza histórica de la ciencia mexicana donde incluyó a muchos de nuestros hombres de ciencia de los siglos XVI, XVII y XVIII. También en el último tercio del Siglo de las Luces la tentativa de rescatar historiográficamente el pasado científico fue realizado por el sabio Velázquez de León en sus trabajos sobre el Valle de México y por Humboldt en su célebre Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España. En las célebres Gacetas de Literatura (1778-1795) de Alzate, asó como en los otros periódicos científicos de este autor y en la rica Biblioteca Hispanoamericana Septentrional (1816-1821) del erudito Beristáin se encuentran múltiples referencias y preciosos datos del acontecer científico de la Nueva España. A fines del siglo XIX, Manuel Orozco y Berra, en sus Apuntes para la historia de la geografía de México (1881), en su Memoria para la carta hidrográfica del Valle de México (1864) o en sus Materiales para una cartografía mexicana (1871), realizó una valiosa labor de historiador de la ciencia mexicana. Sin embargo, la inclusión de la ciencia mexicana dentro de la historiografía europea tuvo lugar con la aparición en 1808 del Ensayo de Humboldt.[58] Fue él quien por primera vez dio a México un lugar dentro de la amplia perspectiva de la ciencia universal. Al incluir en esa obra a buena parte de nuestros científicos de los siglos anteriores, al recapitular y criticar sus aportaciones, rompió con el provincialismo a que más había reducido la historiografía europea por ser territorio colonial de España y estar aparentemente al margen de los avances de la ciencia occidental [59].

Cuenta aparte de estos autores, hemos de decir que durante el siglo XIX existieron algunos valiosos intentos de historiar determinados sectores de la ciencia mexicana o bien de dar semblanzas biográficas de algunos de sus representantes de mayor relieve. En tres grandes diccionarios enciclopédicos, el Diccionario Universal de Historia y de Geografía (1853), obra de varios autores, el Diccionario geográfico, estadístico, histórico, biográfico de industria y comercio de la República Mexicana (1874) de José María Pérez Hernández y el Diccionario Geográfico, Histórico y Biográfico de los Estados Unidos Mexicanos (1888) de Antonio García Cubas, encontramos multitud de datos biográficos de nuestros científicos así como fragmentos de sus obras. En las obras históricas de Tadeo Ortiz [60] y de Emilio del Castillo Negrete [61] existen interesantes capítulos dedicados al avance científico de México y lo mismo acontece con la obra clásica del español Antonio Ferrer del Río, Historia del Reinado de Carlos III (1856), quien hizo una tentativa de valorar históricamente la ciencia ilustrada novohispana. En las magnas obras a México a través de los siglos [62] y México: su evolución social [63], así como en otras historias generales de menor envergadura percibimos un animoso empeño de incluir a algunos de nuestros hombres de ciencia dentro del desenvolvimiento cultural de México, aunque casi siempre de manera sucinta y superficial.

Los intentos de historiar en forma genera una de las ramas de la historia de la ciencia mexicana, logró cabal expresión entre 1886 y 1888 con la aparición de la Historia de la medicina en México, desde la época de los indios hasta la presente de Francisco Flores, obra que, a pesar de las críticas que se le han hecho, posee un valioso cúmulo de información.

Con menos pretensiones aparecieron por esos mismos años algunos breves estudios sobre algunos breves estudios sobre algunos momentos relevantes de la medicina colonial [64], o bien breves biografías de galenos ilustres [65]. Diversos artículos y notas de carácter histórico aparecieron en la Gaceta Médica de México (1864 hasta nuestros días), y en otras revistas y anales publicadas por las sociedades médicas de la segunda mitad del siglo XIX. Ninguna otra de las múltiples vertientes del saber científico logró ser historiada tan amplia y sistemáticamente como lo fue la medicina durante dicho siglo, excepción hecha quizás de la geografía y del a cartografía. En 1873 Vicente Manero publicó sus Apuntes históricos sobre astronomía y astrónomos y durante su breve existencia la revista La Naturaleza tuvo empeño en publicar documentos y testimonios acerca de la historia natural de México. Algunas informaciones histórica sobre geología, metalurgia, química y tecnología yacen dispersas en los Anales del Fomento, en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística o en las Memorias de la Sociedad Científica Antonio Alzate, así como en las revistas El Ateneo o en algunas Memorias del Ministerio de Fomento. La historia de una de las instituciones científicas más importantes del virreinato fue reseñada por Santiago Ramírez en su obra Datos para la historia del Colegio de Minería (1890). A este autor debemos, además, valiosas contribuciones a la historia minera de México.

En revistas de divulgación tales como El Museo Mexicano o El Mosaico Mexicano aparecieron breves, y por lo general poco precisas, semblanzas biográficas de algunos científicos importantes. La segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX vieron aparecer varias obras que reseñaban, entre muchas otras, las biografías de algunos de nuestros hombres de ciencia; así en 1857 apareció la de Marcos Arróniz [66], en 1874 la de Eduardo L. Gallo [67], en 1884 la de Francisco Sosa [68], en 1889 la de Aurelio Oviedo y Romero [69], en 1903 la de Francisco Pimentel [70] y en 1910 la de Agustín Agüeros de la Portilla [71]. Aunque su valor como testimonios no puede ser subestimado, es obvio que dichas biografías sólo intentaban perfilar la personalidad de nuestros científicos sin internarse dentro de su obra para criticarla o valuarla. Todo lo contrario sucede en cambio con la obra del presbítero Agustín de Rivera titulada La filosofía en la Nueva España (1886), llena de juicios de valor, de críticas frecuentemente infundadas y de comentarios de tipo científico carentes de objetividad que en mucho han perjudicado al estudio serio de la ciencia novo hispana.

La labor historiográfica del siglo XX está caracterizada por una conciencia creciente, por parte de científicos e historiadores, de la necesidad de rescatar el pasado científico de México a efecto de articularlo dentro de otras dimensiones del pasado y obtener así una perspectiva histórica más vasta [72]. Esta actitud se ha puesto de manifiesto con mayor fuerza a partir de los años cuarenta con la reimpresión completa o la reproducción facsimilar de algunos textos de la ciencia mexicana que a menudo van precedidos de erutitos estudios.[73] También han sido localizados y publicados documentos inéditos de carácter científico. La búsqueda en los archivos y bibliotecas tanto nacionales como extranjeros ha rendido buenos frutos que tienen el carácter de primicias dentro de una labor de investigación que sabemos muy amplia y capaz de deparar sorpresas al interesado en tan atractivo como desconocido campo. Bien pudiera ser que buena parte del pasado científico y tecnológico de México esté en espera de ser recuperado de los fondos documentales de México y de otros países.

La literatura histórica consagrada a las ciencias en lo que va de este siglo, está marcada por el signo de las especialización, en ello ha corrido paralela a la labor científica misma. Sin embargo, no han faltado algunas tentativas de englobar la ciencia del pasado de México como un todo. Obras como la de Eli de Gortari [74] han llenado en parte esa laguna y siendo como en un intento precursor, su labor es meritoria. Obras menores como la de José Bravo Ugarte, [75] poco o nada han aportado a lo que ya se conocía de la ciencia mexicana. De mayor envergadura resultan las valiosas Memorias del Primer Coloquio Mexicano de Historia de la Ciencia (1964) o bien las Memorias del Congreso Científico Mexicano (1953) y que ambas comprenden numerosos estudios monográficos acerca del desarrollo científico de México, elaborados por prominentes hombres de ciencia e historiadores lo que las hace fuente imprescindible en la tarea de historiar nuestro pasado científico.

Como en el siglo pasado, ha sido la medicina la rama de las ciencias que ha recibido una mayor atención por parte de los historiadores mexicanos contemporáneos. Siguiendo la tradición de Francisco del Paso y Troncoso y de ese fecundo historiador de las ciencias y erudito bibliógrafo que fue Nicolás León, (cuya obra es el tema que nos ocupa requiere de una revalorización), la serie de escritores que se han consagrado a referir el desenvolvimiento histórico de ese frondoso árbol que es la medicina mexicana, es numerosa; aunque cabe mencionar que otras vertientes del saber científico han empezado aya a ser investigadas. De esa abundante producción histórica consagrada a la medicina y disciplinas afines, tales como la farmacoterapia o la fotoquímica, mencionaremos en forma sumaria los trabajos e Alfonso L. Herrera [76], Ignacio Chávez [77], Enrique Beltrán [78]., Germán Somolinos,[79] Francisco Fernández del Castillo [80], Gonzalo Aguirre y Beltrán [81], Francisco Guerra [82], Fernando Ocaranza [83], Alfredo López Austin [84], José Joaquín Izquierdo [85], Rómulo Velasco Ceballo [86], a. del Pozo [87], Juan Comas [88], Samuel Fastlicht [89], Eusebio Dávalos Hurtado [90], y Miguel E. Bustamante [91],

Las matemáticas y la astronomía, así como los problemas que surgieron en las determinaciones de la posición geográfica de los diversos puntos del país tanto en la época colonial como en la nacional, han sido estudiados por algunos autores. [92] La cartografía, la geografía y la geodesia han sido objeto de eruditos y valiosos trabajos. [93] Dos importantes contribuciones a la historia de la técnica del desagüe del Valle de México fueron las publicadas en 1902 y en 1975, ambas contienen inestimable información y amplio material gráfico. [94] Pero es sin duda el campo de la metalurgia, la minería y sus ramificaciones a la química de los metales preciosos, la vertiente de las ciencias que mayor atención ha recibido por parte de los investigadores, después de las disciplinas médico-biológicas. En este terreno contamos con excelentes obres entre las que ocupan lugar señalado las de Modesto Bargalló [95] quien ha rastreado los orígenes del proceso de amalgamación y ha señalado a Bartolomé de Medina como su inventor. En este sentido son también importantes las contribuciones de Silvio Zavala y de Luis Muro.[96] Tribunal de Minería y el Real Seminario de Minería han sido estudiados por varios autores.[97] Asimismo ha sido estudiada la figura de Andrés del Río [98] y se le ha restituido el honor de haber sido el descubridor del eritronio o vanadio.[99] Por otra parte, en 1944, apareció una reseña del desarrollo de la química en nuestro país.[100]

A todo este cúmulo documental, del cual aquí solo damos algunas indicaciones habrá que añadir uno de los más expeditos vehículos de difusión de las investigaciones con que contamos actualmente, es decir, las revistas y, en general las publicaciones periódicas [101], que han cubierto con estudios monográficos algunos puntos importantes del pasado científico en México. Por ejemplo, son dignas de mención las numerosas aportaciones al estudio del mundo científico de los antiguos mexicanos en los cambos de la matemática, la astronomía, la cronología, la botánica, la medicina o la farmacoterapia [102]. Para el período que va del siglo XVI a la actualidad poseemos también algunos importantes estudios históricos de temas particulares como la astronomía, la medicina o la metalurgia. Cabe decir que la mayoría de estos artículos y ensayos yacen dispersos en memorias, anales o revistas, muchas de ellas no dedicadas específicamente a la historia de la ciencia y que, en ciertos casos resultan inclusive de difícil localización.[103] Entre las publicaciones de este tipo destaca, como abocada totalmente, la historiografía científica, la titulada Anales de la Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y la Tecnología, cuy primer número apareció en 1969. Asimismo mencionaremos, por sus aportaciones regulares a estos temas las revistas Historia Mexicana, Ciencia, Estudios de Cultura Náhuatl, Estudios de la Cultura Maya, Humanidades, Ciencia y Desarrollo, Anuario del Observatorio Astronómico Nacional y el Boletín Bibliográfico de la Secretaría de Hacienda. Entre las revistas que publican artículos consagrados a la historia del a medicina y de las ciencia biológicas destaca en lugar relevante la Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, aunque también son dignas de mención: Cuadernos Médicos, La Prensa Médica Mexicana, Sinopsis, Medicina y El Médico. Aunque todas estas publicaciones poseen un valor desigual por el tipo de artículos que presentan y por el nivel de las investigaciones realizadas.

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[1] George Sarton, La vida de la ciencia, Espasa Calpe, Buenos Aires-México, 1952, pp.67-80. (volver al texto)

[2] Thomas S. Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions 2ª. Ed. , University of Chicago Press, Chicago, 1970, pp. 12, 75, 83-84. (Ed. en español; La estructura de las revoluciones científicas FCE, México). (volver al texto)

[3] George Sarton, The Study of the History of Mathematics and the Study of the History of Science Dover, Nueva York, 1957, p.3. (volver al texto)

[4] Aunque la bibliografía es amplia, podemos citar algunos títulos como los más representativos: George Sarton, Introduction to the History of Science, Williams and Wilkins, Baltimore, 1931; Rene Taton, Historie de la Sciencie, PUF, París, 1969; Maurice Daumas, Historie de la Sciencie Gallimard, París, 1957; Aldo Mieli, José Babini y Desiderio Papp, Panorama general de la historia de la ciencia, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1950-1961; William C. Dampier, Historia de la ciencia y de sus relaciones con la filosofía y la religión, Aguilar, México, 1950.(volver al texto)

[5] William Whewell, History of the Inductive Sciences, Londres, 1837, p. 10. (volver al texto)

[6] Kuhn, Strucutre… pp.12-15. Véase de este mismo autor: ond Thoughts on Paradigms” en The Essential Tension Selected Studies in Scientifica Tradition and Cange, The University of Chicago Press, Chicago, 1977, pp.293-319. (volver al texto)

[7] Shozo Motoyama, “Algumas Reflexoes sobre la historiografía Contemporánea da Ciencia” Revista de Historia, Vol, III, núm. 103, año XXVI, julio-setembro, 1975, Sao Paulo, Brasil: Shozo Motoyama, “Historia da Ciencia como elemento do estudo de Criatividade”, Revista de Historia, vol. XLVIII, núm. 97, año XXV, Janeiro-marzo 1974, Sao Paulo, Brasil. (volver al texto)

[8] Alfred Still, Borderlands of Science, Philosophical Library, Nueva York, 1950, pp. 8-9. (volver al texto)

[9] En este campo la literatura reciente es amplia. Son básicos los estudios siguientes: Alexandre Koyré, Du Monde Clos a l’l Univers Infini PUF, París, 1962; Geroge Gusdorf, La Revolution Galiléene, Payot, París, 1969; Ree Taton, Reason and Chance in Scientific Discovery, Science Editions, Nueva York, 1962; Herbert J. Muller, Science and Criticism, Yale University Press, New Heaven y Londres, 1964. (volver al texto)

[10] John Losee, A historical introduction to the Philosophy of Science, Oxford University Press, Londres 1972, pp. 52-53.. (volver al texto)

[11] Hugo Kearney, Orígenes de la ciencia moderna, Guadarrama, Madrid, 1970 p.22. (volver al texto)

[12] Recientemente los estudios sobre estos temas han engrosado y enriquecido notablemente la historiografía científica. Los estudios clásicos siguen siendo los de Lynn Thorndike, A History of Magic and Experimental Science Columbia University Press, Nueva York, 1923; Walter Pagel, Parecelsus and the Neoplatonic and Gnostic Tradition, Ambiz, vol. 8 (1960), pp. 125-166; Frances Yates, Giordano Bruno and the Hermetic Tradition, Londres y Chicago, 1964; D.P. Wlaker, The Ancient Theology, Cornell University Press, Ithaca, 1972. (volver al texto)

[13] Juan Vernet Ginés, Historia de la Ciencia Española, Instituto de España, Madrid, 1975. (volver al texto)

[14] Sarton, The Study of History of Mathematics, p.20. (volver al texto)

[15] Joseph Needham, Science and Civilization in China, Cambridge, 1954-1965. (volver al texto)

[16] Frances Yates, The Rosacrucian Enlightenment, Londres and Boston, 1972, pp. 70-90, y passim. (Ed. En español: El iluminismo rosacruz, FCE, México, 1981.) (volver al texto)

[17] La polémica de la ciencia española, Selección de Ernesto y Enrique García Camarero, Alianza Editorial, Madrid, 1970. (volver al texto)

[18] Fernando Vera, Los historiadores de la matemática española, Madrid, 1935. (volver al texto)

[19] En el caso concreto de España recuérdese el severo juicio de Masson de Morvilliers, quien en el siglo XVIII cuestionó los aportes culturares de España a la civilización europea y universal. Como reflejo ilustrativo recuérdese también la paralela y desoladora opinión, también del mismo siglo, del deán Manuel Martí sobre México, que provocó la respuesta del criollo Juan José de Eguiara y Eguren. (volver al texto)

[20] Kearney, op. Cit., pp.22-47. (volver al texto)

[21] George Basalla, The Rise of Modern Science: Internal or External Factors, D.C. Herat and Co., Lexington Mass, 1968. (volver al texto)

[22] Keamy, op. Cit., p.49. (volver al texto)

[23] Conviene señalar que estas tres tradiciones científicas tuvieron cada una distinguidos representantes desde varios siglos antes de que hicieran eclosión en el siglo XVII. A grandes rasgos diremos que la tradición organicista se remonta a Aristóteles y a su escuela, la hermética al místico Hermes Trismegisto, a Platón y a Pitágoras y la mecanicista a Arquímedes y a la escuela de físicos helenísticos de los siglos III y II a.c. Como en tantos otros campos de la cultura, al recurrir a ellas los sabios del Renacimiento no hicieron sino volver la mirada hacia atrás, a estas tres escuelas de pensamiento científico. (volver al texto)

[24] Losse, op.cit., pp.5-15. (volver al texto)

[25] Kearney, op. Cit., p.8. (volver al texto)

[26] Idid., p.23. (volver al texto)

[27] Los estudios sobre este tema se han multiplicado desde que Frances Yates publicó en 1964 su Giordano Bruno and the Hermetic Tradicion. La revaloración ha alcanzado a autores como Robert Fludd, Giambattista Della Porta, Athanasious Kicher, e incluso se han replanteado algunas hipótesis acerca de la labor científica de Kepler, Gilbert, Newton y Van Helmont. (volver al texto)

[28] Loose, op.cit., pp. 16-22. (volver al texto)

[29] Recientemente algunos autores han señalado los peligros de atribuir a la tradición hermética mayores logros directos o indirectos de los que en realidad pueden razonablemente concedérsele, Cf.: Robert S. Westman, J.E. McGuirre. Hermeticism and the Scientific Revolution, University of California, Los Ángeles, 1977. (volver al texto)

[30] José Babini, Ciencia historia e historia de la ciencia. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1967, p. 47. Recuérdese la célebre frase de Jacobo Berzelius de que sólo el demonio podía escribir libros de química pues en pocos año los conceptos sufren profundas modificaciones que toman caducos los textos anteriores. Esto se decía a mediados del siglo pasado. (volver al texto)

[31] Gaston Bachelard, El compromise racionalista, Siglo XXI, 1973, pp. 149 y 153. (volver al texto)

[32] No creemos que el De Revolutionibus se conociera en Nueva España antes de mediados del siglo XVII, y en su segunda edición. (volver al texto)

[33] Alfred N. Whitehead, Science and the Modern World, Mentor Nueva York, 1962, p. 67. (volver al texto)

[34] Kuhn, Structure…, p. 149. (volver al texto)

[35] Idib., p. 176. (volver al texto)

[36] Los Apéndices e Índices pueden ser consultados en el tomo V de la edición íntegra de esta obra, publicada por el Fondo de Cultura Económica. (volver al texto)

[37] De acuerdo con las bibliografías existentes que cubren el período colonial (lamentablemente para el siglo XIX aún no poseemos compilaciones bibliográficas completas), es decir las de Icazbalceta, Andrade, León, Medina y Beristáin (CF: infra, nota 38) de unos 13 mil impresos de ese período sólo 2% aproximadamente representan las obras científicas o técnicas propiamente dichas. El resto quedaría un poco arbitrariamente repartido como sigue: filosofía moral, 5.3%; lenguas indígenas, 6%; calendarios y cartillas, .8%; geografía y viajes, 5.3%; hagiografía, 4.9%; biografía, 2.6%; historia, 13.2%; decretos civiles, 1:5%; jurisprudencia, 5.2%; literatura, 9.2%; oraciones fúnebres, 5.7%; panegíricos, 8.8%; derecho canónico, 3%; ordenanzas y edictos religiosos, .4%; pastorales, 1.2%; concilios, estatutos, reglas, etc., 4.8%; devociones y oraciones 2.2%; teología, 16%. (volver al texto)

[38] Joaquín García Icazbalceta, Bibliografía mexicana del silgo XVI, FCE, México, 1954; Vicente de Paula Andrade, Ensayo bibliográfico mexicano del silgo XVII, Imprenta del Museo Nacional, México, 1899; Nicolás León, Bibliografía del siglo XVIII, Boletín del Instituto Bibliográfico Mexicano, México, 1906; José Toribio Medina, La imprenta en México(1539-1821), Santiago de Chile, 1908; José Mariano Beristáin de Souza, Biblioteca hispanoamericana septentrional, Tipografía del Colegio Católico, Amecameca,1833; Emeterio Valverde y Téllez, Bibliografía filosófica mexicana, 2ª. Edición, Imprenta de Jesús Rodríguez León, México, 1913. Véase también el excelente articulo de Enrique Beltrán, “Fuentes mexicanas en la historia de la ciencia”, Anales de la Sociedad de Historia de la ciencia y tecnología, México, II (1970), pp. 57-115. (volver al texto)

[39] Nicolás de León, La obstetricia en México, Notas bibliográficas, México, 1909; Francisco Guerra, Bibliografía de la materia médica mexicana, La Prensa Médica Mexicana, México, 1950; Nicolás de León, Bibliografía obstétrica mexicana, Crónica Médica Mexicana, México, 1909; Nicolás de León, La obstetricia Notas bibliográficas, étnicas, históricas, documentarias y críticas de los orígenes históricos, hasta el año 1910, Tipografía de la Viuda de F. Díaz de León, México, 1910; Melchor Ocampo, Bibliografía fisiológica mexicana, en el Museo Mexicano, México, 1844; Octavio Rojas Avendaño, “Bibliografía Médico Mexicana del siglo XVI, Impresos Médicos del siglo XVI”, en el Primer Congreso Bibliográfico Mexicano DAPP, México, 1937, pp. 149-159; Rafael Heliodoro Valle, La cirugía mexicana del siglo XIX, México, 1942; Nathan van Patten “The Medical Literatura of Mexico and Central America”, en Papers of the Bibliographical Society of America, Chicago, XXIV (1930), pp. 50-199. (volver al texto)

[40] Nicolás León, Biblioteca botánico-mexicana, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, México, 1895.

[41] Nicolás León, Bibliografía mexicana de las ciencias matemáticas generales y aplicadas de los siglos XVI, XVII y XVIII (MS. Inédito, año de 1919); Louis C. Karpinski, “Colonial American Arithmetics”, en Bibliographical Essays, Harvard University Press, Cambridge, 1924.

[43] Rafael Aguilar y Santillán, Bibliografía geológica y minera de la República Mexicana, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, México, 1898. (Otras bibliografías de este autor que complementan a ésta, fueron publicadas en 1908, 1918 y 1936).

[44] Manuel de Olaguibel, Memoria para una bibliografía científica de México en el siglo XIX, Oficina Tipográfica de la Oficina de Fomento, México, 1889.

[45] Felipe Picatoste, Apuntes para una biblioteca científica española del siglo XVI, Imprenta y fundición de Manuel Tello, Madrid, 1891; Marcelino Menéndez y Pelayo, La ciencia española, Emecé Buenos Aires, 1947; Eugenio Maffei y Ramón Rua Figueroa, Apuntes para una biblioteca española de libros, folletos y artículos, impresos y manuscritos, relativos al conocimiento y explotación de las riquezas minerales y a las ciencias auxiliares, J.M. Lafuente, Madrid, 1871; Martín Fernández de Navarrete, Disertación sobre la historia de la náutica y de las ciencias matemáticas, Real Academia de la Historia, Madrid, 1846; Biblioteca Marítima Española, Madrid, 1851; J. M. López Piñero, et al, Bibliografía histórica sobre la ciencia y la técnica en España, Valencia, Granada, 1973; M. Colmeiro, La botánica y los botánicos de la península Hispano Lusitana, Madrid, 1858; A. Hernández-Morejón, Historia bibliográfica de la medicina española, Madrid, 1842-1852.

[46] Anita Melville Kerr, A Survey of Mexican Scientific Periodicals, México, 1931; Luis González Obregón, “Los primeros periódicos científicos en México”, en el Mundo Ilustrado (México), II, núm. 23 (6 de diciembre de 1896).

[47] Roberto Moreno, “Catálogo de los manuscritos científicos de la Biblioteca Nacional”, en Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, UNAM, México, 1, núm. 1, ene-jun. 1969, pp. 61-103.

[48] Alfredo Chavero, “Sigüenza y Góngora” en Anales del Museo Nacional, Primera Época, III ( 1886), pp. 258-271;Valentín F. Frías, “Noticia bibliográfica de los escritos de don Carlos de Sigüenza y Góngora y José María Zelaa e Hidalgo” en Memorias de la sociedad científica “Antonio Alzate”, XXIV (1906-1907), pp. 131; Nicolás León, Tres obras de Sigüenza y Góngora, Morelia, 1886; Irving A. Leonard., Ensayo bibliográfico de Don Carlos de Sigüenza y Góngora, Imprenta de la Secretaría de Relaciones Exteriores, México, 1929; Jaime Delagado, “Estudio preliminar”, a Piedad beroyca de don Hernando Cortés, José Porrúa, Madrid, 1960.

[49] Jesús Galindo y Villa, El presbítero don José Antonio Alzate Ramírez, México, 1889; W. F. Cody, “An index to the periodicals Publisher by José Antonio Alzate y Ramírez”, The Hispanic American Historical Review, XXXIII (1963), núm. 3, pp. 442-475.

[50] Roberto Moreno, “Ensayo bio-bibliográfico de Antonio de León y Gama”, en Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 3, enero-junio, 1970, pp. 43-135.

[51] Roberto Moreno, Joaquín Velázquez de León y sus trabajos científicos sobre el Valle de México, 1773-1775, UNAM, México, 1977.

[52] Elías Trabulse, “Un científico mexicano del siglo XVII: fray Diego Rodríguez y su obra” en Historia Mexicana, XXIV (1974), I, pp. 36-69.

[53] Arnaiz y Freg., “Don Andrés del Río, descubridor del eritronio (vanadio)” Revista de la Historia de América, XXV, junio 1948, pp. 27-68. (Véase notas 98 y 99).

[54] José María Agreda y Sánchez, “Biografía y bibliografía de fray Andrés de San Miguel” en Anales del Museo Nacional de México, Primera Época, IV (1887), pp. 167-172.

[55] Manuel de Olaguíbel y Enrique Iglesias, Bibliografía científica del Estado de México, Toluca, 1899; Primo Feliciano Velázquez, “Bibliografía científica potosina” en Obras, Imprenta de V. Agüeros, México, 1901, pp. 271-449.

[56] Cristóforo Vega, “Anotaciones bibliográficas sobre el pulque” en Anales del Instituto de Biología, VII (1936), pp. 254-258.

[57] Beltrán, op cit., p. 90.

[58] Charles Minguet, Alexandre de Humboldt, historien et geographe de l´Amerique Espagnole (1799-1804), Francois Maspero, París, 1969. Véase sobre todo: Jaime Labastida, Humboldt, ese desconocido, SEP, México, 1975 (Sep-Setentas, 197). Los ensayos reunidos en esta obra revaloran con acierto los aportes científicos de Humboldt y fijan sus alcances y límites. Labastida señala el valor de los otros volúmenes del Voyage aux regions equinoxiales du Nouveau Continent y del Cosmos como fuentes necesarias y por lo general poco consultadas para el estudio de la flora, fauna, geografía, geología, historia y arqueología de México (pp. 9-10). Véase infra nota 744.

[59] Es interesante en este sentido el juicio encomiástico de George Sarton quien considera a Humboldt como uno de los mejores exponentes del siglo pasado de la historia de la ciencia. (CF: su obra La vida de la ciencia, pp. 31-32).

[60] Tadeo Ortiz, México considerado como nación independiente y libre, Burdeos, 1832.

[61] Emilio del Castillo Negrete, México en el siglo XIX, Imprenta en las Escalerillas, México, 1875.
[62] Barcelona, 1888-1889.

[63] México, 1900-1904 (La sección de historia de la ciencia de esta obra estuvo a cargo de Porfirio Parra).

[64] Joaquín García Icazbalceta, “Los médicos de México en el siglo XVI” en Obras, México, 1896, I, pp. 65-124.

[65] Joaquín García Icazbalceta, “Biografías” en Obras, 4 Volúmenes, Victoriano Agüeros, México, 1896-1899.

[66] Marcos Arróniz, Manual de biografía mexicana o Galería de hombres célebres de México, Librería de Rosa, Bouret y Cía, París, 1857.

[67] Eduardo L. Gallo, Hombres ilustres mexicanos, Biografías de los personajes notables desde antes de la Conquista hasta nuestros días, Imprenta de Ignacio Cumplido, México, 1873-1874.

[68] Francisco Sosa, Biografías de mexicanos distinguidos, Oficina de la Secretaría de Fomento, México, 1884.

[69] Aurelio Oviedo y Romero, Biografías de mexicanos célebres, Librería de Ch. Bouret, París-México, 1889.

[70] Francisco Pimentel, Historia crítica de la poesía de México, México, 1903-1904, en Obras Completas t. IV y V.

[71] Agustín Agüeros de la Portilla, El periodismo en México durante la dominación española, Notas históricas, biografías y bibliográficas, Imprenta del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, México, 1910.

[72] Germán Somolinos D’Ardois, Historia de la ciencia en Veinticinco años de investigación histórica en México, Historia Mexicana, octubre 1965-marzo 1966, vol. XV, núms. 2-3, (58-59) pp. 269-290. Sobre este punto puede verse: Marfil Roche, Early History of Science in Spanish America en Science, vol. 194 (19 nov. 1976), pp. 806-810; Historical Background of Mexico´s Scientific and Technological System, México, El Colegio de México, STPI-México, DOC. MCT/1, mayo, 1971, 33 pp. (volver al texto)

[73] De las obras científicas mexicanas que han sido llevadas recientemente a las prensas impresoras ocupa lugar prominente la edición de las Obras completa de Francisco Hernández debida al empeño de los doctores Germán Somolinos y Efrén C. del Pozo. También es de importancia la bella edición del Herbario Cruz-Badiano. Primeras impresiones, reediciones o facsimilares tenemos de Oviedo, Acosta, JXiménez, Cárdenas, Farfán, García de Palacio, Hinojosos, Enrico Martínesz, Andrés de San Miguel, Cisneros, Cepeda y Carrillo, Sigüenza, Steyneffer, Barba, Rivera, Bernáldez, León y Gama, Alzate, Bartolache, Velázquez de León, Gamboa, Villaseñor y Sánchez, Humboldt, Barco y Díaz Covarrubias. Asimismo poseemos en ediciones modernas valiosas relaciones de viajes tales como la de Pedro de Ribera, Labora, Morfi, Kino, Malaspina o de las goletas Sutil y Mexicana entre otras muchas.
[74] Eli de Gortari, La ciencia en la historia de Mëxico, FCE, México, 1963.

[75] José Bravo Ugarte, La ciencia en México, Jus, México, 1967.

[76] Alfonso L. Herrera, La biología en México durante un siglo, México, 1921.

[77] Ignacio Chávez, México en la cultura médica, El Colegio Nacional, México, 1947.

[78] Enrique Beltrán, “Panorama de la biología mexicana”, Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, t-XII (1951), pp.69-99.

[79] Germán Somolinos D’Ardois, Historia y medicina. Figuras y hechos de la historiografía médica mexicana, UNAM, México, 1957; Historia de la psiquiatría en México, SEP, México, 1976.

[80] Francisco Fernández del Castillo, La Facultad de Medicina según el Archivo de la Real y Pontificia Universidad de México, UNAM, México, 1953.

[81] Gonzalo Aguirre Beltrán, Medicina y magia. El proceso de aculturación en la estructura colonial, Instituto Nacional Indigenista, México, 1963.

[82] Francisco Guerra, Historiografía de la medicina colonial hipanoamericana, Abastecedora de Impresos, México, 1953.

[83] Fernando Ocaranza, Historia de la medicina en México, Laboratorios Midy, México, 1934.

[84] Alfredo López Austin, “De las enfermedades del cuerpo humano y de las medicinas contra ellas” en Estudios de Cultura Náhuatl, 8 (1969), pp. 51-121; “De las plantas medicinales y de otras cosas medicinales”, Estudios de Cultura Náhuatl, 9 (1971), pp. 125-230.
[85] José Joaquín Izquierdo, Balance cuatricenterario de la fisiología en México, Ediciones Ciencia, México, 1934; El hipocratismo en México, UNAM, México, 1955; El brownismo en México, UNAM, Mëxico, 1934.

[86] Rómulo Velasco Ceballos, La cirugía mexicana del siglo XVIII, Imprenta Nuevo Mundo, México, 1946.
[87] Efrén C, del Pozo, “Estudios farmacológicos de lagunas plantas usadas en la medicina azteca”, Boletín Indigenista, 6 (1946), pp.350-365.

[88] Juan Comas, “Influencia indígena en la medicina hipocrática en la Nueva España del siglo XVI”, América Indígena, XIV (1954), pp. 327-361; “Un caso de aculturación farmacológica en la Nueva España del siglo XVIÑ el Tesoro de Medicinas de Gregorio López, Anales del Instituto Nacional de Antropología e Historia, I (1964), pp.145-173.

[89] Samuel Fastlicht, El arte de las mutilaciones dentarias, Ediciones Mexicanas, México, 1951; Tooth mutilations in pre-columbian México, The Journal of the American Dental Association, 39 (1948), pp. 315-324.

[90] Eusebio Dávalos Hurtado, “Investigaciones osteopatológicas prehispánicas en México”, Memorias del Congreso Científico Mexicano, UNAM, México, 1953, t-XII pp.78-81.

[91] Miguel E. Bustamante, La fiebre amarilla en México y su origen en América, México, 1958.

[92] Florian Cajori, “The mathematical sciences in the latin colonies of America”, Scientific Monthly, XVI, 2 febrero 1923; Florian Cajori, The early mathematical sciences in North and South America, Boston, 1928; Luis G. León, Los progresos de la astronomía en México desde 1810 hasta 1910, Tipografía de la Secretaría de Fomento, México, 1911; Manuel Maldonado-Koerdell, “Observaciones astronómicas en México a fines del siglo XVIII”, Anuario del observatorio astronómico nacional, México, año XC, (1970); Elías Trabulse, “El problema de las longitudes geográficas en el México colonial”, Interciencia, II, 4, jul-ago. 1977, pp. 202-207; Elías Trabulse, “Antonio de León y Gama, astrónomo novohispano”, Humanidades, III, (1975), pp. 199.

[93] Ola Apenes, Mapas antiguos del Valle de México, UNAM, México, 1947; José Luis Bribiesca Castrejón, Hidrología histórica del Valle de México, 1960; Manuel Carrera Stampa, “Planos de la cuidad de México”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, T-LXVII, núm. 2-3, marzo-junio de 1949; Ernest J. Burrus, La obra cartográfica de la provincia mexicana de la Compañía de Jesús (1567-1967), José Porrúa Turanzas, Madrid, 1967; jorge L. Tamayo, Geografía general de México, Talleres gráficos de la Nación, México, 1949; José A. Vivó, “La Geografía en México: aspectos generales de su evolución”, Memorias del primer coloquio mexicano de historia de la ciencia, Sociedad mexicana de Historia de la Ciencia y la Tecnología, México, 1964, pp. 201-207; meter Gerhard, A guide to the historical geography of New Spain, The University Press, Cambridge, 1972; P.C. Sánchez, “La geodesia a través de la historia, la geodesia en México”, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, México, 1945; Agustín Aragón, “La geodesia en México”, Memorias del Congreso Científico Mexicano, UNAM, México, 1953, t-III, pp. 23-61.
[94] Memoria histórica, técnica y administrativa de las obras del desagüe del Valle de México, 1449-1900, Tipografía de las Oficina Impresora de Estampillas, México, 1902; Memoria de las obras del sistema del drenaje profundo del Distrito Federal, DDF, México, 1975. Un estudio completo acerca del desarrollo de la ingeniería civil en México es: Francisco González de Cosío, Historia de las obras públicas en México, Edición de las Secretaría de Obras públicas, México, 1971; también puede verse: Enrique G. León López, La ingeniería en México, México, SEP, 1974.

[95] Modesto Bargalló, La minería y la metalurgia en la América española durante la época colonial. FCE, México, 1955. La amalgamación de los minerales de plata en Hispanoamérica Colonial, Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, México, 1969. Este autor y químico distinguido ha publicado un buen número de artículos y ensayos sobre este tema los cuales ha recogido y publicado con el título de “Trabajos, artículos y apuntes (1940-1972), México, 1973.

[96] Silvio Zavala, “La amalgamación en la minería de la Nueva España”, Historia Mexicana, XI, 3, (1962) pp. 416-421; Luis Muro, “Bartolomé de Medina, introductor del beneficio de patio en la Nueva España”, Historia Mexicana, XIII, 4 (1964), pp. 517-531.

[97] Walter Howe, The Mining Guiad of New Spain and its Tribunal General, Harvard University Press, Cambridge, 1949; J. J. Izquierdo, La primera casa de las ciencias en México, El Real Seminario de Minería, (1792-1811), Ediciones Ciencia, México, 1958; Clement G. Motten, Mexican Silver and Enlightenment, Universtiy of Pennsylvania Press, Filadelfia, 1950.

[98] Arturo Amaiz y Freg. Andrés Manuel del Río, México, 1936; Carlos Prieto, Manuel Sandoval Vallarta, Modesto Bargalló, Arturo Amaiz y Freg, Andrés Manuel del Río y su obra científica, México, 1966.

[99] Manuel Sandoval Vallarta y Arturo Amaiz y Freg., “El nombre del elemento 23”, Memoria del Colegio Nacional, III, 3, (1948), pp. 21-23; Manuel Sandoval Vallarta, “El descubrimiento del vanadio”, Memoria del Colegio Nacional, V, 3, (1964), pp. 83-85: Arturo Amaiz y Freg., “Don Andrés del Río, descubridor eritronio (vanadio), Revista de Historia de América, XXV, junio, 1948, pp. 27-68. (Véase supra, nota 53).

[100] Juan Manuel Noriega, Historia de la Química en México, México, 1944.

[101] Beltrán, “Fuentes…”, op. cit., pp. 94-96.

[102] Somolinos, “Historia de la ciencia”, op, cit., pp. 276-277.

[103] Una muy completa compilación bibliográfica de los artículos de este género, publicados entre 1967 y 1978, aparece en los diez volúmenes de la Bibliografía histórica mexicana, publicada por el Centro de Estudios Histórico

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